En otro lenguaje
Por: Jaime Asián Domínguez

La ciudad todavía no termina de asimilar la tragedia. El suboficial Patrick Ospina Orihuela murió arrastrado por las aguas del Río Rímac cuando intentaba rescatar a un perro -al que muchos ya llaman el ‘Negro’- atrapado en la corriente. La noticia estremeció a un país que suele acostumbrarse demasiado rápido a sus propias desgracias.
Nos duele la muerte de Patrick. Nos duele la del perro. Nos duele, sobre todo, la sensación de que esto no tenía que terminar así. Porque el heroísmo no puede seguir siendo la coartada del Estado.
En redes sociales la indignación fue inmediata y múltiple. Algunos apuntaron a la precariedad estructural: “No es justo que los comandantes y coroneles tengan Audis y los policías rescatistas y bomberos no tengan las mínimas condiciones para trabajar. Reforma urgente”. Otros recordaron una verdad incómoda: el perro no cayó del cielo; alguien lo abandonó o lo dejó sin supervisión. “Si ese perrito hubiera tenido dueños responsables, ninguna tragedia habría pasado”.
Pero hay preguntas que van más allá de la rabia digital. ¿Estamos tan atrasados en protocolos de rescate? ¿No era posible, en cuestión de minutos, articular a la Policía, los bomberos, la municipalidad, Defensa Civil y equipos especializados para montar una operación con redundancias de seguridad? ¿Por qué el agente dejó la línea de vida? ¿Había más de un sistema de anclaje? ¿Se evaluó correctamente el caudal del llamado “río hablador”? ¿Se activó un protocolo de comando unificado o todo dependió del arrojo individual?
En países donde la gestión de riesgos es política pública y no reacción improvisada, las operaciones de rescate en ríos crecidos activan de inmediato equipos especializados en aguas rápidas, drones de reconocimiento, doble o triple línea de seguridad, supervisión técnica permanente y mando coordinado. Aquí, en cambio, demasiadas veces el resultado depende del valor -y de la suerte- de quien se lanza primero. Y el valor, cuando no está respaldado por un sistema, se convierte en vulnerabilidad.
También resulta inevitable soslayar el descarado aprovechamiento político de la tragedia. El alcalde de Surco, Carlos ‘Techito’ Bruce, anunció que un albergue y un parque llevarán el nombre de Patrick. El candidato presidencial Alfonso López-Chau cuestionó las condiciones deplorables en que trabajan los rescatistas. Las palabras pueden ser sinceras; el problema es que suelen quedarse en eso. Nombrar un parque no reemplaza un protocolo. Un tuit no sustituye una reforma.
Si en los primeros minutos se hubiera desplegado una respuesta multisectorial real -municipio, Policía, bomberos, serenazgo, autoridades de gestión de riesgo, incluso apoyo privado con equipos especializados- con mando claro y recursos adecuados, quizá hoy estaríamos contando una historia distinta. Quizá Patrick estaría vivo. Quizá el “Negro” estaría a salvo. Quizá estaríamos hablando de un rescate exitoso y no de una muerte evitable.
“Aquí, en cambio, demasiadas veces el resultado depende del valor -y de la suerte- de quien se lanza primero”.



