En otro lenguaje
Por Jaime Asián Domínguez

Un quinquenio nefasto, como pocos en la historia reciente, se cerrará el 28 de julio cuando un nuevo presidente constitucional asuma las riendas del país. Durante estos cinco años, Ejecutivo y Legislativo se han dado la mano para mandar al diablo al Perú, sin dejar de subrayar una verdad incómoda: quien eligió al impresentable Pedro Castillo fue la propia población, que también tiene pendiente un mea culpa.
Castillo está preso por intento de golpe y diversos casos de corrupción, mientras su esposa, Lilia Paredes, ya tiene dejo mexicano. Lo sucedió en Palacio Dina Boluarte y la mediocridad siguió gobernando, adosada a escándalos que todavía no tienen conclusión, como los casos ‘Rólex’ y ‘Cofre’, por mencionar apenas dos.
Y este Congreso de las leyes polémicas, los sueldazos, los mochasueldos, la cortaúñas, las Kiras y demás especímenes, sacó a la doña por incapacidad moral permanente y puso a José Jerí en la Casa de Pizarro tras encumbrarlo como presidente del Parlamento pese a una acusación de violación. Nunca antes la institucionalidad presidencial estuvo tan pisoteada, y sabe Dios a quién le pondrán ahora la banda luego de destituir al mandatario del chifita y las chicas visitadoras, como parece inevitable. El Congreso, fiel a su costumbre, juega sus cartas y apuesta a ganador con esa alianza de bancadas que secuestró el poder, mientras la inseguridad crece y los crímenes se vuelven paisaje cotidiano.
Mirar el futuro tampoco resulta auspiciador: si atendemos la tendencia de las encuestas, el próximo inquilino de Palacio no implicará mayor novedad. Todo indica que seguiremos atrapados entre las manías de la vieja clase política, corrupta o inoperante frente a los grandes problemas nacionales, reciclándose con nuevos rostros, pero con las mismas mañas.
El drama de fondo no es solo quién se sienta en el sillón presidencial, sino la degradación sostenida de la política como servicio público. Sin partidos sólidos, sin ciudadanía vigilante y sin sanción real a la corrupción, cualquier relevo será apenas un cambio de figuritas en un álbum repetido. Si este quinquenio deja una lección, debería ser que la democracia no se defiende sola. O la sociedad asume el costo de exigir decencia y competencia, o seguirá firmando cheques en blanco para que los mismos de siempre administren el fracaso.
“El Congreso, fiel a su costumbre, juega sus cartas y apuesta a ganador con esa alianza de bancadas que secuestró el poder”.



