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El general Arriola en su laberinto

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Por: Jaime Asián Domínguez

El presidente de la República, llámese Juan Pérez o Perico el de los palotes, es el jefe supremo de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional del Perú, en cumplimiento de lo establecido por la Constitución. Los símbolos de esa autoridad, que debe portar en ceremonias o actos oficiales, son la insignia y el bastón de mando. Hasta ahí todo claro, ¿verdad?
Lo que no se entiende es si, bajo esta perspectiva, el comandante general de la PNP, en este caso el general Óscar Arriola, tiene que rendirle tanta pleitesía a José Jerí, como lo hizo al intentar tapar el sol con un dedo luego de conocerse la “noche de chifa” del mandatario con un empresario chino. Alegó que salir a comer es una práctica común, comparándola con ir por un caldo de gallina o un pollo a la brasa en horas nocturnas.
Usted, general Arriola, está subordinado al jefe del Estado, es cierto. Sin embargo, la zalamería no le hace ningún bien a su uniforme ni a sus galones, en momentos en que la población quiere oír voces claras, firmes y enérgicas para -al menos- asustar a la delincuencia. Ya ha visto, seguramente, cómo terminan esos ministros franeleros que se tiran al piso con tal de mantenerse con el fajín y el buen sueldo. La ciudadanía no espera adulaciones ni excusas gastronómicas, sino liderazgo institucional frente a una crisis de seguridad que se ha vuelto la comidilla diaria.
Lo peor es que, en esa misma línea, el general Arriola ha salido ahora a pechar al Sistema de Información de Defunciones (Sinadef) y sus cifras sobre el incremento de homicidios en la era Jerí. Todos vemos que sin parar matan a transportistas o los amenazan a dinamitazos, además de baños de sangre como el ocurrido ayer en Los Olivos con tres asesinados, pero el oficial sostiene que se trata de una data falsa, irreal.
Supongamos, por un momento, que el general tiene la razón y que los muertos son los que indica la Policía. Aun así, son peruanos que han caído a manos de criminales que pululan por las calles. Y así fuera una sola la víctima, bastaría para exigir menos discursos defensivos y más autocrítica. Negar o maquillar cifras no espanta al crimen. Lo único que logra es agrandar la distancia entre el poder y un país que entierra a sus muertos mientras el mandamás de la PNP discute estadísticas.

“Ya ha visto, seguramente, cómo terminan esos ministros franeleros que se tiran al piso con tal de mantenerse con el fajín y el buen sueldo”.