Ser aprista no es una casualidad biográfica: es una marca de origen, una escuela de vida y una mística que se hereda, se vive y se honra. Yo no llegué al aprismo por moda ni por conveniencia. Llegué siendo un niño, cuando pertenecía a la CHAP —los Chicos Apristas Peruanos— donde aprendí que la justicia social no es un discurso, sino una conducta. Desde esos años primeros, cuando aún no comprendía del todo la dimensión histórica de nuestro movimiento, ya intuía que ser aprista era defender valores, no cargos; principios, no privilegios.
Mi juventud estuvo marcada por ese mismo espíritu. Militante sectorial del 9no de Breña y luego dirigente nacional de la Juventud Aprista Peruana, tuve la fortuna —y la responsabilidad— de recorrer parte del país, dialogar con nuestras bases y descubrir la diversidad humana que sostenía al partido. Allí entendí que el aprismo era más que Lima, más que los dirigentes, más que las pugnas internas: era un país clamando por dignidad.
1979: El año que nos partió el alma
La muerte de Víctor Raúl marcó a toda una generación. Yo era joven, pero lo suficiente para sentir el peso de aquel vacío histórico. Con su partida, se desataron fuerzas que siempre habían coexistido tensamente: los sectores conservadores y los sectores radicales, liderados por Armando Villanueva y Andrés Townsend. Viví de cerca esa rivalidad, que no era solo política sino también espiritual: ¿qué APRISMO iba a prevalecer tras la muerte del Maestro?
Nunca olvidaré esa etapa. Porque fue allí donde aprendimos que las discrepancias internas pueden enriquecer, pero también destruir cuando se anteponen los egos al ideal fundador.
El primer gobierno aprista: de la esperanza al golpe de realidad
Viví nuestro primer gobierno con el corazón dividido. No formaba parte del aparato estatal, pero lo acompañé con ilusión. Todos esperábamos que fuera la gran oportunidad histórica del aprismo para redimir décadas de lucha. Pero conforme las cifras económicas se desplomaban y la crisis se profundizaba, la realidad nos golpeó sin piedad. El derrumbe del gobierno fue también un derrumbe emocional para muchos de nosotros. Aun así, a diferencia de los oportunistas, yo mantuve mi lealtad. Porque el aprismo es una fe que no se abandona en la tormenta.
El viaje que se convirtió en destino
Un año antes del fin del gobierno, mi esposa y yo viajamos a Estados Unidos invitados por un empresario. Recién casados, soñábamos con unas simples vacaciones. Pero el destino tenía otros planes: en nuestro primer mes, nuestros ingresos superaron todo lo que podíamos lograr en el Perú. Y decidimos quedarnos. No fue fácil. Adaptarme a una vida nueva me tomó cerca de seis años, tiempo en el cual obtuve mi residencia permanente y luego la doble ciudadanía. Pero incluso lejos, el aprismo seguía siendo mi primera lengua emocional.
La reconstrucción de una comunidad en el exterior
Junto a compatriotas formamos el club Inti Perú, del cual fui el primer presidente. Era nuestra manera de mantener vivas las raíces y el espíritu de comunidad. Y hacia el año 2000 retomé formalmente mi
vida partidaria. En esa época, un grupo de compañeros del área nos reuníamos constantemente, hablando del partido, soñando con su recuperación, buscando reorganizar el aprismo en el exterior.
Ya entonces —y hasta donde tengo entendido— el compañero Mauricio Mulder había designado al compañero Carlos Tello, de Nueva York, como coordinador del partido en los Estados Unidos. Pero lo que comenzó como una designación temporal se ha perpetuado durante décadas sin que se convoque a un solo congreso, asamblea o elección interna para escoger democráticamente a un coordinador nacional del APRA en EE. UU.
La democracia interna también es un principio aprista
Y aquí debo ser claro, porque el silencio sería una traición a nuestra propia historia:
En el aprismo no existen cargos vitalicios.
En el aprismo los cargos se eligen, no se heredan.
En el aprismo manda la voluntad popular, no la conveniencia personal.
No es coherente hablar de democracia social hacia afuera cuando la democracia interna se ignora hacia adentro. No es aprista perpetuarse en un cargo sin jamás someterse a la voluntad de las bases. No es aprista dirigir sin convocar, mandar sin escuchar o representar sin consultar. Los apristas del exterior hemos sido pacientes. Hemos sido respetuosos. Pero no podemos seguir aceptando una representación que no ha sido refrendada por el voto ni por el debate orgánico. El APRA necesita renacer, sí, pero no renacerá si seguimos repitiendo los mismos vicios que alguna vez combatimos. El aprismo se construyó sobre la palabra renovación. Y llegó la hora de honrarla.
Mi vida es testimonio; mi voz es consecuencia
Yo no hablo desde la teoría, sino desde una vida entera dedicada al aprismo: desde la CHAP, desde la Juventud Aprista, desde las campañas, desde las derrotas, desde el exilio voluntario, desde la nostalgia de patria y desde la esperanza que nunca se apagó.Y por eso, hoy quiero añadir algo esencial: mi compromiso con todos los peruanos en el exterior. Porque yo he vivido en carne propia casi todos los procesos que atraviesan nuestros compatriotas migrantes: las penas de la distancia, las barreras del idioma, la discriminación silenciosa, el sacrificio de empezar desde cero, las jornadas interminables, el miedo a perder el estatus migratorio, la nostalgia de la familia…Y también he vivido sus alegrías: la primera oportunidad laboral digna, la estabilidad que nunca encontraron en el Perú, la conquista de derechos, el orgullo de salir adelante, el nacimiento de una nueva esperanza. Sé lo que es triunfar lejos de casa, pero también sé lo que es llorar por ella. Por eso afirmo, con total convicción:
Lucharé por todos los peruanos del exterior.
Por sus derechos, por su dignidad, por su representación real y honesta.
Porque nadie puede defenderlos mejor que quien ha vivido exactamente lo que ellos viven.
Un compromiso que nace de una vida entera
Hoy, después de décadas de militancia, me toca decir con claridad:
El APRA en los Estados Unidos merece democracia.
Merece reorganización.
Merece dirigentes elegidos por las bases.
Merece volver a ser aprismo auténtico, no administración perpetua.
Ese es mi compromiso.
Esa es mi voz.
Y esa ha sido, desde niño, mi historia aprista.
*Daniel Alvarado es pre-candidato al Senado por el Partido Aprista Peruano



