
Dejó moqueando a la siempre mandona María del Carmen Alva para beneplácito de la izquierda
• El banquete de los soberbios: cómo el canibalismo de la derecha terminó devorándose a sí mismo
Por: Toto de la Torre Ugarte
Llegó el 2026 y con él un portazo en la cara para la gentita de los barrios acomodados. La llegada de José María Balcázar a la presidencia no es un capricho del destino ni un error de cálculo; es el grito contenido de un país que se cansó de ser el espectador de un banquete ajeno. Mientras en Lima se brindaba por la caída de los «incapaces», en el Perú profundo se cocinaba una revancha que hoy tiene nombre propio y que pone a temblar a quienes creyeron que el poder era su herencia privada.
Este ascenso es, en esencia, la reivindicación de Pedro Castillo, aquel maestro que fue cercado por una jauría que jamás le perdonó el color de la piel ni el acento de la sierra. Al igual que la persistencia de Vladimir Cerrón, quien desde la resistencia orgánica supo mantener viva la llama de un cambio estructural, Balcázar encarna la respuesta a un sistema que intentó borrar del mapa a quienes no usaban corbata de seda. La historia, que es terca, nos demuestra que no se puede enterrar una idea sin que esta florezca con más fuerza en el siguiente invierno.
La derecha peruana, en su soberbia infinita, ha terminado víctima de su propio canibalismo político. Se dedicaron, con una hambre frustrada, a descuartizarse entre ellos, buscando quién era más «puro» o quién gritaba más fuerte contra el comunismo, mientras el ciudadano de a pie seguía esperando el agua, el título de propiedad y la comida barata. En esa pelea de callejón por el control de las instituciones, dejaron la puerta abierta para que el pueblo, harto de ver cómo se devoraban por una tajada de presupuesto, decidiera pasarles la factura de una vez por todas.
PAPELITO MANDA. Las cifras de este último año son el testamento de ese fracaso que hoy nos explota en la cara. Al cierre del 2025, la pobreza monetaria no dio tregua y se estancó en un doloroso 31%, golpeando los estómagos de las familias en las regiones del sur y el centro. Con una informalidad laboral que roza el 78%, la mayoría de peruanos ha tenido que sobrevivir al margen de un Estado que solo aparece para cobrar multas o reprimir, pero que se olvida de la salud y la educación de los más humildes.
No se puede hablar de democracia cuando el 10% más rico del país concentra más de la mitad de los ingresos, mientras el resto se pelea por los restos de una economía que solo funciona para los de arriba. Esa hambre frustrada de la clase política tradicional, que quiso comerse el país sin invitar a los dueños de la tierra, ha generado este vacío que hoy llena Balcázar. La gente no busca el caos por gusto; busca justicia frente a una derecha que, en su afán de caníbales, terminó por devorar su propia credibilidad y sus propias instituciones.
Hoy el panorama es claro: el Perú real ha tomado el mando frente a una élite que se quedó sin argumentos y sin votos. La lección de este 2026 es que el pueblo tiene memoria y que el sacrificio de quienes fueron perseguidos ayer es la semilla del gobierno de hoy. Aquellos que celebraron la caída de Castillo hoy miran con espanto cómo el ideal de un Perú para los peruanos resurge, más sólido y menos dispuesto a dejarse pisotear por quienes solo saben de intrigas y de banquetes solitarios.
“Hoy el panorama es claro: el Perú real ha tomado el mando frente a una élite que se quedó sin argumentos y sin votos”.
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