Clody Genaro Guillén Albán
Sociólogo
Máster en Intervención Social
Según la Defensoría del Pueblo, entre los años 2022 y 2023, más de 46000 niños y adolescentes
abandonaron el sistema educativo; en esta misma tendencia, las estadísticas muestran que cada
vez más adolescentes vulnerables abandonan «voluntariamente» la escuela.
Si bien las principales razones de la desescolarización de los adolescentes se encuentran en el
bajo rendimiento escolar que éstos tienen y en el desinterés de los padres por la educación de
sus hijos e hijas, lo cierto es que cuando un adolescente es desescolarizado pierde la oportunidad
de lograr aprendizajes que le son necesarios para su vida adulta y también se le priva de un
proyecto de vida que lo integre a la sociedad y a la economía de modo decente.
Debido a que, en condiciones normales, la escuela (junto a la familia) es uno de los principales
espacios donde se produce la socialización y donde, además, se prepara a los adolescentes para
la vida adulta productiva, la desescolarización no deja de ser preocupante, ya que ella aumenta
su presencia en la calle y hace a ésta su principal espacio de socialización, volviendo a los actores
de la calle sus referentes adultos y de pares, lo que –aunque no es una determinante– contribuye
a su inadaptación social y, junto a ello, a la generación de anomia y al desarrollo de conductas
criminógenas, entre las que –tal como lo muestran los medios de comunicación– destacan
«patologías sociales» como el sicariato adolescente, el cual está asociado al consumo de drogas,
la explotación sexual infantil y la situación de calle.
De acuerdo con esto, la socialización en la calle es un fenómeno que se torna cada vez más
preocupante, no tanto por las cifras sino por los efectos que ésta tiene en los adolescentes,
quienes al adoptar la «cultura de la calle» se insertan en un proceso de «callejización» del que
difícilmente podrán salir, ya que ésta se asocia al uso de drogas y al deterioro físico, psicológico
y social; en este sentido, si bien cabe que nos preguntemos ¿Qué está pasando en la escuela?,
también es necesario que nos cuestionemos sobre qué está pasando al interior de las familias,
en las que la mala comunicación y la violencia son constantes.
Sin duda, las dificultades en la familia irrumpen en la escuela y la escuela se vale de éstas para
expulsar a los adolescentes vulnerables, por lo que éstos irrumpen en la calle volviéndola el
espacio donde exteriorizan aquello que aprenden en sus hogares, lo que permanecerá como un
aprendizaje que no se podrá revertir si es que como sociedad no se hace algo.
La Desescolarización y la conducta criminógena de los adolescentes más que un tema de moda
es un problema social que está desbordándose y, por ello, debe preocupar al Estado y a la
Sociedad y, debido a que afecta no sólo a los adolescentes y a sus familias sino a toda la sociedad,
evidencia nuestro retroceso social y compromete nuestro futuro, pues con la desescolarización,
los adolescentes pierden su condición de alumnos y pasan a ser parte de una categoría
psicopatológica que los confinará a prácticas innecesarias o iatrogénicas, cuando en realidad lo
que el Estado debe hacer es mejorar las estrategias públicas para el fortalecimiento de las
familias vulnerables y para la protección de la infancia en riesgo.



