Historia bien taipá de la vida real
Un chinito sinvergüenzón solía esperar a sus ocasionales clientes depositado en una larga banca de madera, pantalón remangado, chancletas desgastadas y masajeándose los dedos de los pies con sabrosa maestría
Por: Jaime Asián Domínguez

Empecé a tener reparos a los chifas cuando, en el jirón Cañete, muy cerca del viejo local de los diarios Expreso y Extra, en el jirón Ica, donde empezaba a caminar como periodista, un chinito sinvergüenzón solía esperar a sus ocasionales clientes depositado en una larga banca de madera, pantalón remangado, chancletas desgastadas y masajeándose los dedos de los pies con sabrosa maestría.
El comensal que entraba famélico dispuesto a saciar todas las hambres, de golpe recibía la grasosa carta de los menúes y el cocinero, en un santiamén, con las mismas manos de la patológica manía, hacía volar el arroz graneado, regaba harto huevo sobre la sartén y le sacaba al fogón un chaufa con una mixtura de olores y sabores que de seguro el pesado de Gastón diría ummm…
Lo que no mata, engorda, parecía aceptar resignado el cliente del día. “Chafa cane” (chaufa de carne) sobre la mesa, el infaltable frasco de sillao y a seguir amasando las horquetas hasta que caiga la próxima víctima. Era una cadena de valor de la patada.
Prometí entonces, por todos los santos y el gato chino, luego de ver una y otra vez esa humeante apología a la insalubridad bien taipá, que ni al borde de la inanición comería en chifas de mala muerte, como la del chifero-podólogo de marras.
No obstante, con el paso del tiempo y mucha comida chatarra consumida bajo el puente, la tortilla se volteó y empezaron a proliferar en Lima y los conos excelentes propuestas de gastronomía china -con caritas bonitas como anfitrionas, de yapa-. El bolsillo también mejoró, y volví a las andadas culinarias.
Comprobé, además, algo que la ciencia tiene bien cocinado con harto kion, cebollita china y hongos: que el cerebro extiende vínculos afectivos con los platos bien presentados, o sea, que es cierto que la comida entra por los ojos (y no por los pies).
“El comensal que entraba famélico dispuesto a saciar todas las hambres, de golpe recibía la grasosa carta de los menúes”.
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mil chifas existen a nivel nacional en promedio.
En ocasiones he preferido ir a un chifa por media docena de siu mai especial y un reparador té de jazmín y postergar, sin dudas ni murmuraciones, un abrazador pollo a la brasa, por poner un ejemplo.
En cierta ocasión me expectoraron del dizque exclusivo chifa ubicado cerca de la clínica Ricardo Palma porque no hice la reserva del caso. De puro asado, como el pato, terminé metiendo palito en el cumplidor Garden de la Residencial San Felipe




