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No era amor al chancho sino al petróleo

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Por: Jaime Asián Domínguez

Los que rogábamos que, más temprano que tarde, se fuera Nicolás Maduro ahora tenemos sentimientos encontrados, porque en el presupuesto no estaba que el “sucesor” fuera Donald Trump, ni más ni menos. “Vamos a gobernar Venezuela”, dijo el envalentonado presidente norteamericano al ofrecer pormenores sobre el fulminante ataque a la República Bolivariana de Venezuela que concluyó con la captura del discípulo de Hugo Chávez y de su esposa, Cilia Flores.

Tras esta decisión, quienes han quedado con los crespos hechos son la opositora María Corina Machado -que no dudó en cantar victoria en el entendido de que Venezuela se había librado de Nicolás Maduro- y Edmundo González, el llamado “presidente legítimo”, que parece que nunca se sentará en el Palacio de Miraflores, pues dependerá de Donald Trump cuándo y cómo acabará el gobierno de transición que instaurará Estados Unidos.

“Llegó la hora de que la soberanía popular y la soberanía nacional rijan en nuestro país. Vamos a poner orden, liberar a los presos políticos, construir un país excepcional y traer a nuestros hijos de vuelta a casa”, señaló Machado en una misiva pública que denotaba hambre de poder. Sin embargo, no tardó en recibir el garrotazo del agrandado Trump: “Es una mujer agradable, pero creo que sería muy difícil para ella ser líder; no cuenta con todo el apoyo y el respeto del país”.

Otro de los temas que levanta sospechas sobre el verdadero propósito del “imperio yanqui” al invadir Venezuela es su fijación directa con el petróleo llanero. “Vamos a tener a nuestras grandes compañías petroleras de los Estados Unidos; van a gastar miles de millones de dólares, arreglar la infraestructura mal, rota, la infraestructura petrolera y empezar a ganar dinero para el país”, añadió Trump. En la rueda de prensa, el mandatario gringo repitió 26 veces la palabra petróleo y, como suele decirse, el pez por la boca muere.

Así, la caída de Maduro no significó la liberación prometida, sino un cambio de tutor y de discurso. Entre celebraciones prematuras de una oposición desplazada y la abierta confesión de intereses económicos por parte de Washington, Venezuela vuelve a quedar atrapada entre la retórica de la soberanía y la realidad de la imposición externa. Al final, el poder no cambió de manos para volver al pueblo, sino para confirmar que, cuando se trata de petróleo y geopolítica, la autodeterminación sigue siendo la primera víctima.

“En la rueda de prensa, el mandatario gringo repitió 26 veces la palabra petróleo y, como suele decirse, el pez por la boca muere”.