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El pollo con piña en salsa agridulce de Jerí

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En otro lenguaje

Por: Jaime Asián Domínguez

¿Por qué Pedro Castillo fue sentenciado por la opinión pública y con José Jerí intentamos ser tibios? En esencia, hicieron lo mismo, aunque en distinta locación. El primero despachaba clandestinamente en la casa de Sarratea; el segundo, en un chifa de San Borja. Ambos recurrieron al disfraz -uno con su ya clásica gorra y el otro con buzo y capucha- intentando mimetizarse con la noche para evadir el escrutinio.

Ambos actuaron fuera de agenda y a su libre albedrío, una práctica que roza la inconstitucionalidad al vulnerar la transparencia que exige el cargo público. Y ojo que lo secundó el ministro del Interior, Vicente Tiburcio.

Ya sabemos bien qué se cocinaba en Sarratea. Sí, corrupción, entre otros tamales. Ahora, tras el encuentro chifero con el empresario chino Zhihua Yang, el barro le está llegando al cuello a Jerí. Su anfitrión no es un desconocido, sino un personaje con un historial non sancto en los predios del Estado.

Las dudas no son gratuitas. Los registros del Despacho Presidencial confirman que Yang ingresó al menos tres veces a Palacio entre diciembre y enero. Estas visitas, previas y posteriores a la cena clandestina, sugieren una cercanía que Jerí no puede despachar con una simple disculpa.

Es inevitable preguntarse entonces: ¿Qué pasa en Palacio de Gobierno? Parece una maldición donde cada inquilino, ya sea elegido por voto popular o por el azar del destino -como es el caso de Jerí tras la gestión de la impresentable Dina Boluarte-, termina rompiéndole el corazón a la gente.

Jerí salió la madrugada de ayer domingo a pedir perdón y admitir su «error» por ir encapuchado. Pero la semilla de la duda germinó inmediatamente y crece a toda máquina. Las últimas encuestas ya reflejan un castigo a su aprobación inicial.

Se suponía que este gobierno de transición debía enfocarse en los problemas urgentes de la ciudadanía. Sin embargo, mientras la delincuencia no retrocede ni un ápice, la prioridad del Ejecutivo parece ser una agenda clandestina con intereses privados.

Y así no juega Perú. La transparencia no es una opción, es un mandato, y disfrazarse para evadirla es, en sí mismo, una confesión de culpa. Digo. Salvo mejor parecer.

“Su anfitrión no es un desconocido, sino un personaje con un historial non sancto en los predios del Estado”.