Con un premio nacional bajo el brazo y una idea que une ciencia, alimentación y cuidado del planeta, LIVANGUARD empieza a hacerse notar en el ecosistema de innovación peruano. La startup arequipeña obtuvo el segundo lugar en el Concurso de Química Verde del Grupo Gea, entre 15 equipos de todo el país, y destinará el rpemio a fortalecer su sistema piloto y dar el siguiente paso hacia el escalamiento comercial.
Su propuesta apunta a un mercado amplio —desde personas que buscan suplementos saludables hasta agricultores y empresas comprometidas con la sostenibilidad— y pone sobre la mesa una alternativa clave para un país marcado por el desierto, la alta radiación solar y los desafíos ambientales: el potencial silencioso de las microalgas.

La nueva startup quiere demostrar que la biotecnología es una solución para comer mejor, producir más en el agro y contaminar menos. LIVANGUARD es una empresa biotecnológica que trabaja con microalgas para desarrollar alimentos funcionales, biofertilizantes y soluciones sostenibles que, además, capturan dióxido de carbono (CO₂) del ambiente.
El equipo está conformado por jóvenes egresados de la Universidad Católica de Santa María – UCSM, y de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El proyecto es liderado por Yamir Velazco y Diego Quezada, quienes combinan formación científica y visión emprendedora. “Desde la incubadora INNICIA de la UCSM acompañamos a proyectos como LIVANGUARD porque conectan ciencia con impacto real. Aquí hablamos de ideas y también de soluciones que pueden llegar al mercado y mejorar la vida de las personas”, señaló la ingeniera Alana Sánchez, coordinadora del Proyecto Venture Studio de Proinnovate – INNICIA.

La idea nació al identificar dos problemas: la necesidad de producir alimentos y soluciones agrícolas más eficientes, y la obligación de reducir emisiones contaminantes. Las microalgas fueron el puente y funcionan como una levadura: se “alimentan” de CO₂ y nutrientes que por lo general se desperdician, y los transforman en algo útil. Estas microalgas crecen rápido —pueden duplicarse en uno o dos días— y producen hasta 10 o 20 veces más biomasa que los cultivos tradicionales, sin necesitar suelos fértiles.
Hoy, LIVANGUARD trabaja en tres líneas: la primera es biomasa tipo espirulina para alimentos y suplementos, con alto valor nutricional: contiene entre 60 % y 70 % de proteína, más del doble que la carne de res. La segunda son pigmentos naturales, como la ficocianina, usados en alimentos y bebidas. La tercera son biofertilizantes y bioestimulantes agrícolas, que pueden aumentar el rendimiento de los cultivos entre 10 % y 30 % y mejorar su resistencia al estrés climático. Las pruebas piloto se realizan en Arequipa, con resultados positivos en crecimiento y estabilidad del cultivo.

Lo que diferencia a LIVANGUARD de otros proyectos similares es que integra la captura de carbono en su modelo productivo. Por cada kilo de microalgas producido, se fijan cerca de dos kilos de CO₂. Esto abre la puerta a futuros proyectos de economía circular y hasta créditos de carbono. “No solo queremos vender espirulina, sino medir y demostrar que mientras producimos alimento y fertilizante, también reducimos la huella ambiental”, explican sus fundadores.



