JUGADORES

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    Lo que sucede en el Teatro Ricardo Blume es una clase magistral de cuatro de los mayores maestros de las artes escénicas peruanas: Alberto Isola, Alfonso Santistevan, Ricardo Velásquez y Américo Zúñiga, dan una lección pública de cómo se maneja el escenario. Habituados a tener decenas de estudiantes, esta vez dan una clase abierta en la que la obra del dramaturgo Pau Miró es un pretexto para mostrar la naturalidad con la que este cuarteto se mueve en las tablas. Por eso, es pedagógicamente placentero, pero a la vez es una debilidad escénica. Se llevan tan bien que no hay conflicto, ni clímax, ni desafío escénico. Hay demasiada armonía, incluso con la cáustica ironía que obliga el guion del escritor catalán, parece más bien florilegios gentiles antes que diatribas provocadoras como las que requiere esta comedia mordaz sobre las adicciones en las edades finales.

    La ventaja de ser viejos conocidos en el circuito limeño y conocerse lo suficiente para saber el ritmo del otro, el elenco se mueve con la tranquilidad de la respiración. Y ese respeto mutuo, merecido, por cierto, evita que se agiten los marcos dramáticos requeridos. Son tan amigos, tanto fuera como dentro del escenario, que se vuelven previsibles y corteses en las acciones que requieren todo lo contrario. Sin embargo, es un privilegio ver a un cuarteto legendario montar juntos en la circular arquitectura de la sala teatral. No por los logros actorales de la obra en sí, sino porque pocas veces un reparto de fantásticos mentores de la actuación despliega su didáctica con generosidad.

    Por ello, es una oportunidad valiosa para todo aquel que ame la historia del teatro y agradezca la ejemplar interpretación de quienes han consagrado sus vidas a las artes escénicas.

    Es inevitable aplaudir el desarrollo actoral magistral de estos magníficos maestros del teatro. Hay que asistir con la equilibrada humildad del que contempla una clase de actuación.