Una crítica al feminismo: de la victimización a la misandria

Publicado el 09/03/2025

CRÍTICA FILOSÓFICA

Una crítica al feminismo: de la victimización a la misandria

Ricardo Milla Toro
Director de Diario UNO

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, es una fecha que debería servir para reflexionar sobre los logros y desafíos de las mujeres en la lucha contra el gran capital. Sin embargo, en la práctica, se ha convertido en un espectáculo mediático donde el feminismo hegemónico, con su retórica grandilocuente y su victimización perpetua, secuestra la agenda de la emancipación femenina y convierte a la mujer en un mero instrumento de sus fines políticos. Y mientras las feministas de salón se toman selfies con carteles que dicen “El futuro es femenino”, miles de mujeres en Perú siguen lidiando con problemas reales: precariedad laboral, falta de acceso a servicios básicos y violencia doméstica. Pero, claro, ¿para qué hablar de eso cuando podemos discutir si el patriarcado es un sistema opresor que existe desde el neolítico?
El feminismo contemporáneo, ese que se autoproclama defensor de todas las mujeres, ha construido su discurso sobre dos mitos fundacionales: el patriarcado como institución opresora universal y el género como un constructo social impuesto por los malvados hombres. Alicia Melchor Herrera, en su artículo «Patriarcado y género: mitos fundacionales del feminismo», desmonta con lucidez estas ideas. El patriarcado histórico, aquel que surgió en sociedades neolíticas para defender territorios y organizar la transmisión patrimonial, murió hace siglos (o, a lo mucho, pervive en el mundo musulmán). Pero el feminismo, en su afán de justificar su existencia, lo ha resucitado como un fantasma omnipresente que explica todo: desde la brecha salarial hasta el hecho de que tu ex te deje en visto.
Y luego está el género, ese concepto que el feminismo radical desvincula de la biología para convertirlo en una construcción social opresiva. Según esta absurda lógica, ser mujer no tiene nada que ver con la biología, sino con un conjunto de roles impuestos por el patriarcado. Pero, curiosamente, cuando un hombre decide adoptar esos roles y se identifica como mujer a sí mismo, las mismas feministas que defienden el género como constructo social se rasgan las vestiduras y referencian a su menstruación. ¿No es acaso una contradicción? O, como diría Melchor Herrera, una incoherencia teórica que revela el verdadero objetivo del feminismo: no la liberación de la mujer, sino la perpetuación de su discurso como herramienta de poder y llenar las arcas de sus ONGs.
El feminismo, lejos de ser un movimiento revolucionario, se ha convertido en parte de la ideología dominante. ¿Cómo? Simple: transformando a la mujer en una víctima eterna, en una “clase oprimida” que necesita ser salvada por las iluminadas líderes feministas. Estas, desde sus cómodos puestos en ONGs subvencionadas por USAID o Intercorp y universidades de élite como la Pucp, se dedican a coleccionar opresiones como si fueran figuritas de álbum, compitiendo por ver quién tiene la narrativa más victimizante. Mientras tanto, las mujeres que trabajan en mercados, fábricas o el campo, esas que no tienen tiempo para teorizar sobre el cisheteropatriarcado, siguen esperando que alguien les resuelva sus problemas reales.
Pero no nos equivoquemos: el feminismo no está interesado en resolver esos problemas. Su verdadero negocio es la victimización. Cuanto más se hable de opresión, más fondos públicos o privados recibirán sus organizaciones, más espacio ganarán en los medios y más poder acumularán sus líderes. Y así, mientras las feministas celebran su “empoderamiento” en conferencias y redes sociales, las mujeres de a pie siguen lidiando con salarios miserables, falta de guarderías y sistemas de salud colapsados. Pero, claro, eso no importa, porque lo realmente importante es deconstruir el género y abolir el patriarcado, aunque nadie sepa muy bien qué significa eso en la práctica.
Y aquí es donde entra en juego el #MeToo y su derivado local, el #YoTeCreoHermana. Estos movimientos, que en teoría buscan visibilizar la violencia “de género”, han terminado convirtiéndose en una nueva caza de brujas donde la palabra de la mujer es suficiente para destruir la vida de un hombre. No importa si no hay pruebas, no importa si hay contradicciones en el relato, no importa si el acusado es inocente. Lo único que importa es que una mujer diga “yo te creo”, y listo: el hombre es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Esto es, barbarie.
Las funas y las cancelaciones son la versión moderna de los juicios por brujería. Es un asesinato social. Basta una acusación, por más infundada (o ridícula) que sea, para que un hombre sea despedido de su trabajo, expulsado de su círculo social y condenado al ostracismo. Y mientras tanto, las feministas celebran como si hubieran ganado una batalla épica, sin importarles que, en el proceso, hayan destruido la vida de un inocente, al punto de llevarlos al suicidio. ¿No es esto, acaso, una forma de violencia? ¿No es esto, acaso, misandria disfrazada de justicia?
Pero, claro, el feminismo no está interesado en la justicia. Lo que le interesa es el poder. Y para conseguirlo, no duda en utilizar a las mujeres como carne de cañón. Las víctimas reales de violencia sexual merecen ser escuchadas y apoyadas, pero el feminismo hegemónico ha convertido su dolor en un espectáculo mediático, en una herramienta para ganar influencia y dinero. Las ONGs feministas, financiadas por gobiernos y organismos internacionales, se han convertido en parte del Deep State , ese entramado de poder que controla las agendas políticas y sociales desde las sombras.
Por esto y más, el feminismo actual, todo tipo de feminismo, es basura.