Secuestro bajo fuego 

Publicado el 04/01/2026

Empezamos a vivir los tiempos interesantes de nuestras épocas. La guerra por el control del petróleo sudamericano empezó a explotar. Y la capa que veremos no será ese fósil elemento que por fortuna —o por desgracia, ya no se sabe— está en territorio sureño. El fetiche que veremos será la sangre y el fuego, los noticieros oportunistas informando para el orto en contra del legítimo presidente venezolano, Nicolás Maduro, y a favor del gringo dictador mercachiflero. Y así entonces en esta guerra mediática la vida entera también se convierte en mercancía. Los datos se venden, las conciencias se subastan, la moral tiene un precio y así, con esas negociaciones sucias, se concreta el secuestro nunca antes visto del presidente constitucional de una nación por el presidente constitucional de otra nación. 

Así las cosas, todo aquel que apoye al americano ya fue subsumido por la propaganda capitalista. La subsunción es esa cárcel sin barrotes en la que aquel que se encuentre dentro ya ni siquiera recuerda cómo era vivir fuera de ella. El subsumido por el capitalismo cree que avanza, tal personaje siente que llegará más lejos si apoya más al secuestrador y así el pobre diablo jamás descubrirá la trampa perfecta. El tramposo sistema capitalista aplaude así tal sacrificio. Va a llamar héroe a quien soporte sin nunca rendirse y apoye esos ataques a países disminuidos por haberse creído esa propaganda añeja de los ‘americanos liberadores de pueblos’. Lo que hacen estos avaladores de Trump es, más bien, vender su voluntad entera a cambio de sobrevivir. Ese heroísmo no sería nada parecido a la libertad, sino a la resignación convertida en virtud. Es el sistema desplegando su arma más silenciosa —no son sus aviones bombarderos— y más eficaz: la manipulación ideológica. 

No basta con explotar a la gente, no basta con robar el tiempo de vida de la humanidad, no basta con chupar la energía y destruir los sueños de los pueblos sudamericanos: el capital, representado en esta guerra petrolífera por Trump y sus secuaces, necesita que no sospeches de él y no nombres al verdugo. Necesita que creas que la culpa es siempre de su enemigo. Por eso existe un ejército no sólo de marines sino también de narradores mercenarios, medios de comunicación oligopólicos, series y películas pagados por ellos mismos, novelas de autores a los que el sistema mismo les da el premio Nobel, influencers ignorantes hablando estupideces, currículos escolares al orden y a la medida de los grupos de interés y todos van a repetir —seguramente— la misma mierda de información al cubrir nuestros tiempos interesantes: la guerra por los recursos naturales. 

El sistema hará creer a los más infelices seres más débiles de este universo que si Venezuela es un país pobre es porque no se esforzó. O si Trump mantiene su banco central totalmente endeudado con la fatídica inflación es porque el loco es un mal administrador. El pueblo venezolano trabaja con el mejor proceso de su historia, desde la llegada de Hugo Chávez, hace más de 25 años, y con su continuidad reflejada en Nicolás Maduro, pero no puede avanzar hacia su industrialización. Si le preguntamos a un contra-chavista seguramente repetirá el eslogan yanqui: ‘tomó malas decisiones’. ¿Tú crees que yo te voy a aceptar eso como cierto? Es el fraude psicológico más grande de la historia. Convencer a la víctima de que es culpable del crimen. Y mientras millones de venezolanos inmigrantes viajan cargando con esa culpa inventada, el verdadero ladrón permanece intocable. Los dueños de bancos, corporaciones y tierras siguen acumulando sin que nadie los destape. La manipulación va más allá de las noticias mercenarias. Está en las historias que consumes en los smartphones que a duras penas pudiste comprar, está en los héroes que admiras que permiten salir en señal abierta a despotricar como ellos quieren, está en los sueños americanos que te venden pero que nunca podrás comprar. El sueño americano glorifica al empresario que empezó desde cero, al millonario que nunca se rindió, al emprendedor que salió de la nada, pero estas sanatas son excepciones cuidadosamente seleccionadas para reforzar la mentira de que cualquiera puede hacerlo cuando en realidad el sistema está diseñado para impedirlo. Y mientras los medios masivos de comunicación hacen brillar esos ejemplos, con la otra mano ocultan los triunfos de su contradicción: la atención médica gratuita en países como Cuba y Venezuela que en otros lugares de horror como Estados Unidos serían temas impensados y hasta ridículos. 

Y, sin embargo, los que se comieron la galletita de la estupidez viven con un discurso impuesto que incluso aprenden a defender. Muchos inmigrantes agotados y endeudados de tanto trabajar para un país que no es suyo y que, para colmo, los odia y los repele, aplauden a los mismos millonarios que los asquean. Estos tipos creen que algún día también llegarán allí como si la cima fuera un destino abierto para cualquiera. Pero la propaganda sistemática no se queda sólo inspirando falsas aspiraciones, también fabrica falsos culpables para la rabia de esta gente. Así el sistema entrega chivos expiatorios a la medida de lo que se requiere. Y ahí está entonces un Nicolás Maduro siendo realmente uno de los mejores y más notables administradores de un pueblo valiente, vendido falsamente por los medios como un dictador a la altura de los clásicos de las guerras mundiales. El odio se desvía hacia los más débiles, nunca hacia los grupos de interés que manejan el circo en las sombras. Los trabajadores comunes, que son los que crean el valor en el mundo, son domados por la ideología del sistema instaurado y así terminan peleándose entre ellos, mientras el capital respira aliviado, blindado por el miedo infundado y la propaganda trucha que sembrará cada día. Y cuando la explotación de valor se vuelve insuficiente para crear nuevos recursos recurre a la guerra. So pretexto de cualquier cosa, como decir que un par de lanchas chotas van a dominar una mafia de narcotráfico sudamericano, cuando todos sabemos que las toneladas de esas mercancías viajan en sus mismos aviones porque de otra manera sería imposible, es que vienen estos cuentos de las guerras de nuestros tiempos. Así, las guerras de clases no se libran sólo en los campos de batalla, se libran también en las mentes. Y en esa batalla psicológica el capital lleva una gran ventaja porque tiene a su favor los discursos, los libros de texto, las series de televisión o el lenguaje mismo, mientras yo sólo tengo este papel que sostienes y esta tinta impresa.