Envejecer siendo pobre: el futuro que el Perú se niega a discutir
Publicado el 11/01/2026
Se viene una crisis de la que casi nadie quiere hablar con seriedad, no porque no existan los datos sino porque incomodan demasiado a una clase política y mediática más preocupada en administrar el presente que en pensar el futuro, una crisis silenciosa pero devastadora que no llega con tanques ni golpes de Estado, sino con cunas vacías, salarios miserables y jóvenes que descubren demasiado tarde que, incluso queriendo, no pueden formar familia, y ese fenómeno tiene nombre y apellido: envejecimiento demográfico. No es una sensación ni una exageración, es una tendencia global reconocida por Naciones Unidas, que advierte que 155 de los 204 países del mundo ya no tienen suficientes nacimientos para sostener su población en el largo plazo, y que está transformando la estructura económica de las sociedades modernas, porque donde antes había seis trabajadores financiando a un jubilado, hoy hay menos de tres, y para 2035 la proporción será apenas de dos a uno, con casos extremos como Corea del Sur o Italia, donde ya se observa una relación cercana a dos jubilados por cada joven y medio que trabaja, una ecuación fiscal que simplemente no cierra.

El problema es aún más grave cuando se lo mira desde la periferia, porque mientras los países industrializados envejecieron después de haberse enriquecido, el Perú está envejeciendo siendo pobre, informal y desindustrializado, y eso lo cambia todo. Según el INEI, para 2025 la tasa de fertilidad peruana ya cayó a 1.8 hijos por mujer, por debajo del nivel mínimo de reemplazo poblacional de 2.1, lo que significa que el país entra al llamado invierno demográfico sin haber construido previamente una base productiva sólida que amortigüe el golpe. No es que la gente no quiera hijos, es que no puede tenerlos, porque siete de cada diez egresados universitarios no encuentran trabajo en su carrera, porque quienes sí trabajan lo hacen subempleados, en la informalidad o en un call center, porque el sueldo formal promedio en Lima oscila entre 1800 y 2500 soles mientras un alquiler miserable de 30 metros cuadrados en distritos medianamente conectados cuesta entre 1500 y 2000, y porque acceder a una vivienda digna exige ingresos de 6000 u 8000 soles que la mayoría jamás verá, convirtiendo al mercado inmobiliario en el método anticonceptivo más eficaz del país, mucho más que cualquier política pública de planificación familiar.
A este cuadro se suma un Estado que gasta menos del 4% del PBI en salud, que empuja a millones a curarse con agua con llantén antes que enfrentar la humillación de un sistema colapsado, una ciudad como Lima donde se pierden entre tres y cuatro horas diarias en el tráfico según el TomTom Traffic Index, y una sensación de inseguridad permanente que termina de erosionar cualquier proyecto de vida estable. En ese contexto, resulta ingenuo —o directamente cínico— exigir natalidad a jóvenes que apenas sobreviven. Y lo que viene es peor, porque el envejecimiento no solo reduce la cantidad de trabajadores, también baja la productividad agregada: estudios internacionales muestran que cuando la proporción de mayores de 60 años crece 10%, el PBI per cápita puede caer alrededor de 8% en el largo plazo, una caída que en países como el Perú se traduciría en más impuestos, más deuda, menos inversión y pensiones todavía más miserables, en un sistema donde hoy, incluso siendo jóvenes, los aportes previsionales prometen jubilaciones que apenas alcanzan para sobrevivir.
La comparación internacional es brutal. Corea del Sur, en 1960, era más pobre que el Perú, con un PBI per cápita de apenas 158 dólares frente a los 253 peruanos, pero entendió que un país con población joven no puede darse el lujo de la mediocridad, planificó, industrializó, educó técnicamente a su gente y construyó un aparato productivo que hoy sostiene ingresos de 35 mil dólares por habitante. Singapur hizo lo mismo con aún menos recursos naturales y mayor disciplina estatal. El Perú, en cambio, desperdició su bono demográfico discutiendo nimiedades, exportando materias primas sin valor agregado y normalizando la informalidad como destino, para recién alarmarse cuando los jóvenes empiezan a desaparecer.La ironía final es que, cuando el país envejezca de verdad, la política se volverá todavía más cínica, derivando en una gerontocracia electoral donde se compren votos con pensiones insostenibles mientras se cargan impuestos sobre generaciones cada vez más pequeñas, y donde al joven se le repita el mantra vacío del “esfuérzate” y “emprende” mientras se le niegan las condiciones materiales mínimas para hacerlo. Si el Perú quiere sobrevivir al invierno demográfico, necesita por primera vez en décadas un proyecto nacional serio de largo plazo, basado en industria, educación técnica, productividad y orden estatal, porque si no, lo que viene no es solo menos nacimientos, sino una sociedad vieja, pobre y frustrada, donde, como ya ocurre, no es que los jóvenes no quieran tener hijos, es que el país les robó la posibilidad de hacerlo.
