El imperialismo no está en la mente
Publicado el 11/01/2026
El imperialismo es un fenómeno histórico que comprende la instrumentalización del poder político estatal por los grupos de poder económico que necesitan de la apropiación de los recursos naturales (materias primas y combustible) fuera de la demarcación territorial del Estado, mediante la coacción militar y el funcionamiento de un complejo aparato corporativo (cárteles, sindicatos, trusts, consorcios) y jurídico. Su referencia histórica se encuentra asociada al mundo moderno y al desarrollo del sistema capitalista, su reproducción de poder emana del Estado burgués que ha alcanzado su desarrollo material mediante el colonialismo y se mantiene por el neocolonialismo. Su nominación proviene de la forma estatal del imperio del mundo antiguo, pero se diferencia de aquel por las relaciones sociales de producción capitalista (capitalismo monopolista vinculado al capital financiero) y por la concreción del poder interestatal del mercado mundial.

La concreción del imperialismo hegemónico es el imperialismo norteamericano como una expresión de la política exterior de los EE.UU. La doctrina Monroe (1823) es la punta de lanza de esa ideología imperialista, la intervención militar estadounidense sobre países como Argentina, Canadá, Chile, México, Nicaragua y el Uruguay, durante el siglo XIX fue la expresión material de ese poder que continuó a lo largo del siglo XX «para evitar el avance del comunismo internacional». Para esto, ese poder ha creado una serie de organismos internacionales (como La Unión Panamericana en 1910 y la OEA en 1948) que le permitió intervenir política y militarmente sobre el continente americano a través de golpes de Estado. Asimismo, en la práctica, la OTAN es el brazo militar del imperialismo norteamericano sobre Europa. Durante la Guerra Fría (1945-1992), esta política imperialista se objetivó y universalizó mediante la instalación de bases militares (que aún se mantienen) en gran parte del mundo (un total de 128 distribuidas en 51 naciones), así como ha impulsado una serie de «guerras locales», a través de la CIA, en contubernio con sus embajadas locales, para colocar gobiernos afines a los intereses del Tío Sam. Como parte de esta práctica imperialista, se encuentra la implementación soterrada del Plan Condor (1975-1980) que consistió en aplicar la represión masiva y el asesinato selectivo de opositores contra la política imperial. Ahora, en este siglo XXI, los mecanismos imperialistas son más sutiles, el uso del Lawfare (guerra jurídica) para encarcelar a diferentes líderes y desacreditar a los movimientos políticos que no se plieguen a la política exterior norteamericana, así como clasificar a tales o cuales gobiernos de ser «dictaduras», «narco-dictaduras», «autoritarismos», «enemigos de la democracia» y demás, son puntas de lanzas ideológicas. Esta reacción imperialista expresa en el fondo un curioso mecanismo de defensa, propio de un poder amenazado.
La sociedad norteamericana, a través de sus aparatos ideológicos del Estado y su omnipresente industria cultural (que va desde su literatura hasta el cine), reproduce ideológicamente la situación de una amenaza constante, como, por ejemplo, la amenaza de las fuerzas de la naturaleza (terremotos, el retorno de la era glacial) sobre los EE.UU., la invasión de seres extraterrestres, el miedo a seres fantásticos y gigantescos que amenazan el orden de la libertad, la personificación del mal en una serie de enemigos imaginarios que atentan contra la sociedad estadounidense, a saber, los enemigos de la libertad y la democracia. Temores estos que son sentidos por cierto paroxismo que anima ideológicamente la metafísica de la libertad individual, así como acentúa una curiosa autopercepción que identifica a su propia sociedad (la sociedad estadounidense) como el ombligo del mundo. La fuente de ese egocéntrico radica en la génesis y en la estructura de esa sociedad que anima el lucro de la libertad individual y permite el uso indiscriminado de armas.
Al parecer, para esa curiosa mentalidad individualista, el Otro siempre es percibido como sospechoso de ser una amenaza constante a la propiedad individual. El individualismo no solo es la expresión pragmática de ese mundo material que se siente amenazado, sino, también, la búsqueda infructuosa de la identidad en una tierra que siempre ha sido sentida como ajena y extraña, porque sus familiares más lejanos (migrantes todos ellos) no tienen raíces profundas y milenarias sobre ella, más que un imaginario individualista que reposa sobre la fe protestante. Los pioners anglosajones, cuya progenie sumada a las diferentes olas migratorias de europeos que pueden ser referidos y clasificados como euroamericanos, usurparon a través de la violencia (masacres y genocidio) la tierra que poblaban los nativos (amerindios del norte) de esa parte del mundo. Al papel de la violencia en la historia, estos extravagantes anglosajones la edulcoraron como parte de un regalo de la providencia. Inaugurando así una curiosa historia adánica («Día de acción de gracias»), en donde la fe protestante incentiva y legitima el lucro, una curiosa democracia, así como la libertad individual.
Las idea-fuerzas del imperialismo norteamericano son la defensa de la libertad y la democracia. Así como la exportación de mercancías, el imperialismo exporta la libertad y la democracia hasta donde su poder militar le permite. Pero como el poder no solo se mantiene mediante la fuerza, los mecanismos jurídicos son tan eficientes como las armas para el imperialismo, a saber, con la creación de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos (1978) el imperialismo norteamericano sujeta a las naciones suscritas a un tribunal que dirige, pero al cual no se encuentra sujeto. En la práctica, ese tribunal determina quienes son o no, violadores de los derechos humanos y quienes son demócratas. Para esto, las ONGs vinculadas a la agenda derecho-humanista son muy selectivos a la hora de seguir los casos y llevarlos a la corte de la que dependen.
En nuestro medio, hasta los primeros años de la década del noventa del siglo pasado, en las ciencias sociales se estudiaba el imperialismo como un fenómeno histórico y político (militar). Lo último, tras la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la URSS (1991), fue reorientado hacia un curioso culturalismo que enfatiza el papel de la cultura sobre el poder material y la geopolítica, en lugar del imperialismo se divulgó y se posicionó la idea de que el imperialismo no es más que una ideología, que se encuentra en la mente de los hombres y mujeres de los países subdesarrollados. Al respecto, Silvio Rendón recuerda la «bajada de línea» que los gringos hicieron en el IEP a inicios de 1990: «Un invitado estadounidense llamado Lawrence Harrison daba la charla “el subdesarrollo está en la mente”. El ponente se explayó sobre el fracaso del comunismo, el triunfo del capitalismo y la preeminencia de los factores culturales en la explicación del desarrollo y del subdesarrollo de los países. El imperialismo y la dependencia, en particular de los Estados Unidos, como explicación al subdesarrollo habían sido derrotados». No obstante, fuera de la academia y ante la evidencia empírica de nuestro presente siglo, el imperialismo no está en la mente, sino que se encuentra actualizada en la realidad. Incluso, el poder del imperialismo se encuentra por encima del derecho internacional, como se vio hace algunos días con la intervención militar sobre Venezuela y el secuestro de su legítimo presidente para juzgarlo en sus tribunales. Asimismo, con total sinceridad la administración de Trump ha declarado que va a gobernar directa o indirectamente ese país sudamericano y ha usufructuar el petróleo venezolano, que, según ellos, por derecho (imperialista) le corresponde.