El etnonacionalismo
Publicado el 04/01/2026
A partir del nuevo siglo, la política de la región se ha orientado, entre otros rasgos, hacia lo identitario y la diversidad cultural. En relación a lo primero, los derroteros han sido variados, el movimiento homosexual ha logrado un mayor eco por su exposición mediática, como parte de una tácita política exterior, mediada y auspiciada por la USAID, así como el financiamiento al feminismo posmoderno que emana materialmente de las ONGs. Mientras que la orientación hacia la diversidad cultural ha sido múltiple en relación a los localismos regionales y a la pérdida de alguna alternativa de cambio socioeconómico. Y, más aún, el desclasamiento permitió que el discurso de la diversidad cultural alcance cierta capacidad de movilización. En ese escenario, en el orden ideológico, surgió en nuestro medio como una alternativa de cambio y de disputa por el poder, el etnonacionalismo como la ideología del etnocacerismo, como una suerte de continuidad y expresión contemporánea de «buscando un inca».
Como movimiento político, el etnocacerismo surgió de la «Logia Etnocacerista» (1989) producto del cuestionamiento por parte de cierta oficialidad del ejército a los generales («generalato pentagonizado») que dirigían la guerra contrasubversiva (1980-1995), así como de la descomposición del fujimorato. Este movimiento se materializó en la rebelión de Locumba (2000) y en el levantamiento militar del Andahuaylazo (2005). En el lapso de aquellos levantamientos armados, su ideólogo y caudillo, Antauro Humala Tasso fundó el periódico «Ollanta» (2001) (que posteriormente cambió de nombre a «Antauro») y publicó los libros: «Ejército peruano: Milenarismo, nacionalismo y etnocacerismo» (2001) y «Etnonacionalismo: izquierda y globalidad (visión etnocacerista)» (2006), escritos estos últimos durante su paso por la prisión.
A diferencia de quienes insistieron en el pragmatismo cínico y vacío del discurso democrático, el etnocacerismo se diferenció del resto de organizaciones políticas, que surgieron durante el nuevo siglo, por su insistencia en forjar una ideología, ideas que no solo tengan la capacidad de movilización y de organización, sino que permitan dar un sentido identitario. Para esto fue necesario la escritura, la divulgación oral de las ideas, forjar un periódico de confrontación. Al respecto Antauro reflexionó: «Entreví, que, así como la Revolución Jacobina de la Francia de fines del siglo XIX tuvo su “Amigo del pueblo” de Marat; Así como la Revolución Bolchevique tuvo su “Iskra” y así como los barbados de la Sierra Maestra tuvieron su “Gramma”, pues la insurgencia etnonacionalista debía contar con su vocero. ¡Había que irradiar el mensaje! y luego edificar el aparato. Es así que el etnocacerismo agregó a su función de capturar cuarteles, la de concientizar al pueblo ¡Primero el mensaje y luego la organización!».
El etnonacionalismo como la ideología del etnocacerismo acentúa lo identitario para dar conciencia al sujeto. De acuerdo a los lineamientos de esta ideología, el sujeto en la historia del Perú presenta una dualidad producto de la conquista española (1532), a saber, entre un sector criollo que se hizo del poder tras la independencia de 1821 y el indígena tawantinsuyano que se convirtió en el cobrizo subordinado a ese poder. La clasificación cromática de la piel en la estructura social del poder, como una expresión del racismo antiindígena, ha generado que el sujeto subordinado no tenga «conciencia de si». Esta situación de enajenación étnica __que comprende la relación entre raza y cultura__, ha hecho que el cobrizo no solo niegue su raza en nombre de un «mestizaje acomplejado», sino que también asimile una percepción que desvalora a su propio fenotipo estético __ el cual influye sobre su sexualidad__, así como lo empuja a resignificar en el orden semántico a sus apellidos indígenas de manera negativa (desvinculándolo de su estructura de parentesco) y a folklorizar su religiosidad «originaria» (pre-cristiana) que lo convierte en una mera expresión exótica.
Durante su cautiverio, Antauro reflexionó sobre la libertad, a saber, «la libertad tiene color», en alusión a la estructuración social, como factor «etnocultural». Idea esta que recogió de su padre y mentor, quien sostenía la «etnicidad tawantinsuyana», no desvinculada de la estructura de clases de la sociedad peruana. Esta inquietud culturalista, lo lleva a elaborar conceptos como «etnoclase», para referir una «pugna de etnoclases» en nuestra historia. Es decir, para este ideólogo, antes que la lucha de clases, tal como lo entiende, «el en mundo “de color” subdesarrollado rige la pugna de etnias». Esta manera de entender la disputa del poder en clave culturalista, se encuentra en consonancia con la ideología del «choque de civilizaciones» (1993) que adquirió fuerza durante la década del noventa del siglo pasado. Por eso, Antauro se pregunta: «¿Es el Perú un “país occidental”? Obviamente que no (por más que su depravada élite criollo-extranjera persista en sostener lo contrario), y si no lo es, no es por motivos relacionados con la performance de Marx, sino con la de Manco Qapaq (…)».
Estas referencias expresan una tácita discusión con el indigenismo del siglo XX. Para Antauro, el indigenismo no es la expresión ideológica del indígena, sino del no-indígena, por eso, dirá, «el etnonacionalismo es una especie de “indigenismo en primera persona” (nosotros), mediante el cual el nativo __autoreivindicándose de objeto en sujeto__ se reconoce a sí mismo en un proceso de recuperación de identidad». Esa recuperación identitaria lo lleva a considerar y a demarcar dos dimensiones, a saber, lo etnocultural y la estructuración clasista (Factor clasista). El primero adquiere una mayor dimensión y subordina al segundo, a través del revisionismo de la historia, una suerte de idealismo histórico y culturalista, en el que se le da el peso gravitante (y que realmente lo tuvo) al periodo prehispánico, enfocado desde un curioso «particularismo histórico» que sospesa, en nombre de la cultura, la idealización de figuras históricas como la de Manco Capac y las formaciones políticas como el incario. Asimismo, durante la formación de la república acentúa la figura de Andrés Avelino Cáceres, como un gran significante que permite no solo dar sentido a la Guerra del Pacífico (1879-1884) __periodo en el que se forjó la conciencia nacional del campesinado indígena__, sino a un nuevo proyecto nacionalista que emana de la soldadesca.
Al Cáceres terrateniente que fusiló a sus lugartenientes indígenas del Valle del Mantaro, la función ideológica del etnonacionalismo lo convierte en el símbolo de la resistencia contra el invasor foráneo (chileno). Este recurso ideológico pretendió convocar, y lo logró, a los avelinos del siglo XXI (reservistas), instalando y actualizando el poder que tiene el ejército, no solo como poder material institucionalizado, sino como poder ideológico identitario de alcance nacional. A diferencia de los tawantinsuyanos culturalistas, el etnonacionalismo es un «culturalismo definido» que pretende el poder.
No obstante, en el fondo, el etnonacionalismo es el andinismo pachamámico de la pequeña burguesía no-blanca del interior del país. Antauro se arroga la expresión del verbo de Manco Cápac para diferenciarse del marxismo insurgente. Su nacionalismo andinista está elaborado por una serie de lugares comunes propios del indigenismo primigenio. Como reproducción ideológica expresa el conservadurismo del área andina con todas sus taras y su mentalidad arcana. Ese nacionalismo está elaborado de frases milenarias y buenas intenciones, y que al igual que el anarquismo no es más que la expresión de los deseos del pequeño burgués desclasado. Y así como el progresismo de las clases medias, no escatimaría en mostrarse anticomunista si la coyuntura lo exige.
