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Su Excelencia

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En 1967 Mario Moreno «Cantinflas» protagonizó en el cine esta comedia que hacía burla del sistema político en un país latinoamericano imaginario. La trama, a través de una serie de golpes militares y contragolpes civiles, lleva a su protagonista de humilde portapliegos a orador en la asamblea de naciones, ante la que da un discurso memorable y se retira.

En el Perú, la sátira de Cantinflas queda corta. Aquí hemos tenido en el último año a dos candidatos a congresistas que no soñaron jamás en la presidencia de la República, pero por el azar acabaron como mandatarios provisionales. A diferencia de la parodia de Cantinflas, los protagonistas del impensado ascenso a la máxima dignidad del país, Manuel Merino y Francisco Sagasti, no quieren quedarse fuera de la historia y pretenden que se les reconozca como gobernantes formales, no solo en los libros de texto.

Ello porque desean, además, que el Parlamento les otorgue la pensión vitalicia, equivalente al sueldo mensual de un congresista, establecida en la ley. Así lo hizo saber Sagasti mediante un oficio al oficial mayor del Congreso solo dos días antes de culminar su mandato. Mientras que Merino acaba de solicitarlo a su correligionaria María del Carmen Alva, argumentando haber desempeñado la presidencia por cinco días, del 10 al 15 de noviembre de 2020.

Un constitucionalista de nota, como Luciano López, le ha echado un balde agua fría a la pretensión. En su opinión, ambos congresistas han desempeñado por sustitución las funciones, pero no han ocupado el cargo de presidente constitucional, al que se refiere la ley. Fina distinción, según la cual, a sus excelencias no les corresponde ni un chelín del Tesoro Público. Más aun, ha desbaratado el argumento jurídico que enarbolan los recurrentes: que a Valentín Paniagua, quien reemplazó a Alberto Fujimori, el Congreso si le dio la pensión presidencial. A lo que López ha replicado «Con toda la admiración y respeto que siento (por Paniagua), el beneficio no le correspondía. Otorgarle la pensión fue un error y el error no genera derecho».

Por ello, lo más probable es que los sendos pedidos de pensión sean archivados y que los dos presidentes provisorios deban conformarse con el honor de haber llevado la banda presidencial sobre el pecho, Sagasti mucho más tiempo que el efímero Merino.

Lo que queda, en claro, del episodio es que si viviera Cantinflas nuestro país sería una fuente mucho más rica de inspiración para reírse y hacer reír con la política.

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Indecopi: un zombi anda suelto

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Durante todo el siglo XXI, el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual r (Indecopi) vivió como un zombi. Estaba muerto, funcionaba y de cada mil reclamos resolvía uno a favor de los consumidores. Durante la pandemia, el muerto viviente quedó inmóvil. Las empresas de servicios telefónicos, agua y luz hicieron lo que quisieron con los recibos de los indefensos usuarios, los grandes almacenes que vendían por reparto (delivery) se burlaron de sus clientes, negándose a hacer cambios de la mercadería defectuosa entregada y reteniendo el pago hecho por ella, y todo tipo de negocios quedaron librado al mercado salvaje. El desequilibrio se acrecentó.

En ese estado de catalepsia se encontraba, cuando hace algunas semanas el presidente Pedro Castillo, en una de sus controversiales decisiones, y presumiblemente pagando favores de campaña, nombró un nuevo presidente que no tenía ninguna preparación sobre el tema y ahí la situación empeoró. El zombi dejó su letargo para revivir y volverse contra los consumidores y empezó a disparar resoluciones a favor de las empresas. Es decir, empezó a funcionar al revés.

Recordemos, el Indecopi fue creado en 1992, durante el gobierno de Alberto Fujimori, como un contrapeso a la liberalización de la economía, de modo semejante al modelo que existe en la mayoría de los países del mundo y, en particular, en aquellos donde el capitalismo está más desarrollado.

En el Perú, nunca fue así. La presencia de un miembro de la Asociación Peruana de Consumidores y Usuarios (Aspec) intentó dar a Indecopi un rostro humano, pero nunca lo logró. Sus funcionarios consideraban que ellos no eran los defensores de los consumidores sino los árbitros entre estos y las empresas y, para ello, crearon un sistema en el que el perjudicado para hacer un reclamo tenía que seguir un procedimiento extraordinariamente largo y costoso, que nunca acababa bien.

Pero a la nueva presidencia, esta función ineficaz le ha parecido poco y en solo días ha empezado a disparar resoluciones de su tribunal que retroceden al Perú a la época de la carreta en materia de protección del consumidor. Alentadas por el talento legal y el desparpajo moral de la nueva gestión «revolucionaria», numerosas empresas se apilan en su mesa de partes para desmontar «legalmente» los mecanismos elementales, como el etiquetado de advertencia.

Un zombi, anda suelto. Cuidado que se lleve de encuentro al presidente Castillo.

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Il sorpasso

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Es una expresión del italiano que puede traducirse como la escapada o el adelantamiento. Se hizo popular por una película (1962), dirigida por el genial Dino Risi y protagonizada por el no menos magistral Vittorio Gassman, que narraba una escapada por las desiertas calles de Roma en pleno ferragosto.

En el Perú se ha producido un poco percibido sorpasso. Un informe publicado en nuestro diario revela que el mapa de organizaciones políticas se ha modificado. En sus primeros puestos ya no figura el APRA, la más grande organización política de todos los tiempos, ni tampoco el fujimorismo en su versión Fuerza Popular. En cambio, en los cuatro primeros lugares de los partidos con mayor número de militantes inscritos aparecen APP de César Acuña, Acción Popular, Somos Perú, hoy copada por Martín Vizcarra y el Frente de la Esperanza, de Fernando Olivera. Las agrupaciones de Rafael «Porky» López Aliaga o Hernando De Soto aparecen como huérfanas de militantes.

APP es resultado de la descentralización inconclusa del país y del anhelo regionalista de los pobladores del interior. Sin una ideología identificable con las grandes corrientes conceptuales mundiales, en cambio su leit motiv es el reclamo anticapitalino que en el Congreso Constituyente de 1931 dio lugar a la formación del primer grupo parlamentario Descentralista. Es el partido que tiene más gobiernos regionales y alcaldes. AP es una mixtura de los rezagos del partido fundado por Fernando Belaunde Terry con el aparato que Raúl Diez Canseco mantuvo vivo en las últimas décadas, pesando que lo podría llevar a la presidencia de la República. Luego de diluida la aspiración del sobrino del fundador, hoy más que nunca es una «federación de independientes» como la definió Andres Towsend en la década de 1960.

Somos Perú es una expresión municipalista, heredera de Alberto Andrade. Pero sus manejos más comerciales que políticos han desvirtuado su sentido original para derivar en una especie de franquicia electoral al alcance de disponga de los recursos para pagar su costo. Y el Frente de la Esperanza es la novedad electoral que podría robarse el voto del amplio sector conservador de Lima Metropolitana, que quiere resultados más que aventuras y que, en las pasadas elecciones metropolitanas, por ello, encumbró a Jorge Muñoz contra Daniel Urresti.

Hasta donde llegará este sorpasso de los nuevos protagonistas electorales. En once meses y unos días, lo sabremos.

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Sueño de una noche de primavera

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Dormía con la placidez de un bebe. Joven, guapa, con un esposo empresario, su participación pública no podía haber sido mejor. Cuando se lanzó a la vida política nunca pensó que llegaría a liderar una cámara legislativa. Pero todavía estaba por llegar más.

La crisis de su país había generado una gran inestabilidad. Los grupos económicos ya no soportaban a un presidente izquierdista y habían movilizado a los círculos de poder mediáticos, militares y financieros a complotar, para dar un golpe de mano y hacerse de la presidencia provisional. Total, ya antes había ocurrido, en más de una oportunidad, así que la idea no era nada descabellada. Lo bueno era que, constitucional y naturalmente, si caían el presidente y la vicepresidencia la sucesión le tocaría a ella. Gracias Dios mío, todopoderoso, por haberme puesto en este cargo privilegiado, pensó.

Los hechos se desencadenaron vertiginosamente. El alza del dólar, la carestía de los productos de primera necesidad, la escasez de gas, el paro de los transportistas, los anuncios aterradores de los noticieros de televisión, crearon las condiciones para que el presidente perdiera el respaldo de las poblaciones del interior y de las comunidades campesinas que habían sido factores fundamentales de su victoria. En cambio, los partidos liberales con fuerte peso en la capital la vieron con buenos ojos, para librarse de su rival y vengarse así de la derrota electoral que les había infligido. Se hizo lideresa de la vacancia presidencial.

Entonces la promesa se hizo realidad. La Fuerza Armada presionó al presidente y este no tuvo más remedio que renunciar públicamente y huir a una zona del interior del país. Ella se ciñó la banda y dio un «balconazo». El Tribunal Constitucional la reconoció como presidenta. Cualquier cosa era poco para esta bendición.

Democráticamente llamó a elecciones, en las que pensaba ser la candidata preferida. Pero los partidos liberales no lo creyeron así. Se dio cuenta que la habían utilizado solo para tumbar al presidente incómodo y tuvo que acabar renunciando a su candidatura. Pero eso no fue todo, en las nuevas elecciones volvieron a ganar los izquierdistas y su partido fue pulverizado en las urnas. Pocas semanas después, la Fiscalía la encauzó por sedición, fue detenida e ingresó a un penal de provincias.

En este momento, mojada en sudor y llanto, despertó. Al verla tan descompuesta, su esposo trató de calmarla «Tranquila mujer, ¿qué paso?». A lo que ella respondió con una pizca de tristeza «Soñé que no era María del Carmen Alva, sino Jeanine Áñez».

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