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Sectores populares y vivienda en Lima a inicios del siglo XX

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Sectores populares y vivienda en Lima a inicios del siglo XX

Abelardo Gamarra sostiene que: “Un callejón, en primer lugar es un fundo, que pertenece a algún rico, al que poco le importa que el diablo se lleve a los que en él habitan”.

El callejón también fue un negocio para las familias pudientes que alquilaban cuartos a los más pobres sin importar las condiciones de salubridad a las que eran expuestas. Lo importante era el dinero no la salud. Continúa Gamarra:

“¡Qué vida la íntima de aquellos seres! A veces un hijo con viruela, otro con sarampión, el tercero con fiebre, la mujer tísica y el marido borracho; quejidos, llantos, blasfemias; el día húmedo, el caño sin agua, solo un ser impasible, entre el fogón, durmiendo como un muerto: el gato esquelético y friolento”.

Quizás a algunos investigadores les puede parecer un cuadro imposible de creer o una mera exageración del autor pero, es la descripción de los habitantes de Lima que se encontraban en el grupo de pobreza extrema. Habitantes de una ciudad en el límite de pretender ser colonial a pesar de los grandes cambios que transformaban el mundo. Entre el sueño virreinal y la supuesta modernidad.

En 1909 el Médico Demográfico Municipal realizó la siguiente descripción de un callejón considerado una vivienda típica obrera:

“La casa citada, que desde su fachada demuestra su estado ruinoso y antihigiénico, consta en la parte exterior, además de la puerta principal, de dos tiendas al lado izquierdo, dedicadas una a la venta de frituras y la otra a la de carbón, y al lado derecho otra, ocupada por una encomendaría. Todas esas tiendas, sobre todo las dos primeras, son muy pequeñas, como es de imaginárselo, dada la contigüidad en que se encuentran en despacho de carbón y el de frituras. Al pasa el zaguán de la casa, nos encontramos en un patio, en el cual se han construido, con tablas viejas, dos habitaciones, reduciendo el área de aquel de una manera muy apreciable. Continuando a la derecha, seguimos por un callejón tortuoso y sinuoso en su piso, debido a que el pavimento, tanto de este como del resto de la casa, está constituido por tierra; al terminar el citado callejón, hay un segundo patio y en uno de sus lados cuatro cuartos pequeños en estado de ruina, en la actualidad habitados, y al lado de éstos tres corrales, dedicados, dos de ellos, a la cría de animales domésticos y el otro a encerrar burros, y como la limpieza no debe hacerse con mucha frecuencia, es tal la cantidad de inmundicia acumulada, que hace imposible la permanencia en dicho lugar, ni por breves instantes”.

En estas condiciones vivieron –y siguen viviendo- muchas familias en Lima. Cuartos reducidos, improvisados, peligrosos y rodeados de inmundicias, los niños juegan diariamente sobre las mismas. Los roedores se adueñan de los pasadizos en las noches. Perros y gatos hacen su trabajo. Las enfermedades encuentran un sitio propicio para convertirse en epidemias. Mientras las autoridades describen la escena, nos dejan fuentes para el estudio histórico pero, no solucionan esta insostenible situación social.

Esta relación entre el callejón y las epidemias ya era conocida por las autoridades municipales de la capital así, en 1901, en las Memorias de la Ciudad de Lima, se señaló que:

“Viven allí en espantosa condición, mujeres, niños, y hombres y animales domésticos de toda clase, sin que haya una sola regla que garantice la vida y la salud… se ven en reducidísimas habitaciones de dos o tres metros cuadrados alojarse familias de cuatro, seis o más miembros, allí se crían toda clase de animales, en el mismo cuarto se hace la cocina, el lavado de la ropa, tanto para la familia cuanto de las casas de la ciudad, pues las inquilinas son lavanderas, y bien sabe Ud. que en esa ropa puede venir el elemento infectante de la fiebre tifoidea, de la viruela y de otras infecciones”.

Y, a pesar que las autoridades percibían la peligrosa relación entre el callejón inmundo y las epidemias, no hicieron grandes esfuerzos por eliminarlos o por lo menos, asearlos, de tal forma que la ciudad sufrió posteriormente los estragos de la peste bubónica con su altísima cifra de muertos.

Este es el caso José Carlos Mariátegui, quien luego de permanecer internado en la clínica Maison de Santé durante cuatro meses (octubre de 1902 a febrero de 1903), fue trasladado por su madre a su casa ubicada en la calle León de Andrade 548, lugar descrito por Guillermo Rouillon de la siguiente forma:

“Era é sta una vetusta casona limeña de estado ruinoso, de largos pasillos, donde el niño [José Carlos Mariátegui] y su familia habrán de ocupar unas habitaciones oscuras y húmedas; y en cuyo interior estaban dispuestos algunos muebles lamidos y varios cachivaches. En este lugar, un tanto insalubre y falto de luz y comodidades, ha de continuar el enfermo inmovilizado cerca de dos años por indicación médica. Durante esta larga convalecencia y quietud, privado de la alegría de ver el sol y de participar en los juegos violentos, propios de la niñez, se habrá de producir el atrofiamiento definitivo de su pierna”.

Un niño enfermo de los sectores urbano-populares de Lima, viviendo en estas condiciones inmobiliarias, era víctima del recrudecimiento de su dolencia, de adquirir nuevas enfermedades y, en muchos casos, de la muerte. En el caso del niño José Carlos Mariátegui, fue el atrofiamiento de su pierna.

Sectores populares y vivienda en Lima a inicios del siglo XX

Jorge Basadre recuerda que:

“Por varios años ocupamos en Lima un departamento en un segundo piso de la calle Boza. Más tarde nos trasladamos a la calle Lescano a unos altos; y luego, en 1917, a raíz del incendio en una ferretería en los bajos de esa casa, a la avenida de la Colmena, llamada oficialmente Nicolás de Piérola. Tanto en la calle Lescano como en la avenida de la Colmena mi adolescencia gozó de un privilegio que a los niños y muchachos de hoy les está siendo negado: el de retozar en la azotea. Allí, en ese vasto espacio cortado tan solo por los montículos creados por las ventanas teatinas, jugué con amigos o familiares, a la guerra, al deporte y alguna vez hasta a la representación teatral…No olvido, por cierto, a las que crecieron en “callejones” o casa de vecindad con un destino más triste que el nuestro”.

Este testimonio nos permite entender que los callejones no fueron solo un espacio donde las epidemias encontraron un aliado para progresar en la ciudad; sino también, un espacio social muy reducido donde los niños y los adolescentes carecían de la posibilidad de jugar o hacer deporte. Tugurizados, pequeños e insalubres, los callejones cobraron la vida de miles de sus habitantes, principalmente niños. Los llamados párvulos en los cementerios.

Pero, esta estrechez de vivienda que causaba tanto daño entre los sectores populares, también se encontraba en ciertos sectores de las nuevas clases medias limeñas. Así por ejemplo, en su libro, Tito Castagnola Seguín anota que:

“Mi primera infancia, la viví en Vilcanota 174 (la calle hoy se llama de otro modo), a espaldas de Guzmán Blanco y muy cerca de la Plaza Bolognesi, donde cada 7 de junio, los conscriptos juran lealtad a nuestra bandera. Era una casa pequeñita, de dos pisos, cuyo balcón era mi sala de juegos…La escalera de esa casa, tiene una anécdota especial. Y es que a lo largo de sus empinados escalones, me cargó en brazos, mi primo Julio Sotomarino antes que yo naciera…Resulta que mi madre, Doña Victoria, atravesaba un difícil embarazo y el médico le había prohibido subir escaleras. De modo que llegado el momento, Julio, que era un gimnasta muy fuerte, alguien que ahora podría calificar como físico-culturista, alzaba en brazos a la gestante y naturalmente al fruto que llevaba en sus entrañas…El hecho, motivó un poderoso lazo familiar que se enriqueció a lo largo de los años y fue siempre motivos de gratas charlas hogareñas”.

Resulta interesante este relato porque nos permite reconocer que las nuevas clases medias limeñas, a pesar que muchas de ellas no vivían en el llamado Centro, presentaron ciertas incomodidades en sus viviendas, en algunos casos estreches, en otros casos insalubridad y en otros ambas a la vez. Entonces, se recurren a formas ingeniosas para solucionar dichos problemas. Son los mismos habitantes de la ciudad quienes, junto a la familia, quienes solucionan los problemas de la capital, frente a la desidia e incapacidad de las autoridades de turno.

Otro testimonio, de estas nuevas clases medias que tienen que compartir la insalubridad de la capital, es la del doctor Roberto J. Beltrán, quizás un poco más tardío (la década de 1930) pero, igual de ilustrativo. Dice el doctor Beltrán que:

“Vivíamos entonces en una casita de dos habitaciones y una cocina, con puerta y ventana a la calle, en el jirón Pariacoto 635 de Chacra Colorada, Breña. Tenía un altillo de madera que servía de dormitorio a Pascuala, la chica que me cuidaba”.

Nuevamente la estrechez de la vivienda a pesar de ubicarse fuera del Centro de la capital y, percibimos que “a la chica que cuida al niño” la hacían dormir en el altillo. Dentro de cada casa se reproduce la situación económica-social de Lima. Para los más pobres, las peores condiciones de vida. Continúa Beltrán indicando que:

“Vale decir algo sobre el barrio en el que vivimos y de nuestros vecinos más cercanos. Chacra Colorada era una urbanización formal. Por esos años no se conocían las barriadas, pueblos jóvenes, asentamientos humanos, o como se quiera llamar a este fenómeno habitacional que se hizo patente en los primeros años de la década del cincuenta. Chacra Colorada era la urbanización más occidental de la ciudad de Lima. Comenzaba en la avenida Alfonso Ugarte, al este, y terminaba en la avenida Tingo María, al oeste. Más allá de Tingo María todo era campos de cultivo, hasta Bellavista, el primer distrito que uno encontraba a las puertas del Callao. El límite norte estaba en la avenida Colonial, por donde transitaba el tranvía de la línea Lima-La Punta; en tanto que las huertas y platanales no permitían precisar la línea de la frontera sur. Con excepción de las principales avenidas, las más de las calles todavía no estaban pavimentadas, ni lo estuvieron hasta fines de los años cuarenta. De esto doy fe, pues hasta 1945, cuando cumplió su mandato como diputado obrero el compañero Juan P. Luna, vecino nuestro y paisano de mis padres, las calles todavía eran de tierra y piedras. Luna, por su papel político, era el vecino más notable del barrio, sin que ello quiera decir que no hubiera otras familias notables, como los Landi, los Allecchi, los Viale, los Huaroto y los Morimoto. Estos últimos, dueños de una casa muy grande, de dos pisos, con fachada de ladrillos caravista, que la hacían una de las mejores puestas del barrio, ubicada en la esquina de Yurúa y Pariacoto. El señor Morimoto tenía una tienda de juguetes en la calle Mantas, en el Centro de Lima, y era tenido como persona pudiente”.

Es decir, Lima empezaba a extenderse y ocupar las tierras de las haciendas vecinas. Nacían las nuevas urbanizaciones pero se mantenían los mismos problemas de insalubridad. La estrechez y la tugurización eran cambiadas por pistas de tierra. Las nuevas clases medias –conformadas por migrantes- se acomodaban en los nuevos barrios de Lima. pero seguían conviviendo con los viejos problemas de la capital.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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VIDAPacino: los 80 años de un mito de Hollywood

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VIDAPacino: los 80 años de un mito de Hollywood

Al Pacino, uno de los actores más embléma­ticos de la historia de Hollywood, cumple 80 años hoy. En su trayec­toria figuran hitos como al trilogía de El Padrino, Tarde de perros, Perfume de mujer (que le valió su único Oscar), un singu­lar debut como director con En busca de Ricardo III y una carrera que se extiende en el cine por medio siglo con algo más de 60 películas en su haber.

El actor nació como Alfredo James Pacino en Manhattan, el 25 de abril de 1940. Hijo único, su­frió la separación de sus padres y pretendía ser jugador de baseball. Dejó la escuela a los 17 años y comenzó a incursionar grupos de teatro. Fue rechazado como alum­no del Actor´s Studio, adonde regresaría bajo la tutela de Lee Strasberg, a quien reconoció como una figura influyente en su formación.

A fines de los 60 desta­có en varias obras en el circuito teatral de Nueva York y llamó la atención con la película, The Panic in Needle Park. Ese rol lo catapultó a la consi­deración de Francis Ford Coppola, que lo convo­có para el personaje de Michael Corleone en El Padrino. La Paramount no vio con buenos ojos que el desconocido Paci­no se hiciera del papel. Coppola desactivó cual­quier intento de cambiar de actor al cambiar la agenda de rodaje y apurarse a filmar la escena del restaurante, que mostró a los ejecutivos para que constataran lo que era ca­paz de transmitir Pacino en pantalla.

El éxito de El Padrino le valió al actor de 32 años la nominación al Oscar como mejor actor de reparto. 1973 sería el año de Espantapájaros, junto a Gene Hackman, y de Serpico, por la cual aspiró al Oscar como actor protagónico. Repitió nomi­naciones al Oscar por la segunda parte de El Padri­no, en 1974, y por Tarde de perros, en 1975.

Una nueva candidatura al premio de la Academia llegaría en 1979 con…And Justice For All. Los 80 co­menzaron mal: filmó Crui­sing, bajo la dirección de William Friedkin. Pacino hacía de un policía que debía infilirarse entre ho­mosexuales para hallar a un asesino, y la película recibió duras críticas de la comunidad gay. Más tarde, el fracaso del drama épico Revolución (1985) sobre la independencia norteame­ricana, lo hizo abandonar el cine por cuatro años.

Sin embargo, la prime­ra mitad de los 80 habían dejado un personaje anto­lógico: el Tony Montana que Pacino compuso en Scarface de Brian de Pal­ma. La película fue una remake del clásico de Howard Hawks de 1932 y puso en escena a Pacino con Michelle Pfeiffer, con quien volvería a coincidir en 1991 en Frankie & Jo­hnnie.

Antes de eso había vuel­to luego de cuatro años de ostracismo (los dedicó al teatro), con Sea of Love, en 1989. Un año más tarde rodó la tercera parte de El Padrino con Coppola y actuó en el Dick Tracy de Warren Beatty, por la que recibió una nominación al Oscar.

La estatuilla, que le fue esquiva durante dos déca­das, le fue concedida en 1992 por el coronel ciego de Perfume de mujer, re­make del film de Dino Risi que protagonizara Vittorio Gassman en 1975. Luego del Oscar se reecontró con De Palma para Carlito´s Way.

En 1995, Hollywood se conmocionó por Heat, de Michael Mann, donde por primera vez coincidieron juntos Pacino y Robert de Niro: habían estado, cada uno, en los dos relatos que alterna la narración de El Padrino II.

Un año más tarde, Pa­cino sorprendió con En busca de Ricardo III, su debut como director. La película toma como base el drama de Shakespeare y se construyó en base a los ensayos de los acto­res y al detrás de escena en la elaboración de la puesta de la obra.

Los años siguien­tes vieron a Pacino en films como Brasco, El abogado del diablo, El informante, Insomnia y El mercader de Venecia. En 2007 fue el villano de Ocean’s Thirteen, la ter­cera y última parte de la saga protagonizada por George Clooney y Brad Pitt. Al año siguiente, volvió a coincidir con De Niro en Righteous Kill.

Ambos, junto a Joe Pes­ci, estarían a las órdenes de Martin Scorsese en El irlandés, en 2019. Pacino volvió a ser nominado al Oscar después de 27 años, tras ponerse en la piel de Jimmy Hoffa. Su último rol fue en la serie Hunters y se lo anuncia en una nueva adaptación de Rey Lear.

En su vida privada, nunca se casó. Durante años tuvo una relación de idas y venidas con Dia­ne Keaton, su compañera en la trilogía de El Pa­drino. Tuvo una hija en 1989 junto a la maestra de actores Jan Tarrant. En 2001 nacieron melli­zos de su relación con la actriz Beverly D´Angelo. En 2016, pasó por Buenos Aires y dio una clase de actuación en el Teatro Colón.

* Por Juan Pablo Csipka | Página 12

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Especial

“Si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo hará este virus”

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“Si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo hará este virus”

Desde su casa en el pueblo na­varro de Elizondo, en el corazón del valle de Baztán, rodeado por abetos y alguna cresta de nieve tardía, el pensador, poeta y ensa­yista Ramón Andrés (Pamplona, 1955) medita sobre dos de sus grandes fuentes de sabiduría: la música y el silencio. Y lo hace en medio de una pandemia global que ha llevado a buena parte del mundo a suspender el tiempo, a cambiar de forma abrupta su trasiego frenético.

En entrevista con La Jornada, Ramón Andrés explicó que estos días le hacen pensar en algunas de las ciudades medievales en las que se guardaba silencio para no despertar al diablo, o en la danza de la muerte que se popularizó en la Europa del siglo XV precisamente para conjurarla. Sobre el día des­pués de la cuarentena, no espera grandes cambios: Si dos guerras mundia-les no nos han cambiado, menos lo va a hacer este virus.

ARTE SONORO Y FILOSOFÍA

–En su nuevo ensayo, Filo­sofía y consuelo de la música (de inminente publicación en Acantilado) vuelve a reflexionar sobre la música y, quizá, su ca­rácter sagrado, ¿por qué?

–No, en realidad se trata de un libro que examina la música desde la filosofía; es decir, la música vista por los filósofos que, desde los presocráticos, empezaron a preguntarse qué era la música, que para ellos representaba una imagen de perfección, porque te­nían una idea armónica del mun­do y del universo. Que el libro se titule así explica también el apoyo emocional, importantísimo, que ha supuesto para el ser humano.

–También a través de la mú­sica se evoca constantemente al recuerdo, a la memoria… Parece una idea recurrente.

–Muy a menudo la música parte de un bagaje muy lejano, nos arranca del presente y puede llevarnos a un lugar que quedó en el pasado. En cierto modo, la música tiene la facultad de hacer actual e inmediato lo ocurrido hace mucho. Su vaivén en el tiem­po es una de las grandes hazañas de este arte.

–Hace tres años que se fue a vivir a Elizondo, después de mu­chos años de residir en una gran ciudad como Barcelona. ¿Buscaba acaso más serenidad? ¿Alejarse de lo mundano y vulgar?

–Barcelona es una ciudad muy mal tratada, no se le ha respetado. Ha sido vendida a un precio bajo por los polí­ticos y los muchos especuladores que vieron en ella una simple máquina registradora. Se ha deshumanizado, y los ciudadanos tienen la impresión de vivir en medio de un saqueo. Echo de menos, eso sí, a mis amigos, unas cuantas librerías y las escaleras del puerto, donde a veces pasaba horas sentado y contemplando la nada.

Ir a Elizondo estaba en mis planes desde hace décadas. Nací en Pamplo­na, así que he vuelto a los paisajes de mi infancia. No me arrepiento, porque aquí el silencio, la belleza del paisaje y el trato humano te hacen la vida más amable y profunda.

LA DIMENSIÓN DEL SILENCIO

–En estos tiempos complejos, difíciles, de confinamiento y de pandemias, ¿cómo ve el futuro?

–La población está desprotegida porque ha sido sobornada desde hace décadas. Me refiero a que se ha creado una realidad artificial de bienestar, comodidad y abundancia.

Los políticos y el mundo del ca­pital más agresivo han jugado con esta baza y hoy las personas han perdido los auténticos puntos de referencia. Se ha vivido sin pensar, como en una huida hacia adelante. Esto hay que detenerlo, hacer que ciertas cosas vuelvan a replantearse. De todos modos, he de decirle que si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo va a hacer este virus. Somos muy primarios, nos gusta lo nuevo, lo que brilla, y vamos a por ello aunque nos cueste la vida.

–¿Cree que realmente el silen­cio adquiere toda su dimensión en estos días de recogimiento?

–El silencio no es sólo una ausen­cia de ruido o una falta de música. El verdadero silencio es el mental, es la quietud interior que cada uno puede alcanzar si no se deja arrastrar por este vértigo impuesto por la llamada vida moderna, que no es moderna sino antiquísima, porque la historia de la humanidad es una historia de la ambición y de los espejismos, como sucede hoy.

–¿Adónde debemos entonces conducir nuestro silencio en este tiempo complejo y lleno de incer­tidumbres?

–Pues a no buscar en las cosas ni en las relaciones humanas sólo utilidad. Todo se ha convertido en un comercio; debemos aprender a que no toda acción ni propósito debe darnos un rédito. No entrar en este continuo cambio de intereses personales sería ya una forma de silencio, quiero decir de ética. Porque el silencio, a veces, es una respuesta ética.

DEL DECAMERÓN A LA DANZA DE LA MUERTE

–Y la música, ¿qué papel jue­ga en medio de la cuarentena de aislamiento?

–Imagino que a muchos les supondrá una grata compañía, un aliento para pasar el tiempo y no caer en el hastío. A otros les servirá de relajación, a otros de evasión. En mi caso la música es una constante, desde la adolescencia. Me ha ayudado muchísimo a pensar y, sobre todo, a no sucumbir.

–No sé si en sus libros y en sus numerosas lecturas ha encontrado el papel que han jugado el silencio y la música en épocas de pandemias y arrasamientos como el actual. Si es así hábleme de ello…

–Ahora me viene a la memoria el Decamerón, de Giovanni Boccaccio, que empieza narrando los estragos de la peste que asoló Florencia en el siglo XIV y de la cual huye un grupo de muchachos y mu­chachas que se pone a salvo en una hermosa hacienda. Deciden contar cuentos, ser felices, y tocar música francesa, que en la época era la más avanzada y refinada. Esa música los abstraía del dolor que se estaba viviendo a unos cuantos kilómetros de distancia. Debemos pensar también en la danza de la muerte, que se popularizó en la Europa del siglo XV. Era una manera de conjurarla. Y en cuan­to al silencio no recuerdo nada al respecto, salvo que a veces en algunas ciudades medievales se guardaba silencio para no desper­tar al diablo.

–¿Cree que el mundo cam­biará después de todo esto?

–Sustancialmente, no. Cambia­rá, en algunos aspectos, el modo de organizarse. Los buenos pro­pósitos durarán poco. Quizá los Estados se den cuenta de que la idea de recortar tanto el presu­puesto en sanidad es equivocada y, desde un punto de vista político, es una estrategia fácil y grosera. Hoy, los ejércitos ya no sirven para las contiendas que vendrán. Es innecesario seguir gastando de­soladoras cantidades de dinero en un armamento que no entrará en funcionamiento. En pocos años la defensa no consistirá en armas, sino en ataques informáticos y en epidemias muy dañinas pro­piciadas desde los laboratorios. La salud pública necesitará de un elevado presupuesto.

–¿O que el silencio tendrá más sentido?

–Más sentido no, más impor­tancia tal vez. Porque sentido lo ha tenido siempre; si digo que quizá tenga más importancia es porque debería actuar como contrapeso en medio de este griterío de mer­cado que es el mundo.

–¿O que la música tendrá más relieve?

–Podría decirse lo mismo que respecto del silencio. Pero recor­demos que una buena música se transforma en silencio en nuestro interior.

 

* Armando G. Tejeda | La Jor­nada

 

 

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Especial

Los hoteles en tiempos de coronavirus

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Los hoteles en tiempos de coronavirus

Un hotel que no incluye de­sayuno buffet y minibar habría sido inconcebible para muchos estadounidenses hasta hace tres meses, pero ahora, con la pan­demia del coronavirus, todo eso podría podría cambiar.

La aparición del coronavirus ha provocado un cambio radical que podría alterar todo, desde cómo los huéspedes se registran al llegar hasta cómo se limpian las habitaciones.

Los expertos hoteleros pre­dicen que la pandemia alterará drásticamente las estadías en los próximos meses, lo que provo­cará que muchas propiedades adopten una serie de nuevas prácticas, que pueden incluir controles de temperatura a la llegada de los huéspedes.

“Los hoteles tienden a ser un negocio reactivo”, explicó Cheki­tan Dev, profesor de marketing y branding en la Facultad de Administración de Hoteles de la Universidad de Cornell. “Se ha necesitado el Covid-19 para que muchos hoteles analicen los procedimientos de seguridad y mejoren su acción”.

Dev dio como ejemplo los cambios de seguridad que acaba de implementar el Hotel Four Seasons en la ciudad de Nueva York, medidas que podrían lle­gar pronto a los hoteles de todo el país.

“Somos un conejillo de in­dias”, mencionó Rudy Tauscher, gerente general de Four Seasons. “Estamos a la vanguardia de la ‘nueva normalidad’ del mundo de la hospitalidad”.

El viaje como conejillo de in­dias del Four Seasons comenzó el mes pasado, cuando H. Ty War­ner, dueño de la propiedad, dijo que abriría las puertas de su hotel a los profesionales médicos que trabajan en el frente de batalla Covid-19. “Ahora casi no tenemos puntos de contacto en todo el hotel, lo que está completamente en contra de la naturaleza de un hotel de ser práctico y amable”, aseguró Tauscher. “Solíamos ser conocidos por el toque humano, pero ahora no tenemos ningún toque”.

Los registros de entrada y salida se realizan virtualmente, sin contac­to de persona a persona. Los viajes en ascensor están limitados a un huésped por elevador. El servicio de habitaciones ha sido descontinua­do, y el restaurante, bar y estación de café de cortesía del hotel están cerrados indefinidamente.

La nueva opción gastronómica del hotel son comidas preparadas en caja, disponibles en un refrigerador industrial en el lobby.

“Creo que es seguro decir que los buffets de desayuno y las mesas comunitarias y el tipo de cosas que habían sido tradiciones en muchos hoteles van a desaparecer, por quién sabe cuánto tiempo”, dijo Tauscher.

El Dr. Robert Quigley, vicepresi­dente senior de International SOS del grupo Four Seasons, señaló por su parte que “la habitación se deja vacante durante 24 horas después de que un huésped se retira”.

Explicó que “luego un equipo de limpieza entra con trajes de ma­teriales peligrosos y realiza una limpieza profunda, después de lo cual la habitación se deja va­cía durante 24 horas más”.

 

*Con información de ANSA Latina

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