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Editorial

Sacando manteca

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Editorial Diario UNO

En el habla popular se dice «sacar manteca» al apretujamiento de muchachos en una banca con el fin de presionar a quien se encuentra en el centro o de hacer caer a quienes ocupan los extremos. Eso es exactamente lo que quiere hacer el partido Perú Libre con el presidente electo Pedro Castillo.

El profesor es quien ha ganado las elecciones y quien debe dirigir el aparato del Estado. Cualquier interferencia en esta función resulta anticonstitucional. Una cosa es el partido y otra el gobierno. Pero esta verdad tan simple parece no ser entendida, tanto que el propio secretario general de dicha agrupación ha salido a dar declaraciones anunciando a miembros del equipo de transferencia. Claro, no es que él haya nombrado a nadie, sino que anunciarlo sustituyendo al propio Castillo, a su vicepresidenta Dina Boluarte o a su primer ministro designado Róger Nájar, es un gesto de mal gusto para alardear de un poder que no le corresponde.

Para el día de hoy está convocado un Congreso de Perú Libre en el que, aparte de discursos formales, cuyo verdadero objetivo sería intentar imponer al presidente electo una lista de ministros al gusto de los militantes y repartir los cargos públicos sin exigir capacidad u honestidad.

No se trata de que el partido no tenga derecho a hacer propuestas de políticas y de personas. Pero las posiciones son diferentes. El partido tiene que demostrar en la práctica su compromiso con la democracia, desterrando el estilo histórico autoritario y caudillista propio de las organizaciones de izquierda; y el presidente tiene que gobernar para todos los peruanos, incluidos los que no votaron por él.

El sectarismo aísla. Ya se está comprobando esta realidad respecto a la elección de la mesa directiva del Congreso de la República, en la que pareciera ser que se privilegia el tener presidente propio antes que conformar un bloque mayoritario que le de sostenibilidad al gobierno.

En ese sentido, mal haría Pedro Castillo si se deja presionar por los militantes de Perú Libre en la confección de su gabinete en lugar de comportarse como un estadista; y peor haría ese partido si insiste en sacarle manteca a su propio presidente. Preferir la quincena a la historia puede darle a Perú Libre algún dividendo en el corto plazo, pero en el mediano puede resultar fatal para ellos y para el país.

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Editorial

El hombre del sombrero

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Editorial Diario UNO

En los últimos dos días, un sombrero chotano ha dado vueltas por todos los medios de comunicación del mundo. Lo portó el presidente Pedro Castillo en su primera gira oficial al exterior para asistir a las reuniones de la OEA y ONU en los Estados Unidos de América, de dónde regresa hoy tonificado por el respaldo recibido.

Ello porque, si bien no llegó a la Casa Blanca, su presencia en Nueva York y Washington la ha valido un implícito placet del gobierno de Joe Biden. Señalando este hecho, el analista Isaac Biggio ha escrito: «Algo que llama la atención es la muy buena relación que se viene construyendo entre Washington y Lima, pese a que el Perú tenga ahora a su primer gobierno constitucional de izquierda. Como Perú Libre es el único partido que se reclama marxista leninista y que gobierna una democracia occidental, uno pudiese esperar que la Casa Blanca hiciese todo lo posible para impedir que llegue al poder y que se mantenga en éste». Pero, lejos de desestabilizarlo el Departamento de Estado decidió apoyarlo.

Según Biggio, Biden se dio cuenta de que Castillo nunca se proclamó comunista, socialista, marxista, antiimperialista o antioligárquico, y prefirió asimilarlo antes que combatirlo, lo que ha generado una entente cordial. Ello ofrece a los norteamericanos más seguridades «de una estabilidad financiera y política y con reglas más claras (que las basadas en sobornos) y sobre todo les resulta una mejor alternativa que un eventual gobierno fujimorista que pudiese estar jaqueado por numerosas protestas sociales y denuncias de violaciones a los derechos humanos y negociados».

De hecho, Castillo le dio la razón a los analistas políticos estadounidenses, negando explícitamente ser comunista e invitando a la gran inversión privada a venir al Perú. Por ambos gestos y por su paso exitoso por las asambleas de la OEA y la ONU (que los diarios mezquinos niegan), el mandatario chotano regresa convertido en una figura internacional de presidente también maestro rural, rondero y campesino, condición graficada en el sombrero que nunca se quitó y con el que se ganó las simpatías de las personalidades asistentes al máximo foro diplomático mundial.

La acogida externa le da así a Castillo un nuevo aire para afianzar su liderazgo interno, y realizar los cambios políticos que la población y los partidos políticos de centro le reclaman para acabar con la incertidumbre que paraliza la economía.

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Mi huaca favorita

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Editorial Diario UNO

Perdida en las secciones regionales de los diarios, ayer figuró la noticia de que más de 60 personas había invadido el Complejo Arqueológico Huaca El Algarrobal, en el distrito de Pucalá, a escasos 32 kilómetros de Chiclayo. Los invasores ocuparon el área central de la huaca y, rápidamente, realizaron la demarcación de lotes sobre los hitos colocados por el Ministerio de Cultura. Ante la presencia de la policía y de arqueólogos del Museo Tumbas Reales de Sipán, quienes les explicaron el extraordinario valor de la zona que estaban ocupando, solo atinaron a decir que invadían «obligados por su necesidad».

El hecho sería solo una anécdota, si no formara parte de la larga historia de destrucción del patrimonio arqueológico del Perú: nuestro país es sede de una cultura antigua viva, pero esos restos cada día se desaparecen o saquean. Lima es el peor de los ejemplos. Según las crónicas y otros documentos, en el valle del Rímac existían más de 200 grandes huacas ceremoniales. El primer destructor fue Francisco Pizarro, quien construyó la casa de gobierno encima del palacio del cacique Taulichusco, señor del valle. Aun así, hasta el inicio del siglo XX todavía subsistían buena parte de ellas, gracias a la reverencia de los naturales y al respeto de los nuevos propietarios a los entierros ahí existentes.

En 1902 se destruyó la huaca ubicada en lo que hoy es el cruce de la avenida 28 de julio con el jirón Andahuaylas, en 1910 la gran huaca existente entre lo que hoy es el cruce de las avenidas 28 de julio y Petit Thouars, en 1923 y 1929 cayeron las huacas Aramburú y Santa Beatriz, esta última para construir el hipódromo, y entre 1935 y 1950 se acabó con la gran huaca ubicada donde hoy se emplaza el hospital Rebagliatti. En 1951 la hermosa huaca Santa Cruz, con terraplenes de 10 metros de alto desapareció para convertirse en campo de aviación.

Pero esa barbarie, ocurrida cuando no existía una clara normativa de protección del patrimonio arqueológico, no es nada al lado de lo ocurrido en los últimos años, a manos de urbanizadores, municipalidades o traficantes de tierras, o de todos ellos juntos. Por ejemplo, hoy desapareció Armatambo, a las faldas del morro Solar, o el área de amortiguamiento del monumento de Cajamarquilla es atravesada por una avenida de doble vía. Mi huaca favorita no es la que cuido, la que quiero, sino la que destruyo «por necesidad». Hoy las huacas de Lima se cuentan con los dedos, triste presente de un país que destruye su pasado.

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El sol agujereado

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Editorial Diario UNO

La semana pasada el primer ministro Guido Bellido realizó su primera declaración sobre el tipo de cambio, para exculpar al gobierno del vuelo de la divisa: “Nos están jugando mal algunos funcionarios (…) el dólar debe estar en S/ 3.50 o S/ 3.40, pero hay también gente que está arriba, sí, porque alguna vez dijeron: ese pueblo que eligió a Pedro Castillo se le debe castigar, debe estar el dólar en S/ 6, así se nos amenazó”.

Como un resorte, el todavía presidente del BCR respondió que el ente emisor no es culpable de la inestabilidad y más bien achacó a la incertidumbre de los potenciales inversionistas, quienes temen que próximas medidas puedan afectar a sus negocios, el aumento de la demanda. Estimó que, en un escenario sin incertidumbre política, la cotización de la divisa estadounidense estaría entre 3.60 y 3.70 soles.

Colgándose de la opinión de Julio Velarde, el inefable Aldo Mariátegui escribió «el dólar estaría más barato y no hubieran subido tanto los precios de no haber ganado el comunismo gracias a los “tibios” y al “electarado”. ¡Gracias Ramiro Llona! ¡Gracias Lúcar! ¡Gracias sur! Carranza estaría ahora mismo en el MEF y el país estaría creciendo como un cohete. Que todos los que votaron por Castillo se acuerden de eso cada vez que compren comida o llenen el tanque o le vendan panes más chiquitos. No se quejen: tienen lo que se merecen por tontos».

Por su parte, economistas independientes, como Kurt Burneo o Alejandro Narváez, sostienen que el dólar sube fundamentalmente por especulación. Además, tampoco es tipo de cambio puede elevarse indefinidamente, más bien su ritmo de subida está aminorando y hasta podría retroceder. Así, el mismo Velarde estima «Los agentes económicos, en promedio, esperan 4.07 soles por dólar para fines de este año y de 4.08 soles por dólar para fines del 2022».

O sea, cuatro opiniones coincidentes: nuestra moneda no está agujereada por un desequilibrio del sector externo o por un desajuste estructural de la economía, sino por razones políticas, por miedo y por especulación. Y encima podría bajar.

Entonces, nosotros, como los ciudadanos de a pie, nos preguntamos: ¿qué espera el ministro de Economía para salir a explicar la situación y adoptar señales claras con el fin de desbaratar la conjura político-miedosa-especulativa contra el dólar y acercarlo a su precio real? En cualquier país sensato del mundo así se haría.

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