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Especial

“Pensé ilusamente que Humala estaría dispuesto a arriesgar la cabeza”

Un político de una raza en extinción, de esos que realmente cree en las causas. Además, un periodista crítico, a veces duro, incómodo, proscrito en la mayoría de espacios y medios. Además, un luchador que parece haber vencido a la enfermedad. En la primera parte de esta extensa entrevista con Wiener, presentamos sus reflexiones sobre Ollanta Humala, al que conoce muy de cerca.

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“Pensé ilusamente que Humala estaría dispuesto a arriesgar la cabeza”

—¿Cómo se inicia tu acercamiento con Ollanta Humala?

—Como la transición se había quedado a medio camino, en el año 2006 yo me convencí de que Humala podía modificar el escenario político. Era el único que tenía un discurso en contra del modelo económico que no estaba siendo cuestionado por los otros candidatos. Empezó a hablar de revisar los contratos, criticó las privatizaciones. Y en vez de aislarse, se aisló la izquierda que obtuvo un 0.5%. Justamente yo venía siendo, desde el periodo de Fujimori, una suerte de investigador de las privatizaciones y de la corrupción del gobierno, un poco en la línea de mi maestro Malpica, y era obvio que al encontrarme con Humala, sentía que él era el único que estaba dispuesto a levantar estos temas.

—Y entonces comenzaste a escribir a su favor.

—Antes de las elecciones de ese año, escribí apoyándolo críticamente. Yo no tenía nada que ver con él, pero después de la segunda vuelta fui a visitarlo para felicitarlo por la batalla que había dado. Me recibió amablemente y me agradeció. Después supe que estuvo muy desmoralizado, pero en ese momento no lo transmitía. Me acuerdo que cuando conversábamos le dije que había abierto un camino para la victoria en la siguiente elección. Y en ese momento me planteó que trabajara con él.

—¿Carlos Tapia ya era su asesor?

—Sí. Justamente esa noche Tapia salió al balcón a hacer una explicación sobre el Frente Nacional. Y así terminé como su asesor. Me pareció un desafío interesante, y además me ofrecía una remuneración.

—¿En qué consistía tu trabajo?

—Tenía que ir a las 8 de la mañana. Leía los periódicos y analizaba la coyuntura. Él llegaba a las 9, yo le explicaba qué estaba pasando, y hacía un memo para él y para los congresistas nacionalistas. A eso de las 11 de la mañana me iba a mi trabajo. Hice eso durante 8 meses. En ese momento iban surgiendo una serie de propuestas. Por ejemplo, me preguntó si era necesario tener un diario propio. Yo le dije que eso era muy caro, que pensara bien, que un diario del partido no funciona para nada. Hubo varias ofertas de proyectos de diarios que le trajeron. Él me sentaba a su lado como asesor.

—¿En qué más lo asesorabas?

—Él y yo hemos discutido de casi todo. Siempre lanzaba sus ideas e iniciativas, pero no como una imposición sino haciendo una pregunta. Un día me dice: “Oye Raúl, ¿qué te parece si yo levanto la consigna amnistía para todos los presos políticos, para todos sin excepción?” Yo le digo: “Así quieres resolver lo de Antauro”. Y me responde: “Bueno, es una manera”. Yo le vuelvo a decir: “Puede discutirse teóricamente, pero políticamente sueltas eso y revientas. No puedes”. Tapia pensaba que debía diferenciarse: Ollanta el radical, Antauro es extremista. Ollanta lo miraba desconfiado. Después le sugería a los parlamentarios: ¿Y si proponemos una ley para liberar a los etnocaceristas? Y le respondían: No, de ninguna manera porque nos quemamos. Terminaba la conversación y se quedaba conmigo. Entonces me decía: “Tú no estás contento”. Y yo le contestaba: “Tú eres el que no está contento. Tú esperabas otra respuesta”.

—Su inseguridad es evidente. ¿Está perdido o le cuesta tomar decisiones?

—Alan García anuncia que va a cambiar el mundo y después te dice: “para qué te lo creíste”. Ollanta Humala anuncia que va a cambiar el mundo y después te dice: “Uuy, no pude cambiar el mundo”. Sufre su traición. Pero le cuesta mucho mantener sus posiciones. Un día le dan una serie de beneficios carcelarios a Antauro y todos le caen encima. A los pocos días sacan a su hermano a golpes y lo llevan a la Base del Callao. ¿Cuál es Humala, el que le da los beneficios o el que ordena golpearlo y encerrarlo en la base? Parece que no puede enfrentar directamente un problema. Decir: es mi hermano, déjense de vainas.

—¿Si por él fuera, le daría libertad a Antauro?

—Claro que sí. Pero es la familia Adams. Antauro dice que es un guachimán de Palacio, pero se beneficia con algunas cosas que logra por el hermano. Don Isaac sale y declara que su hijo se ha pasado a la derecha de Alan García, y luego en un evento les dice a los de izquierda que son izquierdistas de salón y que no comprenden. No se entiende. Es un tipo de razonamiento complejo que los hace ir de un lado para el otro. Si uno compara a Antauro con Ollanta, el primero es cien mil veces más leído. Sabe de historia y tiene una agilidad mental impresionante. Sin embargo, Antauro es capaz de cualquier locura y tiene actitudes que él dice que son desafiantes al sistema. En cambio Ollanta es prudente hasta la exageración.

—¿Cómo veías al partido? ¿Era realmente una organización?

—Yo lo definiría como un tumulto. Y eso se vio clarísimo cuando ganó las elecciones. Todo el mundo quería puestos de trabajo y había manifestaciones afuera del local. No hubo interés en crear y fortalecer el partido. Recuerden que Ollanta forma parte de los políticos post noventa que no solo son caudillos sino que imaginan que los pre requisitos electorales son formales. El proyecto es él. En los estatutos del partido él se nombró a sí mismo como presidente perpetuo. Luego nombraron un comité ejecutivo que era la familia, el grupo más allegado, y que no funcionaba para nada, solo para decir que “el comité político lo decidió”.

—Conversando hace años con Carlos Tapia, cuando era el otro asesor, él nos dijo que estábamos en otra época, que no se necesitaban partidos sino una alianza con frentes regionales.

—Es verdad que pensamos eso y fue un error mío también menospreciar el partido. Lo hice porque tenía el concepto de que era un tumulto, y también porque de ahí venía a veces una presión desde la derecha del partido. Mientras que Humala parecía el tipo dispuesto a abrir el diálogo con gente como Tapia o como yo, en cambio en el partido había celos contra nosotros. Algunos reclamaban que tenían una gran militancia porque habían llegado 6 meses antes.

—¿Ideológicamente cómo se definía el partido?

—Era un sancochado. Un tumulto con sancochado. Había mucha gente que venía de la izquierda y que tenían ideas marxistas, otros venían de Perú Posible, y después había gente muy extraña que miraba el partido como se mira a una empresa, no porque lo vieran como un negocio a corto plazo, sino en el sentido de que funcionaban de manera fría, casi empresarial.

—¿Y cómo actuaban los militares que apoyaban a Humala?

—Los militares eran muy graciosos porque ahí el comandante gritaba al coronel y este al general. Eso era lo típico ahí. Eran oficiales de alto rango que habían sido jefes de Ollanta, pero él no los respetaba, los trataba de manera terrible. A nosotros jamás nos trató así; supongo que nos tenía respeto intelectual. A ellos les cuestionaba todo, hasta cuando rendían las cuentas de un viaje les preguntaba:‘¿Y por qué acá dice jugo de naranja?’ Al famoso Villafuerte lo sacudía por aquí y por allá. Por eso nunca he creído que era el otro Montesinos.

—Villafuerte era como su secretario personal.

—Sí, Villafuerte me llamaba y me decía: “Mira Raúl, ha salido un wikileaks que compromete al general Paul Da Silva en algo de narcotráfico. Él es el general que dio el discurso contra Ollanta en el año 2005. Te lo doy para que lo analices”. Esa era su función. Entonces yo lo analizaba desde el punto de vista periodístico y pensaba cómo se podía manejar. Si yo le pedía más información, solo podía darme la de tipo militar, pero no la política. En ese caso concreto, incluso ese wikileak era falso. A pesar de que a uno Da Silva pueda caerle mal, no es narcotraficante, sino que fue injustamente acusado por culpa de Hidalgo y de Morán, los generales de la Dinandro.

—¿Y te hacían caso cuando tú les aconsejabas cómo actuar?

—Como asesor tenía acceso a una serie de informaciones, participaba en las decisiones y había una gran apertura para que pudiera opinar.

—¿En ese momento dejaste de ser un asesor rentado?

—Sí, y dejé de tener un horario fijo. Iba prácticamente todas las semanas cuando él me llamaba, porque el ritmo del periódico era intenso. Hemos tenido discusiones de todo tipo, a veces muy enérgicas, fuertes.

—¿Humala te parece un tipo formado políticamente?

—No, más bien la impresión que sigo teniendo es que se aprende unas cuantas cosas, y si tienen sentido para él, se aferra a ellas y se siente seguro. Pero no es una persona que lea con continuidad, que esté tratando de crear un pensamiento propio.

—Retrospectivamente, ¿piensas que le debiste aconsejar a Humala que fortalezca su partido?

—Yo no necesitaba decírselo porque había unos asesores españoles que trabajan con él y que se lo repetían. Yo, además, si en algo he fracasado en la vida, es en construir un partido. Ya no me meto en eso porque me paso las 24 horas del día escribiendo. Me he vuelto muy individualista. Soy ensimismado, me meto en lo mío y me olvido de los demás. Ese tema me preocupaba solo desde el punto de vista teórico. Mi análisis me hacía ver que ese era un problema, pero no le daba pautas.

—¿Ninguno de ustedes estaba en eso?

—Yo creo que Tapia, con esa idea de los frentes, quería sacar otro partido del partido, con Gana Perú. Estaba soñando porque eso no era posible. Él no renunció a lo organizativo, tan es así que formó Ciudadanos por el Cambio.

—En la época del 90, los partidos de izquierda abandonaron su crítica al sistema. Como has dicho, el que Humala fuera un agitador contra el modelo económico fue su gran aporte.

—Lo que pasa es que la izquierda sufrió una derrota profunda en la década de los 90, perdió un enorme espacio ganado y tuvo un problema muy grande para comprender lo que había pasado. Entonces algunos concluyeron que había que buscar el centro. Pero, ¿buscas el centro volviéndote centro o aliándote con el centro? Y la izquierda entró en eso para salir del entrampamiento en que la había puesto Fujimori. Este había corrido el escenario tan a la derecha que los partidos de izquierda sentían que su prédica tradicional los aislaba completamente y querían transformarla.

—Pero hemos visto que el discurso era solo para ganar las elecciones.

—Hay algo que yo no calculé: cuál era la profundidad de la derrota del movimiento social, qué tan desarticulado estaba, y la incapacidad que había de cuadrar a un caudillo radical con masas, con gente. En realidad la izquierda ni se lo planteó. Yo pensé ilusamente de que Humala iba a estar dispuesto a arriesgar la cabeza.

—El bolsón que él congregaba era el mismo de Fujimori.

—Yo creo que era propio. Convocaba a un mitin y era de microbuses, de multitudes, todos populares, cero clase media, cero estudiantes. Humala los encendía, y la izquierda nunca iba a esos mítines. Solo iban Dammert y otros que estaban en el estrado. Pero ningún militante se sentía motivado para ir a la base, lo despreciaban. Yo creo que fue una alianza pragmática, de conveniencia porque él tenía la inscripción y la posibilidad de ganar, sin construir puentes con ese despertar social que había detrás de él.

—¿Cuál fue el encanto del discurso humalista? ¿Esta desideologización? ¿El hecho de que fuera militar, caudillo? ¿Su nacionalismo?

—A mí me decían:‘Si tú eres un tipo formado, leído, qué haces con Humala?’ Yo sé más que Humala, pero si me presento como candidato, no pasa nada. Él tiene una comunicación con las masas que yo no tengo. Por el contario, el estilo que yo tengo para explicar las cosas me aleja de ellas. Él tiene una magia con la gente. Y eso tiene que ver con la fractura del Perú: a una persona profesional, limeña, le parece elemental; pero esa elementalidad es con la que él sabe llegar al pueblo. Él podía transmitir ideas sencillas, repetitivas y movía la gente.

—¿En cuanto a su llegada, se le podría comparar con Barrantes? El estilo sabemos que es completamente diferente.

—Sí, pues, Barrantes tenía el encanto del humor, un punto querendón con los niños, con la gente. Era un tío, un buen maestro, un buen comunicador. Pero la población no sentía que había salido de ella. En cambio Ollanta era algo así como un mesiánico, un líder que había aparecido y la gente decía: “Por fin alguien de nosotros habla así”.

—Y el hecho de ser militar le da puntos en este país.

—Como dice la canción, a la gente le gustan los militares. Y esto plantea situaciones confusas. Les gusta porque es autoritario, pero a la vez porque es nacionalista, porque es radical. Y se les puede armar un Frankenstein en la cabeza.

—Humala es un tipo pragmático en política.

—Irónicamente pragmático porque la familia de la que proviene es muy ideologizada.

“Pensé ilusamente que Humala estaría dispuesto a arriesgar la cabeza”

—¿Lo ves corrupto?

—A él no. No sé si lo puedan corromper.

—¿Tuviste relación con Nadine?

—Sí, pero nunca imaginé el papel que iba a cumplir. Por otro lado, yo pienso que hay una mitología que ella misma ha alimentado. Eso no permite ver qué papel juegan algunos personajes. Castilla no juega al papel del amigo. Han banalizado la infiltración política del sector privado en el espacio público.

—Ahora es claro que se trata de un gobierno de derecha, ¿pero en sus primeros momentos la izquierda no fue muy dura con él? No quiso tragarse ningún sapo.

—Yo me lo tragué. Yo no tengo una ruptura frontal con Ollanta hasta finales del 2011 donde me pongo muy duro. Antes soy crítico pero a la vez defiendo la consulta previa, creo en las sobreganancias mineras, entrevisto a Lerner que habla de la gran transformación como un proceso gradual. Los que se pusieron durísimos desde el comienzo fueron los de Patria Roja.

—¿Podía haber hecho Humala mucho más de lo que hizo?

—Por supuesto, si no entonces Evo y Correa son fenómenos porque tuvieron correlaciones parecidas o peores. Correa ni siquiera tenía partido. En el mitin de la victoria en la Plaza de Armas volvió a hablar de las reformas con un tono que indicaba que estaba dispuesto a romper cáscaras para freír huevos. Pero detrás de eso ya estaba la capitulación básica que era entregarle el BCR a Velarde y el MEF a Castilla. Favre convenció a Siomi Lerner de que en un primer momento había que hacer alguna clase de pacto con los neoliberales, que el MIDIS sería el contrapeso del MEF.

—¿Después de la victoria te volvió a llamar?

—En noviembre del 2011 Ollanta me llamó a su oficina en Palacio para conversar. Me recibió y me dijo: “Hola Raúl, ¿cómo has estado? Te he invitado como amigo, porque somos amigos”. Él me veía como parte del cogollo y no como a un aliado de la izquierda. Después continuó: “Aunque tú eres de los que crees que me he vuelto de derecha”. Yo le respondí: “No Ollanta, tú no eres de derecha, yo te conozco bien. Pero estás rodeado de gente de derecha”. Y me dijo: “Sí, pero ellos creen que me tienen controlado”. Me imagino que no pensó que me lo iba a creer. Lo que me quería decir es que había una etapa que él tenía que caminar como neoliberal.

—¿Tú no crees que Ollanta había previsto su cambio para cuando llegara al poder, que su discurso era falso?

—No. Si me preguntan si Alan García tenía un discurso falso, sí. Estoy absolutamente seguro. Si me preguntan si lo tenía Toledo, les preguntaría cuál discurso. Esa es mi medida de estos tres personajes representantes de la democracia. Ollanta pensó que un presidente no debe hacer lo que quiere sino lo que debe, pero apenas llegó al poder lo encuadraron.

—¿En qué momento?

—La misma noche que ganó las elecciones. Cuando despachaba en el PNUD salía clandestinamente para tener reuniones con la gente de la CGTP y de la izquierda. Se escapaba porque los de protocolo no lo dejaban ordenar su agenda.

—¿Seguiste asesorándolo?

—Yo no fui parte de la campaña electoral. En octubre de 2010 hubo un mitin por el aniversario de Locumba en El Agustino y había un montón de gente. Ese fue el último discurso de izquierda que le escuché a Humala. Empezó con una arenga utilizando el poema de Heraud: “Porque mi patria es hermosa”, y si la derecha hubiera escuchado atenta el discurso, lo hubiera acusado de terruco. En los días siguientes, Alan García declaró que si ganaba Humala se pondría a la cabeza de un golpe de Estado. Ollanta me llamó por teléfono para preguntarme qué pensaba, y me invitó a su local de la avenida Mariátegui. Le dije que no diera una conferencia de prensa, sino que se buscase una entrevista y que hiciera una declaración que suene. Me dijo que estaba harto y que creía que iba a renunciar a esto. Le dije: “Entonces habrá llegado la hora de la insurrección. Me avisas”. En la tarde vi a Ollanta sentado en medio de sus parlamentarios haciendo su conferencia de prensa, y todo salió hasta las patas.

—¿Cuándo llegan los brasileros a dirigir la campaña?

—Deben haber estado desde octubre del 2010. Yo no me di cuenta que desde el 2009 había roto con los venezolanos, y que éstos cuestionaron a Nadine quien muy rápidamente giró hacia Brasil. Yo nunca vi a Favre ni supe que estaba acá. Ellos comenzaron a hacer focus groups, contrataron a Datum para que hiciera una encuesta, y convencieron a Nadine de que el Ollanta del 2006 no ganaba las elecciones del 2011. Ollanta se quiebra y le dicen que hay que hacer otro candidato. En diciembre, en Ciudadanos para el Cambio, me encargan hacer el discurso de lanzamiento de la plancha presidencial. Lo consulté con Alberto Adrianzén, Javier Diez Canseco y Manuel Dammert e incorporé sus correcciones. Ollanta dio su discurso pero descontextualizó mis frases. No había enemigos, nadie que fuera un corrupto, nadie que oprimiera al otro. Todo elemento de confrontación había sido eliminado.

—Una especie de hoja de ruta.

—Sí, en la que los problemas se resolvían con programas sociales. Era un gobierno popular que pondría en marcha programas populares. Me acuerdo que Javier Diez Canseco estaba molesto y me dijo que no había dicho nada sobre las mineras. Ollanta me citó para que le hablara de mis observaciones a su discurso. Le respondí que no había dicho lo sustancial: contra qué nos alzamos, quién causa la injusticia en el país. Me respondió que sus asesores le habían aconsejado cambiar su imagen dura y confrontacional.

—¿Pero hasta ese momento no eras tú el asesor?

—Claro, eso me sorprendió. Me di cuenta que en ese mismo momento estaba siendo despedido. Pero igual le dije que esa idea de buscar la reconciliación me parecía para la segunda vuelta, y que en este momento había que mantener al núcleo de gente que había votado por él siempre. Me dijo: “¿Te refieres a los radicales? A los radicales los tengo en el bolsillo”. Ya en la primera vuelta estaba light; no es que cambiara en la segunda.

—Pero tenía razón. A los radicales ya los tenía en el bolsillo porque no tenían otra opción.

—Es cierto, ya los tenía en el bolsillo. El problema era qué tipo de relación estaba construyendo con los “radicales”. Porque votaron por él, pero después la cosa reventó cuando creyó que lo iban a apoyar con Conga. A partir de ese momento, yo también era un radical al que tenía en el bolsillo. Tuve que apoyar la campaña, a pesar de que no me dieron lugar ni en la Comisión de Campaña. Era como si no existiera, como si le hubieran dicho que ya no era más útil.

—¿Conocías la orientación de la campaña de Favre?

—En enero se produce una reunión en casa de Lerner donde se nos invita a los de Ciudadanos por el Cambio. Allí se lee una encuesta de Imasen donde Ollanta aparecía con el 12%. Entonces Lynch sostuvo que Ollanta ya no tenía la frescura de antes, que había perdido la espontaneidad. Favre dijo que eso era todo lo que podía dar Ollanta por él mismo, y que recién se iba a empezar la campaña. Su teoría era que si solo se dirigía al sector radical, perdía. Si quieren decirme que Favre también tenía razón, seguro. El Ollanta rígido aprendió que podía tener cuatro personalidades según las circunstancias. Ya no reconocía al tipo más o menos transparente.

Luego de ganar él tenía que demostrar que seguiría la hoja de ruta.

—Es por eso que cuando salieron los wikileaks contra Rospigliosi, él dijo que no iba a ir a la embajada y al final va y hace una declaraciones contemporizadoras. Después visita a Cipriani. Él se encargaba de apaciguar la imagen de radical que todavía lo perseguía porque estaba pensando hacer creíble la hoja de ruta.

—¿Cómo actuó la izquierda en ese momento?

—Ollanta no hubiera resistido una segunda derrota, se caía. La izquierda sí porque tiene la lógica de la acumulación por los siglos de los siglos amén. La izquierda no se la creía y no se preparó para ganar sino para tener parlamentarios. La izquierda que yo conozco siempre ha tenido muy poca voluntad de poder, no se da cuenta qué está en juego en cada momento.

—¿Y después de eso cómo fue tu relación con Ollanta?

—Lo vi cuando se ganó la primera vuelta, una que otra vez para cosas del periódico, otra vez que me llamó para preguntarme qué podía decir en la polémica con Fujimori. Y finalmente cuando ya fue electo nos saludamos muy cariñosamente en el estrado. Pasaron los días y yo quedé afuera. Claro que si hubiera ido al hotel Los Delfines para mi saca manteca algo me hubiera caído.

—En tus columnas eres un poco más duro con Ollanta que cuando hablas de él.

—En la columna soy duro con todo el mundo. La última vez que vi físicamente a Humala fue en el hospital cuando estuve enfermo. Me llamó antes de salir y me dijo que cualquier cosa que necesitara él estaba a mi disposición porque éramos amigos. Es un gesto que nunca voy a olvidar. Y no solo fue ese sino varios a lo largo de los años que nos conocimos, en momentos personales difíciles. Una vez a mi hija le robaron el celular y él le compró uno.

Patricia Wiesse
Directora de la Revista Ideele

Gerardo Saravia 
Editor de la Revista Ideele

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Eusebio Leal y su entrañable relación con el Perú

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Eusebio Leal y su entrañable relación con el Perú

En el verano boreal de 2016 fui designado emba­jador en este el Perú y de inmediato inicié el ciclo de preparación reglamentario, que incluyó un sinnúmero de entrevistas con figuras del gobierno, parlamenta­rios, representantes de ne­gocios, de la cultura y del mundo académico, entre otros.

Las solicitudes de en­cuentros se formularon casi simultáneamente; pero entre las primeras reaccio­nes estuvo la de Eusebio, quien me invitó a visitarlo en su modesta oficina de la llamada Casa Pedroso, una mansión con elementos constructivos entre los si­glos XVII y XX, ubicada en la Avenida del Puerto, frente a la terminal de cruceros Sie­rra Maestra.

No hacía esperar. Res­pondía con exactitud y ele­gancia, incluso si no tenía una definición a mano, como cuando, para los fes­tejos por el 500 aniversario de La Habana, me pidió un compás de espera para for­mular la propuesta de una exposición del proyecto Ca­ral-Supe a cargo de la docto­ra Ruth Shady.

No era el responsable de los actos, sino una Co­misión Organizadora, que debía evaluar las iniciativas, por lo que la definición lle­gó más tarde – positiva por cierto— y puntualmente me lo hizo saber.

Se obligaba a responder con disciplina monacal cada mensaje, a acusar recibo de cada documento o libro que le enviaba, lo que lo hacía un rara avis en el firmamen­to burocrático cubano hasta que hace alrededor de un par de años el aparato esta­tal empezó a desperezarse. En eso coincidían todos mis colegas del servicio exterior cubano.

Profundo conocedor

Pero sospechaba que había algo más, lo que no tardé en con­firmar cuando con su impecable prosa y característica cadencia fue relatando sus impresiones de viajes y lecturas del Perú magnético.

Lo tenía todo en su men­te y se le derramaba en la pala­bra, sin pausas ni cotejos. Me habló por más de una hora de Mariano Ignacio Prado, de los hermanos Leoncio, Justo y Gro­cio, peruanos que lucharon por la independencia de Cuba; de los momentos de confluencia y desencuentros entre ambas na­ciones, de sus amistades en el país, de la Rosa Naútica, la gas­tronomía y la artesanía de di­ferentes rincones de esta vasta geografía.

Y, por supuesto, de Porras Barrenechea, ante quien los cu­banos independentistas – que somos la inmensa mayoría— nos quitamos los sombreros. Le fascinaba el Perú y le tenía un amor entrañable.

Eusebio y San Marcos

Como quien no quiere las cosas, me mencionó a la salida que la Universidad de San Mar­cos lo había propuesto para el Honoris Causa. Me confesó que para él sería un altísimo honor, por lo que no desmayé hasta agotar todos los esfuerzos y ve­rificar que el prestigioso centro educacional completaba los trá­mites.

Cuando se concretó la de­cisión, me dijo que recibiera el título en su nombre, pues los médicos le habían proscrito via­jar, lo que me pareció injusto. De manera que, con la genero­sa comprensión y disposición del Doctor Orestes Cachay, este viajó a La Habana y le invistió con el anhelado título en la prestigiosa universidad de San Gerónimo, cuya reconstrucción lideró el galardonado.

Eusebio atesoró además la Orden El Sol del Perú y la Medalla de la Ciudad de Lima.

Agradezco las numerosí­simas expresiones de simpatía que nos han hecho llegar perua­nos de todos los confines. En es­tos días hemos visto manifesta­ciones de admiración profunda. Se le rinde homenaje como gran humanista, culto, orador, cris­tiano, revolucionario, fidelista, historiador, predicador, profeta, maestro, hombre de pueblo.

Todo eso y más fue Eusebio, a quien no podríamos etiquetar. Pero si nos forzaran a hacerlo, tendríamos que apelar a su ape­llido. Fue Leal a su pueblo, a su cultura, a su Revolución.

E l rector de San Marcos, Orestes Cachay, le confiere el Doctorado Honoris Causa de la Decana de América, en La Habana

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l rector de San Marcos, Orestes Cachay, le confiere el Doctorado Honoris Causa de la Decana de América, en La Habana

Fascinación por el Perú

Oí a Eusebio relatar más de una vez sus impresiones de via­jes y lecturas del Perú magnéti­co. Hablaba sin pausas ni cotejos de los momentos de confluencia y desencuentros. Admiraba a Porras, como todos los cubanos independentistas, que somos la inmensa mayoría. Le fascinaba el Perú y le tenía un amor entra­ñable.

Por todo ello, he recibido y agradecido numerosísimas expresiones de simpatía y admi­ración que nos han hecho llegar peruanos desde todos los confi­nes. Le rinden homenaje como gran humanista, orador, cristia­no, revolucionario, fidelista, his­toriador, predicador, hombre de pueblo.

Todo eso y más fue Eusebio, a quien no podríamos etiquetar. Pero si nos apuraran, tendría­mos que apelar a su apellido. Fue Leal a su pueblo, a su cultu­ra, a su Revolución.

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La policía cubana, vista por un periodista norteamericano

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La policía cubana, vista por un periodista norteamericano

Un grupo de policías mus­culosos que llevan pistolas y bastones semiautomáticos se mueven lentamente entre la multitud al final de un con­cierto de salsa al aire libre. Mis amigos y yo tenemos una botella de ron, y creo que los policías lo confiscarán y tal vez hasta nos arresten.

En cambio, la policía nos pide que bebamos, y rápida­mente cumplimos. Confiscan la botella de vidrio para que no se pueda romper y usar como arma.

Este incidente tuvo lugar en La Habana hace algunos años, y dice mucho sobre lo que constituye una buena vi­gilancia policial. Los policías estaban interesados en preve­nir el crimen, no en agravar­lo.

Contrariamente a la ima­gen de comunistas brutales y represivos, la policía en Cuba ofrece un ejemplo instructivo para los activistas en los Es­tados Unidos. La policía vive en las ciudades que patru­llan. Generalmente tratan a los ciudadanos con respeto. Como documenté en mi libro Dateline Havana, las golpizas policiales a criminales son ra­ras y los asesinatos policiales son inexistentes. Cuba tiene una de las tasas de crimina­lidad más bajas de América Latina.

Las continuas protestas por las vidas de los negros en los Estados Unidos han forzado un debate nacional sin precedentes sobre el pa­pel de la policía. ¿Deben los departamentos de policía ser financiados y ese dinero ser desviado para ayudar a las comunidades pobres? ¿Debe­ría la policía ser abolida por completo?

Cuba ha luchado con pro­blemas policiales desde la re­volución de 1959. El gobierno, aunque ciertamente tiene su cuota de fallas, ha creado un sistema de interacción entre la comunidad y la policía que reduce el crimen sin depen­der de la fuerza bruta.

La lucha contra el crimen en Cuba comienza con una red de seguridad social, que brinda a cada cubano educación gratuita, atención médica gratuita y eventos culturales subsidiados. Cuba no sufre los azotes de la falta de vivienda y la adicción a las dro­gas instigada por los carteles, a pe­sar de los intentos regulares de los traficantes de contrabandear dro­gas a Cuba desde Florida.

La economía socialista signifi­ca que Cuba no tiene extremos de riqueza y pobreza. He visitado las casas de funcionarios gubernamen­tales de alto rango que viven en ve­cindarios de ingresos medios. Me he encontrado con agentes de policía que vivían en un modesto complejo de apartamentos en el mismo ve­cindario que patrullaban.

Cuba usa la presión de la comu­nidad para desalentar el crimen. Los Comités para la Defensa de la Revolución (CDR) se crearon origi­nalmente a principios de la década de 1960 para erradicar a los contra­rrevolucionarios respaldados por Estados Unidos. Hoy en día, los CDR promueven la salud pública y ac­túan como grupos de vigilancia del vecindario.

Humberto Carillo Ramírez, un líder nacional de CDR entonces, me dijo en un documental de radio que los residentes locales a menudo sa­ben quiénes son los delincuentes.

“Si una familia no envía a sus hijos a la escuela o si un joven no está trabajando y se está metiendo en problemas…nos reunimos con ellos “, dice. “Vivimos en [su] blo­que… Explicamos por qué es malo para el país y también explicamos las graves consecuencias legales para ellos”.

Cuando los residentes son con­denados por delitos, los miembros de CDR los visitan en la cárcel. “Queremos…reincorporarlos a la so­ciedad después de que salgan “, dice Carillo.

A principios de la década de 1990. Cuba enfrentó una crisis eco­nómica masiva provocada por el co­lapso de la Unión Soviética e inten­sificada por los esfuerzos de Estados Unidos para derrocar al gobierno. Los cubanos enfrentaron una gra­ve escasez de gasolina, alimentos y electricidad. A partir de 1996, la na­ción experimentó un fuerte aumen­to en los robos de viviendas y asaltos callejeros; incluso hubo un intento de robo de un vehículo blindado.

Según los estándares de Estados Unidos, el crimen en Cuba seguía siendo ligero, pero era más de lo que los cubanos estaban dispues­tos a aceptar. En 1999, el gobierno aprobó una ley que duplicó algunas penas de prisión. Los jueces tam­bién permitieron que menos prisioneros salieran en libertad condicional. La policía estaba estacionada en cada esquina de las zonas turísticas. La represión resultó en una caída del 20 por ciento en la delincuencia, me dijo el juez de la Corte Suprema Jorge Bodes Torres en una entre­vista en ese momento.

Él atribuye el éxito a las medidas de “ley y orden” y a la organización comunitaria. “La mayoría de las personas están involucradas en la lucha contra el crimen”, dice. “Ese es el factor más importante”.

Los disidentes políticos cu­banos están totalmente en des­acuerdo. Afirman que la policía golpea y encarcela rutinariamen­te a los opositores del gobierno. Sin embargo, como he documen­tado, muchos de estos disidentes son financiados por Washington y regularmente difunden noti­cias falsas, por lo que sus recla­mos de brutalidad sistemática carecen de credibilidad.

Algunos cubanos tienen quejas legítimas. Entrevisté a docenas de jóvenes afrocubanos que fueron detenidos e interro­gados por la policía porque son negros.

Pablo Michel, un joven afro­cubano, me cuenta que fue detenido por la policía varias veces en las zonas turísticas de La Habana. En una ocasión, llevó a dos turistas blancas al aeropuerto de La Habana. La po­licía se detuvo e interrogó a Mi­chel, sospechando que estaba dirigiendo un servicio de taxi ilegal. Él dice que los cubanos blancos que llevan extranjeros al aeropuerto “no tienen los mismos problemas”.

Michel y otros entrevistados dicen que la policía no realiza búsquedas violentas y que no golpean ni disparan a los sospe­chosos. Sin embargo, muchos policías estereotipados cubanos de piel oscura como ladrones y buscavidas, dice.

A fines del año pasado, el gobierno cubano anunció una importante campaña contra el racismo. Los funcionarios pla­nean identificar áreas específi­cas de discriminación, iniciar un debate público y educar al público.

“Este es un verdadero paso adelante, después de haber lu­chado durante tantos años”, dijo a Reuters Deyni Terri, fundado­ra de la Alianza de Unidad Racial en La Habana, en noviembre pa­sado. “Es un buen comienzo.”

Obviamente, las institu­ciones desarrolladas en Cuba no pueden transferirse sim­plemente al por mayor a los Estados Unidos. Pero podemos aprender del concepto de parti­cipación de la comunidad, dice Max Rameau, un organizador del grupo de base Pan-African Community Action con sede en Washington, DC, que ha es­tudiado las prácticas policiales cubanas.

“Necesitamos diferentes en­tidades de la comunidad para diferentes tareas que son res­ponsables de la seguridad y el bienestar del vecindario”, me dice en una entrevista telefó­nica. Por ejemplo, los grupos comunitarios estadounidenses pueden resolver problemas de salud mental y disputas familia­res sin involucrar a la policía.

Pero Rameau no apoya des­hacerse de la policía por com­pleto.

Si un supremacista blanco ataca a una iglesia negra, como sucedió en Carolina del Sur en 2015, dice: “Queremos asegu­rarnos de que nuestro equi­po de seguridad comunitaria pueda responder. En cualquier sociedad con diferentes clases, tendrás policía. Pero debería­mos tener control sobre ellos”.

El debate de los Estados Unidos sobre la actuación policial se ha desplazado cla­ramente hacia la izquierda. Después del asesinato po­licial de Michael Brown en 2014 en Ferguson, Missouri, los políticos pidieron a la policía que usara cámaras corporales. Hoy, después del asesinato de George Floyd, el Ayuntamiento de Minneapo­lis ha votado para desmante­lar la fuerza policial, aunque todavía está dando detalles.

Los grupos contra la bru­talidad policial han desarro­llado una variedad de planes para descentralizar los de­partamentos de policía en fuerzas comunitarias, gober­nadas por juntas civiles.

Por primera vez en la historia reciente, personas de todos los orígenes en los Estados Unidos están dis­cutiendo seriamente cómo cambiar fundamentalmente las fuerzas policiales. Las ex­periencias de Cuba deberían ser parte de esa discusión.

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Estudiantes peruanos ganan hackatón del MIT para enfrentar al Covid-19

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Estudiantes peruanos ganan hackatón del MIT para enfrentar al Covid-19

Un chatbot para faci­litar el reporte remoto de casos de coronavirus es uno de los proyectos ganadores del “MIT Co­vid-19 Challenge: Latin America vs Covid-19”, una hackatón virtual de 48 horas desarrollada para buscar soluciones de impacto relevante en Latinoamérica.

Esta aplicación que usa inteligencia artifi­cial fue creada por un grupo de estudiantes de las universidades de Harvard, Stanford y Brown, entre los que se encuentran cuatro peruanos.

Una integrante del equipo es Valerie Agui­lar Dellisanti, quien jun­to con sus compañeros, se propuso crear un sistema para realizar chequeos y controles de forma remota para la detección de la en­fermedad.

ASÍ FUNCIONA

“Imaginemos que una persona tiene sín­tomas de coronavirus, entonces envía un men­saje a nuestro chatbot que verifica sus datos de identidad y a través de los SMS le realiza un triaje, y con esa informa­ción detallada se hace un diagnóstico. Poste­riormente, dependiendo del resultado, se hace un seguimiento o se lo re­dirige a la central 113”, explica Valerie, orgullo­sa de que su proyecto haya resultado uno de los elegidos.

Su equipo estuvo con­formado por Marcelo Peña, Valeria Wu y Ro­drigo Chanamé de Perú; Jorge Armenta, Santiago Hernández y José Lavarie­ga de México, todos ellos estudiantes universitarios de las principales univer­sidades de EE. UU.

La hackatón, organiza­da por el Instituto Tecno­lógico de Massachusetts (MIT), se realizó del 19 al 21 de junio y convocó a 1 500 jóvenes emprende­dores de todo el mundo, quienes en equipos multi­disciplinarios colaboraron para desarrollar solucio­nes innovadoras frente a la crisis de Covid-19.

Valerie Aguilar Dellisanti, integrante del equipo que creó el chatbot, cursa el primer año en la Universidad de Brown.

Valerie Aguilar Dellisanti, integrante del equipo que creó el chatbot, cursa el primer año en la Universidad de Brown.

COORDINACIÓN CON EL GOBIERNO

Como se recordará Valerie, egresada de los colegios Saco Oliveros y Alexander Von Hum­boldt, sorprendió el año pasado a la comunidad educativa al ganar be­cas en 10 universidades top del mundo: Yale, Duke, Amherst Colle­ge, Singapur y Brown, entre otras.

Ella ahora busca co­ordinar la integración de los datos del bot con la base de datos del Es­tado para implementar este servicio que será de gran ayuda para nues­tro sistema de preven­ción y diagnóstico del coronavirus.

“Por ahora necesita­mos contactos con el Estado, con la Reniec y los ejecutivos del Mi­nisterio de Salud y de la Línea 113 para incorpo­rar los datos al sistema y realizar las pruebas lo más antes posible para colaborar en la lucha contra esta pandemia.”, puntualiza.

Actualmente, Va­lerie Aguilar cursa el primer año en la Uni­versidad de Brown y seguirá dos carreras: Ingeniería de Sistemas y Economía y Relacio­nes Internacionales y Públicas.

En tanto emplea toda su energía, conoci­miento y liderazgo para contribuir a frenar esta pandemia mundial en el país.

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