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Editorial

Pedro Castillo y el megacuento

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Editorial Diario UNO

Hace 13 años, los almirantes retirados Juan Ribaudo y Carlos Tejada soñaron con la construcción de un puerto en la pequeña caleta de Chancay. Tras el fallecimiento de Ribaudo, en 2016, la empresa minera Volcan adquirió el proyecto, pensando en una manera alternativa de exportar su mineral. Pero, comprendiendo la envergadura de la obra, buscó un socio estratégico que aportara inversión, tecnología y mercado. Lo encontró en la empresa China Ocean Shipping Company (Cosco), la segunda más grande trasportadora de contenedores del mundo.

Cosco revisó el proyecto y lo replanteó: Chancay no era solo un puerto de salida de minerales, sino podía ser un megapuerto multipropósito que permitiera recibir naves de gran calado, con contenedores, para distribuirlos en naves menores a toda América Latina. Estimó una inversión total de 3,200 millones de dólares y le planteó a Volcan una asociación de 60-40%. En 2019 se formó el consorcio y se inició la construcción de un túnel por debajo de la ciudad de Chancay.

Esta historia, que hemos contado en dos párrafos, mereció una extraña mención en el mensaje del presidente de la República el pasado 28 de julio. En ese documento, él leyó: «Hemos concertado la participación conjunta Perú-China, en el planeamiento de las inversiones relacionadas con el megapuerto de Chancay. Plataforma logística que comprende una inversión inicial de 1,200 millones y que ahora se proyecta a 3,200 millones».

En el texto, no figuró nada de lo real. No hubo empresa privada ni inversión extranjera. Ni siquiera existieron las obras que se vienen ejecutando desde hace tres años Todo tuvo que esperar la llegada del actual gobierno para hacerse realidad. Y fue su gestión, no la planificación de las empresas, la que hizo triplicar su monto. Obviamente, el profesor leyó una versión falsa sobre la mayor inversión privada del país.

Pero en su defensa, anotaremos que, a su vez, él fue cuenteado por el ministro de Transportes que quería ganar indulgencias «con Ave Marías ajenas». Así, el megapuerto acabó en un megacuento.

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Editorial

Colombia: tan cerca y tan lejos

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Editorial Diario UNO

En algunos aspectos esenciales, Colombia se parece mucho al Perú: ha pasado una era brutal de violencia, está asolada por las lacras del narcotráfico y la corrupción y su sociedad muestra abismales diferencias sociales, especialmente en el área rural. Todo ello, sumó una ola de insatisfacción que ha catapultado a la presidencia a Gustavo Petro quien, en muestra de la aspiración de cambio de la mayoría de los colombianos, recibió más de 11 millones de votos, récord en la historia de los comicios en ese país.

La violencia en Colombia fue un problema endémico. Se inició en la primera parte del siglo pasado, por la lucha entre liberales y conservadores, y llegó a su cima con la aparición de las Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) que llegaron a conquistar una parte del territorio, En el 2016 se firmó un Acuerdo de Paz, pero está lejos de haberse detenido: las bandas armadas de la derecha solo en lo que va del año han asesinado a 30 excombatientes y desde el 2018-2020 a 261.

La corrupción ha corrido paralela a la continuidad de la violencia. El gobierno del saliente presidente Iván Duque pidió a las Naciones Unidas y la Unión Europea (UE) recursos para el Acuerdo de Paz, pero una red en la que presuntamente participaron funcionarios de la Contraloría, Departamento de Planeación y algunos congresistas conservadores, se robaron 500.000 millones de pesos para la implementación del Acuerdo. Por último, la economía sigue dependiendo de la inyección de las divisas del narcotráfico, en medio de una enorme desigualdad del ingreso, una altísima tasa de desempleo y la devaluación del peso.

Estas son nuestras similitudes. Pero, a diferencia del Perú, el presidente Petro ha decidido enfrentar tales retos apelando a lo mejor de la inteligencia académica y profesional, rodeándose de cuadros técnicos altamente calificados y de indudable idoneidad moral. Todo lo cual es consecuente con su propuesta de cambio.

Por ello, es una pena que el presidente Pedro Castillo no viaje a la trasmisión de mando en Colombia, hubiera podido aprender mucho.

 

 

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Editorial

¿El ultimo gabinete?

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Editorial Diario UNO

Hace solo dos días, la agencia de noticias estatal difundía la declaración del presidente de la república en el sentido que ayer juraría un gabinete de «ancha base». Una promesa más incumplida. El gabinete que juró ayer son las mismas caras del anterior, solo hay cuatro nombres nuevos Kurt Burneo en Economía y Finanzas, Miguel Ángel Rodríguez en Relaciones Exteriores; Betssy Chávez en Cultura y César Paniagua Chacón en Vivienda, los otros dos cambios son solo un troque de puestos Geiner Alvarado, al MTC, y Alejandro Salas, a Trabajo. Aníbal Torres fue ratificado en la PCM. ¿Por qué insistir en esos nombres quemados? Por la soledad de Pedro Castillo, que hoy no tiene audiencia en ningún grupo político, ni siquiera en Perú Libre, y lo único que trata es de mantenerse como sea en el poder. Y para ese fin los Torres, Salas y Chávez, son los únicos que sirven.

El profesor debió darse cuenta que su mensaje por 28 de julio no convenció a nadie. Pintó un mundo ideal, como si el Perú fuese una nación europea, pero no reconoció ningún error, ninguna omisión, ningún problema. Todo estaba solucionado. Esa falta de realismo es el primer gran obstáculo al diálogo. El otro es su silencio revelador sobre las graves denuncias de corrupción que pesan contra su entorno palaciego, y que no ha querido (o podido) despejar.

Entonces, nadie sensato, excepto el outsider Burneo, se ha atrevido a subirse al carro gubernamental, calculando que marcha en ineludible rumbo de colisión. Y es que resulta claro que no puedo haber diálogo entre Ejecutivo y Parlamento, entre castillo y los partidos políticos, sino sobre la verdad como base. Y es lo único a lo que el gabinete reciclado se ha negado, a reconocer los enormes déficits de gestión frente a las promesas formuladas en la campaña electoral.

Por ello, lo único que se puede prever con este gabinete es la insatisfacción creciente de la población, la multiplicación del conflicto social, el deterioro de la economía y la continuidad de la incertidumbre política. Quizás esto lo lleve a ser el último de Castillo.

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Editorial

La soledad de Pedro Castillo

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Editorial Diario UNO

Ayer a las 9 de la mañana, la imagen tomada desde un dron que permitía ver a un Pedro Castillo caminando por la avenida Abancay, acompañado por un grupo de 50 partidarios y custodiado por 200 policías, quienes portaban barandas móviles para impedir el contacto con los desavisados transeúntes de esa hora, era el mejor retrato de su situación política: la soledad absoluta.

Para quien no lo ha gozado, el poder tiene varios efectos alucinógenos secundarios. En primer lugar, te hace creer que es interminable y que nunca se va a acabar. En segundo lugar, te convence de que hagas lo que hagas no te va a pasar nada, que siempre vas a poder encontrar una salida a las situaciones más difíciles. En tercer lugar, te hace dudar de todos y confiar solo en tu grupo más cercano, aquel que estás seguro que nunca te va a traicionar ni delatar. Como se sabe, todas esas percepciones son falsas. El poder se puede acabar en un instante y quienes ayer te aplaudían y abrazaban ni te saludan, cualquier cosa buena, mala o regular que hayas hecho puede ser considerada dolosa y pasible de ser investigada y, normalmente, solo te defenderán aquellos de cuya buena voluntad dudaste mientras que los más cercanos competirán por salvar su pellejo contando todo lo que te ofrecieron nunca revelar.

Ejemplos sobran. Alberto Fujimori quien pensaba gobernar al país 15 años o más, de un momento a otro tuvo que huir del país para luego acabar condenado en el penal de Barbadillo. Alejandro Toledo, quien se reputaba a sí mismo como «sano y sagrado» terminó reclamado por la justicia con un grillete en el tobillo y prohibido de tomar bebidas alcohólicas. Y Alan García, Ollanta Humala y PPK, quienes consideraban que podían confiar ciegamente en su amigo y mecenas Jorge Barata, terminaron siendo «echados» por él mediante una colaboración eficaz.

Pedro Castillo no cree esas historias. A él le basta una portátil, un megáfono y una banderola para sentirse popular. No se da cuenta que mientras la justicia investiga, la soledad ya lo tiene prisionero.

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