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Especial

Los derechos de los trabajadores

PASADO, PRESENTE Y FUTURO

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Los derechos de los trabajadores

Al Derecho del Trabajo se le ha definido como el conjunto de normas rectoras del trabajo bajo dependencia y remunerado por un contrato. En otros términos, es el estatuto de las personas que trabajan para otro: obreros y empleados privados y estatales; trabajadores del hogar; militares y policías.

La evolución de este derecho comenzó hace más de doscientos años y ha sido siempre una marcha lenta y con retrocesos hacia una situación menos penosa de los trabajadores impulsada por ellos. Ninguno de los derechos que lo conforman ha surgido por generación espontánea.

Una constante en esta evolución es la acción ideológica y práctica de los simpatizantes del marxismo desde la publicación del Manifiesto Comunista de Carlos Marx y Federico Engels, en febrero de 1848. Aunque a fines del siglo XIX, los marxistas se dividieron en una corriente que planteaba llegar al socialismo por elecciones (Bernstein, Kautsky), y otra que deseaba hacerlo por una revolución(Lenin), su actividad política fue en gran parte la lucha reivindicativa en defensa de los trabajadores.

El 7 de noviembre de 1917, los marxistas de la corriente de Lenin asumieron el poder político en Rusia, expropiaron a los capitalistas, repartieron la tierra a los campesinos, y comenzaron la edificación de una sociedad socialista. Una de sus primeras medidas fue la instauración de la jornada de ocho horas.

Como un reflejo de esta revolución, el 3 noviembre de 1918, los marineros del puerto de Kiel, de Alemania, se rebelaron y constituyeron un Consejo de Marineros. Siguió una huelga general en Berlín y otras ciudades el 8 de noviembre que se transformó en una revolución, cuyas consecuencias inmediatas fueron: la suscripción de un armisticio con los aliados, el 11 de noviembre de 1918, con el cual terminó la guerra en el frente occidental; la abdicación del kaiser Guillermo II; la proclamación de la República; y la constitución del Consejo de Delegados del Pueblo, que asumió los poderes Legislativo y Ejecutivo.

En este Consejo se enfrentaron los socialdemócratas, que querían un entendimiento con la burguesía, y los comunistas o espartaquistas y otros grupos, que aspiraban al establecimiento de un gobierno socialista semejante al de Rusia. Se impusieron los socialdemócratas luego de una insurrección de los segundos, debelada por la alta oficialidad militar a pedido de aquéllos, seguida del asesinato en la cárcel de los dirigentes comunistas Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

Los derechos de los trabajadores

Los socialdemócratas propusieron, en seguida, a los partidos de la burguesía un pacto por el cual mientras ellos se comprometían a continuar reconociendo la propiedad privada de los medios de producción y a renunciar a la revolución, los capitalistas debían comprometerse a admitir ciertos derechos sociales de los trabajadores. Para una parte de la burguesía este fue un pacto necesario, frente a la alternativa de una expropiación como la que se llevaba a cabo en Rusia. El acuerdo se formalizó inicialmente como un convenio entre el presidente de las organizaciones sindicales, Fernand Legien, dirigente socialdemócrata, y el presidente de las organizaciones empresariales, Lucien Stinnes, y, luego, votando conjuntamente por la Constitución de Weimar en agosto de 1919.

Una repercusión inmediata de lo que se llamó “el espíritu de Weimar” fue la creación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), por el capítulo XIII del Tratado de Paz de Versalles, con la finalidad de servir como un gran foro mundial en el cual los representantes de los gobiernos (50% de los votos), de las organizaciones de empleadores (25% de los votos) y de las organizaciones de trabajadores (25% de los votos) pudieran adoptar convenios y recomendaciones sobre determinados derechos laborales. Protagonizaron la redacción de las normas relativas a la OIT, los Estados exbeligerantes y los representantes de las organizaciones sindicales socialdemócratas.

El primer convenio aprobado por su Conferencia, en octubre de 1919, declaró que la duración del trabajo no podrá exceder de ocho horas por día ni de cuarenta y ocho por semana, lo que determinó a los Estados que lo ratificaron a implantarla.

La conciliación de clases alcanzada luego de la Primera Guerra Mundial se esfumó algún tiempo después. Los más grandes capitalistas de Alemania y otros países europeos y algunos de América del Norte prefirieron financiar a un grupo de políticos de ultraderecha, agrupados en el Partido Nacional Socialista de Alemania, dirigido por un pintor de tercera categoría llamado Adolfo Hitler, para acabar con las conquistas sociales y lanzarlo contra la Unión Soviética.

Este partido, engrosado por gente de la clase media y desempleados, asumió el poder en enero de 1933 luego de una crisis política, tras lo cual ilegalizó los partidos socialdemócrata y comunista y otras formaciones de oposición, Hitler se declaró dictador, Alemania fue rearmada, poniendo a unos doce millones de personas sobre las armas, comenzó el asesinato de judíos y comunistas y desencadenó, en 1939, la Segunda Guerra Mundial que causó más de cien millones de muertes.

La derrota del eje formado por Alemania, Italia y Japón,en 1945,suscitó una eclosión de movimientos populares en todo el mundo, la implantación de gobiernos socialistas en los países del Este europeo ocupados por la Unión Soviética, y en China y Corea del Norte, y la descolonización de África, Asia y Oceanía.

Los derechos de los trabajadores

En los países con economía capitalista de Europa, en particular Francia e Italia, se abrió paso en las mayorías sociales la conveniencia de llegar a un nuevo pacto o contrato social por el cual, si bien se admitiría la subsistencia de la economía capitalista, se le reformaría por un significativo conjunto de derechos laborales individuales y colectivos, de seguridad social y otros de carácter social, y por la organización de la sociedad como una democracia representativa basada en la igualdad ante la ley.

Era el relanzamiento del “espíritu de Weimar”, favorecido esta vez por el asentimiento de los partidos comunistas y su renuncia a intentar la toma del poder político por una revolución. Este pacto social fue formalizado como las constituciones políticas de esos Estados. Lo imitaron otros, incluida la República Federal de Alemania, ocupada por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. En adelante, la mayor parte de países con economía capitalista se sujetaron a este modelo de organización económica, social y política, que implicaba una decisiva intervención del Estado para asegurar las conquistas sociales, denominado Estado de Bienestar o economía social de mercado.

Correlativamente, la asamblea de las Naciones Unidas aprobó la Declaración de Derechos Humanos, el 10 de diciembre de 1948, en la que se consagran los derechos mínimos de todo ser humano y, entre ellos, los derechos sociales; y la Conferencia de la OIT adoptó los convenios 87 sobre libertad sindical, de junio de 1948, y 98 sobre las garantías de la libertad sindical y la negociación colectiva, de junio de 1949. Fueron los mayores logros de la OIT.

La reconstrucción de Europa y Asia, la seguridad de la paz social alcanzada por el nuevo pacto social, las invenciones de medios de producción y de consumo, el crecimiento de la producción y la productividad y el aumento del poder adquisitivo de los trabajadores, gracias a sus derechos sociales, retroalimentaron el mercado y lo expandieron.

La reacción ideológica contra los nuevos derechos sociales y el Estado de Bienestar provino de Frederick Hayek, un economista austriaco residente en Londres, y de Milton Friedman, profesor de la Universidad de Chicago, quienes abogaban por el retorno al liberalismo y la abstención del Estado de intervenir en la economía. De ellos partió la corriente denominada neoliberalismo, cuya expresión en el campo social fue denominada “flexibilidad”, una entelequia que opusieron a lo que llamaron la rigidez de la legislación de protección social.

Los partidos de derecha, socialistas y populistas en el poder, convirtieron esta teoría en un alud de normas que redujeron los derechos sociales.

Después de la Primera Guerra Mundial, la parte más rabiosa del imperialismo preferió la guerra y el asesinato. Luego de la Segunda, los estrategas imperialistas se decidieron por la ofensiva ideológica, más sutil y disolvente de la resistencia de ciertos grupos de la clase media, de algunos profesores universitarios, de las cúpulas sindicales conformistas e incluso de una parte de los mismos trabajadores, sin perjuicio de combinar sus fórmulas con la violencia, como sucedió en Chile, Argentina, Brasil, Bolivia y Uruguay, países donde la erradicación de la democracia fue el presupuesto para aniquilar al movimiento sindical, asesinar y encarcelar a dirigentes sindicales y de partidos contestatarios del capitalismo y, en definitiva, disminuir los derechos sociales para aumentar las ganancias.

Es evidente que si la clase capitalista desconoce el pacto social las clases trabajadoras quedarían en libertad de postular un cambio integral de la estructura económica. En Europa, la mayoría de las clases trabajadoras no se encamina aún en esta dirección por la ausencia de un proyecto viable de nueva sociedad socialista tras la caída de los regímenes socialistas burocráticos del Este europeo. Pero sus vanguardias marxistas —sindicales y políticas— no cejan en la defensa de los derechos sociales.

En los países con economías menos desarrolladas, la conciencia de clase y política de los trabajadores tarda en reaccionar por su deficiente educación, el impacto diversivo de los medios de prensa y televisivos del poder mediático y la errónea formación política impartida por los diferentes grupos comunistas, socialistas y de otras tendencias, rivales entre sí.

En síntesis, el futuro económico y político de las clases trabajadoras depende ante todo de una tarea ideológica que podría ser asumida por nuevas generaciones de dirigentes.

Jorge Rendón Vásquez
Colaborador

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La policía cubana, vista por un periodista norteamericano

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La policía cubana, vista por un periodista norteamericano

Un grupo de policías mus­culosos que llevan pistolas y bastones semiautomáticos se mueven lentamente entre la multitud al final de un con­cierto de salsa al aire libre. Mis amigos y yo tenemos una botella de ron, y creo que los policías lo confiscarán y tal vez hasta nos arresten.

En cambio, la policía nos pide que bebamos, y rápida­mente cumplimos. Confiscan la botella de vidrio para que no se pueda romper y usar como arma.

Este incidente tuvo lugar en La Habana hace algunos años, y dice mucho sobre lo que constituye una buena vi­gilancia policial. Los policías estaban interesados en preve­nir el crimen, no en agravar­lo.

Contrariamente a la ima­gen de comunistas brutales y represivos, la policía en Cuba ofrece un ejemplo instructivo para los activistas en los Es­tados Unidos. La policía vive en las ciudades que patru­llan. Generalmente tratan a los ciudadanos con respeto. Como documenté en mi libro Dateline Havana, las golpizas policiales a criminales son ra­ras y los asesinatos policiales son inexistentes. Cuba tiene una de las tasas de crimina­lidad más bajas de América Latina.

Las continuas protestas por las vidas de los negros en los Estados Unidos han forzado un debate nacional sin precedentes sobre el pa­pel de la policía. ¿Deben los departamentos de policía ser financiados y ese dinero ser desviado para ayudar a las comunidades pobres? ¿Debe­ría la policía ser abolida por completo?

Cuba ha luchado con pro­blemas policiales desde la re­volución de 1959. El gobierno, aunque ciertamente tiene su cuota de fallas, ha creado un sistema de interacción entre la comunidad y la policía que reduce el crimen sin depen­der de la fuerza bruta.

La lucha contra el crimen en Cuba comienza con una red de seguridad social, que brinda a cada cubano educación gratuita, atención médica gratuita y eventos culturales subsidiados. Cuba no sufre los azotes de la falta de vivienda y la adicción a las dro­gas instigada por los carteles, a pe­sar de los intentos regulares de los traficantes de contrabandear dro­gas a Cuba desde Florida.

La economía socialista signifi­ca que Cuba no tiene extremos de riqueza y pobreza. He visitado las casas de funcionarios gubernamen­tales de alto rango que viven en ve­cindarios de ingresos medios. Me he encontrado con agentes de policía que vivían en un modesto complejo de apartamentos en el mismo ve­cindario que patrullaban.

Cuba usa la presión de la comu­nidad para desalentar el crimen. Los Comités para la Defensa de la Revolución (CDR) se crearon origi­nalmente a principios de la década de 1960 para erradicar a los contra­rrevolucionarios respaldados por Estados Unidos. Hoy en día, los CDR promueven la salud pública y ac­túan como grupos de vigilancia del vecindario.

Humberto Carillo Ramírez, un líder nacional de CDR entonces, me dijo en un documental de radio que los residentes locales a menudo sa­ben quiénes son los delincuentes.

“Si una familia no envía a sus hijos a la escuela o si un joven no está trabajando y se está metiendo en problemas…nos reunimos con ellos “, dice. “Vivimos en [su] blo­que… Explicamos por qué es malo para el país y también explicamos las graves consecuencias legales para ellos”.

Cuando los residentes son con­denados por delitos, los miembros de CDR los visitan en la cárcel. “Queremos…reincorporarlos a la so­ciedad después de que salgan “, dice Carillo.

A principios de la década de 1990. Cuba enfrentó una crisis eco­nómica masiva provocada por el co­lapso de la Unión Soviética e inten­sificada por los esfuerzos de Estados Unidos para derrocar al gobierno. Los cubanos enfrentaron una gra­ve escasez de gasolina, alimentos y electricidad. A partir de 1996, la na­ción experimentó un fuerte aumen­to en los robos de viviendas y asaltos callejeros; incluso hubo un intento de robo de un vehículo blindado.

Según los estándares de Estados Unidos, el crimen en Cuba seguía siendo ligero, pero era más de lo que los cubanos estaban dispues­tos a aceptar. En 1999, el gobierno aprobó una ley que duplicó algunas penas de prisión. Los jueces tam­bién permitieron que menos prisioneros salieran en libertad condicional. La policía estaba estacionada en cada esquina de las zonas turísticas. La represión resultó en una caída del 20 por ciento en la delincuencia, me dijo el juez de la Corte Suprema Jorge Bodes Torres en una entre­vista en ese momento.

Él atribuye el éxito a las medidas de “ley y orden” y a la organización comunitaria. “La mayoría de las personas están involucradas en la lucha contra el crimen”, dice. “Ese es el factor más importante”.

Los disidentes políticos cu­banos están totalmente en des­acuerdo. Afirman que la policía golpea y encarcela rutinariamen­te a los opositores del gobierno. Sin embargo, como he documen­tado, muchos de estos disidentes son financiados por Washington y regularmente difunden noti­cias falsas, por lo que sus recla­mos de brutalidad sistemática carecen de credibilidad.

Algunos cubanos tienen quejas legítimas. Entrevisté a docenas de jóvenes afrocubanos que fueron detenidos e interro­gados por la policía porque son negros.

Pablo Michel, un joven afro­cubano, me cuenta que fue detenido por la policía varias veces en las zonas turísticas de La Habana. En una ocasión, llevó a dos turistas blancas al aeropuerto de La Habana. La po­licía se detuvo e interrogó a Mi­chel, sospechando que estaba dirigiendo un servicio de taxi ilegal. Él dice que los cubanos blancos que llevan extranjeros al aeropuerto “no tienen los mismos problemas”.

Michel y otros entrevistados dicen que la policía no realiza búsquedas violentas y que no golpean ni disparan a los sospe­chosos. Sin embargo, muchos policías estereotipados cubanos de piel oscura como ladrones y buscavidas, dice.

A fines del año pasado, el gobierno cubano anunció una importante campaña contra el racismo. Los funcionarios pla­nean identificar áreas específi­cas de discriminación, iniciar un debate público y educar al público.

“Este es un verdadero paso adelante, después de haber lu­chado durante tantos años”, dijo a Reuters Deyni Terri, fundado­ra de la Alianza de Unidad Racial en La Habana, en noviembre pa­sado. “Es un buen comienzo.”

Obviamente, las institu­ciones desarrolladas en Cuba no pueden transferirse sim­plemente al por mayor a los Estados Unidos. Pero podemos aprender del concepto de parti­cipación de la comunidad, dice Max Rameau, un organizador del grupo de base Pan-African Community Action con sede en Washington, DC, que ha es­tudiado las prácticas policiales cubanas.

“Necesitamos diferentes en­tidades de la comunidad para diferentes tareas que son res­ponsables de la seguridad y el bienestar del vecindario”, me dice en una entrevista telefó­nica. Por ejemplo, los grupos comunitarios estadounidenses pueden resolver problemas de salud mental y disputas familia­res sin involucrar a la policía.

Pero Rameau no apoya des­hacerse de la policía por com­pleto.

Si un supremacista blanco ataca a una iglesia negra, como sucedió en Carolina del Sur en 2015, dice: “Queremos asegu­rarnos de que nuestro equi­po de seguridad comunitaria pueda responder. En cualquier sociedad con diferentes clases, tendrás policía. Pero debería­mos tener control sobre ellos”.

El debate de los Estados Unidos sobre la actuación policial se ha desplazado cla­ramente hacia la izquierda. Después del asesinato po­licial de Michael Brown en 2014 en Ferguson, Missouri, los políticos pidieron a la policía que usara cámaras corporales. Hoy, después del asesinato de George Floyd, el Ayuntamiento de Minneapo­lis ha votado para desmante­lar la fuerza policial, aunque todavía está dando detalles.

Los grupos contra la bru­talidad policial han desarro­llado una variedad de planes para descentralizar los de­partamentos de policía en fuerzas comunitarias, gober­nadas por juntas civiles.

Por primera vez en la historia reciente, personas de todos los orígenes en los Estados Unidos están dis­cutiendo seriamente cómo cambiar fundamentalmente las fuerzas policiales. Las ex­periencias de Cuba deberían ser parte de esa discusión.

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Especial

Estudiantes peruanos ganan hackatón del MIT para enfrentar al Covid-19

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Estudiantes peruanos ganan hackatón del MIT para enfrentar al Covid-19

Un chatbot para faci­litar el reporte remoto de casos de coronavirus es uno de los proyectos ganadores del “MIT Co­vid-19 Challenge: Latin America vs Covid-19”, una hackatón virtual de 48 horas desarrollada para buscar soluciones de impacto relevante en Latinoamérica.

Esta aplicación que usa inteligencia artifi­cial fue creada por un grupo de estudiantes de las universidades de Harvard, Stanford y Brown, entre los que se encuentran cuatro peruanos.

Una integrante del equipo es Valerie Agui­lar Dellisanti, quien jun­to con sus compañeros, se propuso crear un sistema para realizar chequeos y controles de forma remota para la detección de la en­fermedad.

ASÍ FUNCIONA

“Imaginemos que una persona tiene sín­tomas de coronavirus, entonces envía un men­saje a nuestro chatbot que verifica sus datos de identidad y a través de los SMS le realiza un triaje, y con esa informa­ción detallada se hace un diagnóstico. Poste­riormente, dependiendo del resultado, se hace un seguimiento o se lo re­dirige a la central 113”, explica Valerie, orgullo­sa de que su proyecto haya resultado uno de los elegidos.

Su equipo estuvo con­formado por Marcelo Peña, Valeria Wu y Ro­drigo Chanamé de Perú; Jorge Armenta, Santiago Hernández y José Lavarie­ga de México, todos ellos estudiantes universitarios de las principales univer­sidades de EE. UU.

La hackatón, organiza­da por el Instituto Tecno­lógico de Massachusetts (MIT), se realizó del 19 al 21 de junio y convocó a 1 500 jóvenes emprende­dores de todo el mundo, quienes en equipos multi­disciplinarios colaboraron para desarrollar solucio­nes innovadoras frente a la crisis de Covid-19.

Valerie Aguilar Dellisanti, integrante del equipo que creó el chatbot, cursa el primer año en la Universidad de Brown.

Valerie Aguilar Dellisanti, integrante del equipo que creó el chatbot, cursa el primer año en la Universidad de Brown.

COORDINACIÓN CON EL GOBIERNO

Como se recordará Valerie, egresada de los colegios Saco Oliveros y Alexander Von Hum­boldt, sorprendió el año pasado a la comunidad educativa al ganar be­cas en 10 universidades top del mundo: Yale, Duke, Amherst Colle­ge, Singapur y Brown, entre otras.

Ella ahora busca co­ordinar la integración de los datos del bot con la base de datos del Es­tado para implementar este servicio que será de gran ayuda para nues­tro sistema de preven­ción y diagnóstico del coronavirus.

“Por ahora necesita­mos contactos con el Estado, con la Reniec y los ejecutivos del Mi­nisterio de Salud y de la Línea 113 para incorpo­rar los datos al sistema y realizar las pruebas lo más antes posible para colaborar en la lucha contra esta pandemia.”, puntualiza.

Actualmente, Va­lerie Aguilar cursa el primer año en la Uni­versidad de Brown y seguirá dos carreras: Ingeniería de Sistemas y Economía y Relacio­nes Internacionales y Públicas.

En tanto emplea toda su energía, conoci­miento y liderazgo para contribuir a frenar esta pandemia mundial en el país.

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Vencimos al coronavirus porque estábamos preparados

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Vencimos al coronavirus porque estábamos preparados

Hace unos días, un equipo de 85 médicos procedentes de Cuba llegó a nuestro país como parte de un acuerdo solidario entre el estado peruano y el gobierno de dicho país para brindar apoyo en la lucha contra la pandemia del Covid19 que se desarrolla inten­samente a lo largo de nuestro territorio nacional.

Para conocer los detalles de esta misión médica conversa­mos con Sergio González, emba­jador de Cuba en el Perú, quien nos comentó que este grupo de profesionales de la salud estará destacado en Ayacucho (16), Mo­quegua (16), Arequipa (26) y An­cash (27). “En esta última región comenzarán a trabajar en Chim­bote, donde al parecer existe un preocupante crecimiento de la epidemia”, expresó.

—¿Cómo han sido las nego­ciaciones con el estado perua­no para concretar la ayuda?

— Intensas y fructíferas. Las partes han debido evaluar innu­merables detalles técnicos pro­pios de la actividad médica a la que se enfrentarán los colabora­dores de la Isla, pero sobre todo los relativos a las condiciones de trabajo y condiciones prácticas de existencia, que se han acorda­do en estricto apego a las normas laborales, migratorias y hasta sa­nitarias de ambos países. Todo esto debió hacerse en las circuns­tancias que impone el modo pausa mundial, la limitación de movimientos dentro del Perú, el cierre de aeropuertos que impli­ca el cese de las operaciones de las aerolíneas y otras. Pero pre­valeció el ánimo de concretar la iniciativa, que fue ampliamente consensuada entre las autori­dades de gobierno y las goberna­ciones regionales, el ministerio de Salud, el de Relaciones Exteriores y el Colegio Médico, así como los mi­nisterios homólogos cubanos y las respectivas embajadas. En el tramo final, el ministerio de Defensa y la Policía Nacional del Perú desempe­ñaron un decisivo rol para asegurar el traslado.

—¿Aparte de Perú a que otros países de la región están llegan­do para brindar el apoyo solida­rio?

— Para enfrentar la Covid-19 han viajado alrededor de 2,500 co­laboradores en 32 brigadas cuba­nas del contingente Henry Reeve a 25 países. En algunos casos se han sumado a otros profesionales que ya estaban trabajando en virtud de acuerdos bilaterales previos.

En la región, están en Antigua y Barbudas, Barbados, Belice, Do­minica, Granada, Honduras, Haití, Jamaica, México, Nicaragua, Suri­name, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, San Cristóbal y Nieves, Trinidad y Tobago y Venezuela.

En África están en Angola, Togo, Cabo Verde y Sudáfrica. En Europa, están en Italia y Andorra. Tam­bién están en el Medio Oriente, en Kuwait y Qatar.

Es por este aporte que se ha le­vantado una campaña internacio­nal a favor de la concesión del Pre­mio Nobel al contingente para la cooperación Henry Reeve, al que ya la OMS le otorgó el premio Dr. Lee Jong Wook.

— Este aporte cubano for­ma parte de la larga historia de solidaridad hacia nuestro país ¿qué significado tiene 50 años después del apoyo a Perú tras el terremoto de 1970?

— Extraordinario simbolismo. Un día como ayer, 06 de junio, hace 50 años Fidel se tendió en una camilla de un banco de sangre del barrio Vedado e hizo una donación, con la que convocó a los 8 millones 500 mil cubanos de entonces a dar su aporte voluntario. 150 mil bolsas de sangre y plasma se recogieron y, posteriormente, 37 constructores levantaron 6 hospitales, tres de ellos en la región. Hace unos meses pude visitar 2 que todavía funcionan y ahora van a alojar probablemente a una nueva hornada de médicos cu­banos. La mayor parte de ellos, no había nacido hace 50 años.

Es decir, la historia tiene esos ciclos, esas sorpresas. Para comple­tar, por estos mismos días en que conmemoramos medio siglo de la epopeya de solidaridad que siguió al terremoto, un grupo de la Aso­ciación Peruana de Graduados en Cuba hizo una donación de cajas de equipos de protección personal (EPP) a los colaboradores que han venido a sumarse a la lucha contra la Covid 19. Fueron una representación de los alre­dedor de 2,000 galenos graduados en Cuba por las becas otorgadas en dife­rentes momentos por el gobierno revo­lucionario.

—¿Qué le responden a las voces que hablan -otra vez- de una injeren­cia política cada vez que Cuba envía a sus médicos?

— Apenas le prestamos atención. Significa que cabalgamos, para recor­dar al Quijote. Pero no dejamos de re­flexionar.

La derecha recalcitrante y nuestros detractores tienen un dilema irracional e insoluble. ¡Que se pongan de acuerdo! O los acusan de ser “esclavos” o de ser “espías”, pero ambas condiciones, com­prenderás, son incompatibles. No exis­te la magia que pueda convertir a un esclavo en espía o agente político.

Es parte de la narrativa del eje Washington-Miami, que después en­cuentra en el Nuevo Herald y el grupo El Comercio una siempre servicial caja de resonancia. Parecía superada en la última etapa de la administración Oba­ma, quien llegó a suprimir el llamado Programa Parole para Profesionales Médicos Cubanos (que instaba a los médicos a desertar de sus misiones) y previamente había dicho (22 de marzo de 2016):

“Hemos desempeñado roles muy diferentes en el mundo. Pero nadie debería negar el servicio que miles de médicos cubanos han prestado a los po­bres y los que sufren. El año pasado, tra­bajadores de la salud estadounidenses –y militares de EEUU– trabajaron codo a codo con los cubanos para salvar vi­das y acabar con el Ébola en África Occi­dental. Creo que deberíamos continuar teniendo esa clase de cooperación en otros países”.

Pero cambió la administración y dentro de la nueva se entronizó la ma­fia mayamera, con Marco Rubio a la cabeza y su furibundo odio anticubano. El inefable John Bolton, asesor para la seguridad nacional, resumió en un ca­pricho la nueva doctrina: acabar con el mito de la medicina cubana y su coope­ración.

Aquí cabe la especulación. Tendrían nuestros detractores la misma desfa­chatez y mezquindad de actuar contra la hipotética administración de Hillary Clinton, de haber mantenido la actitud de Obama? Se opondrían a la “línea de Washington” si una administración diferente se decidiera por una actitud ci­vilizada de cooperación como insinuaba Obama?.

Pompeo – de quien todavía espera­mos una condena contra el ataque te­rrorista contra la embajada de Cuba en Washington, que su gobierno debería proteger— no pierde ocasión para de­nostar la colaboración cubana un día sí y otro también. Con él, el subsecretario Kozak y su encargada de negocios en La Habana, articulan un belicoso equipo de choque.

Después, un par de gobiernos obse­cuentes de la región y parte de la prensa derechista hacen el resto. Cuando, en medio de la epidemia, las muertes en EEUU alcanzaban los 6 dígitos, el gobier­no de Trump decidió dedicar 3 millones de dólares de los que aportan los contri­buyentes norteamericanos a perseguir y denunciar supuestas violaciones de los derechos de nuestros colaboradores. No los dedicó a comprar los tan nece­sarios ventiladores mecánicos ni al de­sarrollo de la vacuna contra la covid, sino a “acabar con el mito de la medi­cina cubana”. Nadie más en el Mundo, aparte de esos 4 gatos, está preocupado por los supuestos inconvenientes de la colaboración médica cubana.

Eso es lo que te diría, Francisco, para evitar hablar del irrespeto y la afrenta que significa para 164 países que sean considerados como “esclavistas” o ton­tos manipulables por haber recibido la colaboración de más de 400,000 profe­sionales de la salud de Cuba en 56 años, ni más concretamente de las 66 naciones en que hoy se desempeñan 29,000.

Y por si acaso, ratificamos que no queremos el copyright de los esquemas de colaboración. Si alguna gran potencia quiere emularnos, bienvenida sea. Ojalá tuviéramos a los médicos norteameri­canos o de otros países desplegados en todo el mundo resolviendo los abruma­dores problemas de salud y superando las carencias que la Covid 19 ha puesto de manifiesto.

No andamos por el Mundo torciendo brazos, ni utilizamos la solidaridad – porque no sería tal— ni la colaboración como moneda de cambio. La evidencia la puedes encontrar en que hemos man­tenido los acuerdos de colaboración en países que cambiaron de gobierno y sig­no político, incluso como resultado de golpes de estado. Allí donde las nuevas autoridades respetaron los acuerdos y manifestaron su interés por la actividad, nuestros colaboradores prosiguieron en­tregando sus esfuerzos con toda legitimi­dad y dignidad para beneficio de la salud de los pueblos que los acogieron.

A Cuba nunca le faltará voluntad de cooperación con el Perú, afirma el embajador Sergio González.

A
Cuba nunca le faltará voluntad de cooperación con el Perú, afirma el embajador Sergio González.

—¿Cómo está Cuba afrontando este tema de la pandemia?

Creo que no es pretencioso decir que estábamos preparados para la pandemia desde hace muchos años. Es decir, no tu­vimos que prepararnos para “este” fenó­meno en particular porque hemos desa­rrollado un sólido sistema de salud con capacidades suficientes para enfrentar cualquier contingencia y además con­tribuir a la lucha mundial contra otros flagelos.

La clave para el éxito de esa lucha han sido las políticas públicas, a partir de una firme voluntad del estado y la consideración de la salud como derecho humano inalienable, no una mercancía.

No se gradúan 95 mil médicos en una década. No se consigue una densi­dad de médicos de 9 por cada 1,000 habi­tantes (la mayor del mundo) de la noche a la mañana, ni se consiguen 5,2 camas hospitalarias por cada 1,000 personas en cuestión de semanas.

La epidemia la hemos enfrentado con un doble anillo de contención. El primero, con medidas sociales de prevención, apoyadas en ese potencial de recursos humanos calificados. Esto ha permitido que, sin llegar a la inmovilización general obligatoria, se hayan podido detectar los focos de contagio (unos 45 eventos), aislarlos y desactivarlos. La decisión ha sido aislar no solo a los contagiados activos, sino también a los asintomáticos y los sospechosos, en instituciones del Estado.

En el segundo anillo están las acciones clínicas y los protocolos de enfrentamiento a la epidemia una vez que se detecta un sospechoso. Para él se utilizan tratamientos preventivos. Luego, para los que desarrollan síntomas, se utiliza una variedad de acciones que incluyen el suministro de alrededor de 20 fármacos, la mayoría fabricados en Cuba. Se cuentan entre ellos el interferón alfa 2B ®, el itolizumab y un péptido novedoso creado por el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de La Habana que lleva su nombre, el CIGB-258.

— ¿Vendrá otro grupo de profesionales o solo estos 85 que han llegado a Perú?

— Todo dependerá de cómo evolucione la pandemia en el Perú y en otras partes del mundo, que también han reclamado la colaboración cubana. Por nuestra parte, estaremos atentos a los requerimientos peruanos y haremos las evaluaciones pertinentes en cada momento. Voluntad de ayudar no nos faltará.

 

Y APLICAN FÁRMACOS CON ÉXITO

Científicos cubanos tras vacuna contra Covid-19

—¿Qué aportes científi­cos están brindando en esta lucha de encontrar una va­cuna?

— El interferón cubano se utilizó con gran éxito en Chi­na; mientras que el CIGB-258 ha sido efectivo en el 78% de los casos críticos y el 92,3% de los graves tratados en Cuba, mientras que a nivel mundial la sobrevivencia de los casos críticos que se logra es 30% sin el uso del mismo.

Aquí entra a jugar la otra conquista de la Revolución: su emblemática biotecnología y su industria farmacéutica, el desarrollo del potencial cientí­fico de la Isla.

La aplicación de estas con­ductas nos permitió superar a fines de abril el pico de la epidemia. Para que tengas una idea, La Habana ha sido el epi­centro y allí, en esos días de mayor cantidad de casos acti­vos, sólo se ocupó el 30% de las camas hospitalarias y el 8% de las camas de cuidados intensi­vos.

Hoy tenemos 248 casos activos y 3 críticos o graves, una situación favorable que nos permite considerar que la epidemia está bajo con­trol. Hemos acumulado 190 contagiados por cada millón de habitantes y lamentado la muerte de 7 personas por cada millón. Cuba ocupa el lugar 93 por el número de contagiados absolutos en el universo de más de 200 paí­ses.

El CIGB es uno de más de 100 centros de investigación que desarrolla un candidato vacunal contra la Covid-19. Pero las investigaciones avan­zan en ambos sentidos: en la búsqueda de la vacuna y en el desarrollo de tratamientos para la curación.

 

 

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