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Editorial

La vida a plazos de Keiko Fujimori

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Editorial Diario UNO

En 1976, el escritor Isaac Goldemberg publicó una emblemática novela «La vida a plazos de don Jacobo Lerner» en la que, a través de anécdota y recuerdos, narraba la historia de un protagonista que siempre estaba en camino y que nunca acaba de llegar a la meta. Justo esa es la desventura que afronta Keiko Fujimori que, cada día, ve esfumarse más la esperanza de ser presidenta del Perú, que se resiste a ello con todas sus fuerzas pero que lo único que consigue es un plazo más corto de esperanza.

Tras perder netamente la segunda vuelta de la elección presidencial, su círculo cercano la convenció de que había existido un gigantesco fraude en mesa. Eso le daba tres días para pedir la anulación de aquellas actas «en las que más de una mano había firmado cientos de actas, incluso en distintas regiones del país», como le susurró a la oreja Lourdes Flores, sin explicarle cómo esa mano negra había podido firmar tantas actas en distintos lugares geográficos en menos de 20 minutos de la noche nefasta del 6 de junio. El plazo se le venció y no pudo apelar sino 165 de las 802 mesas que necesitaba para cambiar el resultado.

Pero, convencida ya de que ella era la ganadora real de la elección, planteó al JNE la posibilidad de desconocer la ley y darle un plazo adicional de dos días para presentar las pruebas del fraude. Los dos días acabaron y no consiguió nada.

Alentada por las voces machazas del grupo La Resistencia, su grupo de choque favorito, no se amilanó y mandó a Óscar Urviola a aplanar al JNE. Tampoco tuvo éxito, los defensores de Perú Libre deshicieron los argumentos del expresidente del Tribunal Constitucional que, como única excusa, solo atinó a decir que no era abogado ni de Keiko ni de Fuerza Popular. Entonces, justo cuando se iba a publicar el rechazo a sus solicitudes de nulidad consiguió la renuncia del único miembro del JNE que le sonreía, un juez del equipo de los Cuellos Blancos. No habrá escrutinio hasta el 28 de julio y será el presidente del Congreso quien reciba la banda presidencial, antes de dármela a mí, pensó para sus adentros. Pero, también fracasó, solo en el plazo de un día, la Fiscalía de la Nación designó al accesitario y la revisión de actas volverá a empezar.

Como el protagonista de la novela, Keiko cree ahora que «vivir a plazos, no es vivir».

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Editorial

El hombre del sombrero

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Editorial Diario UNO

En los últimos dos días, un sombrero chotano ha dado vueltas por todos los medios de comunicación del mundo. Lo portó el presidente Pedro Castillo en su primera gira oficial al exterior para asistir a las reuniones de la OEA y ONU en los Estados Unidos de América, de dónde regresa hoy tonificado por el respaldo recibido.

Ello porque, si bien no llegó a la Casa Blanca, su presencia en Nueva York y Washington la ha valido un implícito placet del gobierno de Joe Biden. Señalando este hecho, el analista Isaac Biggio ha escrito: «Algo que llama la atención es la muy buena relación que se viene construyendo entre Washington y Lima, pese a que el Perú tenga ahora a su primer gobierno constitucional de izquierda. Como Perú Libre es el único partido que se reclama marxista leninista y que gobierna una democracia occidental, uno pudiese esperar que la Casa Blanca hiciese todo lo posible para impedir que llegue al poder y que se mantenga en éste». Pero, lejos de desestabilizarlo el Departamento de Estado decidió apoyarlo.

Según Biggio, Biden se dio cuenta de que Castillo nunca se proclamó comunista, socialista, marxista, antiimperialista o antioligárquico, y prefirió asimilarlo antes que combatirlo, lo que ha generado una entente cordial. Ello ofrece a los norteamericanos más seguridades «de una estabilidad financiera y política y con reglas más claras (que las basadas en sobornos) y sobre todo les resulta una mejor alternativa que un eventual gobierno fujimorista que pudiese estar jaqueado por numerosas protestas sociales y denuncias de violaciones a los derechos humanos y negociados».

De hecho, Castillo le dio la razón a los analistas políticos estadounidenses, negando explícitamente ser comunista e invitando a la gran inversión privada a venir al Perú. Por ambos gestos y por su paso exitoso por las asambleas de la OEA y la ONU (que los diarios mezquinos niegan), el mandatario chotano regresa convertido en una figura internacional de presidente también maestro rural, rondero y campesino, condición graficada en el sombrero que nunca se quitó y con el que se ganó las simpatías de las personalidades asistentes al máximo foro diplomático mundial.

La acogida externa le da así a Castillo un nuevo aire para afianzar su liderazgo interno, y realizar los cambios políticos que la población y los partidos políticos de centro le reclaman para acabar con la incertidumbre que paraliza la economía.

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Editorial

Mi huaca favorita

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Editorial Diario UNO

Perdida en las secciones regionales de los diarios, ayer figuró la noticia de que más de 60 personas había invadido el Complejo Arqueológico Huaca El Algarrobal, en el distrito de Pucalá, a escasos 32 kilómetros de Chiclayo. Los invasores ocuparon el área central de la huaca y, rápidamente, realizaron la demarcación de lotes sobre los hitos colocados por el Ministerio de Cultura. Ante la presencia de la policía y de arqueólogos del Museo Tumbas Reales de Sipán, quienes les explicaron el extraordinario valor de la zona que estaban ocupando, solo atinaron a decir que invadían «obligados por su necesidad».

El hecho sería solo una anécdota, si no formara parte de la larga historia de destrucción del patrimonio arqueológico del Perú: nuestro país es sede de una cultura antigua viva, pero esos restos cada día se desaparecen o saquean. Lima es el peor de los ejemplos. Según las crónicas y otros documentos, en el valle del Rímac existían más de 200 grandes huacas ceremoniales. El primer destructor fue Francisco Pizarro, quien construyó la casa de gobierno encima del palacio del cacique Taulichusco, señor del valle. Aun así, hasta el inicio del siglo XX todavía subsistían buena parte de ellas, gracias a la reverencia de los naturales y al respeto de los nuevos propietarios a los entierros ahí existentes.

En 1902 se destruyó la huaca ubicada en lo que hoy es el cruce de la avenida 28 de julio con el jirón Andahuaylas, en 1910 la gran huaca existente entre lo que hoy es el cruce de las avenidas 28 de julio y Petit Thouars, en 1923 y 1929 cayeron las huacas Aramburú y Santa Beatriz, esta última para construir el hipódromo, y entre 1935 y 1950 se acabó con la gran huaca ubicada donde hoy se emplaza el hospital Rebagliatti. En 1951 la hermosa huaca Santa Cruz, con terraplenes de 10 metros de alto desapareció para convertirse en campo de aviación.

Pero esa barbarie, ocurrida cuando no existía una clara normativa de protección del patrimonio arqueológico, no es nada al lado de lo ocurrido en los últimos años, a manos de urbanizadores, municipalidades o traficantes de tierras, o de todos ellos juntos. Por ejemplo, hoy desapareció Armatambo, a las faldas del morro Solar, o el área de amortiguamiento del monumento de Cajamarquilla es atravesada por una avenida de doble vía. Mi huaca favorita no es la que cuido, la que quiero, sino la que destruyo «por necesidad». Hoy las huacas de Lima se cuentan con los dedos, triste presente de un país que destruye su pasado.

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El sol agujereado

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Editorial Diario UNO

La semana pasada el primer ministro Guido Bellido realizó su primera declaración sobre el tipo de cambio, para exculpar al gobierno del vuelo de la divisa: “Nos están jugando mal algunos funcionarios (…) el dólar debe estar en S/ 3.50 o S/ 3.40, pero hay también gente que está arriba, sí, porque alguna vez dijeron: ese pueblo que eligió a Pedro Castillo se le debe castigar, debe estar el dólar en S/ 6, así se nos amenazó”.

Como un resorte, el todavía presidente del BCR respondió que el ente emisor no es culpable de la inestabilidad y más bien achacó a la incertidumbre de los potenciales inversionistas, quienes temen que próximas medidas puedan afectar a sus negocios, el aumento de la demanda. Estimó que, en un escenario sin incertidumbre política, la cotización de la divisa estadounidense estaría entre 3.60 y 3.70 soles.

Colgándose de la opinión de Julio Velarde, el inefable Aldo Mariátegui escribió «el dólar estaría más barato y no hubieran subido tanto los precios de no haber ganado el comunismo gracias a los “tibios” y al “electarado”. ¡Gracias Ramiro Llona! ¡Gracias Lúcar! ¡Gracias sur! Carranza estaría ahora mismo en el MEF y el país estaría creciendo como un cohete. Que todos los que votaron por Castillo se acuerden de eso cada vez que compren comida o llenen el tanque o le vendan panes más chiquitos. No se quejen: tienen lo que se merecen por tontos».

Por su parte, economistas independientes, como Kurt Burneo o Alejandro Narváez, sostienen que el dólar sube fundamentalmente por especulación. Además, tampoco es tipo de cambio puede elevarse indefinidamente, más bien su ritmo de subida está aminorando y hasta podría retroceder. Así, el mismo Velarde estima «Los agentes económicos, en promedio, esperan 4.07 soles por dólar para fines de este año y de 4.08 soles por dólar para fines del 2022».

O sea, cuatro opiniones coincidentes: nuestra moneda no está agujereada por un desequilibrio del sector externo o por un desajuste estructural de la economía, sino por razones políticas, por miedo y por especulación. Y encima podría bajar.

Entonces, nosotros, como los ciudadanos de a pie, nos preguntamos: ¿qué espera el ministro de Economía para salir a explicar la situación y adoptar señales claras con el fin de desbaratar la conjura político-miedosa-especulativa contra el dólar y acercarlo a su precio real? En cualquier país sensato del mundo así se haría.

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