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Editorial

La buena educación

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Editorial Diario UNO

Según el Foro Económico Mundial, antes de la pandemia el Perú ocupaba el puesto 127 entre 138 países en materia de calidad del sistema educativo. Es decir, éramos casi campeones mundiales de mala educación.

La pandemia no ha matado muchos niños, pero si ha deteriorado el sistema formado por más 60 mil centros educativos, 400 mil docentes (320,413 pagados por el Estado) y 8.570,065 los alumnos en el sistema educativo formal en centros educativos públicos y privados en todos los niveles, profundizando más -si cabe esa expresión- los déficits históricos en educación. Además, bajo este contexto de pandemia, la brecha educativa se ha acrecentado. Según Minedu, en 2020 se trasladaron 337,870 estudiantes de instituciones educativas privadas a públicas, siendo en su mayoría de nivel primaria. Por otro lado, deserción escolar aumentó del 1.3% a 3.5% en inicial y primaria.

Y encima de todo esto, la obligada transformación de las clases presenciales virtuales, ha traído problemas nuevos. En promedio, 6’124,377 estudiantes de colegios públicos y 1’710,166 de colegios privados han tenido que adaptarse a la nueva normalidad escolar. Pero. según un estudio estadístico del INEI de 2018, la accesibilidad a internet en Lima Metropolitana era de 72% mientras que en el resto del país la cifra era de solo 42.9%. En términos gruesos, el sector más afectado era el de los estudiantes de primaria con solo un 29.6% de accesibilidad. Para que no se crea que tratar el tema es cosa de terrucos, se puede citar un reciente informe especial del El Comercio que estima que en el segmento de hogares rurales solo el 5.9% tiene acceso a Internet. Es decir, si antes de la pandemia la educación ya era deficiente, ahora pasado el pico de la crisis su estado es más que lamentable.

Por ello, el decreto supremo Nº 014-2021-MINEDU ha declarado a la educación nacional en situación de emergencia, lo cual tampoco es cosa de terrucos, sino lo mismo que hizo Alberto Fujimori en 1993.

Los propósitos de la medida, que no figuraba en ningún proyecto de ley, es la recuperación y consolidación de aprendizajes de los estudiantes de la educación básica y el retorno a la presencialidad, el desarrollo profesional docente, la innovación tecnológica y competitividad educativa, la mejora de la educación superior, la atención integral de las poblaciones rurales, indígenas, afroperuana y de personas con discapacidad y la descentralización. En suma, empezar a reconstruir la buena educación, que alguna vez tuvimos.

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Editorial

Objetos perdidos en Palacio de Gobierno

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Editorial Diario UNO

Todos los locales públicos del mundo con gran afluencia de público tienen un salón de objetos perdidos, en los que los visitantes olvidadizos pueden recuperar lo que dejaron abandonado por descuido. En cambio, hay otros lugares mágicos, de gran magnetismo, en los cuales cualquier cosa puede desaparecer sin dejar rastro por obra de una alta concentración de energías negativas. El Palacio de Gobierno del Perú es uno de esos lugares. Ahí, en 1532, Francisco Pizarro desbancó al cacique don Gonzalo Taulichusco, antiguo dueño del solar; también, poco tiempo después, en 1541, muy cerca, los partidarios de Diego de Almagro le dieron muerte a Pizarro; en 1816, el virrey Abascal fue objeto de un conjuro, y a unos pasos, en 1872, acabaron colgados por la plebe los hermanos Gutiérrez, que acababan de dar un golpe de Estado. Se podría citar cien hechos funestos más.

La consecuencia más visible de esta “mala vibra” acumulada es la inexplicable pérdida de objetos. El más reciente es el caso de los videos internos de la residencia correspondientes al día 5 de agosto de este año, que se han hecho humo inexplicablemente. Los mal pensados creen que el personal de la Casa Militar los ha borrado para proteger al presidente, pero se equivocan. Es el magnetismo histórico de la casa que ha dejado al CD de ese día en blanco y también que ha volatilizado todos los documentos y anotaciones dejadas por Bruno Pacheco y que hoy son inhallables

Lo grave es que las desapariciones no solo afectan a objetos sino también a elementos inmateriales. Por ejemplo, con solo un año de residencia en ese aciago lugar, el profesor Pedro Castillo ha perdido la memoria sobre sus ofrecimientos de hacer un gobierno diferente, el primer ministro Aníbal Torres ha perdido los estribos amenazando al Congreso con traer ronderos para dar de correazos a los parlamentarios criticones y el ministro del Interior ha perdido la pista de los sobrinos fugitivos. Además, casi todos los ministros que se reúnen allí semanalmente también han perdido la vergüenza totalmente. Mejor, no acercarse.

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Editorial

“Salvo el poder todo es ilusión”

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Editorial Diario UNO

Ya casi habíamos olvidado una de las consignas centrales de Abimael Guzmán, que da título a esta nota y que sus fanáticos militantes coreaban en las prisiones, mientras desfilaban uniformados, cuando escuchamos ayer al exprimer ministro Guido Bellido declarar que el conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso es solo “un espejismo”. Y esa explicación nos recordó que existe una manera alienada de ver la política.

El diccionario define al espejismo como una “Ilusión óptica debida a la reflexión total de la luz al atravesar capas de aire caliente de diferente densidad, lo cual provoca la percepción de la imagen invertida de objetos lejanos, como si se reflejasen en el agua”, es decir, como una Imagen, representación o realidad engañosa e ilusoria.

Así para el oficialismo es absolutamente cierto que las declaraciones de Bruno Pacheco, Karelim López y Zamir Villaverde sobre delitos cometidos en Palacio de Gobierno son solo una imaginación; que la firma falsa en el concurso de la municipalidad de Anguía es una realidad engañosa, que la fuga del exministro Juan Silva y de los sobrinos del presidente responde a una impresión equivocada o que los constructores Espino han actuado de buena voluntad y son incomprendidos. En suma, que el Congreso, los medios de comunicación y una mayoría de la ciudadanía urbana lo que ven es una imagen invertida de la realidad.

Pero, para la oposición, lo que en realidad existe es una práctica perversa del círculo presidencial que solo persigue el poder para beneficio propio y que, a lo Abimael, está dispuesta a comprar o amedrentar a testigos, a destruir pruebas y a hacer cualquier triquiñuela legal o tinterillada para evadir la acción de la justicia, en suma, que pretende mantener el poder a cualquier precio.

En medio de ambas percepciones la economía cruje, la sociedad se deteriora, la cultura y la educación se precarizan y la política se hace indigna. Por eso, “¡Qué se vayan todos!” es la forma en que hoy los ciudadanos honestos de derecha, centro e izquierda piensan que salvo el poder todo es ilusión.

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Editorial

La implosión de Acción Popular

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Editorial Diario UNO

La solicitud de licencia a AP del excandidato presidencial Yonhy Lezcano se convirtió ayer en el último capítulo de una serie más atractiva qué las de Netflix, en la cual el partido de la lampa va camino a su extinción. No lo decimos ni deseamos nosotros, sino lo pone el propio Lezcano en blanco y negro: “Nuestra ideología y principios partidarios se están dejando de lado por algunos militantes que nos representan en cargos de elección popular, pero además nuestro partido no cuenta con dirigencia elegida conforme a ley, que permita una conducción adecuada de nuestra organización política”.

Claro que si hoy preguntáramos a los militantes cuáles son esa ideología y esos principios que cita Lezcano, tendrían mucha dificultad de responder. Y es que, desde su nacimiento, AP no fue un partido con ideología. Su fundador, Fernando Belaunde Terry, resolvió el problema con una frase que lo decía todo y nada “El Perú como doctrina”. Pero, ello tampoco llevó al acciopopulismo a ser una fuerza regionalista o descentralista.

Desde la debacle electoral de uno de sus líderes emblemáticos, Javier Alva Orlandini, en 1985, AP no levantó cabeza. Apoyó a Vargas Llosa en 1990 y, después, no tuvo ninguna figuración importante a nivel nacional. Raúl Diez Canseco, sobrino del fundador, fracasó en su intento de reflotarlo como un partido protagónico. Pero, paradójicamente, el colapso del gobierno de PPK y la transición le dieron una nueva oportunidad. Y vaya que no le fue mal. En las últimas elecciones, ganaron 16 curules en el Congreso y la municipalidad de Lima.

¿Cómo lo lograron? Juntando a perro, pericote y gato, volviendo a ser una “Federación de independientes” como en la década de 1950. Pero ese secreto de éxito se convirtió, luego, en factor de fracaso pues las diferencias se agudizaron y hoy hay dos dirigencias, dos facciones de la bancada y varios “Niños” hipotecados a favor de Pedro Castillo. La división es tal que, en broma, se dice que el lema de “Adelante”, escrito en el frontis del local principal, ha sido cambiado por el de “Adios”.

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