La boda de Jim y Guadalupe

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La boda de Jim y Guadalupe

Eduardo González Viaña

 

Valentín Herrera, padre de Jim, pagó el “rehearsal” hace un mes en un restaurante mexicano de Salem. Se conoce con ese nombre (“ensayo”, en castellano) a la comida que ofrece el padre del novio para congregar a las familias de los futuros contrayentes.

Sin embargo, Valentín no pudo presenciar ayer la boda de su hijo con Guadalupe Mejía, ambos de 22 años, porque a la mañana siguiente del “rehearsal”, los agentes de Inmigración entraron en la  empresa donde él ha trabajado durante diez años, lo detuvieron junto a otros veinte mexicanos y lo echaron del país por ser, según ellos, un extranjero ilegal.

Jim, el novio, es legal. Nació aquí, y su madre es (norte)americana, pero su amada Guadalupe no lo es porque nació en Guadalajara al igual que sus padres y sus dos hermanos.

De todas formas, ambos se casaron ayer en una iglesia pentecostal de Pórtland donde el único participante por completo legal e insospechable era Nuestro Señor Jesucristo… aunque no podemos estar seguros del todo.

Si los jóvenes hubieran obedecido al pie de la letra las leyes del estado, tendrían que haber esperado 40 años o más porque los ilegales debido a su situación no pueden casarse.

Es más, el año pasado cuando se aprobaron distintas regulaciones migratorias, el Arzobispo de Los Angeles declaró que para acatarlas, cada sacerdote tendría que pedir los documentos a sus fieles antes de darles la Comunión.

Poco antes de casarse, en la vida de Guadalupe ocurrió otro milagro: culminó su bachillerato universitario con un “summa cum laude”. De haber obedecido las leyes, no habría podido llegar a la escuela primaria. Cuando se hallaba en edad escolar, las leyes de California, el estado donde vivía, se lo impedían. Esa fue la razón por la que entonces  la familia se mudó a Oregon.

Los “ilegales” no pueden casarse, ni estudiar, ni conducir automóvil, ni ir a la iglesia, ni procrear, ni nacer, ni morir, pero sí pueden trabajar en los campos; y gracias a ello, la canasta alimenticia de los Estados Unidos es una de las más baratas del mundo. Además, pagan sus impuestos y el Seguro Social, y no reciben jubilación, compensación por desempleo, atención médica: ninguno de los beneficios que ello debería significar.

En el siglo diecinueve, se abolió la esclavitud. Sin embargo, hay paralelos abominables entre esa institución y la actual situación de los trabajadores indocumentados en los Estados Unidos. A los negros esclavos les estaba prohibido casarse porque la legalidad del matrimonio solamente estaba reservada a los únicos supuestos “seres humanos”.

El pastor proclamó ayer que Dios está del lado de los pobres, de los extranjeros, de los que sufren y de los que padecen persecución y cárcel por haber amado la justicia. Por fin, cuando les dijo a Jim y a Guadalupe que Dios estaba presenciando su boda, cerré los ojos y rogué fervientemente que existiera…

Lo escribí hace un tiempo en Estados Unidos. En España, donde ahora vivo, he presenciado un Concurso de Testimonios sobre los peruanos que viven en este país. Nuestros compatriotas son excelentes. Los estaremos premiando el 19 de julio a las 19 horas en el Instituto Cervantes. Todos están invitados.

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