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La batalla por un nuevo Chile

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La batalla por un nuevo Chile

“Gente que es postergada,

Gente que es anulada,

Gente que sabe que su voz, no es escuchada

¡Nunca!”

Fiskales Ad Hok, “Lindo momento frente al caos” (2007).

 

La élite política económica, luego de generarse el estadillo social chileno, mencionaba, sorprendida que “no lo veían venir”. Esta afirmación, sería una de las primeras que señalarían lo alejado que estaba el mundo de la élite, ese que Sebastián Piñera llamaba como “el oasis chileno”, (que consta de un puñado de familias que han saqueado el país y debilitado a gran escala lo estatal), y el otro Chile, aquél que no aparecía en los medios de comunicación, ni en los índices de “desarrollo”. Esa mayoría de chilenos que la primera dama, Cecilia Morel, no dudó en nombrar “extraterrestres”, cuando indignada afirmaba en su audio filtrado de whatsapp que “vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás” (Morel, 2019).

¿Cómo no lo iban a ver venir? Si el pueblo llevaba años demostrando su descontento en las calles, por múltiples las causas. El 2011, los estudiantes sacudieron y cuestionaron los cimientos del sistema con el movimiento estudiantil, siendo de gran relevancia. El 2016 surge la causa “No + AFP” con marchas varias en contra del sistema de pensiones y el 2018, el movimiento feminista cuestionaba los abusos y las desigualdades de género.

En el movimiento estudiantil, los estudiantes, tanto escolares como universitarios, alzaron su voz por el derecho a una educación pública, de calidad, y, sobre todo, al fin del lucro en las universidades privadas. Como menciona Alberto Mayol, el concepto “no al lucro” fue de suma importancia porque “pasa a cristalizar el abuso económico por asimetría de poder” (Mayol, p.53, 2019). Se puso en debate las desiguales propias del modelo impuesto en la dictadura de Pinochet por militares y tecnócratas, a costa de represión; desapariciones; muertes y nula participación y consulta ciudadana.

Es relevante señalar también que, pocos meses antes del estallido, en junio del 2019, el Colegio de Profesores de Chile estuvo en paro por más de dos meses, buscando soluciones reales a los problemas de la educación y, nuevamente, el Estado no otorgó las soluciones debidas, respondiendo con represión y negacionismo. El economista chileno -Chicago boy disiente-,Ricardo FFrench-Davis Muñoz, desde fines de los años noventa, ya advertía a los políticos y economistas “cuidado con seguir abusando de la paciencia de la gente”. (Ffrench-Davis, 2019).

Lo que partió siendo una evasión masiva del Metro, terminó con una fuerza desmedida en contra de los estudiantes. El presidente Sebastián Piñera, dio la orden de colapsar las estaciones del metro de carabineros, quienes no dudaron disparar perdigones en contra de menores de edad.

Luego, la escalada de violencia fue en aumento, terminando con la quema de varias estaciones del metro, y revueltas por todo el país. Chile, de jactarse de ser uno de los países más ordenandos de la región, ardía en llamas. Los chilenos, destruían y se rebelaban en contra del capitalismo atacando los bienes materiales, el mismo sentido de “evadir” el pasaje, era atacar a la élite donde más les dolía, en lo monetario. Barricadas, quema de televisores, y de un sinnúmero de bienes, recuerda a los franceses rompiendo la Bastilla con sus propias manos, dando inicio a una gran revolución.

La respuesta del Estado, en vez de apaciguar las cosas, echó más bencina al fuego, demostrando el nulo manejo político, al sacar de sus cuarteles a los militares, y declarar la guerra contra su propio pueblo, en vez de buscar diálogo y soluciones. Trayendo fantasmas y reabriendo heridas no sanadas de un pasado traumático, violándose los derechos humanos de la ciudadanía nuevamente. El gobierno, a través del miedo y represión trató de callar la voz del pueblo, pero, esta vez, produjo el efecto contrario.

El estallido social que comenzó en octubre del 2019, mostró el hartazgo de los abusos y la impunidad sistemática y también, la falta de representatividad y legitimidad hacia los sectores dirigentes. En este aspecto, es una crisis en el sistema político y de incredulidad hacia los poderes que manejan el país, pues carecen de moral social. Claudio Nash, Doctor en Derecho y académico de la Universidad de Chile, explica que el estallido de octubre fue consecuencia del proceso de degradación del acuerdo sobre derechos fundamentales en Chile (Nash, 2019).

Hemos dado ejemplos de cómo el pueblo chileno ya se había estado manifestado para exigir una vida más justa y el fin de la impunidad de los intocables en la historia del país, es decir, del sector político, empresarial y policial. Pero, todas las demandas, no querían ser escuchadas, la plutocracia que maneja Chile, se negó, una y otra vez, a tocar el modelo y ceder a las demandas sociales.

Por otro lado, un simbolismo del neoliberalismo y la mala salud mental, se refleja en el caso del Mall Costanera Center, abierto al público en el 2012. Aquel centro comercial cuenta con el rascacielos más grande de Latinoamérica, convirtiéndose en el epicentro del consumismo y del culto para el credo capitalista chileno. A pesar del orgullo y admiración que esto significó para algunos, paradójicamente, desde la inauguración de su mirador en el 2015, han sucedido una serie de suicidios en el lugar. Suicidios que han sido abordados desde la frialdad máxima y una deshumanización total. Cada vez que una persona decidía acabar con su vida en la cumbre del consumismo, el mall ponía una pequeña carpa para que las personas siguieran consumiendo. Los medios de comunicación oficiales, también guardaban un silencio sepulcral.

Pero, tras el estallido social, el Costanera decidió cerrar para evitar los saqueos masivos. Un crudo relato de cómo para la cultura neoliberal y empresarial chilena los bienes valen más que una vida. Los suicidios del Mall, también demuestran la hostilidad y la violencia estructural de un país que no vela por los derechos básicos y elementales de sus ciudadanos, ni por su salud mental, sino solamente por las reglas del mercado.

La batalla por un nuevo Chile

El despertar chileno, es significativo y auténtico por varios aspectos, por ejemplo, por su gran alcance, ya que se dio a nivel país, conectado las regiones con la capital. Asimismo, casi inmediatamente se convirtió en un movimiento intergeneracional. Por otro lado, primera vez que no se marcha con banderas de partidos, más bien, la bandera negra de la anarquía, junto con la mapuche, han sido las que han flameado al viento de tiempos mejores.

Es un despertar de conciencia colectiva, que no tiene relación con ningún partido político. Se ha generado el sentido de comunidad y unión, rompiendo con la soledad y hostilidad del individualismo incentivado por el neoliberalismo, que, a través de la idea del “hombre que se hace a sí mismo” busca generar la competencia y la autoexplotación como el modo de ascenso, anulando la responsabilidad del Estado en otorgar condiciones aptas para la sociedad.

El sentido de pertenencia a una lucha en común es tan fuerte, que el estallido surgió sin líderes, y luego de cuatro meses de protestas, siguen sin existir dirigentes que encausen la insurrección. “Ahora que nos encontramos, no nos soltemos” es uno de los slogans que se pueden ver rayados en las calles de Santiago, apelando a mantenerse unidos a pesar de que los poderes fácticos pretendan generar divisiones.

Otro fenómeno interesante que ha sucedido, es la resignificación y apropiación del espacio público. Las calles se han convertido en un verdadero museo de la revuelta, expresando diferentes demandas y consignas, pero todas tienen en común la esperanza de un cambio estructural, y el derecho a una vida digna.

El estallido también ha significado la lucha por discursos disidentes, por cuestionar incluso los fundamentos del Estado-nación chileno, lo que se plasma en la cantidad de estatuas de los conquistadores o a héroes nacionales de la independencia que han sido derrumbados, y, en su lugar, se irguen estatuas de mapuches e indígenas chilenos. La crítica es contra el Estado que ha negado, segregado y acusado de terrorista a su población indígena, y también una manera de reivindicación y de ampliación de la representatividad a estos sectores.

En este aspecto, para la resistencia, significa un momento refundacional de otro Chile, con otros “héroes” nacionales, como los mapuches (que llevan años siendo reprimidos de la manera que lo son los manifestantes ahora) los estudiantes, y, el gran emblema de las marchas y concentraciones, “el negro mata pacos”. Un perro que marchaba el 2011 en el movimiento estudiantil, defendiendo a los estudiantes de los carabineros, convirtiéndose en el símbolo de resistencia.

La fuerza policial, ha resultado ser el gran enemigo de la rebelión. Una de las insignias que más se repiten (tanto en las calles como en las redes sociales) es ACAB(Allcops are bastards) ya que la fuerza policial ha sido desmedida en contra de los manifestantes. La Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, tras su visita a Chile, concluyó que en el país se violan sistemáticamente los DDHH a través de ataques generalizados usando la fuerza excesiva con la intención de dañar y castigar a la población.

Basta ver la cantidad de denuncias en contra de carabineros, los más de 400 ojos mutilados desde que “Chile despertó”, y los abusos sexuales vividos por mujeres y personas LGBT+. Abusos que han sido denunciados por el movimiento feminista “Las Tesis” con su canto y coreografía “un violador en tu camino” haciendo alusión a la falta de sanción de los grupos dirigentes, que son tanto cómplices como responsables. O la cantidad de atropellos por parte de carros policiales a los ciudadanos. El hincha colocolino Exequiel Fernández, murió afuera del estadio monumental luego de ser arrollado, sin razón aparente, por carabineros.

Los manifestantes, han tenido que recurrir a redes de apoyo mutuo, y cooperación para poder resistir. La primera línea, ayuda a apagar los gases lacrimógenos, permitiendo de esta manera a que las personas puedan concentrarse, evitando peores daños por la fuerza policial. Tanto hombres como mujeres, han dedicado su vida a defender al pueblo en esta primera línea de combate, en la “zona cero”, la rebautizada “Plaza de la Dignidad”, anterior “Plaza Italia”. Las toponimias de las calles han cambiado, al “Cerro Santa Lucía”, se le ha vuelto a denominar con su nombre mapuche, “Cerro Huelén”, o a la calle Constitución, se le agregó “Nueva Constitución”, entre otras. La creatividad, ha sido una constante.

Es lamentable que el gobierno, tras cuatro meses de descontento social, siga contestando con represión y distorsionando la justicia (un profesor que saltó un torniquete fue preso, mientras que carabineros que han matado a personas han quedado con firma mensual), criminalizando la protesta y sin dar soluciones reales.

El próximo 26 de abril, Chile se juega en el plebiscito la posibilidad de que gane el “apruebo” a una nueva constitución, que podría ser el inicio del cambio tan anhelado. Esperemos que logre la construcción de una democracia más avanzada, que se pueda incluir a los ciudadanos en esta nueva carta magna y se dé inicio a un Chile no solo de una plutocracia, sino de todos los ciudadanos. Como dicen los rayados en la calle, “no queremos la normalidad, porque la normalidad era el problema”.

 

PALOMA RODRÍGUEZ SUMAR
Historiadora chilena

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VIDAPacino: los 80 años de un mito de Hollywood

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VIDAPacino: los 80 años de un mito de Hollywood

Al Pacino, uno de los actores más embléma­ticos de la historia de Hollywood, cumple 80 años hoy. En su trayec­toria figuran hitos como al trilogía de El Padrino, Tarde de perros, Perfume de mujer (que le valió su único Oscar), un singu­lar debut como director con En busca de Ricardo III y una carrera que se extiende en el cine por medio siglo con algo más de 60 películas en su haber.

El actor nació como Alfredo James Pacino en Manhattan, el 25 de abril de 1940. Hijo único, su­frió la separación de sus padres y pretendía ser jugador de baseball. Dejó la escuela a los 17 años y comenzó a incursionar grupos de teatro. Fue rechazado como alum­no del Actor´s Studio, adonde regresaría bajo la tutela de Lee Strasberg, a quien reconoció como una figura influyente en su formación.

A fines de los 60 desta­có en varias obras en el circuito teatral de Nueva York y llamó la atención con la película, The Panic in Needle Park. Ese rol lo catapultó a la consi­deración de Francis Ford Coppola, que lo convo­có para el personaje de Michael Corleone en El Padrino. La Paramount no vio con buenos ojos que el desconocido Paci­no se hiciera del papel. Coppola desactivó cual­quier intento de cambiar de actor al cambiar la agenda de rodaje y apurarse a filmar la escena del restaurante, que mostró a los ejecutivos para que constataran lo que era ca­paz de transmitir Pacino en pantalla.

El éxito de El Padrino le valió al actor de 32 años la nominación al Oscar como mejor actor de reparto. 1973 sería el año de Espantapájaros, junto a Gene Hackman, y de Serpico, por la cual aspiró al Oscar como actor protagónico. Repitió nomi­naciones al Oscar por la segunda parte de El Padri­no, en 1974, y por Tarde de perros, en 1975.

Una nueva candidatura al premio de la Academia llegaría en 1979 con…And Justice For All. Los 80 co­menzaron mal: filmó Crui­sing, bajo la dirección de William Friedkin. Pacino hacía de un policía que debía infilirarse entre ho­mosexuales para hallar a un asesino, y la película recibió duras críticas de la comunidad gay. Más tarde, el fracaso del drama épico Revolución (1985) sobre la independencia norteame­ricana, lo hizo abandonar el cine por cuatro años.

Sin embargo, la prime­ra mitad de los 80 habían dejado un personaje anto­lógico: el Tony Montana que Pacino compuso en Scarface de Brian de Pal­ma. La película fue una remake del clásico de Howard Hawks de 1932 y puso en escena a Pacino con Michelle Pfeiffer, con quien volvería a coincidir en 1991 en Frankie & Jo­hnnie.

Antes de eso había vuel­to luego de cuatro años de ostracismo (los dedicó al teatro), con Sea of Love, en 1989. Un año más tarde rodó la tercera parte de El Padrino con Coppola y actuó en el Dick Tracy de Warren Beatty, por la que recibió una nominación al Oscar.

La estatuilla, que le fue esquiva durante dos déca­das, le fue concedida en 1992 por el coronel ciego de Perfume de mujer, re­make del film de Dino Risi que protagonizara Vittorio Gassman en 1975. Luego del Oscar se reecontró con De Palma para Carlito´s Way.

En 1995, Hollywood se conmocionó por Heat, de Michael Mann, donde por primera vez coincidieron juntos Pacino y Robert de Niro: habían estado, cada uno, en los dos relatos que alterna la narración de El Padrino II.

Un año más tarde, Pa­cino sorprendió con En busca de Ricardo III, su debut como director. La película toma como base el drama de Shakespeare y se construyó en base a los ensayos de los acto­res y al detrás de escena en la elaboración de la puesta de la obra.

Los años siguien­tes vieron a Pacino en films como Brasco, El abogado del diablo, El informante, Insomnia y El mercader de Venecia. En 2007 fue el villano de Ocean’s Thirteen, la ter­cera y última parte de la saga protagonizada por George Clooney y Brad Pitt. Al año siguiente, volvió a coincidir con De Niro en Righteous Kill.

Ambos, junto a Joe Pes­ci, estarían a las órdenes de Martin Scorsese en El irlandés, en 2019. Pacino volvió a ser nominado al Oscar después de 27 años, tras ponerse en la piel de Jimmy Hoffa. Su último rol fue en la serie Hunters y se lo anuncia en una nueva adaptación de Rey Lear.

En su vida privada, nunca se casó. Durante años tuvo una relación de idas y venidas con Dia­ne Keaton, su compañera en la trilogía de El Pa­drino. Tuvo una hija en 1989 junto a la maestra de actores Jan Tarrant. En 2001 nacieron melli­zos de su relación con la actriz Beverly D´Angelo. En 2016, pasó por Buenos Aires y dio una clase de actuación en el Teatro Colón.

* Por Juan Pablo Csipka | Página 12

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Especial

“Si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo hará este virus”

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“Si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo hará este virus”

Desde su casa en el pueblo na­varro de Elizondo, en el corazón del valle de Baztán, rodeado por abetos y alguna cresta de nieve tardía, el pensador, poeta y ensa­yista Ramón Andrés (Pamplona, 1955) medita sobre dos de sus grandes fuentes de sabiduría: la música y el silencio. Y lo hace en medio de una pandemia global que ha llevado a buena parte del mundo a suspender el tiempo, a cambiar de forma abrupta su trasiego frenético.

En entrevista con La Jornada, Ramón Andrés explicó que estos días le hacen pensar en algunas de las ciudades medievales en las que se guardaba silencio para no despertar al diablo, o en la danza de la muerte que se popularizó en la Europa del siglo XV precisamente para conjurarla. Sobre el día des­pués de la cuarentena, no espera grandes cambios: Si dos guerras mundia-les no nos han cambiado, menos lo va a hacer este virus.

ARTE SONORO Y FILOSOFÍA

–En su nuevo ensayo, Filo­sofía y consuelo de la música (de inminente publicación en Acantilado) vuelve a reflexionar sobre la música y, quizá, su ca­rácter sagrado, ¿por qué?

–No, en realidad se trata de un libro que examina la música desde la filosofía; es decir, la música vista por los filósofos que, desde los presocráticos, empezaron a preguntarse qué era la música, que para ellos representaba una imagen de perfección, porque te­nían una idea armónica del mun­do y del universo. Que el libro se titule así explica también el apoyo emocional, importantísimo, que ha supuesto para el ser humano.

–También a través de la mú­sica se evoca constantemente al recuerdo, a la memoria… Parece una idea recurrente.

–Muy a menudo la música parte de un bagaje muy lejano, nos arranca del presente y puede llevarnos a un lugar que quedó en el pasado. En cierto modo, la música tiene la facultad de hacer actual e inmediato lo ocurrido hace mucho. Su vaivén en el tiem­po es una de las grandes hazañas de este arte.

–Hace tres años que se fue a vivir a Elizondo, después de mu­chos años de residir en una gran ciudad como Barcelona. ¿Buscaba acaso más serenidad? ¿Alejarse de lo mundano y vulgar?

–Barcelona es una ciudad muy mal tratada, no se le ha respetado. Ha sido vendida a un precio bajo por los polí­ticos y los muchos especuladores que vieron en ella una simple máquina registradora. Se ha deshumanizado, y los ciudadanos tienen la impresión de vivir en medio de un saqueo. Echo de menos, eso sí, a mis amigos, unas cuantas librerías y las escaleras del puerto, donde a veces pasaba horas sentado y contemplando la nada.

Ir a Elizondo estaba en mis planes desde hace décadas. Nací en Pamplo­na, así que he vuelto a los paisajes de mi infancia. No me arrepiento, porque aquí el silencio, la belleza del paisaje y el trato humano te hacen la vida más amable y profunda.

LA DIMENSIÓN DEL SILENCIO

–En estos tiempos complejos, difíciles, de confinamiento y de pandemias, ¿cómo ve el futuro?

–La población está desprotegida porque ha sido sobornada desde hace décadas. Me refiero a que se ha creado una realidad artificial de bienestar, comodidad y abundancia.

Los políticos y el mundo del ca­pital más agresivo han jugado con esta baza y hoy las personas han perdido los auténticos puntos de referencia. Se ha vivido sin pensar, como en una huida hacia adelante. Esto hay que detenerlo, hacer que ciertas cosas vuelvan a replantearse. De todos modos, he de decirle que si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo va a hacer este virus. Somos muy primarios, nos gusta lo nuevo, lo que brilla, y vamos a por ello aunque nos cueste la vida.

–¿Cree que realmente el silen­cio adquiere toda su dimensión en estos días de recogimiento?

–El silencio no es sólo una ausen­cia de ruido o una falta de música. El verdadero silencio es el mental, es la quietud interior que cada uno puede alcanzar si no se deja arrastrar por este vértigo impuesto por la llamada vida moderna, que no es moderna sino antiquísima, porque la historia de la humanidad es una historia de la ambición y de los espejismos, como sucede hoy.

–¿Adónde debemos entonces conducir nuestro silencio en este tiempo complejo y lleno de incer­tidumbres?

–Pues a no buscar en las cosas ni en las relaciones humanas sólo utilidad. Todo se ha convertido en un comercio; debemos aprender a que no toda acción ni propósito debe darnos un rédito. No entrar en este continuo cambio de intereses personales sería ya una forma de silencio, quiero decir de ética. Porque el silencio, a veces, es una respuesta ética.

DEL DECAMERÓN A LA DANZA DE LA MUERTE

–Y la música, ¿qué papel jue­ga en medio de la cuarentena de aislamiento?

–Imagino que a muchos les supondrá una grata compañía, un aliento para pasar el tiempo y no caer en el hastío. A otros les servirá de relajación, a otros de evasión. En mi caso la música es una constante, desde la adolescencia. Me ha ayudado muchísimo a pensar y, sobre todo, a no sucumbir.

–No sé si en sus libros y en sus numerosas lecturas ha encontrado el papel que han jugado el silencio y la música en épocas de pandemias y arrasamientos como el actual. Si es así hábleme de ello…

–Ahora me viene a la memoria el Decamerón, de Giovanni Boccaccio, que empieza narrando los estragos de la peste que asoló Florencia en el siglo XIV y de la cual huye un grupo de muchachos y mu­chachas que se pone a salvo en una hermosa hacienda. Deciden contar cuentos, ser felices, y tocar música francesa, que en la época era la más avanzada y refinada. Esa música los abstraía del dolor que se estaba viviendo a unos cuantos kilómetros de distancia. Debemos pensar también en la danza de la muerte, que se popularizó en la Europa del siglo XV. Era una manera de conjurarla. Y en cuan­to al silencio no recuerdo nada al respecto, salvo que a veces en algunas ciudades medievales se guardaba silencio para no desper­tar al diablo.

–¿Cree que el mundo cam­biará después de todo esto?

–Sustancialmente, no. Cambia­rá, en algunos aspectos, el modo de organizarse. Los buenos pro­pósitos durarán poco. Quizá los Estados se den cuenta de que la idea de recortar tanto el presu­puesto en sanidad es equivocada y, desde un punto de vista político, es una estrategia fácil y grosera. Hoy, los ejércitos ya no sirven para las contiendas que vendrán. Es innecesario seguir gastando de­soladoras cantidades de dinero en un armamento que no entrará en funcionamiento. En pocos años la defensa no consistirá en armas, sino en ataques informáticos y en epidemias muy dañinas pro­piciadas desde los laboratorios. La salud pública necesitará de un elevado presupuesto.

–¿O que el silencio tendrá más sentido?

–Más sentido no, más impor­tancia tal vez. Porque sentido lo ha tenido siempre; si digo que quizá tenga más importancia es porque debería actuar como contrapeso en medio de este griterío de mer­cado que es el mundo.

–¿O que la música tendrá más relieve?

–Podría decirse lo mismo que respecto del silencio. Pero recor­demos que una buena música se transforma en silencio en nuestro interior.

 

* Armando G. Tejeda | La Jor­nada

 

 

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Especial

Los hoteles en tiempos de coronavirus

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Los hoteles en tiempos de coronavirus

Un hotel que no incluye de­sayuno buffet y minibar habría sido inconcebible para muchos estadounidenses hasta hace tres meses, pero ahora, con la pan­demia del coronavirus, todo eso podría podría cambiar.

La aparición del coronavirus ha provocado un cambio radical que podría alterar todo, desde cómo los huéspedes se registran al llegar hasta cómo se limpian las habitaciones.

Los expertos hoteleros pre­dicen que la pandemia alterará drásticamente las estadías en los próximos meses, lo que provo­cará que muchas propiedades adopten una serie de nuevas prácticas, que pueden incluir controles de temperatura a la llegada de los huéspedes.

“Los hoteles tienden a ser un negocio reactivo”, explicó Cheki­tan Dev, profesor de marketing y branding en la Facultad de Administración de Hoteles de la Universidad de Cornell. “Se ha necesitado el Covid-19 para que muchos hoteles analicen los procedimientos de seguridad y mejoren su acción”.

Dev dio como ejemplo los cambios de seguridad que acaba de implementar el Hotel Four Seasons en la ciudad de Nueva York, medidas que podrían lle­gar pronto a los hoteles de todo el país.

“Somos un conejillo de in­dias”, mencionó Rudy Tauscher, gerente general de Four Seasons. “Estamos a la vanguardia de la ‘nueva normalidad’ del mundo de la hospitalidad”.

El viaje como conejillo de in­dias del Four Seasons comenzó el mes pasado, cuando H. Ty War­ner, dueño de la propiedad, dijo que abriría las puertas de su hotel a los profesionales médicos que trabajan en el frente de batalla Covid-19. “Ahora casi no tenemos puntos de contacto en todo el hotel, lo que está completamente en contra de la naturaleza de un hotel de ser práctico y amable”, aseguró Tauscher. “Solíamos ser conocidos por el toque humano, pero ahora no tenemos ningún toque”.

Los registros de entrada y salida se realizan virtualmente, sin contac­to de persona a persona. Los viajes en ascensor están limitados a un huésped por elevador. El servicio de habitaciones ha sido descontinua­do, y el restaurante, bar y estación de café de cortesía del hotel están cerrados indefinidamente.

La nueva opción gastronómica del hotel son comidas preparadas en caja, disponibles en un refrigerador industrial en el lobby.

“Creo que es seguro decir que los buffets de desayuno y las mesas comunitarias y el tipo de cosas que habían sido tradiciones en muchos hoteles van a desaparecer, por quién sabe cuánto tiempo”, dijo Tauscher.

El Dr. Robert Quigley, vicepresi­dente senior de International SOS del grupo Four Seasons, señaló por su parte que “la habitación se deja vacante durante 24 horas después de que un huésped se retira”.

Explicó que “luego un equipo de limpieza entra con trajes de ma­teriales peligrosos y realiza una limpieza profunda, después de lo cual la habitación se deja va­cía durante 24 horas más”.

 

*Con información de ANSA Latina

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