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Especial

José Carlos Mariátegui y el artista

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José Carlos Mariátegui y el artista

Una de las mayores virtudes de la inmensa obra de José Carlos Mariátegui, es que no procuró abarcar la mayor cantidad de temas propios del interés de la sociedad en que desarrolló su trabajo intelectual. Por ello, también procuró entender e interpretar la realidad del artista. En su texto El Artista y La Época (1925), sostiene que:

“El artista contemporáneo se queja, frecuen¬temente, de que esta sociedad o esta civilización, no le hace justicia. Su queja no es arbitraria. La conquista del bienestar y de la fama resulta en verdad muy dura en estos tiempos. La burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto mediocre. Quiere, en todo caso, un arte consagrado por sus peritos y tasadores. La obra de arte no tiene, en el mercado burgués, un va¬lor intrínseco sino un valor fiduciario. Los ar¬tistas más puros no son casi nunca los mejor co¬tizados. El éxito de un pintor depende, más o menos, de las mismas condiciones que el éxito de un negocio. Su pintura necesita uno o varios empresarios que la administren diestra y sagazmente”.

No cabe duda que en los años recientes (primeras dos décadas del siglo XXI), las afirmaciones de Mariátegui gozan de actualidad y mucha salud. El arte aun es visto como un producto que al ser consumido genere el ansiado estatus social superior de su consumidor.

El arte diferencia a las personas y las ubica en un determinado lugar de la estructura social existente. Por ello, aquellos que consuman “arte puro” serán vistos como más “cultos e inteligentes”; mientras que, los que consuman “arte barato”, simplemente se ubicarán en la base de la pirámide social.

De esta forma, una pintura abstracta colocada en una casa significará que su propietario pertenece a una clase social “superior”, “alta” o “A” y “B” (como actualmente el marketing divide a sus consumidores); por el contrario, una pintura paisajista simplemente hará notar el “origen provinciano” de los habitantes de aquel hogar.

Así, para evitar ser “de origen provinciano” (mejor dicho, “Cholo con plata” o “el Rey de la papa), será mejor asistir a una galería de arte y adquirir la obra de un artista graduado en una universidad de “categoría” (si es extranjera, mucho mejor); porque el cuadro adquirido en una feria y pintado por un aficionado o artista popular no es valorado ni económica ni estéticamente.

El debate sobre arte o artesanía jamás se logró zanjar en las formas del pensamiento social exclusivo y excluyente.

Además, Mariátegui agrega que:

“El renombre se fabrica a base de publicidad. Tiene un precio inasequible para el pe¬culio del artista pobre. A veces el artista no demanda siquiera que se le permita hacer fortuna. Modestamente se contenta de que se le permita hacer su obra. No ambiciona sino realizar su per¬sonalidad. Pero también esta lícita ambición se siente contrariada. El artista debe sacrificar su personalidad, su temperamento, su estilo, si no quiere, heroicamente, morirse de hambre”.

Las hoy llamadas industrias culturales lo único que han logrado es estandarizar los productos artísticos. Prácticamente los han afeado y convertido en objetos mediocres para gustos impostados. Los premios literarios sólo han servido para forjar un batallón de jóvenes escritores que escriben con el sólo criterio de poder “vender” su texto. Para ello, se han dejado imponer desde los temas hasta el estilo.

En el Perú, imitar es mejor que crear. Existe un programa en la televisión peruana que premia a quien imita. Y lo que resulta paradójico es que en ese programa, se han premiado a imitadores que copiaron a cantantes muy originales; a los que revolucionaron el canto y la música. Y todo depende de los gustos mediocres y escasos de un “jurado” casi siempre conformado por individuos que se encuentran muy lejos de saber qué es cantar.

Pese a ello, algunos concursantes han asistido al programa sólo para hacerse conocidos y poder lanzar sus carreras en otros espacios artísticos que los “jurados” ni imaginan que existan. Debe ser terrible convivir en medio de tanta mediocridad por imitar.

Por ello José Carlos Mariátegui indicó que:

“Sobre la suerte de los artistas contemporáneos pesa, excesivamente, la dictadura de la prensa. Los periódicos pueden exaltar al primer puesto a un artista mediocre y pueden relegar al último a un artista altísimo. La crítica periodística sabe su influencia. Y la usa arbitrariamente. Consagra todos los éxitos mundanos. Inciensa todas las re¬putaciones oficiales. Tiene siempre muy en cuen¬ta el gusto de su alta clientela”.

La dictadura de los medios de comunicación sobre los artistas sigue siendo un problema para el desarrollo del arte en el Perú. No se es “mejor” escritor porque te entrevistan en un programa de un canal de cable.

El Perú es un país de poetas y literatos. Siempre lo ha sido. Y siempre lo será. Sin que importe si salen en los 5 minutos que dura el programa que no te da tiempo para leer de manera libre e independiente.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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Especial

VIDAPacino: los 80 años de un mito de Hollywood

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VIDAPacino: los 80 años de un mito de Hollywood

Al Pacino, uno de los actores más embléma­ticos de la historia de Hollywood, cumple 80 años hoy. En su trayec­toria figuran hitos como al trilogía de El Padrino, Tarde de perros, Perfume de mujer (que le valió su único Oscar), un singu­lar debut como director con En busca de Ricardo III y una carrera que se extiende en el cine por medio siglo con algo más de 60 películas en su haber.

El actor nació como Alfredo James Pacino en Manhattan, el 25 de abril de 1940. Hijo único, su­frió la separación de sus padres y pretendía ser jugador de baseball. Dejó la escuela a los 17 años y comenzó a incursionar grupos de teatro. Fue rechazado como alum­no del Actor´s Studio, adonde regresaría bajo la tutela de Lee Strasberg, a quien reconoció como una figura influyente en su formación.

A fines de los 60 desta­có en varias obras en el circuito teatral de Nueva York y llamó la atención con la película, The Panic in Needle Park. Ese rol lo catapultó a la consi­deración de Francis Ford Coppola, que lo convo­có para el personaje de Michael Corleone en El Padrino. La Paramount no vio con buenos ojos que el desconocido Paci­no se hiciera del papel. Coppola desactivó cual­quier intento de cambiar de actor al cambiar la agenda de rodaje y apurarse a filmar la escena del restaurante, que mostró a los ejecutivos para que constataran lo que era ca­paz de transmitir Pacino en pantalla.

El éxito de El Padrino le valió al actor de 32 años la nominación al Oscar como mejor actor de reparto. 1973 sería el año de Espantapájaros, junto a Gene Hackman, y de Serpico, por la cual aspiró al Oscar como actor protagónico. Repitió nomi­naciones al Oscar por la segunda parte de El Padri­no, en 1974, y por Tarde de perros, en 1975.

Una nueva candidatura al premio de la Academia llegaría en 1979 con…And Justice For All. Los 80 co­menzaron mal: filmó Crui­sing, bajo la dirección de William Friedkin. Pacino hacía de un policía que debía infilirarse entre ho­mosexuales para hallar a un asesino, y la película recibió duras críticas de la comunidad gay. Más tarde, el fracaso del drama épico Revolución (1985) sobre la independencia norteame­ricana, lo hizo abandonar el cine por cuatro años.

Sin embargo, la prime­ra mitad de los 80 habían dejado un personaje anto­lógico: el Tony Montana que Pacino compuso en Scarface de Brian de Pal­ma. La película fue una remake del clásico de Howard Hawks de 1932 y puso en escena a Pacino con Michelle Pfeiffer, con quien volvería a coincidir en 1991 en Frankie & Jo­hnnie.

Antes de eso había vuel­to luego de cuatro años de ostracismo (los dedicó al teatro), con Sea of Love, en 1989. Un año más tarde rodó la tercera parte de El Padrino con Coppola y actuó en el Dick Tracy de Warren Beatty, por la que recibió una nominación al Oscar.

La estatuilla, que le fue esquiva durante dos déca­das, le fue concedida en 1992 por el coronel ciego de Perfume de mujer, re­make del film de Dino Risi que protagonizara Vittorio Gassman en 1975. Luego del Oscar se reecontró con De Palma para Carlito´s Way.

En 1995, Hollywood se conmocionó por Heat, de Michael Mann, donde por primera vez coincidieron juntos Pacino y Robert de Niro: habían estado, cada uno, en los dos relatos que alterna la narración de El Padrino II.

Un año más tarde, Pa­cino sorprendió con En busca de Ricardo III, su debut como director. La película toma como base el drama de Shakespeare y se construyó en base a los ensayos de los acto­res y al detrás de escena en la elaboración de la puesta de la obra.

Los años siguien­tes vieron a Pacino en films como Brasco, El abogado del diablo, El informante, Insomnia y El mercader de Venecia. En 2007 fue el villano de Ocean’s Thirteen, la ter­cera y última parte de la saga protagonizada por George Clooney y Brad Pitt. Al año siguiente, volvió a coincidir con De Niro en Righteous Kill.

Ambos, junto a Joe Pes­ci, estarían a las órdenes de Martin Scorsese en El irlandés, en 2019. Pacino volvió a ser nominado al Oscar después de 27 años, tras ponerse en la piel de Jimmy Hoffa. Su último rol fue en la serie Hunters y se lo anuncia en una nueva adaptación de Rey Lear.

En su vida privada, nunca se casó. Durante años tuvo una relación de idas y venidas con Dia­ne Keaton, su compañera en la trilogía de El Pa­drino. Tuvo una hija en 1989 junto a la maestra de actores Jan Tarrant. En 2001 nacieron melli­zos de su relación con la actriz Beverly D´Angelo. En 2016, pasó por Buenos Aires y dio una clase de actuación en el Teatro Colón.

* Por Juan Pablo Csipka | Página 12

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Especial

“Si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo hará este virus”

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“Si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo hará este virus”

Desde su casa en el pueblo na­varro de Elizondo, en el corazón del valle de Baztán, rodeado por abetos y alguna cresta de nieve tardía, el pensador, poeta y ensa­yista Ramón Andrés (Pamplona, 1955) medita sobre dos de sus grandes fuentes de sabiduría: la música y el silencio. Y lo hace en medio de una pandemia global que ha llevado a buena parte del mundo a suspender el tiempo, a cambiar de forma abrupta su trasiego frenético.

En entrevista con La Jornada, Ramón Andrés explicó que estos días le hacen pensar en algunas de las ciudades medievales en las que se guardaba silencio para no despertar al diablo, o en la danza de la muerte que se popularizó en la Europa del siglo XV precisamente para conjurarla. Sobre el día des­pués de la cuarentena, no espera grandes cambios: Si dos guerras mundia-les no nos han cambiado, menos lo va a hacer este virus.

ARTE SONORO Y FILOSOFÍA

–En su nuevo ensayo, Filo­sofía y consuelo de la música (de inminente publicación en Acantilado) vuelve a reflexionar sobre la música y, quizá, su ca­rácter sagrado, ¿por qué?

–No, en realidad se trata de un libro que examina la música desde la filosofía; es decir, la música vista por los filósofos que, desde los presocráticos, empezaron a preguntarse qué era la música, que para ellos representaba una imagen de perfección, porque te­nían una idea armónica del mun­do y del universo. Que el libro se titule así explica también el apoyo emocional, importantísimo, que ha supuesto para el ser humano.

–También a través de la mú­sica se evoca constantemente al recuerdo, a la memoria… Parece una idea recurrente.

–Muy a menudo la música parte de un bagaje muy lejano, nos arranca del presente y puede llevarnos a un lugar que quedó en el pasado. En cierto modo, la música tiene la facultad de hacer actual e inmediato lo ocurrido hace mucho. Su vaivén en el tiem­po es una de las grandes hazañas de este arte.

–Hace tres años que se fue a vivir a Elizondo, después de mu­chos años de residir en una gran ciudad como Barcelona. ¿Buscaba acaso más serenidad? ¿Alejarse de lo mundano y vulgar?

–Barcelona es una ciudad muy mal tratada, no se le ha respetado. Ha sido vendida a un precio bajo por los polí­ticos y los muchos especuladores que vieron en ella una simple máquina registradora. Se ha deshumanizado, y los ciudadanos tienen la impresión de vivir en medio de un saqueo. Echo de menos, eso sí, a mis amigos, unas cuantas librerías y las escaleras del puerto, donde a veces pasaba horas sentado y contemplando la nada.

Ir a Elizondo estaba en mis planes desde hace décadas. Nací en Pamplo­na, así que he vuelto a los paisajes de mi infancia. No me arrepiento, porque aquí el silencio, la belleza del paisaje y el trato humano te hacen la vida más amable y profunda.

LA DIMENSIÓN DEL SILENCIO

–En estos tiempos complejos, difíciles, de confinamiento y de pandemias, ¿cómo ve el futuro?

–La población está desprotegida porque ha sido sobornada desde hace décadas. Me refiero a que se ha creado una realidad artificial de bienestar, comodidad y abundancia.

Los políticos y el mundo del ca­pital más agresivo han jugado con esta baza y hoy las personas han perdido los auténticos puntos de referencia. Se ha vivido sin pensar, como en una huida hacia adelante. Esto hay que detenerlo, hacer que ciertas cosas vuelvan a replantearse. De todos modos, he de decirle que si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo va a hacer este virus. Somos muy primarios, nos gusta lo nuevo, lo que brilla, y vamos a por ello aunque nos cueste la vida.

–¿Cree que realmente el silen­cio adquiere toda su dimensión en estos días de recogimiento?

–El silencio no es sólo una ausen­cia de ruido o una falta de música. El verdadero silencio es el mental, es la quietud interior que cada uno puede alcanzar si no se deja arrastrar por este vértigo impuesto por la llamada vida moderna, que no es moderna sino antiquísima, porque la historia de la humanidad es una historia de la ambición y de los espejismos, como sucede hoy.

–¿Adónde debemos entonces conducir nuestro silencio en este tiempo complejo y lleno de incer­tidumbres?

–Pues a no buscar en las cosas ni en las relaciones humanas sólo utilidad. Todo se ha convertido en un comercio; debemos aprender a que no toda acción ni propósito debe darnos un rédito. No entrar en este continuo cambio de intereses personales sería ya una forma de silencio, quiero decir de ética. Porque el silencio, a veces, es una respuesta ética.

DEL DECAMERÓN A LA DANZA DE LA MUERTE

–Y la música, ¿qué papel jue­ga en medio de la cuarentena de aislamiento?

–Imagino que a muchos les supondrá una grata compañía, un aliento para pasar el tiempo y no caer en el hastío. A otros les servirá de relajación, a otros de evasión. En mi caso la música es una constante, desde la adolescencia. Me ha ayudado muchísimo a pensar y, sobre todo, a no sucumbir.

–No sé si en sus libros y en sus numerosas lecturas ha encontrado el papel que han jugado el silencio y la música en épocas de pandemias y arrasamientos como el actual. Si es así hábleme de ello…

–Ahora me viene a la memoria el Decamerón, de Giovanni Boccaccio, que empieza narrando los estragos de la peste que asoló Florencia en el siglo XIV y de la cual huye un grupo de muchachos y mu­chachas que se pone a salvo en una hermosa hacienda. Deciden contar cuentos, ser felices, y tocar música francesa, que en la época era la más avanzada y refinada. Esa música los abstraía del dolor que se estaba viviendo a unos cuantos kilómetros de distancia. Debemos pensar también en la danza de la muerte, que se popularizó en la Europa del siglo XV. Era una manera de conjurarla. Y en cuan­to al silencio no recuerdo nada al respecto, salvo que a veces en algunas ciudades medievales se guardaba silencio para no desper­tar al diablo.

–¿Cree que el mundo cam­biará después de todo esto?

–Sustancialmente, no. Cambia­rá, en algunos aspectos, el modo de organizarse. Los buenos pro­pósitos durarán poco. Quizá los Estados se den cuenta de que la idea de recortar tanto el presu­puesto en sanidad es equivocada y, desde un punto de vista político, es una estrategia fácil y grosera. Hoy, los ejércitos ya no sirven para las contiendas que vendrán. Es innecesario seguir gastando de­soladoras cantidades de dinero en un armamento que no entrará en funcionamiento. En pocos años la defensa no consistirá en armas, sino en ataques informáticos y en epidemias muy dañinas pro­piciadas desde los laboratorios. La salud pública necesitará de un elevado presupuesto.

–¿O que el silencio tendrá más sentido?

–Más sentido no, más impor­tancia tal vez. Porque sentido lo ha tenido siempre; si digo que quizá tenga más importancia es porque debería actuar como contrapeso en medio de este griterío de mer­cado que es el mundo.

–¿O que la música tendrá más relieve?

–Podría decirse lo mismo que respecto del silencio. Pero recor­demos que una buena música se transforma en silencio en nuestro interior.

 

* Armando G. Tejeda | La Jor­nada

 

 

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Especial

Los hoteles en tiempos de coronavirus

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Los hoteles en tiempos de coronavirus

Un hotel que no incluye de­sayuno buffet y minibar habría sido inconcebible para muchos estadounidenses hasta hace tres meses, pero ahora, con la pan­demia del coronavirus, todo eso podría podría cambiar.

La aparición del coronavirus ha provocado un cambio radical que podría alterar todo, desde cómo los huéspedes se registran al llegar hasta cómo se limpian las habitaciones.

Los expertos hoteleros pre­dicen que la pandemia alterará drásticamente las estadías en los próximos meses, lo que provo­cará que muchas propiedades adopten una serie de nuevas prácticas, que pueden incluir controles de temperatura a la llegada de los huéspedes.

“Los hoteles tienden a ser un negocio reactivo”, explicó Cheki­tan Dev, profesor de marketing y branding en la Facultad de Administración de Hoteles de la Universidad de Cornell. “Se ha necesitado el Covid-19 para que muchos hoteles analicen los procedimientos de seguridad y mejoren su acción”.

Dev dio como ejemplo los cambios de seguridad que acaba de implementar el Hotel Four Seasons en la ciudad de Nueva York, medidas que podrían lle­gar pronto a los hoteles de todo el país.

“Somos un conejillo de in­dias”, mencionó Rudy Tauscher, gerente general de Four Seasons. “Estamos a la vanguardia de la ‘nueva normalidad’ del mundo de la hospitalidad”.

El viaje como conejillo de in­dias del Four Seasons comenzó el mes pasado, cuando H. Ty War­ner, dueño de la propiedad, dijo que abriría las puertas de su hotel a los profesionales médicos que trabajan en el frente de batalla Covid-19. “Ahora casi no tenemos puntos de contacto en todo el hotel, lo que está completamente en contra de la naturaleza de un hotel de ser práctico y amable”, aseguró Tauscher. “Solíamos ser conocidos por el toque humano, pero ahora no tenemos ningún toque”.

Los registros de entrada y salida se realizan virtualmente, sin contac­to de persona a persona. Los viajes en ascensor están limitados a un huésped por elevador. El servicio de habitaciones ha sido descontinua­do, y el restaurante, bar y estación de café de cortesía del hotel están cerrados indefinidamente.

La nueva opción gastronómica del hotel son comidas preparadas en caja, disponibles en un refrigerador industrial en el lobby.

“Creo que es seguro decir que los buffets de desayuno y las mesas comunitarias y el tipo de cosas que habían sido tradiciones en muchos hoteles van a desaparecer, por quién sabe cuánto tiempo”, dijo Tauscher.

El Dr. Robert Quigley, vicepresi­dente senior de International SOS del grupo Four Seasons, señaló por su parte que “la habitación se deja vacante durante 24 horas después de que un huésped se retira”.

Explicó que “luego un equipo de limpieza entra con trajes de ma­teriales peligrosos y realiza una limpieza profunda, después de lo cual la habitación se deja va­cía durante 24 horas más”.

 

*Con información de ANSA Latina

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