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Editorial

Interpelar, interpelar, que la legislatura se va a acabar

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Como el verano está tardando en declararse y se intercala con neblinas y lloviznas, los congresistas de oposición han optado por calentar el ambiente político planteando sendas interpelaciones a los ministros de Energía y Minas y del Ambiente. Al primero, por haber designado como presidente ejecutivo de la empresa estatal PerúPetro Daniel Salaverry y al segundo por denuncias periodísticas de nombramientos no fundamentados. Contra la expectativa de los entusiastas interpeladores, la ciudadanía está más interesada en el avance de la Covid-19 o los partidos de entrenamiento de la selección peruana de fútbol.

Pero, además, los noveles congresistas de Acción Popular y los partidos de derecha y los resabidos de Fuerza Popular parecen no haber asimilado las enseñanzas de las interpelaciones pasadas, que poco beneficio depararon a sus promotores. Pruebas al canto.

El primer gobernó de Fernando Belaunde, entre 1963 y 1968, es usado en los cursos de ciencia política como un ejemplo de lo que no debe hacer la oposición. Se estrenó con la censura de su ministro de gobierno, Oscar Trelles Montes, por haber declarado que los movimientos sociales de ese momento en el Cusco eran «cosa de abigeos». La bancada aproodriísta no lo perdonó y aprobó una moción que acababa afirmando que la representación parlamentaria no se encontraba satisfecha con las explicaciones del ministro. Alguien pasó la voz y a puno le añadieron, «por lo que acuerdan su censura». Luego caerían Rafael Cubas Vinatea, por no saber el precio del arroz, y otros ministros. El desasosiego ciudadano fue tal, que el descontento contra el Congreso acabó en golpe de Estado.

En tiempos más modernos tampoco le fue bien al fujimorismo cuando empezó a fustigar al gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, censurando en 2016 a su buen ministro de Educación Jaime Saavedra y provocando en 2017 la renuncia del ministro de Economía, Alfredo Thorne, para luego cargar contra el mismo PPK. El resultado también es conocido: Vizcarra, Merino y el diluvio para Keiko, es decir Pedro Castillo.

Lo peor del caso es que los ministros cuestionados, Eduardo Gonzáles Toro y Rubén Ramírez, no han incurrido en algún acto impropio, que haya sido investigado y opinado por la Contraloría. Simplemente han hecho, lo que la ley les autoriza.

Sin duda, los interpeladores de hoy conocen poco de historia y de ciencia política. Por ello, bien harían sus líderes principales en hacerlos leer un poco, para que la historia no se repita.

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Comisionitis aguda

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Editorial Diario UNO

Al general Juan Domingo Perón se le atribuyen varias frases indispensables del diccionario político latinoamericano. Una de ellas reza: «lo mejor para que un problema no se resuelva es crear una comisión». El recuerdo viene al cuento porque, ante la dramática situación creada por el derrame de 6,000 barriles de petróleo en el mar de Ventanilla, lo único que se le ocurrió al gobierno del profesor fue crear un comité de crisis.

Así lo dispuso el gabinete en su sesión del miércoles, bajo el argumento de «atender de manera inmediata en las tareas de contención y remediación de los efectos generados por el desastre ecológico». Por lo cual, el miércoles formó ese comité con la PCM y los ministerios de Ambiente, Agricultura, Defensa, Produce y Relaciones Exteriores. Luego, los miembros del flamante comité y sus refuerzos posaron para una foto panorámica donde se veía a más de 20 altos funcionarios trabajando.

Pero, en la realidad, la presidenta del Consejo de Ministros, Mirtha Vásquez ya está bastante ocupada con el problema de Las Bambas y no tiene tiempo para responder a la prensa sino una vez a la semana, por lo cual cargarle una responsabilidad más no parece una buena idea.

Los hechos siguientes confirmaron esa impresión. La PCM declaró que Repsol no tenía plan de contingencia. El ministerio del Ambiente declaró que la empresa debería acabar la limpieza en 10 días. El ministerio de Energía y Minas pidió el plan de trabajo y cronograma de la limpieza. La cancillería, por su parte, opinó que Repsol debe resarcir el desastre de manera inmediata. El Servicio Nacional Forestal dio instrucciones para levantar a las aves muertas. La OEFA dijo que el ámbito del derrame era más grande. Toda una galleta de informaciones, propia de que el comité de crisis carece de reglamento, vocero y existencia formal.

Mientras tanto, la empresa se iba de alivio y, en lugar de buscar un relleno sanitario de residuos peligrosos, se dedicó a enterrar el petróleo en la playa, burlando la Ley de Gestión Integral de Residuos Sólidos.

Ante este panorama ¿no sería mejor nombrar a un Alto Comisionado presidencial que dirija el comité de crisis a tiempo completo, para que centralice la investigación y la comunicación a fin de que los ministerios no se pisen entre ellos las mangueras y Repsol cumpla con la ley? Un enérgico Daniel Abugattas o un experto ambiental como Manuel Bernales Alvarado, lo podrían hacer mucho mejor que Mirtha Vásquez, para que los culpables no se salgan con la suya.

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Sembrando vientos…

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Editorial Diario UNO

Cuando el presidente Pedro Castillo decidió designar al abogado Avelino Guillén como ministro del Interior, el país dio un suspiro de alivio. Guillén no solo estaba reputado como un profesional serio y calificado, sino que llevaba el aura de haber derrotado a Alberto Fujimori en la Corte Suprema. Además, ya comprometido por el profesor para acompañarlo a iniciar juntos el gobierno, apenas se enteró que el primer ministro sería Guido Bellido, declinó educadamente, ratificando su línea principista.

Pero no siempre los juristas son buenos gestores públicos y, al parecer, esto es lo que le ha pasado a él. Heredó una gestión desastrosa de sus antecesores Carrasco y Barrenzuela, pero no ha sido capaz de recomponerla y se encuentra ahora ahogado en los problemas heredados y los nuevos que él mismo ha creado. Sería muy inocente si no hubiese previsto que la oposición de derecha, especialmente el fujimorismo, iba a ser inflexible con él o que pensara que los partidos de centro iban a respetar su prestigio sin recibir resultados tangibles de su buen hacer.

En ese trance resulta inexplicable que a las dificultades de manejo de su sector ya preexistentes haya añadido problemas de su propia cosecha. El principal, cuestionar en la práctica la decisión de designar como comandante general de la PNP a un general de la confianza del presidente y a hacer pública esta divergencia, retrasando la publicación de los ascensos y pases al retiro de oficiales de la institución policial. Se ha puesto así, por decisión propia, a caminar por una cuerda floja, de la que podría caer en cualquier momento.

La oposición ni corta ni perezosa se ha dado cuenta y ayer ha presentado una moción de interpelación en su contra, que no solo cuestionan su ejecutoria en el despacho de la avenida Corpac sino también busca dañar la figura del profesor. Por ello, las causales de interpelación que invocan suman temas como la designación de prefectos supuestamente adscritos al Movadef, la demora en la captura de los integrantes de la organización criminal Los Dinámicos del Centro, el bochornoso fracaso de la expulsión de ciudadanos venezolanos, la ineficacia en la tramitación de pasaportes en Lima y provincias y la falta de acciones concretas para reducir la inseguridad ciudadana.

En realidad, todas las preguntas del pliego son solubles. Su debilidad es que las diferencias del ministro con el comandante general de la PNP y el propio presidente debilitan su posición. Bien dicen, que quién (aun sin quererlo o darse cuenta) siembra vientos, acaba cosechando tempestades.

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No fui yo, fue Teté…

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No hay duda que a algunos hombres nacidos en la península ibérica les gusta ahogarse dos veces en el mismo mar, y si este está bañado de petróleo, pues mejor. Pruebas al canto.

En el 2002 se produjo en el mar de Galicia el mayor desastre ecológico por derrame de petróleo. El buque Prestige, se partió en dos, y produjo un vertido de crudo en tales proporciones que formó una mancha que cubría 200 kilómetros del litoral y que, en los días siguientes, afectó a 745 playas de España y Francia y causó la muerte de miles de aves y especies marinas. La respuesta política del gobierno de José María Aznar fue minimizar el desastre.

En nuestro medio ha ocurrido algo semejante. El sábado 15, horas después de la erupción de un volcán submarino en la isla de Tonga, el oleaje anómalo interrumpió la habitual faena de descarga de crudo del buque italiano Mare Dorium, haciendo que parte del combustible cayera al mar. La empresa minimizó el incidente y aseguró que el derrame fue rápidamente superado. Sin embargo, las denuncias de los residentes de Ventanilla, demostraron que estaban ocultando la verdad.

Ya el lunes, los pescadores confirmaron la gravedad de los hechos obligando a las autoridades ambientales a intervenir. Recién el martes el ministro de Ambiente, Rubén Ramírez, oficialmente informó que el derrame era de 6.000 barriles de petróleo, y que afectaba a la flora y fauna de dos áreas naturales protegidas de más de 18 mil kilómetros cuadrados como la Reserva Nacional del Sistema de Islas, Islotes y Puntas Guaneras, Islotes de Pescadores y la Zona Reservada Ancón.

El Canciller fue más expresivo, el miércoles declaró a la cadena CNN que era el «peor desastre ecológico ocurrido en Lima en los últimos tiempos» y que la empresa española Repsol, dueña de la refinería a la que servía la nave, «debería resarcir este daño de manera inmediata». Cosa curiosa, hasta ese momento ningún medio de comunicación «grande» se había atrevido a mencionar a la petrolera hispana.

Y qué es lo único que Repsol ha atinado a decir ante este maretazo de revelaciones. «Hicimos la consulta a la sección de tráfico marítimo de la Marina de Guerra del Perú para saber si había alerta de tsunami. Nos confirman que no había ningún tipo de alerta y que podíamos proseguir con la descarga del buque». Por ello, también han puntualizado «Nosotros no ocasionamos el desastre ecológico, no podríamos decir quién es el responsable». En esto la empresa española tiene razón, el responsable no fue Repsol, fue Teté.

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