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Especial

Hegemonía, globalización y guerra económica

Detrás de las sanciones de Trump contra Huawei está la quiebra de un paradigma.

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Huawei y Apple iPhone

Cuando hace más de un año el presidente Donald Trump impuso una fuerte alza de aranceles a China parecía que se trataba simplemente de una guerra comercial entre esos dos países. Supuestamente, lo que quería Trump era reducir el déficit de la balanza comercial de EEUU con China, que superaba los US$ 400,000 millones anuales.

Pero, con el correr de los meses, se descubre que las intenciones de Trump van mucho más allá. Las sanciones contra Huawei, el gigante chino de las telecomunicaciones, revelan que ha comenzado una guerra económica que tiene como telón de fondo la hegemonía económica en el siglo XXI. Detrás del lema de campaña de Trump: “hagamos a América (EEUU) grande otra vez” estaba una apreciación política con un contenido trascendental de alcance mundial.

En realidad, se trata de sacar del camino a China, la potencia económica en extraordinario ascenso en los últimos 30 años y que amenaza con superarla, no solo en las cifras agregadas de valor de la producción, sino en el liderazgo en el terreno de las innovaciones en las tecnologías de la información y del conocimiento (TIC), que van a desplazar los viejos ejes del crecimiento para constituir las bases del siglo XXI (1).

Se sabía que esta confrontación estaba en marcha desde hace ya buen tiempo. Pero también se suponía que esta debía desarrollarse en el campo de juego de los “mercados abiertos”, que debieran ser los mejores asignadores de recursos económicos, superando largamente las herramientas de las “economías mixtas”, como la economía china, que en algún momento demostrarían sus falencias y terminarían por desplomarse, como sucedió con la economía de la Unión Soviética.

Es por eso que EEUU impulsó el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio en el 2001, organismo que tiene como base teórica central, justamente, el libre juego de esas fuerzas para lo cual propugna la reducción de los impuestos a la importación (aranceles). Pero el desplome de China no se produjo. Dice el New York Times que China fue “la nación que falló en fallar” (2).

En lugar del derrumbe de la economía mixta china, esta nación se convirtió en la fábrica del mundo en muchos de los productos llamados tradicionales, a la vez que incursionaba en los sectores de punta de alta tecnología y lograba liderazgos. Para la clase política norteamericana, durante los años de Bush y de Obama, sin embargo, las fracturas chinas aparecerían en cualquier momento, motivo por el cual había que persistir en las políticas multilaterales de libre comercio, impulsando acuerdos como el TPP, que sentarían las bases que llevarían al desequilibrio económico chino. Tampoco se dio.

Lo que sí sucedió fue la “deslocalización de la producción”, es decir, que ahora la producción de las mercancías se realiza en diferentes países y regiones, para ensamblarse en uno de ellos y luego venderse en el mercado mundial. Esta “deslocalización” arrasó con los empleos en varios países industrializados, sobre todo, en el cinturón industrial de EEUU (Michigan, Wisconsin, Pennsylvania). Ahora lo llaman “cinturón oxidado”.

Trump recogió esas demandas de la población: “las políticas de libre comercio están destruyendo a EEUU; no han frenado a China y tampoco han resultado buen negocio los demás TLCs, incluyendo el de EEUU con Canadá y México”. Esta afirmación es una estaca directa a las bases fundacionales del orden económico internacional post Segunda Guerra Mundial, que fuera impulsado nada menos que por EEUU. Se puede también decir de otro modo: los evangelios neoliberales salieron por la ventana.

Trump decidió abandonar el enfoque multilateral, no solo en el plano económico y comercial, sino también en el cambio climático (COP 21), el tratado nuclear con Irán (donde están nada menos que la Unión Europea, China y Rusia) y las relaciones con Corea del Norte. E impulsa una agenda neo-conservadora en el plano social: contra los migrantes, los derechos de las minorías –racismo y supremacía blanca van de la mano- y las libertades de opción sexual.

Pero el eje central de su política sigue siendo la mantención de la hegemonía económica, lo que solo puede lograrse si detiene el ascenso chino. Trump ha dicho: este es el momento de cambiar el rumbo en 180 grados. Si no lo hacemos ahora, dentro de unos años ya será demasiado tarde.

Las cinco compañías de celulares más grandes del mundo

Ese es el sentido de la guerra económica contra Huawei (3), empresa privada china que en los últimos años ya había logrado desplazar a Apple del segundo lugar en la venta de celulares, acercándose a Samsung, líder del mercado (ver gráfico). Anotemos también que el cuarto y quinto lugar en la venta de celulares lo ocupan empresas chinas más pequeñas.

Las medidas de Trump no solo apuntan a quitarle mercados sino a golpear allí donde aún tiene un rezago tecnológico. La medida inmediata ha sido prohibirle el acceso al sistema operativo Android (Apple) y diversas aplicaciones (apps). De manera inmediata, varias empresas de EEUU y de otros países (Toshiba) han reaccionado cortando sus lazos comerciales con Huawei. Sin embargo, pareciera que esta empresa ya cuenta con sistemas operativos y apps alternativos.

La batalla se va a centrar en los semiconductores, que son los circuitos integrados esenciales para la producción de smartphones, computadoras, autos, servicios a distancia, robots, etc. China no los produce aún e importa más de US$ 250,000 millones anuales de chips. En los últimos años ha invertido ingentes recursos en investigación y desarrollo para lograr una tecnología propia, pero no se sabe cuándo eso sucederá (algunos analistas dicen que “está cerca”). Pero, ojo, si bien China no tiene aún autonomía en la producción de chips, sí tiene el liderazgo en la red 5G.

Lo nuevo acá es que Trump ha logrado unificar a la élite económica y política norteamericana, con un argumento, la defensa de la seguridad nacional para defenderse del espionaje del gobierno chino que tendría acceso a la información de Huawei. Dice Eli Lake: “el mayor peligro es si EEUU y sus aliados permitirán que la tecnología de Huawei se utilice en la red inalámbrica 5G. Es importante comprender que la próxima generación de redes inalámbricas será la columna vertebral de la economía mundial. Todo, desde monitores de corazón hasta partes de auto, dependerá de ello” (4).

Manuel Castells, en un reciente artículo, nos dice que si bien el espionaje no es el objetivo de las empresas, sí lo es de los gobiernos y que con ese argumento no deberíamos usar el software de Microsoft o Google porque son norteamericanos: “El profundo significado de esta batalla es que ha empezado la guerra por el nuevo poder mundial. EEUU estaba relativamente tranquilo en su hegemonía porque estaba seguro de su superioridad tecnológica (en gran medida derivada de sus universidades), que se traducía en superioridad económica y militar. Pero todo ese complejo tecnológico depende de las redes de comunicación y aquí Huawei tiene, según la opinión casi unánime de los expertos, una clara hegemonía que va incrementándose” (5).

Como se aprecia, esta guerra económica recién comienza. Lo primero a decir es que el contexto es preocupante para EEUU: a) no se ha superado la crisis sistémica del 2008 pues esta solo ha sido paliada con el “relajamiento cuantitativo” del banco central de EEUU (la hoja de balance del FED tiene 4 billones de dólares de deuda); b) la rebaja de impuestos a la renta de Trump (sobre todo al 1% más pudiente de la población) dio un oxígeno temporal, que ya se está agotando y, c) a pesar de todas esas medidas no se ha reactivado la inversión privada, que está estancada en un nivel muy bajo: 13% del PBI.

Esta guerra económica también demuestra que ha resultado peregrina la “tesis” de que, debido a la globalización, “el mundo es plano”, o sea igual para todos, título del libro de Thomas Friedman, columnista del New York Times. Ese paradigma “universalizador” de la globalización se ha quebrado.

Los Estados-Nación siguen vivos. La globalización ha causado serios destrozos, sobre todo sociales, porque ha estado dirigida y orientada por las grandes empresas multinacionales. ¿Quién ganará esta guerra? ¿Se detendrá dentro de poco? ¿China tiene las herramientas para reaccionar en el plano tecnológico? ¿Cómo se van a alinear los países? No lo sabemos. Pero sí sabemos que las consecuencias ya las comenzamos a sufrir con la baja del precio del cobre, pues el 50% del consumo mundial corresponde a China.

Para terminar: Los impactos de esta guerra económica nos dicen claramente que la política económica seguida en los últimos 25 años en América Latina y el Perú necesita cambios profundos que reflejen las nuevas realidades.

NOTAS:

(1) “La red 5G permite una latencia de milisegundos y velocidades de GIGABITS para los usuarios, además de que abre “una nueva mina de materia prima más preciosa que el oro: datos de innumerables máquinas que charlan incesantemente entre ellas, como los automóviles sin choferes, aparte de los consumidores humanos”. Se habilitan nuevas aplicaciones que utilizan conectividad instantánea, sin errores, para, por ejemplo, la cirugía remota y robots de manufacturas de ultra precisión”, en “5G: La batalla por el futuro”, Humberto Campodónico, 13/02/2019, https://larepublica.pe/politica/1412198-5g-batalla-futuro

(2) Thelandthatfailedtofail, Philip Pan, New York Times, 18/11/2018. https://www.nytimes.com/interactive/2018/11/18/world/asia/china-rules.html

(3) A TradeWarMorphsIntoAnEconomicWar, Paulo Santos, 20/05/2019. https://seekingalpha.com/article/4265402-trade-war-morphs-economic-war

(4) TheHuaweiBanIs Worth thePain, Eli Lake, 21/05/2019. https://www.bloomberg.com/opinion/articles/2019-05-21/trump-s-huawei-ban-it-s-about-time?srnd=premium

(5) Guerra tecnológica, Manuel Castells, 27/05/2019. https://www.lavanguardia.com/opinion/20190525/462440941108/guerra-tecnologica.html

 

HUMBERTO CAMPODÓNICO
OTRAMIRADA.PE

Especial

VIDAPacino: los 80 años de un mito de Hollywood

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VIDAPacino: los 80 años de un mito de Hollywood

Al Pacino, uno de los actores más embléma­ticos de la historia de Hollywood, cumple 80 años hoy. En su trayec­toria figuran hitos como al trilogía de El Padrino, Tarde de perros, Perfume de mujer (que le valió su único Oscar), un singu­lar debut como director con En busca de Ricardo III y una carrera que se extiende en el cine por medio siglo con algo más de 60 películas en su haber.

El actor nació como Alfredo James Pacino en Manhattan, el 25 de abril de 1940. Hijo único, su­frió la separación de sus padres y pretendía ser jugador de baseball. Dejó la escuela a los 17 años y comenzó a incursionar grupos de teatro. Fue rechazado como alum­no del Actor´s Studio, adonde regresaría bajo la tutela de Lee Strasberg, a quien reconoció como una figura influyente en su formación.

A fines de los 60 desta­có en varias obras en el circuito teatral de Nueva York y llamó la atención con la película, The Panic in Needle Park. Ese rol lo catapultó a la consi­deración de Francis Ford Coppola, que lo convo­có para el personaje de Michael Corleone en El Padrino. La Paramount no vio con buenos ojos que el desconocido Paci­no se hiciera del papel. Coppola desactivó cual­quier intento de cambiar de actor al cambiar la agenda de rodaje y apurarse a filmar la escena del restaurante, que mostró a los ejecutivos para que constataran lo que era ca­paz de transmitir Pacino en pantalla.

El éxito de El Padrino le valió al actor de 32 años la nominación al Oscar como mejor actor de reparto. 1973 sería el año de Espantapájaros, junto a Gene Hackman, y de Serpico, por la cual aspiró al Oscar como actor protagónico. Repitió nomi­naciones al Oscar por la segunda parte de El Padri­no, en 1974, y por Tarde de perros, en 1975.

Una nueva candidatura al premio de la Academia llegaría en 1979 con…And Justice For All. Los 80 co­menzaron mal: filmó Crui­sing, bajo la dirección de William Friedkin. Pacino hacía de un policía que debía infilirarse entre ho­mosexuales para hallar a un asesino, y la película recibió duras críticas de la comunidad gay. Más tarde, el fracaso del drama épico Revolución (1985) sobre la independencia norteame­ricana, lo hizo abandonar el cine por cuatro años.

Sin embargo, la prime­ra mitad de los 80 habían dejado un personaje anto­lógico: el Tony Montana que Pacino compuso en Scarface de Brian de Pal­ma. La película fue una remake del clásico de Howard Hawks de 1932 y puso en escena a Pacino con Michelle Pfeiffer, con quien volvería a coincidir en 1991 en Frankie & Jo­hnnie.

Antes de eso había vuel­to luego de cuatro años de ostracismo (los dedicó al teatro), con Sea of Love, en 1989. Un año más tarde rodó la tercera parte de El Padrino con Coppola y actuó en el Dick Tracy de Warren Beatty, por la que recibió una nominación al Oscar.

La estatuilla, que le fue esquiva durante dos déca­das, le fue concedida en 1992 por el coronel ciego de Perfume de mujer, re­make del film de Dino Risi que protagonizara Vittorio Gassman en 1975. Luego del Oscar se reecontró con De Palma para Carlito´s Way.

En 1995, Hollywood se conmocionó por Heat, de Michael Mann, donde por primera vez coincidieron juntos Pacino y Robert de Niro: habían estado, cada uno, en los dos relatos que alterna la narración de El Padrino II.

Un año más tarde, Pa­cino sorprendió con En busca de Ricardo III, su debut como director. La película toma como base el drama de Shakespeare y se construyó en base a los ensayos de los acto­res y al detrás de escena en la elaboración de la puesta de la obra.

Los años siguien­tes vieron a Pacino en films como Brasco, El abogado del diablo, El informante, Insomnia y El mercader de Venecia. En 2007 fue el villano de Ocean’s Thirteen, la ter­cera y última parte de la saga protagonizada por George Clooney y Brad Pitt. Al año siguiente, volvió a coincidir con De Niro en Righteous Kill.

Ambos, junto a Joe Pes­ci, estarían a las órdenes de Martin Scorsese en El irlandés, en 2019. Pacino volvió a ser nominado al Oscar después de 27 años, tras ponerse en la piel de Jimmy Hoffa. Su último rol fue en la serie Hunters y se lo anuncia en una nueva adaptación de Rey Lear.

En su vida privada, nunca se casó. Durante años tuvo una relación de idas y venidas con Dia­ne Keaton, su compañera en la trilogía de El Pa­drino. Tuvo una hija en 1989 junto a la maestra de actores Jan Tarrant. En 2001 nacieron melli­zos de su relación con la actriz Beverly D´Angelo. En 2016, pasó por Buenos Aires y dio una clase de actuación en el Teatro Colón.

* Por Juan Pablo Csipka | Página 12

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Especial

“Si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo hará este virus”

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“Si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo hará este virus”

Desde su casa en el pueblo na­varro de Elizondo, en el corazón del valle de Baztán, rodeado por abetos y alguna cresta de nieve tardía, el pensador, poeta y ensa­yista Ramón Andrés (Pamplona, 1955) medita sobre dos de sus grandes fuentes de sabiduría: la música y el silencio. Y lo hace en medio de una pandemia global que ha llevado a buena parte del mundo a suspender el tiempo, a cambiar de forma abrupta su trasiego frenético.

En entrevista con La Jornada, Ramón Andrés explicó que estos días le hacen pensar en algunas de las ciudades medievales en las que se guardaba silencio para no despertar al diablo, o en la danza de la muerte que se popularizó en la Europa del siglo XV precisamente para conjurarla. Sobre el día des­pués de la cuarentena, no espera grandes cambios: Si dos guerras mundia-les no nos han cambiado, menos lo va a hacer este virus.

ARTE SONORO Y FILOSOFÍA

–En su nuevo ensayo, Filo­sofía y consuelo de la música (de inminente publicación en Acantilado) vuelve a reflexionar sobre la música y, quizá, su ca­rácter sagrado, ¿por qué?

–No, en realidad se trata de un libro que examina la música desde la filosofía; es decir, la música vista por los filósofos que, desde los presocráticos, empezaron a preguntarse qué era la música, que para ellos representaba una imagen de perfección, porque te­nían una idea armónica del mun­do y del universo. Que el libro se titule así explica también el apoyo emocional, importantísimo, que ha supuesto para el ser humano.

–También a través de la mú­sica se evoca constantemente al recuerdo, a la memoria… Parece una idea recurrente.

–Muy a menudo la música parte de un bagaje muy lejano, nos arranca del presente y puede llevarnos a un lugar que quedó en el pasado. En cierto modo, la música tiene la facultad de hacer actual e inmediato lo ocurrido hace mucho. Su vaivén en el tiem­po es una de las grandes hazañas de este arte.

–Hace tres años que se fue a vivir a Elizondo, después de mu­chos años de residir en una gran ciudad como Barcelona. ¿Buscaba acaso más serenidad? ¿Alejarse de lo mundano y vulgar?

–Barcelona es una ciudad muy mal tratada, no se le ha respetado. Ha sido vendida a un precio bajo por los polí­ticos y los muchos especuladores que vieron en ella una simple máquina registradora. Se ha deshumanizado, y los ciudadanos tienen la impresión de vivir en medio de un saqueo. Echo de menos, eso sí, a mis amigos, unas cuantas librerías y las escaleras del puerto, donde a veces pasaba horas sentado y contemplando la nada.

Ir a Elizondo estaba en mis planes desde hace décadas. Nací en Pamplo­na, así que he vuelto a los paisajes de mi infancia. No me arrepiento, porque aquí el silencio, la belleza del paisaje y el trato humano te hacen la vida más amable y profunda.

LA DIMENSIÓN DEL SILENCIO

–En estos tiempos complejos, difíciles, de confinamiento y de pandemias, ¿cómo ve el futuro?

–La población está desprotegida porque ha sido sobornada desde hace décadas. Me refiero a que se ha creado una realidad artificial de bienestar, comodidad y abundancia.

Los políticos y el mundo del ca­pital más agresivo han jugado con esta baza y hoy las personas han perdido los auténticos puntos de referencia. Se ha vivido sin pensar, como en una huida hacia adelante. Esto hay que detenerlo, hacer que ciertas cosas vuelvan a replantearse. De todos modos, he de decirle que si dos guerras mundiales no nos han cambiado, menos lo va a hacer este virus. Somos muy primarios, nos gusta lo nuevo, lo que brilla, y vamos a por ello aunque nos cueste la vida.

–¿Cree que realmente el silen­cio adquiere toda su dimensión en estos días de recogimiento?

–El silencio no es sólo una ausen­cia de ruido o una falta de música. El verdadero silencio es el mental, es la quietud interior que cada uno puede alcanzar si no se deja arrastrar por este vértigo impuesto por la llamada vida moderna, que no es moderna sino antiquísima, porque la historia de la humanidad es una historia de la ambición y de los espejismos, como sucede hoy.

–¿Adónde debemos entonces conducir nuestro silencio en este tiempo complejo y lleno de incer­tidumbres?

–Pues a no buscar en las cosas ni en las relaciones humanas sólo utilidad. Todo se ha convertido en un comercio; debemos aprender a que no toda acción ni propósito debe darnos un rédito. No entrar en este continuo cambio de intereses personales sería ya una forma de silencio, quiero decir de ética. Porque el silencio, a veces, es una respuesta ética.

DEL DECAMERÓN A LA DANZA DE LA MUERTE

–Y la música, ¿qué papel jue­ga en medio de la cuarentena de aislamiento?

–Imagino que a muchos les supondrá una grata compañía, un aliento para pasar el tiempo y no caer en el hastío. A otros les servirá de relajación, a otros de evasión. En mi caso la música es una constante, desde la adolescencia. Me ha ayudado muchísimo a pensar y, sobre todo, a no sucumbir.

–No sé si en sus libros y en sus numerosas lecturas ha encontrado el papel que han jugado el silencio y la música en épocas de pandemias y arrasamientos como el actual. Si es así hábleme de ello…

–Ahora me viene a la memoria el Decamerón, de Giovanni Boccaccio, que empieza narrando los estragos de la peste que asoló Florencia en el siglo XIV y de la cual huye un grupo de muchachos y mu­chachas que se pone a salvo en una hermosa hacienda. Deciden contar cuentos, ser felices, y tocar música francesa, que en la época era la más avanzada y refinada. Esa música los abstraía del dolor que se estaba viviendo a unos cuantos kilómetros de distancia. Debemos pensar también en la danza de la muerte, que se popularizó en la Europa del siglo XV. Era una manera de conjurarla. Y en cuan­to al silencio no recuerdo nada al respecto, salvo que a veces en algunas ciudades medievales se guardaba silencio para no desper­tar al diablo.

–¿Cree que el mundo cam­biará después de todo esto?

–Sustancialmente, no. Cambia­rá, en algunos aspectos, el modo de organizarse. Los buenos pro­pósitos durarán poco. Quizá los Estados se den cuenta de que la idea de recortar tanto el presu­puesto en sanidad es equivocada y, desde un punto de vista político, es una estrategia fácil y grosera. Hoy, los ejércitos ya no sirven para las contiendas que vendrán. Es innecesario seguir gastando de­soladoras cantidades de dinero en un armamento que no entrará en funcionamiento. En pocos años la defensa no consistirá en armas, sino en ataques informáticos y en epidemias muy dañinas pro­piciadas desde los laboratorios. La salud pública necesitará de un elevado presupuesto.

–¿O que el silencio tendrá más sentido?

–Más sentido no, más impor­tancia tal vez. Porque sentido lo ha tenido siempre; si digo que quizá tenga más importancia es porque debería actuar como contrapeso en medio de este griterío de mer­cado que es el mundo.

–¿O que la música tendrá más relieve?

–Podría decirse lo mismo que respecto del silencio. Pero recor­demos que una buena música se transforma en silencio en nuestro interior.

 

* Armando G. Tejeda | La Jor­nada

 

 

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Especial

Los hoteles en tiempos de coronavirus

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Los hoteles en tiempos de coronavirus

Un hotel que no incluye de­sayuno buffet y minibar habría sido inconcebible para muchos estadounidenses hasta hace tres meses, pero ahora, con la pan­demia del coronavirus, todo eso podría podría cambiar.

La aparición del coronavirus ha provocado un cambio radical que podría alterar todo, desde cómo los huéspedes se registran al llegar hasta cómo se limpian las habitaciones.

Los expertos hoteleros pre­dicen que la pandemia alterará drásticamente las estadías en los próximos meses, lo que provo­cará que muchas propiedades adopten una serie de nuevas prácticas, que pueden incluir controles de temperatura a la llegada de los huéspedes.

“Los hoteles tienden a ser un negocio reactivo”, explicó Cheki­tan Dev, profesor de marketing y branding en la Facultad de Administración de Hoteles de la Universidad de Cornell. “Se ha necesitado el Covid-19 para que muchos hoteles analicen los procedimientos de seguridad y mejoren su acción”.

Dev dio como ejemplo los cambios de seguridad que acaba de implementar el Hotel Four Seasons en la ciudad de Nueva York, medidas que podrían lle­gar pronto a los hoteles de todo el país.

“Somos un conejillo de in­dias”, mencionó Rudy Tauscher, gerente general de Four Seasons. “Estamos a la vanguardia de la ‘nueva normalidad’ del mundo de la hospitalidad”.

El viaje como conejillo de in­dias del Four Seasons comenzó el mes pasado, cuando H. Ty War­ner, dueño de la propiedad, dijo que abriría las puertas de su hotel a los profesionales médicos que trabajan en el frente de batalla Covid-19. “Ahora casi no tenemos puntos de contacto en todo el hotel, lo que está completamente en contra de la naturaleza de un hotel de ser práctico y amable”, aseguró Tauscher. “Solíamos ser conocidos por el toque humano, pero ahora no tenemos ningún toque”.

Los registros de entrada y salida se realizan virtualmente, sin contac­to de persona a persona. Los viajes en ascensor están limitados a un huésped por elevador. El servicio de habitaciones ha sido descontinua­do, y el restaurante, bar y estación de café de cortesía del hotel están cerrados indefinidamente.

La nueva opción gastronómica del hotel son comidas preparadas en caja, disponibles en un refrigerador industrial en el lobby.

“Creo que es seguro decir que los buffets de desayuno y las mesas comunitarias y el tipo de cosas que habían sido tradiciones en muchos hoteles van a desaparecer, por quién sabe cuánto tiempo”, dijo Tauscher.

El Dr. Robert Quigley, vicepresi­dente senior de International SOS del grupo Four Seasons, señaló por su parte que “la habitación se deja vacante durante 24 horas después de que un huésped se retira”.

Explicó que “luego un equipo de limpieza entra con trajes de ma­teriales peligrosos y realiza una limpieza profunda, después de lo cual la habitación se deja va­cía durante 24 horas más”.

 

*Con información de ANSA Latina

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