El otro II

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La ciencia nos ha proporcionado otro dato importante para saber por qué somos de una y no de otra forma. Es decir, necesariamente cuando un ser humano desea saber por qué lleva consigo ese instinto “asesino” no puede prescindir de la etología, de la biología ni de la genética. 

Marco Aurelio Denegri, en su artículo sobre el odio, nos recordaba que de los tres cerebros que tenemos- el reptiliano, el emocional y el neocortical- el que concernía al amor es el neocortical; pero el odio se originaba en los otros dos cerebros, que son doscientos millones de años más antiguos que el cerebro neocortical. Podríamos decir entonces que, filogenéticamente venimos y estamos condicionados hacia un enemigo que lo percibimos desde la psicología como “exogrupo” y a nosotros mismos como “endogrupo”, por tanto, desde siempre traemos con nosotros mismos tendencias de agresividad y ferocidad muy marcadas a diferencia de lo que San Agustín sostenía con la chispa del amor de Dios en nuestro interior que nos hacía buscarlo y a no descansar hasta que volvamos a Él (Confesiones X,27,38).

¿Cuál es el “axioma” que está detrás de todo esto? En mi opinión considero que la filosofía que yace como sustrato, como base, mejor dicho, el punto de partida filosóficamente hablando del por qué el hombre lleva consigo ese instinto asesino, vil y hasta demencial es que la tierra de por sí es, ha sido y seguirá siendo hostil. Nada está exento de esfuerzo, de exigencia y de adversidad. En el ser humano, por ejemplo, el solo hecho de parir y comer trae consigo esfuerzo, sacrificio y dolor (desde la postura judeo-cristiana el parir con dolor y el “trabajarás con el sudor de tu frente” es incluso un “castigo divino” que heredamos de nuestros “primeros padres”. Gn 3:16-19). 

Por lo tanto, lo que subyace en todo lo que vengo sosteniendo es que somos más primitivos de lo que pensamos. Nuestro sistema físico-biológico-genético sigue siendo aún “muy paleolítico”. Llevamos a penas de modernidad un poco más de 200 años. Hemos pasado de la escasez a una “sobreabundancia de alimentación”, de “comodidad” y de “tecnología” que ha superado la capacidad de adaptación o de no-evolución de esos comportamientos filogenéticos más adaptados a la sobrevivencia del entorno y del ambiente, de ahí viene la lucha. Con la cristiandad, a través de la educación, con su mensaje de salvación y amor, intentó homogeneizar y superar este instinto primitivo y cuasi natural de lucha y rivalidad a todo y a cuasi todos. Después de más de 2000 años esto sigue siendo casi imposible de superar porque ya desde la genética y la vida en la tierra venimos y estamos condicionados. 

¿Cuál sería, si es que lo hubiese, el inicio de la solución? En principio reconocer que existen esos patrones y estas tendencias arcaicas muy adentradas en nuestra propia constitución genética y cerebral, para luego hacer intervenciones y adaptaciones específicas a través de la misma educación en los distintos contextos ya sea culturales y sociales.

“Audentes fortuna iuvat”.

Continuará….. 

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