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Editorial

El abismo que nos separa

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Editorial Diario UNO

Una persona cercana a Pedro Castillo, en el mejor ánimo, le preguntó por qué le tenía miedo a los periodistas, a lo que el presidente respondió «No les tengo miedo, si no que no me da la gana de declarar para que después tergiversen lo que yo digo». La anécdota ha venido al caso, a propósito del diálogo de ayer entre Castillo y el reportero de RPP Carlos Villarreal en el que este le preguntó muy orondo «¿Piensa renunciar?», recibiendo como respuesta «¿Usted está loco?». Intercambio que grafica muy bien la relación entre el gobierno y la prensa.

Villarreal aparece como víctima de un desaire presidencial y Castillo como una especie de troglodita que desea comerse a los periodistas. La verdad, como de costumbre, está en el medio. Ni Castillo ha lesionado a Villarreal más que Urresti, ni Villarreal ofendió la investidura presidencial haciendo esa atrevida pregunta.

Lo que ocurre es que, desde la campaña electoral, Castillo tuvo una conducta esquiva y distante de los medios. Acostumbrado a las zalamerías de los periodistas provincianos, en su sombrero no entraban los conductores televisivos autosuficientes que practican la mordacidad como un medio de conseguir rating ni las reporteras irrespetuosas que ponen el micro a cualquiera, como si estuviese obligado a declarar. Por ello, prefirió no exponerse y la apuesta le fue bien. Ya en Palacio, la relación debió cambiar, pero en lugar de mejorar relaciones, las constantes denuncias de los (varios) errores presidenciales y la casi nula cobertura de sus (pocos) aciertos, ensancharon la brecha.

El asunto no debería ser un problema irresuelto. En muchos países civilizados la prensa hostiga a los políticos, pero también necesita de ellos como fuente de información. Por ello, ha establecido un sistema de respetos mutuos. En Estados Unidos o España, para tomar dos casos, existe un portavoz del gobierno que comparece cotidianamente ante los periodistas acreditados, a fin de informar lo que quiere (y lo que puede), recoge las inquietudes de los hombres de prensa y las traslada y hasta, de cuando en vez, recibe una ayudita de parte de los periodistas que le adelantan algún caso espinoso sobre el que el gobierno debería pronunciarse.

Este toma y daca funciona perfectamente y nadie se molesta. Por ello, como están cercanas las fiestas navideñas, quizás sería bueno pensar en regalar a algunos hombres de prensa y al presidente unas correas nuevas porque las que usan les quedan muy estrechas.

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Editorial

“Salvo el poder todo es ilusión”

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Editorial Diario UNO

Ya casi habíamos olvidado una de las consignas centrales de Abimael Guzmán, que da título a esta nota y que sus fanáticos militantes coreaban en las prisiones, mientras desfilaban uniformados, cuando escuchamos ayer al exprimer ministro Guido Bellido declarar que el conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso es solo “un espejismo”. Y esa explicación nos recordó que existe una manera alienada de ver la política.

El diccionario define al espejismo como una “Ilusión óptica debida a la reflexión total de la luz al atravesar capas de aire caliente de diferente densidad, lo cual provoca la percepción de la imagen invertida de objetos lejanos, como si se reflejasen en el agua”, es decir, como una Imagen, representación o realidad engañosa e ilusoria.

Así para el oficialismo es absolutamente cierto que las declaraciones de Bruno Pacheco, Karelim López y Zamir Villaverde sobre delitos cometidos en Palacio de Gobierno son solo una imaginación; que la firma falsa en el concurso de la municipalidad de Anguía es una realidad engañosa, que la fuga del exministro Juan Silva y de los sobrinos del presidente responde a una impresión equivocada o que los constructores Espino han actuado de buena voluntad y son incomprendidos. En suma, que el Congreso, los medios de comunicación y una mayoría de la ciudadanía urbana lo que ven es una imagen invertida de la realidad.

Pero, para la oposición, lo que en realidad existe es una práctica perversa del círculo presidencial que solo persigue el poder para beneficio propio y que, a lo Abimael, está dispuesta a comprar o amedrentar a testigos, a destruir pruebas y a hacer cualquier triquiñuela legal o tinterillada para evadir la acción de la justicia, en suma, que pretende mantener el poder a cualquier precio.

En medio de ambas percepciones la economía cruje, la sociedad se deteriora, la cultura y la educación se precarizan y la política se hace indigna. Por eso, “¡Qué se vayan todos!” es la forma en que hoy los ciudadanos honestos de derecha, centro e izquierda piensan que salvo el poder todo es ilusión.

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Editorial

La implosión de Acción Popular

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La solicitud de licencia a AP del excandidato presidencial Yonhy Lezcano se convirtió ayer en el último capítulo de una serie más atractiva qué las de Netflix, en la cual el partido de la lampa va camino a su extinción. No lo decimos ni deseamos nosotros, sino lo pone el propio Lezcano en blanco y negro: “Nuestra ideología y principios partidarios se están dejando de lado por algunos militantes que nos representan en cargos de elección popular, pero además nuestro partido no cuenta con dirigencia elegida conforme a ley, que permita una conducción adecuada de nuestra organización política”.

Claro que si hoy preguntáramos a los militantes cuáles son esa ideología y esos principios que cita Lezcano, tendrían mucha dificultad de responder. Y es que, desde su nacimiento, AP no fue un partido con ideología. Su fundador, Fernando Belaunde Terry, resolvió el problema con una frase que lo decía todo y nada “El Perú como doctrina”. Pero, ello tampoco llevó al acciopopulismo a ser una fuerza regionalista o descentralista.

Desde la debacle electoral de uno de sus líderes emblemáticos, Javier Alva Orlandini, en 1985, AP no levantó cabeza. Apoyó a Vargas Llosa en 1990 y, después, no tuvo ninguna figuración importante a nivel nacional. Raúl Diez Canseco, sobrino del fundador, fracasó en su intento de reflotarlo como un partido protagónico. Pero, paradójicamente, el colapso del gobierno de PPK y la transición le dieron una nueva oportunidad. Y vaya que no le fue mal. En las últimas elecciones, ganaron 16 curules en el Congreso y la municipalidad de Lima.

¿Cómo lo lograron? Juntando a perro, pericote y gato, volviendo a ser una “Federación de independientes” como en la década de 1950. Pero ese secreto de éxito se convirtió, luego, en factor de fracaso pues las diferencias se agudizaron y hoy hay dos dirigencias, dos facciones de la bancada y varios “Niños” hipotecados a favor de Pedro Castillo. La división es tal que, en broma, se dice que el lema de “Adelante”, escrito en el frontis del local principal, ha sido cambiado por el de “Adios”.

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Editorial

No hay peor ciego que el que no quiere leer

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Editorial Diario UNO

Siempre la distancia aguza la vista. Así, lo que no se ve de cerca, desde lejos puede ser transparente. Ello acaba de ocurrir con el pronunciamiento conjunto de los gobiernos de Argentina, Bolivia, Ecuador y México, ante la tensión política que se vive en nuestro país, en el que llaman a “las instituciones y fuerzas políticas de esa hermana república a fortalecer el diálogo político, como herramienta para superar la actual”, dice la Cancillería argentina, vocera del grupo latinoamericano preocupado por la democracia en el Perú.

Lo paradójico es que los protagonistas domésticos del conflicto no leen la realidad igual que los observadores. Desde el gobierno no se acepta la existencia de una crisis política, sino que solo se ve una intentona golpista, no se reconocen los hechos públicos de corrupción cercana a Palacio de Gobierno, sino que se considera que todo es una “invención de la prensa comprada” y, finalmente, persiste en la negativa a la transparencia y la explicación. Lo gracioso es que, al mismo tiempo, Torre Tagle interpreta el pronunciamiento como un implícito respaldo internacional a Pedro Castillo.

Del lado de la oposición se produce un fenómeno similar, pero de tendencia inversa. Se alude al pronunciamiento como un jaqueo externo al profesor chotano, se interpreta la preocupación de los presidentes amigos como una aceptación implícita a la exigencia de medidas correctivas y se recibe el comunicado como el primer paso de una especie de tribunal arbitral que facilite una salida al entrampamiento. Pero, también graciosamente, sus voceros no han pronunciado una sola palabra al respecto, como si no hubiera existido

Lo mejor sería que, ambas partes, lean con detenimiento lo que dicen los cuatro presidentes amigos: “Confiamos en que TODOS los actores nacionales privilegiarán la construcción de consensos amplios, inclusivos y participativos que permitan fortalecer el funcionamiento del sistema político establecido por la Constitución y la vigencia del Estado de derecho”. ¿Qué se leerá en Palacio y el Congreso?

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