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Complicidades con Gabo

El autor de “Cien años de soledad” cultivó una significativa amistad con un poeta peruano que hoy recuerda algunos pasajes de quién era este hombre valioso a dos días de los tres meses de su partida. Murió el 17 de abril, en Jueves Santo.

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Complicidades con Gabo

El generoso destino me ha colocado en la vida en situaciones que me han permitido hacer amistad con gente extraordinaria. Una de esas personas ha sido Gabriel García Márquez con quien compartí a lo largo de más de veinte años algunos momentos inolvidables: importantes complicidades y jocosas anécdotas.

Gracias a mis labores en la UNESCO, como Consejero Regional en Comunicación Social para América Latina, con sede en Quito, lo conocí en noviembre de 1977. Eran los años de los intensos debates a nivel internacional sobre el rol de la Comunicación y la Información.

La UNESCO, promovió la creación de una “Comisión Internacional sobre los problemas de la Comunicación”, compuesta por 16 destacadas personalidades de todas las regiones del planeta y que fue presidida por el irlandés Sean Mac Bride, Premio Nobel y Premio Lenin de la Paz.

Me pidieron que propusiese a dos destacados latinoamericanos para integrar el grupo. Propuse a García Márquez, que gozaba ya de una espectacular fama por la aparición de “Cien años de soledad” y al chileno Juan Somavía, quien dirigía, en México, el Instituto Latinoamericano de Estudios Trasnacionales (ILET) y que, años después, sería nombrado Director de la Organización Internacional de Trabajo (OIT).

Me solicitaron que hablara con ambos para que integraran la Comisión, que, tras dos años de debates y reuniones, presentó el resultado de sus trabajos bajo el título de “Un solo mundo, voces múltiples”, más conocido como el “Informe Mac Bride”.

Juan aceptó encantado inmediatamente. En el caso de Gabo, lo llamé por teléfono desde Quito a Cartagena para participarle mi deseo de entrevistarme con él y platicarle de “un asunto muy importante que tiene que ver con la UNESCO”.

Convinimos en que nos encontraríamos en Bogotá a los pocos días y me solicitó que lo llamase a mi llegada a la capital colombiana, cosa que hice puntualmente. “¿Dónde estás alojado?”, preguntó al teléfono. “En el Hotel Bacatá”, respondí. “Okey, nos vemos en dos horas…yo paso a verte”, contestó.

Y así fue. En un primer momento, yo quise trasmitirle que no deseaba que viese en mí solamente a un funcionario internacional, sino a una persona comprometida.

“¿Qué eres tu de Genaro Carnero Checa?”, me preguntó, a lo que respondí: “Soy su hijo mayor”… “no sigas, me dijo, con eso me basta”.

Comencé entonces a explicarle lo que la UNESCO le proponía precisándole que la primera reunión del grupo tendría lugar pocas semanas después en la sede de la Organización en París.

“De acuerdo”, aceptó y añadió: “Pero eso sí, tengo que pedirte algo especial: …sucede que yo le tengo un miedo atroz a viajar en avión y quisiera que me colocaran el pasaje en primera clase y no en segunda”.

Le contesté que eso no se lo podía asegurar, porque escapaba a mis atribuciones y le señalé que “conociendo la mentalidad burocrática en la UNESCO era complicado….no obstante, déjame ver”.

Regresé a Quito, desde donde envíe el correspondiente informe a la UNESCO, dando cuenta de la aceptación de Gabo y de Juan; y pidiendo, casi rogando, que a García Márquez le enviaran un pasaje en primera clase.

Un par de semanas después, el 6 de diciembre, ya que se celebraban las Fiestas de Quito. Nos habían visitado y estaban alojados en mi casa Alfredo Bryce y Arturo Corcuera. Nos encontrábamos en pleno almuerzo cuando sonó el teléfono. Era Gabo.

“Germán, me dijo irritado, te había solicitado el pasaje en primera clase y me lo han enviado en segunda…”

“Gabo –le respondí– yo te había dicho que mi capacidad de maniobra en ese sentido era casi nula y no puedo hacer nada. Además –añadí, ante la atónita mirada de Adita, mi esposa y de Alfredo y Arturo– los aviones, Gabo, se caen igual en primera o segunda clase…”

Pensé: ahorita me manda a la mierda….pero, tras un silencio, para mí interminable, respondió: “Sí pues…” y colgó.

A los pocos días se inauguraba en París la primera sesión de la Comisión Mac Bride. Llegué diez minutos antes al lugar de la reunión y lo encontré solo, paradito en la puerta de la sala de sesiones, con un sobrio abrigo azul…”

“Pagué la diferencia”, me dijo escuetamente.

En 1982 Gabo fue galardonado con el Nobel y a fines de 1988 la UNESCO me nombró Representante en México y en República Dominicana, con sede en la Ciudad de México, donde vivía Gabo.

En mi oficina habíamos empezado a reunir puntos de vista y elementos de lo que se convertiría en el proyecto cultural más importante de la Organización en Iberoamérica: el Proyecto “Periolibros”. Basado en una idea que muchos años atrás había planteado el poeta Manuel Scorza, consistía en publicar cada mes, en una cadena de diarios en toda Iberoamérica, con tirajes millonarios, suplementos con un texto literario de un gran escritor iberoamericanos, ilustrado por un destacado artista plástico de la misma región.

Federico Mayor, Director General de la UNESCO en ese entonces, se convirtió en un gran aliado de la idea. Coincidimos en que se hacía necesario vincular a una gran casa editorial con prestigio regional y, siguiendo sus instrucciones, conversé con el expresidente de México, Miguel de la Madrid, que dirigía el Fondo de Cultura Económica (FCE). Con igual entusiasmo acogió el planteamiento y nombró a mi hoy muy querido amigo, Adolfo Castañón, quien ejercía la Gerencia Editorial del Fondo, para codirigir conmigo el Proyecto.

Se trataba de un emprendimiento de enormes proporciones, pues había que conseguir un diario en cada país iberoamericano que estuviese dispuesto a publicar los Periolibros. Además, teníamos que conseguir gran parte del financiamiento, batallar con los derechos de autor de los escritores y convencer a numerosos artistas plásticos para las ilustraciones.

Fue así que a la primera persona a quien llamé fue a García Márquez, con quien nos citamos en un café del sur de la ciudad de México, para tratar un asunto “importantísimo”, según le dije.

Ni bien nos sentamos comencé a explicarle apasionadamente las dimensiones, aspiraciones y virtudes que tendría ese gran proyecto de “democratización de la lectura”. La idea le pareció “fabulosa”.

—¿Y qué quieres de mí?, preguntó.

—Que me regales un título, libre de los derechos de autor, le contesté, tratando de mantener la mayor naturalidad.

—¿Cómo??? Me interrogó dubitativo.

—Sí, le dije, imagínate… de dónde vamos a sacar el dinero para pagarte los derechos si se trata de millones de ejemplares…, además, agregué, se trata de un proyecto de bien social que beneficiará a muchísima gente en nuestra región.

Me miró fijamente y sentí que no podía creer el alcance de mi audacia. Tras un largo silencio, moviendo la cabeza y metiéndose los dedos repetidamente entre sus cabellos, comenzó a repetir: “Carmen me va a matar….Carmen me va a matar….”

—¿Y qué título quieres? preguntó.

—“El coronel no tiene quién le escriba”, respondí.

—“Okey”, dijo. Después de un momento y tras mirarme fijamente, se levantó.

Nos despedimos con un abrazo y se marchó. Ni siquiera habíamos tenido tiempo de solicitarle un café al mozo que merodeaba por allí. Yo sí pedí el café, brutalmente emocionado. Permanecí un largo rato meditando en la generosidad, grandeza y suma coherencia del genial escritor, mi amigo.

Empezó entonces una peregrinación por todos los países iberoamericanos para conformar la gran red de diarios, autores, pintores patrocinadores del proyecto. Respecto a los derechos de autor, coincidimos con Castañón en que era fundamental visitar, en Barcelona, a Carmen Balcells, exitosísima agente literaria que fue, a no dudarlo, pieza fundamental del llamado “Boom” literario.

Carnero Roqué y el autor de “Cien años de Soledad” en Cartagena, Colombia.

Carnero Roqué y el autor de “Cien años de Soledad” en Cartagena, Colombia.

Visitamos a Carmen en sus oficinas. Desde un primer momento, sentí que me encontraba frente a una persona de gran carácter y que la leyenda que la pintaba como una auténtica fiera en el negocio editorial parecía comprobarse.

Me sentó frente a ella en un sillón bastante mullido que, de alguna manera, te hundía un poco, mientras ella tomaba asiento en una especie de butaca de teatro, muy sólida.

Adolfo, a mi lado izquierdo sentado en una silla, en absoluto silencio, tomaba notas de nuestra conversación.

Tras los saludos de rigor le expliqué a grandes rasgos las características de ese proyecto, esencialmente democratizador de la lectura, que habían decidido sacar adelante la UNESCO y el FCE. Le pareció “sumamente interesante” y preguntó:

—¿Y en qué los puedo ayudar?

—Verá señora Balcells, le dije, dado que se trata de un ambicioso proyecto de estimulación de la lectura, que llegará a millones de lectores a través de una red de diarios en toda Iberoamérica, quisiéramos solicitarle que pudiésemos publicar a los distintos autores que usted representa sin tener que pagar los derechos de autor…

—¡¿Cómo?!…me interrumpió, verdaderamente alterada. “Usted me está pidiendo que me haga el ‘Hara Kiri’”… manifestó con un nerviosismo que iba montando en intensidad.

—No se trata de eso, señora —le respondí. Nosotros le tenemos una enorme estima y estamos convencidos de que su participación en la valoración y dignificación de los grandes escritores de América Latina ha sido fundamental y digna de todo reconocimiento”. —Lo que usted me está pidiendo es IMPOSIBLE! —me respondió tajantemente.

Nos enfrascamos entonces en una apasionada discusión. La situación era realmente tensa por momentos e, incluso, hizo que Carmen soltara algunas lágrimas, pues era clarísimo que no concebía que se le pidiera que renunciara a su razón de ser en este mundo.

—Bueno —me dijo, al cabo de más de media hora de argumentos encontrados… ¿Y cuáles son los autores en los que están pensando?

—Le leí una lista que habíamos preparado y en donde figuraban, entre otros, Neruda, Saramago, Vargas Llosa, Cortázar, Fuentes, Roa Bastos, Jorge Amado, Bryce Echenique, Sábato, Donoso, Carpentier y Alberti. Deliberadamente no le mencioné a García Márquez.

—¿Y el Gabo? —preguntó algo inquieta.

—El Gabo no, pues ya nos regaló sus derechos —sentencié.

—¿¿¿CÓMO? —gritó e inmediatamente, con el mismo tono, llamó a sus asistentes: LLAMEN AL GABO!….LLAMEN AL GABO!!!, exigió.

Efectivamente, a los pocos minutos la conectaron telefónicamente con García Márquez. Sumamente contrariada le dijo:

—Gabo¡¡¡.. que aquí hay un SEÑOR que dice que tú le has regalado los derechos de un título….!!!???

No sé, realmente, qué explicaciones le estaría dando Gabo, pero, a medida que lo iba escuchando iba moderando el tono airado y repetía: “entiendo….entiendo…”. Colgó y dijo:

—Claro…el Gabo dice que le cobre más por los otros para cobrar lo suyo…

—Señora, le señalé tras un instante de reflexión, usted me ha ofendido.

—¿Por qué?

—¿Usted cree, le dije, que yo soy una especie de estafador que va por el mundo utilizando a la UNESCO; al Fondo de Cultura Económica; a Federico Mayor y a Miguel de la Madrid para conseguir turbias maquinaciones?… ¿Por qué ha tenido usted que llamar a García Márquez para comprobar que lo que le decía era cierto?…Para mí es ofensivo, créame.

Con una expresión verdaderamente tierna me contestó: “Discúlpeme… no he querido ofenderlo”.

“No se preocupe, le respondí,…creo que hemos agotado bastante el tema y si usted está de acuerdo Adolfo y yo analizaremos la situación y regresaremos mañana”. Convinimos en volvernos a encontrar en la mañana del día siguiente y nos retiramos.

Tomando un café frente a la catedral de Barcelona, llegamos a la conclusión con Adolfo que Carmen no iba a ceder de ninguna manera y que había que ofrecerle algo a cambio.

A estas alturas del relato debo hacer mención que habíamos conseguido que IBERIA nos otorgara un importante patrocinio a cambio de que en cada Periolibro apareciese en toda una página publicidad de esa compañía.

Fue así que, como acordado, llegamos la mañana siguiente al mismo escenario de la discusión del día anterior. Apenas habíamos tomado asiento Carmen dijo:

—Por si acaso…he hablado con Mario y me ha dicho que tenemos que cobrar de todas maneras…

—Señora, le respondí, vamos a hacerle una propuesta, pero, con toda amabilidad, le advierto que si usted no la acepta, voy a ir de autor en autor para convencerlos… (Yo había ya auscultado a Jorge Amado y a Bryce Echenique, que me habían asegurado su apoyo)

—¿Y cuál es la propuesta?

—Siete mil dólares por autor… incluido el Gabo, por supuesto.

—No sigas. Acepto.

En junio de 1992, quedó constituida la red de diarios asociados a Periolibros. Se trató de un esfuerzo editorial sin precedentes ya que la suma de esa cadena de periódicos garantizaba la publicación mensual de tres millones de ejemplares. En esa red había todo tipo de orientación, pues iban desde ABC de España hasta Juventud Rebelde en Cuba. En el Perú los publicó el diario La República.

Pasaban los años y Periolibros iba cosechando éxitos. Con los directores de los periódicos de la red realizamos varias reuniones en diferentes países. A una de ellas, en junio de 1994 en Cartagena, Colombia, invitamos a García Márquez. Conversé largo con él, sin mencionar para nada el encuentro con Carmen Balcells. Sin embargo, en un ejemplar de su libro “Del amor y otros demonios” me puso la siguiente dedicatoria, que yo interpreté como un guiño:

Para Germán, 
de su socio, 
Gabriel 94

Complicidades con Gabo

La vida siguió su curso y Periolibros continuó cumpliendo con sus objetivos hasta octubre de 1997. En cinco años se publicaron obras de 61 autores ibeoramericanos y se calcula que se distribuyeron, de acuerdo a los reportes de los diarios de la red, alrededor de 120 millones de ejemplares en toda la región.
En 1998, otro proyecto que queríamos poner en marcha motivó varias reuniones con diversas personalidades, en una de ellas el renombrado fotógrafo peruano Rogelio Cuéllar, que vive en la ciudad de México, tomó una curiosísima fotografía en la que pareciera que yo estoy reclamándole airadamente al Gabo por algo, cuando en realidad Cuéllar captó el instante preciso en que yo, de la manera más insistente –actitud muy común en mí– le decía, simplemente, “no te olvides Gabo que nos reunimos en mi oficina tal día a tal hora”.

Cuento esto porque dicha reunión, en la que participamos tan solo Gabo y yo, se realizó efectivamente en las oficinas de la Representación de la UNESCO. Desde que el personal se enteró de la visita de García Márquez hubo un revuelo enorme y a mí no se me ocurrió otra cosa que decirles: “Salgan a comprar libros de Gabo para que se los dedique y de paso compren también uno para mí”. Llegó puntualmente y tuvimos la reunión, al final de la misma le dije: “Gabo la gente aquí se ha emocionado mucho al saber que vendrías y han comprado libros para que se los dediques”. “Encantado”, me respondió.

Llegaron los libros, que eran alrededor de diez, y se los entregué. Apenas los tuvo entre sus manos los revisó y acto seguido los depositó airadamente sobre la mesa y me increpó:

—“Pero cómo carajo me traes libros PIRATA!!! para que firme…”

Me quedé helado. Era lo último que se me hubiera podido ocurrir que pasaría. Respiré hondo y le contesté:

—“Discúlpame…discúlpame… Gabo, en ningún momento se me ocurrió que algo así pasara…”

Respiré hondamente otra vez y temiendo que me mandara a la mismísima mierda, le dije tratando de mantener el máximo de compostura:

—“Además, te jodiste porque esta gente está muy ilusionada con tener un libro tuyo autografiado y creo, sinceramente, que no puedes defraudarlos…”

—Me miró muy fijamente y respirando, esta vez él hondamente, agarró uno a uno los libros y los fue dedicando de acuerdo a los papelitos que cada libro traía con el nombre de la persona agraciada. Cuando llegó al mío dibujó una flor a lo largo de la página y puso lo siguiente:

Una flor para
Ada, y a veces
para Germán;
este libro ilegible,
del amigo,
Gabriel 98

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Han pasado los años, en 1999 me jubilé de la UNESCO y me radiqué en Lima. No lo volví a ver, pero su enorme presencia y generosidad me han acompañado siempre. Al concluir la redacción de esta nota, a casi tres meses de su fallecimiento, solo puedo decir que me invade un extraño sentimiento de nostalgia y desamparo.

Germán Carnero Roqué
Colaborador
Poeta, Periodista, Promotor Cultural y Ex Funcionario Internacional. Desde 2006 es Director del Museo de Arte del Centro Cultural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

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Uchuraccay y la verdad esquiva*

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Uchuraccay y la verdad esquiva*

Augusto Lostaunau Moscol

 

El 26 de enero de 1983 en Uchuraccay –una especie de comunidad campesina perdida en los mapas del Perú y en el tiempo- se produjo el asesinato de ocho periodistas, el guía y un comunero. Ellos fueron: Eduardo de la Pinella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán (de El Diario de Marka), Willy Retto y José Luis Mendívil (del diario El Observador), Amador García (Revista Oiga), Jorge Sedano (diario La República), Octavio Infante (diario Noticias de la ciudad de Ayacucho), el guía Juan Argumedo y el comunero Severino Huáscar.

La noticia recorrió rápidamente todos los medios de comunicación nacional e internacional. Se comentó mucho sobre la “Matanza de Uchuraccay” en las mesas familiares, en los colegios, universidades, sindicatos, plazas públicas, etc.

Inmediatamente el gobierno del arquitecto Fernando Belaunde Terry conformó una Comisión de Alto Nivel para investigar lo ocurrido. Esta comisión fue integrada por el escritor Mario Vargas Llosa, el Decano del Colegio de Periodistas del Perú, Mario Castro Arenas y el jurista Abraham Guzmán Figueroa.

La Comisión Vargas Llosa –como se le denominó- debería emitir un informe a los treinta días de su instalación pero, él mismo recién se conoció el 4 de marzo de 1983.

El historiador Alberto Flores Galindo señala que:

“Hasta el primer mes de 1983, por Ayacucho deambulaban unos personajes incómodos, provistos de máquinas fotográficas y lapiceros, que bajo el pretexto de informar se ofrecían como eventuales testigos. El ejército comenzó a hostigarlos. El 7 de enero los corresponsales establecidos en Ayacucho protestan por la forma violenta en que se les impide realizar su misión. Días después, el 26 de enero, 8 periodistas y un guía fueron asesinados en Uchuraccay” (Buscando Un Inca).

La pregunta es ¿por qué los fotógrafos y periodistas empezaron a ser personajes incómodos en Ayacucho? La respuesta es que el gobierno del arquitecto Fernando Belaunde Terry el 21 de diciembre de 1982, mediante decreto supremo, entregó el control del orden interno de Ayacucho a las Fuerzas Armadas, siendo el General Roberto Clemente Noel Moral designado como el primer Jefe del Comando Político Militar de la Zona de Emergencia (diciembre de 1982- diciembre de 1983).

De esta forma, el Gobierno civil entregó la solución del problema a los militares. Aunque, el propio presidente Belaunde intentó una rendición senderista el 26 de diciembre. Sendero rechazó cualquier rendición y por el contrario, los primeros días de enero de 1983 asesinaron al alcalde Víctor Raúl Tapahuasco (Acción Popular)  y al cabo de la Guardia Republicana Chávez Ruelas.

Entonces, el 14 de enero de 1983, un destacamento de los Sinchis –destacamento policial- incursionó en la comunidad de Vinchos y asesinaron a tres comuneros (Clímaco Portal, Zenobio Yupanqui y un NN) en sus domicilios. Además, se denunció la violación de una niña de 9 años. Un día después, otra patrulla de Sinchis, incursionó en la comunidad de Antasco (a 93 kilómetros de Andahuaylas) y dieron muerte a ocho comuneros.

Las incursiones y los asesinatos se hicieron “cosa común” en las zonas de emergencia, la autoridad civil había declinado su rol de Estado, entonces, la población tenía en los periodistas el único medio para denunciar cualquier abuso.

Ser periodista o fotógrafo en Ayacucho desde 1983, se convirtió en la profesión más peligrosa del país. Ya anteriormente lo había sido ser profesor.

Jorge Luis Mendivil, periodista del diario El Observador, publicó el artículo Violencia, Suspenso y Recogimiento. La Pasión Según Ayacucho (5 de abril de 1982), donde escribió que:

«Algo que se ha repetido hasta la saciedad; que la actual violencia tiene mucho que ver con el estado de postración económica que hasta nuestros días sufren nuestras provincias. ¿Acaso el ejército podrá liquidar al hambre, ese principalísimo agitador terrorista?”.

Mendivil fue uno de los ocho periodistas asesinados en Uchuraccay, el 26 de enero de 1983, un mes después que el gobierno central designara al General Noel Moral como Jefe del Comando Político Militar de la Zona de Emergencia.

Los analistas de medios de comunicación del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, de seguro que habrán leído los artículos de Mendivil y conocían su posición sobre la intervención del ejército en la solución de la violencia política existente en Ayacucho .

Fue un periodista que buscó tener una visión objetiva de la realidad. Ser objetivo es ser –muchas veces- peligroso. Un peligro inaceptable en ese lugar y en ese momento. Esa peligrosa objetividad lo llevó a cuestionar los comunicados oficiales sobre los hechos. Y, entonces, buscó acercarse a la realidad de las comunidades. Allí fue donde la muerte lo encontró. Cuestionar “la historia oficial” lo acercó a Uchuraccay, donde finalmente encontró la verdad.

El 30 de enero de 1983, el General Roberto Clemente Noel Moral, realizó una conferencia de prensa donde señaló que, los comuneros confundieron a los periodistas con elementos terroristas. Los comuneros por ser gente de poca cultura confundieron los lentes de las cámaras fotográficas con armas de fuego. Además, los periodistas portaban una bandera roja. De esta manera, los periodistas fueron asesinados por una suerte de “hombres buenos pero ignorantes”.

La Comisión Vargas Llosa en su informe llegó a la misma conclusión. Utilizando un lenguaje plagado de conceptos filosóficos y antropológicos concluyeron que los comuneros por su ignorancia, asesinaron a los ocho periodistas, al guía y a su acompañante.

El círculo se cerró. Y, pese a que las fotos tomadas por Willy Retto demuestran que los comuneros dialogaron con los periodistas. El círculo sigue cerrado. La verdad sigue esquiva.

 

*Texto publicado en el 2013 por los 30 años de la Matanza de Uchuraccay.

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Arguedas: el Perú cósmico, esencial

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José María Arguedas

José Luis Ayala

 

¿A qué se debe que José María Arguedas sea el escritor más querido y admirado en el Perú? Es hecho se explica desde tres posibles razones: Al proceso de constante andinización del Perú esencial. A los temas humanos de sus relatos y novelas. La búsqueda constante de una identidad plural y nuevos héroes culturales. Se trata de una dinámica constante, que suscita además la presencia de distintos lectores. A los 110 años del nacimiento de Arguedas, cada día está más joven y escribe mejor. Nació el 18 de enero de 1911, en Andahuaylas (Apurímac).

La vida de Arguedas fue una constante lucha contra la adversidad, odio, discriminación y un destino humano trágico que lo marcó para siempre. Su infancia estuvo señalada por la maldad humana, desde entonces trató de hallar la muerte de cualquier forma: “Una parte de mi espíritu –afirmó– no ha podido crecer, se quedó como cuando yo era niño”. Ese sentimiento trágico y cruel de la existencia, lo torturó constantemente. Pero no pudo superar tanto dolor humano hasta que decidió suicidarse.

Uno de sus libros traducido a muchos idiomas es: “El zorro de arriba y el zorro de abajo”. Desgarrador, trágico, confesional, testimonial, tierno, personal y doloroso. Se trata de un texto escrito conscientemente en las fronteras entre la vida y la muerte. Exactamente en la invisible línea que separa al tiempo en dos ciclos vitales. Arguedas era consciente de lo que escribía, pero al mismo tiempo, estaba convencido que era la única salida a su angustia.

Pocos libros como este tienen tanta carga humana, desgarradora confesión, desencanto, tragedia ilimitada, testimonio y una trama que permite expresar una angustia acumulada desde la infancia. “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, publicada en 1971 suscitó por eso, un gran interés desde los predios de la antropología, sicología y siquiatría. En un principio Arguedas determinó escribir una novela acerca de los pescadores de anchoveta. Pero en 1968 decidió insertar entre los capítulos, diarios personales. El primer diario se publicó en la revista Amaru cuyo contenido suscitó una polémica con el novelista argentino Julio Cortázar

Es imposible no referirse al ensayo que Mario Vargas Llosa le dedicó a Arguedas: “La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo”. México, 1996. Vargas Llosa sostiene que “lo peruano” no existe sino el Perú como nación sometida a leyes modernas que nada tiene que ver con costumbres ancestrales. Sin embargo, no logró que Arguedas fuera desterrado por “indigenista” de la literatura latinoamericana. Aunque después se haya rectificado el Premio Nobel de Literatura, lo que ha quedado son las respuestas de muchos críticos que asumieron la defensa de Arguedas.

Arguedas vivió atormentado por su infancia, una adolescencia traumática y problemas síquicos irresueltos de la juventud y madurez. En un determinado momento, se sintió acorralado por una crítica adversa. El 23 de junio de 1965 en el Instituto de Estudios Peruanos se realizó una polémica en la que participaron José Bravo Bresani, Alberto Escobar, Henry Fabre, José Matos Mar, José Miguel Oviedo, Sebastián Salazar Bondy y Arguedas. La conclusión fue que la novela “Todas las sangres” era una visión equivocada del Perú y “no servía para hacer la revolución”.

Pero Arguedas contestó: “Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua”. Hasta que no pudo más y en la carta de despedida (La Molina, 27 de noviembre de 1969), dirigida al rector de la Universidad Agraria y jóvenes estudiantes pidió: “Me acogerán en la casa nuestra, atenderán mi cuerpo y lo acompañarán hasta el sitio en que deba quedar definitivamente. Este acto considerado atroz yo no lo puedo ni debo hacer en mi casa particular. Mi Casa de todas mis edades es ésta: la universidad. Todo cuanto he hecho mientras tuve energías pertenece al campo ilimitado de la universidad y, sobre todo, al desinterés, la devoción por el Perú y el ser humano que me impulsaron a trabajar”

La última carta rebela los límites de una angustia insoportable. Arguedas no pudo más. Por eso viene a ser un testamento registrado con la vida y con la muerte. Así, con Arguedas se cerró un ciclo y se abrió otro de literatura peruana y latinoamericana. Sin embargo, los nuevos novelistas peruanos no han alcanzado todavía la dimensión de Arguedas.

“Creo haber cumplido mis obligaciones –escribió– con cierto sentido de responsabilidad, ya como empleado, como funcionario, docente y como escritor. Me retiro ahora porque siento, he comprobado, que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida. Con el acrecentamiento de la edad y el prestigio, las responsabilidades, la importancia de estas responsabilidades crece y si el fuego del ánimo no se mantiene y la lucidez empieza, por el contrario, a debilitarse, creo personalmente que no hay otro camino que elegir, honestamente, que el retiro. Y muchos, ojalá todos los colegas y alumnos, justifiquen y comprendan que para algunos el retiro a la casa es peor que la muerte”.

Arguedas vivió al Perú escindido en carne propia, sufrió sus grandezas y miserias con sabiduría, pasión y visión de futuro. La cárcel ni el odio oficial pudieron restarle la fe en la construcción de una sociedad, capaz de distribuir el pan social a las grandes mayorías.

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Lenin. 97 años en la historia

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Vladimir Ilich, Lenin

Gustavo Espinoza M.

 

Hace 97 años, el 21 de enero de 1924, en el Sanatorio Gorki, en las afueras de Moscú, dejó de existir Vladimir Ilich, Lenin. Tenía, en ese entonces, 53 años y era el Jefe del Estado Soviético que había sido capaz de construir a partir de la Revolución Socialista de Octubre conocida en el mundo desde 1917. Amado por millones de hombres y mujeres en todo el planeta, y odiado en todas partes por los enemigos de los pueblos, Lenin perteneció a lo que bien podría denominarse Categoría de los Inmortales. Y es que su nombre y su obra, vivirán por siempre, a través de los siglos.

Nació en 1870 en Simbirsk, una pequeña aldea rusa. Su hermano mayor, Alejandro, fue un activista de “La Voluntad del Pueblo”, pequeña estructura terrorista que atentó contra la vida del zar. Por eso, fue capturado y ejecutado en 1887. Cuando el joven Vladimir conoció la suerte de su hermano, dijo con firmeza. “No seguiremos ese camino. No acabaremos con un Zar. Acabaremos con el Zarismo”. Y así ocurrió en la gesta que se iniciara en la ciudad de Petrogrado el 25 de octubre de 1917 -en el antiguo Calendario Gregoriano- equivalente al 7 de noviembre en nuestro tiempo. El Smolny -un antiguo internad para señoritas- fue el Cuartel General desde donde se dispuso la operación final. Los disparos del Crucero “Aurora”, la toma del Palacio de Invierno, el Congreso de los Soviets y la instalación del Primer Consejo de Comisarios del Pueblo liderado por Lenin; se trasmitió en imágenes sucesivas que asomaron como episodios inscritos en la historia.

El hecho marcó una etapa. El zarismo, como forma de dominación feudal, acabó para siempre; y con él, murieron todas las viejas formas de explotación humana en el inmenso país de los Montes Urales. El Poder Soviético, instalado esa noche, se trasladó a Moscú a la semana siguiente. Y la Plaza Roja quedó convertida en el símbolo de una experiencia inédita.

Nunca nadie habría podido decirle a Lenin cómo actuar. Ni él, podría haberle consultado a nadie que hubiese vivido antes esa experiencia. El Poder Soviético fue la primera vez que un pueblo se dispuso a construir un orden social nuevo, más humano, y más justo.

Fueron años extremadamente duros y difíciles. A la resistencia interna de la antigua clase dominante, se sumó la paz con anexiones que se le impuso en 1918, la agresión de 14 naciones, la guerra civil que desangró el territorio ruso, hasta y 1921, la hostilidad manifiesta del mundo formal de ese entonces. Y en ese marco, los graves problemas del hambre, el atraso social, el abandono de los pueblos, la ignorancia heredada.

La gesta, se inspiró en antiguas batallas: La sublevación de los esclavos, en los años de Espartaco; la guerra de los pueblos originarios contra el dominio imperial romano; los ideales de la Revolución Francesa; la lucha de los “Cartistas”, en la Inglaterra Isabelina; la Conspiración de los Iguales, en la Francia demolida; la Comuna de Paris en 1871. Y, por cierto, los memorables escritos de Marx y Engels, fundadores del Socialismo Científico, el Manifiesto Comunista de 1848 y la esperanza de los pueblos, siempre movilizados. Todas estas fueron lecciones del pasado que vivían en los libros, pero no podían aportar consejos concretos orientados a la construcción del futuro. Eso quedó en manos de Lenin y sus compañeros.

Lenin fue un hombre infatigable. Uno de sus adversarios más constante, el Social Demócrata Dan, dijo de él, que era imbatible porque solo vivía y pensaba en, y para, la Revolución. Perseguido, preso, relegado en la Siberia, acosado en la vida clandestina, desterrado en Europa Occidental; escribió, debatió, promovió y organizó la lucha de su pueblo sin descansar un instante, ni antes ni después de 1917. Lector infatigable, se decía que si el gremio de libreros necesitara un Santo Patrón, debió escoger a Vladimir Ilich Lenin. Adán R. Ulam, uno de sus biógrafos más críticos, alude a la capacidad polémica de Lenin: “El adversario terminaba aturdido y se veía obligado a aceptar el evangelio revolucionario de Lenin, o a rebelarse irracionalmente contra el poder que emanaba de ese hombre”

Trabajando esforzadamente, creó prensa revolucionaria y organización de combate; diseñó la táctica y la estrategia en la lucha por alcanzar sus más elevados ideales; forjó conciencia revolucionaria en millones de personas en todos los países; y abrió un camino de desarrollo que pudo convertir a la vieja Rusia de los Zares, en la Unión Soviética, primera potencia mundial en muy diversos órdenes.

En otras palabras, fue el mayor conductor de la Revolución de entonces. Legó a la humanidad una gloriosa herencia en la lucha por la liberación humana y por la construcción de una sociedad más justa. Mariátegui lo perfiló nítidamente: “la figura de Lenin –nos dijo- está nimbada de leyenda, de mito y de fábula. Se mueve sobre un escenario lejano que como todos los escenarios rusos, es un poco fantástico y un poco aladinesco. Posee las sugestiones y atributos misteriosos de los hombres y las cosas eslavas…”

Hoy Lenin vive en la memoria de millones de hombres y mujeres que, en todo el mundo, luchan por seguir su ejemplo.

Aunque la URSS temporalmente ha desaparecido, no se han extinguido ni los ideales ni los propósitos que la hieran posible

Por eso se dice que Lenin, a 97 años de su muerte, está siempre entre nosotros; es decir, en la historia. (fin)

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