Paredón para los lectores de Vallejo

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    “Juan Carlos al paredón, por comunista y por masón”

    Viví en Madrid en los setentas y escuché a millares de franquistas en la Plaza España en noviembre de 1976, coreando esa condena a muerte contra su rey por el hecho de que dentro del camino hacia la democracia éste había propuesto y logrado la legalización de todos los partidos políticos incluidos el socialista y el comunista.

    Como una muestra de que los intolerantes y los estúpidos caminan de la mano y de que los hay en cualquier tiempo y lugar, la semana pasada escuchamos y leímos en Lima acusaciones de que el presidente Francisco Sagasti estaba llevando el Perú al “comunismo internacional” por el hecho de haber leído en su discurso inaugural unos versos de César Vallejo, el más grande de nuestros poetas, por casualidad comunista.

    En el Perú, luego de la caída de Fujimori, no ha habido transición alguna, ninguna reforma política, ninguna revocación del acta con la cual Fujimori sustituyó nuestra última constitución, la de 1979.

    En esas condiciones, el criminal fujimorismo es completamente legal, tiene un partido político e incluso fue la fuerza determinante para el efímero gobierno de Manuel Merino con el cual se pretendía arrasar con los fiscales y los jueces valientes y detener la lucha contra la corrupción.

    Los adláteres de Merino han intentado desprestigiar las heroicas marchas de los jóvenes, “terruquearlas” y hasta echar lodo sobre la memoria de los jóvenes asesinados.

    Es el mecanismo normal de su actuación en política. Con el fin de hacer olvidar sus crímenes y escándalos, acuden al terruqueo y a la falsa acusación contra el presidente de estar entregándonos al comunismo internacional como ya hicieron desde el Congreso cuando dieron una ley de muerte civil contra quienes, luego de décadas de prisión, intentaban trabajar en sus profesiones para mantenerse. Además de perverso, establecer leyes contra quienes ya han pagado su pena es una aberración jurídica por completo nula.

    Repito lo que antes he dicho: Hay una distancia kilométrica entre Francisco Sagasti y sus antecesores inmediatos desde 2016. Su maestría y doctorado lo colocan a considerable trecho de un semiextranjero vulgar apellidado Kuczynski quien comenzó la tragicomedia, de la señora Mercedes Aráoz, complicada en la masacre de Bagua, del defenestrado Martín Vizcarra y, por fin, de Manuel Merino, el personaje final en cuya hoja de vida figuran una sucinta y dudosa secundaria y algunas antiguas fotos como guardaespaldas.

    O como alguien ha escrito en el Facebook, la diferencia entre Sagasti y los hombres de la cloaca es que él no hiede.

    “No engaña, no seduce. No paga. No compra.” Y no nos va a entregar al “comunismo internacional.”

    Y sobre el poeta:

    César Vallejo fue en realidad un preso político y un candidato a pasar largo tiempo en la cárcel o a morir de súbito castigado por sus ideas socialistas.  Perteneció a “Norte”, un grupo de jóvenes que además de ser geniales, adherían a las utopías del siglo, el socialismo, entre ellas. Uno de ellos tenía que pagar por eso.

    Nuestro poeta fue testigo y denunciante de un acto criminal ocurrido en Santiago de Chuco, su pueblo, (1920) cuando azuzados por los poderosos, los gendarmes acantonados allí se levantaron en armas, intentaron eliminar a las autoridades locales y asesinaron a un intelectual amigo del poeta. Con piedras y con sus propias fuerzas, los vecinos impidieron que aquello se convirtiera en un genocidio.

    La acción judicial fue iniciada contra los gendarmes y sus instigadores. Sin embargo, movida por fuerzas misteriosas, la Corte Superior de Trujillo la convirtió en una investigación judicial contra los denunciantes y las propias víctimas. El juez ad hoc enviado al lugar de los hechos festinó trámites, fabricó pruebas, inventó personas, dibujó firmas de personas ausentes y, bajo tortura, obtuvo la confesión de un supuesto autor material de los crímenes quien decía haber sido armado por Vallejo.

    A pesar de que todo este carnaval. Vallejo nunca fue absuelto. Salió a la calle gracias a lo que código de entonces llamaba “libertad provisional”. Viajó a Francia y, a pesar de que lo deseaba fervientemente, nunca pudo volver a su tierra. Hacerlo habría significado ser recibido en la mazmorra que lo estaba esperando…Por eso, hoy mismo, es odiado tanto…

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