Armando montonero

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Por Eduardo Gonzalez Viaña

 

Tenía yo ocho años de edad cuando me enteré de que en mi casa vivía un aprista. Era un abogado respetable y acaso el más importante de la provincia. Una mañana en que yo regresaba de la escuela, desde la esquina cercana, divisé un sigiloso Ford negro estacionado frente a mi casa. De él bajaron cuatro sujetos e ingresaron empujando la puerta.

Vi cómo sacaban a mi padre, y no entendí nada. Se lo pregunté con la mirada y el hombre generoso que estaba frente a mí me lanzó una mirada tierna y levantó el brazo izquierdo.

-¡Hijo querido! ¡Viva el Apra!- me dijo con amor mientras se lo llevaban.

Desde ese momento de mi vida, he aprendido a respetar y a venerar a los luchadores sociales sea cual fuere la ideología o el partido que abracen. Un luchador social, como los cristianos del martirio, es alguien que elige una vida de renunciamientos por amor a los demás y sin esperar más recompensa individual que el orgullo de soñar y de apostar por la utópica sociedad en que todos seremos iguales y felices.

Mucha gente en el Perú conoció a Armando Villanueva del Campo (1915- 2013) sólo con los ojos del estereotipo. Se le llamaba “el zapatón” y se le caricaturizaba como un búfalo colosal. Lo visité dos meses antes de que muriera. Hoy se está celebrando un aniversario de su nacimiento.

-¿Qué piensas, Armando, sobre el guerrillero Luis de la Puente Uceda?…-le pregunté. –Lucho fue un valiente. Un santo de verdad- me respondió a pesar de que De la Puente fue un hereje dentro del aprismo.

El estrépito de los malls, la frivolidad de la televisión, la depravación de la prensa amarilla domestican, idiotizan y entrenan en el olvido a las nuevas generaciones. Son los medios del capitalismo caníbal para convertir en apolíticos, hedonistas y cobardes a nuestros jóvenes.

Con ejemplos como el de Armando, sabrán que gracias al sacrificio de los luchadores, tenemos la jornada laboral de las ocho horas, la semana de cinco días, las vacaciones, la seguridad en el empleo, la libre afiliación al sindicato, la educación estatal gratuita, y otros caminos hacia la felicidad comunitaria.

El aprismo es una comunidad trágica La mayoría de los fundadores y el propio Haya de la Torre murieron antes de ver un solo día de triunfo. De igual forma, en nuestros días, los apristas de base son acusados por las culpas de un gobierno en el que la mayoría de ellos no participó.

La celebración de este hombre nos hace ver que su partido tuvo en sus filas visionarios, profetas y mártires; en suma, más revolucionarios que políticos. La diferencia entre unos y otros estriba en que los revolucionarios entregan su vida y su libertad por una idea o por una causa. Los políticos entregan la causa para lograr el poder y la fortuna.

En el caso del aprismo, fueron los políticos y los “lobbistas” quienes generalmente ocuparon el poder. Lamentablemente, el gobierno de Alan García no fue fiel a sus orígenes y empujó al Apra hacia un triste final.

Luchadores sociales como Armando padecieron en el Panóptico, El Frontón, el Sexto. Y su último libro, “Arrogante montonero” nos hace recordar que ese tipo infame de carcelerías se repite como es el caso de gente que se formó aprista como Ciro Alegría, quien estuvo condenado a muerte, o de Víctor Polay hundido en un calabozo mientras algunos corruptos gozan prisiones de lujo.

Fue para que pudiéramos ser felices que estos hombres fueron a la cárcel, y sus hijos no los conocieron sino cuando salían. Fue para eso que la camarada Natalia esperó largos años a su enamorado César Lévano y la camarada Violeta Valcárcel cocinaba para todos sus hijos con una sola pastilla de sopas Maggi. Fue para eso que Alicita Orrego, de ocho años de edad, no reconoció a su barbado y disfrazado padre Antenor, perseguido, pero amó sus dulces ojos azules. Fue por todo eso que muchos niños vimos a nuestros padres salir de casa con los brazos levantados. Y es debido a todo eso que nos sentimos orgullosos y queremos continuar siendo arrogantes montoneros.

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