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Especial

Trump y la UE en sus propios laberintos tras el fracaso en la OEA

Publicado

en

Luis Almagro

El gobierno constitucional venezolano aún cuenta con el respaldo de varios países, entre los que destacan México y Uruguay, que se despegaron del Grupo de Lima y el Mercosur, al optar por pedir “nuevas negociaciones” sin reconocer a Guaidó o deslegitimar a Maduro. La propuesta mexicano-uruguaya fue aceptada por Maduro.

Durante los últimos meses, los servicios de inteligencia y seguridad de (la llamada diplomacia secreta) de EE.UU., Israel, Brasil y Argentina, coordinaron las formas de fracturar el gobierno venezolano, a través de un movimiento concertado con el Grupo de Lima, para forzar una transición que estaba paralizada por la ausencia de un líder opositor que pudiera enfrentar al gobierno y erosionar su frente militar.

El plan fue encomendado por Trump a Mauricio Clavier (de origen cubano), miembro del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca. Guaidó era el engranaje que faltaba: hijo de militares, con un discurso articulado, estudios en Washington y perteneciente a un partido (Voluntad Popular) que en 2014 y 2017 demostró tener capacidad para imponer terror callejero y conducir una ofensiva contra Maduro.

Pero el plan estadounidense no se completó, por ahora. Macri reconoció a Guaidó como presidente interino, pero no rompió relaciones con Venezuela, aconsejado por la cancillería, y por ende sigue reconociendo a Maduro. La estrategia consiste en mantener el statu quo (dos presidentes) y lograr hacia adelante que el frente militar se rompa y que acepte respaldar una transición encabezada por Guaidó y avalada por Trump, Bolsonaro y Macri.

Jair Bolsonaro y Donald Trump

La estrategia consiste en mantener el statu quo (dos presidentes), un quiebre militar y que acepte una transición avalada por Trump, Bolsonaro y Macri.

LA GRIETA REGIONAL

Hace dos semanas, una resolución del Consejo Permanente que desconoció a Maduro como presidente legítimo había sido aprobada por 19 países de los 34 estados miembros. Ahora, los gobiernos de Guyana, Santa Lucía y Jamaica optaron por mantenerse al margen de la declaración que presentó la embajadora argentina, Paula Bertol.

Otros países reiteraron su apoyo al gobierno de Maduro (El Salvador; San Vicente y Las Granadinas o Suriname, entre otros), u optaron por ensayar un nuevo llamado al diálogo (Antigua y Barbuda) o solo por respaldar “firmemente” los esfuerzos para resolver la crisis (Guyana).

El secretario de estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, fue a la sesión y pidió a todos los estados miembros que respalden a Guaidó. “El tiempo para debatir se terminó”, dijo. Pompeo, además, anunció que Washington está listo para liberar más de 20 millones de dólares en ayuda humanitaria para los venezolanos, vía Guaidó.

La enviada del gobierno venezolano, Asbina Ixchel Marín Sevilla, y los representantes de varios países denunciaron un golpe de estado orquestado por Estados Unidos y sus aliados regionales. A Gustavo Tarre, el representante especial ante la OEA designado por Guaidó y con apoyo de Luis Almagro, se le recomendó no acudir a la sesión y aguardar para hacerlo hasta que la organización avanzara con su designación.

Durante la reunión extraordinaria del Consejo Permanente de la (OEA), el embajador de México, Jorge Lomónac, solicitó a la secretaría general de la Organización un informe que aclare el estatus jurídico de Juan Guaidó y aclaró que en el caso del gobierno de México, el no pronunciarse sobre el reconocimiento de los gobiernos de otros estados, es una práctica basada en la experiencia histórica del país y sus principios de política exterior.

“Consideramos que hacer lo contrario, afecta la soberanía de los estados y propicia un clima de por sí tenso, adverso, a los esfuerzos para resolver la grave situación en Venezuela”, advirtió, tras expresar que el estado mexicano reconoce el legítimo derecho del pueblo venezolano a elegir su sistema político, económico y social sin injerencias ni presiones de ningún tipo.

Mike Pompeo, señaló que EE.UU. reconoció con orgullo a Juan Guaidó como presidente interino y sermoneó que “es hora de que la OEA haga lo mismo: todos los estados firmantes de la Carta Democrática Interamericana deben reconocer al presidente interino de Venezuela”. Argumentó que el gobierno de Venezuela es incompetente, no tiene capacidad para mejorar la situación económica y está en “bancarrota moral”. Aseguró que todas las declaraciones y acciones de Maduro son inválidas.

Pompeo pidió a sus colegas diplomáticos que se realice otra reunión de cancilleres para continuar con la discusión sobre la situación política de Venezuela.

Jorge Lomónac

El embajador de México, Jorge Lomónac en la OEA, dijo que reconocen el legítimo derecho del pueblo venezolano a elegir su sistema político, económico y social sin injerencias ni presiones de ningún tipo.

INVISIBILIZANDO SU CAOS INTERNO

La autoproclamación del opositor Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela le sirvió a Donald Trump como cortina de humo para invisibilizar el cierre de la administración -que ya cumplió un mes- y dejó sin salarios a más de 800 mil funcionarios (Trump chantajea al Congreso para que le otorgue el financiamiento para su muro con México), y también como excusa para apropiarse del petróleo venezolano

Pero en lo interno, las aguas políticas no están calmadas. El senador demócrata Bernie Sanders se diferenció del presidente Trump al reclamarle que “no apoye golpes” o “cambios de régimen” en Latinoamérica. “Debemos aprender de las lecciones del pasado y no participar de cambios de régimen o apoyar golpes, como hemos hecho en Chile, Guatemala, Brasil y República Dominicana”, dijo Sanders, quien fue precandidato presidencial en 2016.

Mientras, un grupo de 70 intelectuales, historiadores y expertos en política latinoamericana reclamaron en duros términos al gobierno no interferir en la política interna venezolana y apoyar un diálogo entre las partes.

“Al reconocer al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, como el nuevo presidente de Venezuela, algo ilegal bajo la Carta de la OEA, el gobierno de Trump ha acelerado la crisis política de Venezuela con la esperanza de dividir a los militares venezolanos y polarizar aún más a la población, obligándolos a elegir bandos”, denunciaron los intelectuales, encabezados por Noam Chomsky y el relator independiente de la ONU Alfred de Zayas.

Estados Unidos siempre vio como algo natural su destino manifiesto de extendernos por todo el continente “que nos ha sido asignado por la providencia”. Y así en 1845 se apropió de más de la mitad del territorio mexicano. La continuación de esa política injerencista en América Latina se propala hoy a través de los medios y las redes sociales.

Uno de los arietes en la construcción de subjetividad para justificar la intervención estadounidense en Venezuela es Marco Rubio, senador republicano por Florida (guionista y financista de la oposición radical venezolana), quien con otros dirigentes de su estado se reunió el 22 de enero con Trump, el vicepresidente Mike Pence y el asesor de seguridad John Bolton para trazar la estrategia en la OEA, tras el reconocimiento a Guaidó.

La estrategia llevaba en declarar a Venezuela como un estado terrorista, de forma de aumentar la presión internacional, y a ofrecer “ayuda humanitaria”, lo que debía comprometer a los gobiernos latinoamericanos y caribeños: “el presidente Juan Guaidó ahora ha solicitado formalmente la asistencia de EE.UU. para trabajar con nuestros socios y proveer al pueblo de Venezuela la inmediata ayuda humanitaria”, tuiteó.

MIENTRAS, EUROPA TEME POR SU UNIÓN

Los 28 miembros de la Unión Europea no han seguido los pasos de Trump y de los gobiernos cómplices de América Latina y la sensatez y el perfil negociador han prevalecido hasta ahora con muchas dificultades. La UE está al borde de la explosión debido a los desacuerdos arraigados en torno a Venezuela –y hoy se sienten condicionados por la estrategia de Washington- pero aún no adoptó medidas drásticas contra el gobierno del presidente venezolano Nicolás Maduro.

En bloque, la UE mantuvo su respaldo a la Asamblea Nacional presidida por el autoproclamado Guaidó sin llegar no obstante a reconocerlo como el nuevo jefe del estado, sino que lo promovió como el encargado de liderar el proceso de transición, pero no lo legitima para ocupar el sillón presidencial.

“Se trata de uno esos típicos y cínicos ejercicios de equilibrismo de opereta tan corriente en el seno de la UE. No es sí, pero tampoco no. No reconoce a Juan Guaidó como jefe del estado al tiempo que tampoco le resta legitimidad y ofrece un respaldo completo a la Asamblea, señala Eduardo Febbro. Lo cierto es que están más preocupados con el brexit británico, los chalecos amarillos franceses, y las elecciones del parlamento europeo.

“El pueblo de Venezuela pidió masivamente democracia y la posibilidad de determinar libremente su propio destino. Estas voces no pueden ser ignoradas”, dice el comunicado de la UE donde luego exige “un proceso político inmediato que conduzca a elecciones libres y verosímiles”. Según la Unión Europea, los poderes de la Asamblea “deben ser restaurados y respetados”.

La “crisis” de Venezuela desnudó miserias de gobernantes y, sobre todo, de medios de comunicación masiva cartelizados y operadores industriales de las redes sociales (que viralizaron, por ejemplo, fotos de grandes marchas que no se produjeron). Muchos gallitos cerraron sus picos. Resurgió la no injerencia de la mano de México y Uruguay. La realidad virtual cuesta imponerla, en un contexto latinoamericano-caribeño donde pareciera que ya no se escucha solo la voz del amo.

 

ÁLVARO VERZI RANGEL | VICTORIA KORN
Analistas venezolanos asociados al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)

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Actualidad

Mozart ha muerto. Salieri no se alegra

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JAIME BAYLY - ALan García Pérez

Conocí a Alan García en 1984. Era diputado y candidato presidencial. Tenía apenas 35 años. Yo tenía un programa de televisión. Se llamaba “Conexiones”. Pertenecía a una generación posterior a la de Alan: contaba 19 años.

Lo entrevisté en una convención de empresarios. Quedé impresionado por su inteligencia, su elocuencia y su simpatía. Era un mago con las palabras, un hipnotizador. Había nacido para seducir. No había quien se resistiera a sus encantos. Parecía imbatible. Lo era.

Poco después volví a entrevistarlo en su casa. Vivía en una torre moderna en la avenida Pardo de Miraflores. Conocí a su esposa Pilar. Argentina, cordobesa, hija de un gobernador de Córdoba, me pareció una señora tan bella como distinguida. Poseía una elegancia natural. Luego de la entrevista, Alan me mostró algunos libros de su vasta biblioteca.

Citó de memoria varios poemas de Neruda. Recitó el poema de Neruda, “Alturas de Machu Picchu”. Quedé arrobado con su vasta cultura, infrecuente en un político de mi país. Sentí genuina simpatía y admiración por él. Pensé que hasta podía votar por él. Estaba equivocado. El destino se ocupó de torcer esos planes, sabotear esa incipiente amistad.

Un líder histórico de su partido, Andrés Townsend, hombre de honor, que había fracasado en su intento de ser candidato presidencial en las elecciones de 1980, me llamó a su casa, diciendo que debía transmitirme un mensaje urgente. Acudí, presuroso. Townsend me llevó a su biblioteca y dijo:

–Alan está loco. Sufre de trastornos mentales. Tenemos que impedir que llegue al poder. Sería una catástrofe para el Perú.

Luego me contó que Alan había sido internado varias veces en la clínica San Felipe de Lima, donde lo habían sometido a la cura del sueño, durmiéndolo con sedantes para que saliera de profundas crisis depresivas, o para que se calmase de virulentos estallidos maníacos, o para salvarlo de hacerse daño. Le prometí a Townsend que usaría esa información tan pronto como pudiese.

–Tienes que preguntarle si le han hecho la cura del sueño –me dijo-. El Perú tiene que saber que es un loco peligroso.

Quedé muy perturbado luego de aquella conversación. Los dueños del canal, tres hermanos encantadores, veían con simpatía a Alan, y uno de ellos era su íntimo amigo y confidente. Yo sabía que, si le hacía esa pregunta a Alan, estaría en problemas. Sin embargo, sentía que mi misión era informar a los peruanos de aquella zona oscura del candidato favorito para ganar la presidencia.

Una semana antes de la primera vuelta electoral, uno de los dueños del canal me dijo que Alan daría su última entrevista de campaña en un programa llamado “Pulso”, que se emitía los lunes por la noche. En ese programa había un moderador y un panel con cuatro periodistas que hacían las preguntas. El dueño me pidió que estuviera en el panel y preguntó:

-¿Lo vas a tratar con cariño, no?

-Sí, claro, le dije.

Pero estaba mintiendo. Porque horas antes de que el programa se emitiera en vivo, decidí que haría la pregunta kamikaze, aun a riesgo de que me despidieran. No solo pretendía que Alan se viese obligado a confesar que sufría de trastornos mentales y le habían hecho la cura del sueño, sino, vaya si era ingenuo, quería evitar que llegase al poder. Me creía tan poderoso que pensaba: si le hago la pregunta y lo humillo y queda en ridículo, perderá las elecciones y yo quedaré como un héroe. Me enternece recordar la estupidez de mi candor.

Cuando el moderador me concedió el turno de mi primera pregunta, hice acopio de valor y pregunté:

-¿Alguna vez ha estado internado en una clínica de salud mental? ¿Le han hecho la cura del sueño?

–Su pregunta es un golpe bajo que no voy a responder -dijo Alan.

Tan pronto como terminó el programa, mis compañeros del panel me dijeron que me había metido en unos líos serios. Tenían razón. Días después, cuando Alan ya había ganado, uno de los dueños del canal me llamó a su despacho y me dijo que, si quería continuar trabajando en esa televisora, solo podía hablar de política internacional, ya no de política peruana y, sobre todo, no de Alan García, quien, como era previsible, arrasó en la primera vuelta de un modo tan abrumador, empequeñeciendo a sus adversarios, que no hubo ya necesidad de ir a una segunda votación.

Alan llegó al poder, juró como presidente, redimió a su partido de los fracasos históricos. El país entero estaba rendido a sus encantos, hincado de rodillas ante él. Yo no podía aceptar la censura que me imponía el canal. Renuncié. Me quedé sin trabajo. Ningún canal quería contratarme, sus dueños temían que esa insolencia les costase caro. Alan me había derrotado.

Semanas después, tuve la extraña fortuna de que me contratasen para presentar un programa de política internacional que se grababa en Santo Domingo. Se llamaba “Planeta 3” (porque el tercer planeta del sistema solar es la Tierra, qué nombre jalado de los pelos). Era un programa de política internacional.

Yo era el moderador y tenía tres invitados en un panel, a quienes sometía a mis preguntas. Viajaba todos los meses a Santo Domingo para grabar el programa. Los cinco años que duró el primer gobierno de Alan, estuve fuera de la televisión peruana. Vivía entre Lima, Santo Domingo y Miami, siempre en hoteles.

Cuando Alan todavía gozaba de una prolongada luna de miel con los peruanos, allá por 1986, uno de los dueños del canal intentó que nos reconciliásemos. Me pidió que viajase a Nueva York y me presentase en el hotel Waldorf Astoria, donde estaría alojado Alan, quien hablaría en Naciones Unidas, y le pidiese una entrevista y presentase mis disculpas por la pregunta sobre su salud mental.

-Alan te va a perdonar -me dijo el dueño-. Y te va a dar una entrevista. Pero tienes que comenzar disculpándote.

Viajé a Nueva York. Me presenté en el Waldorf Astoria. Mi plan era pedirle la entrevista: si me la concedía, no me disculparía y le haría de nuevo la pregunta que no había querido responder. Me anuncié en la recepción. Me dejaron esperando un par de horas. Cuando finalmente entró Alan caminando con paso imperial, mirando desde el olimpo de sus dos metros de altura, quise acercarme a él, pero dio instrucciones a sus custodios de que lo impidiesen.

Me miró con desdén. Luego entró en el ascensor, me dirigió una última mirada envanecida y las puertas se cerraron. No hubo disculpas, reconciliación, entrevista. Alan tuvo la astucia de sospechar que, si me daba la entrevista, yo no me replegaría, seguiría incordiándolo. Por eso no quiso dignificarme y me hizo sentir un bicho, un insecto. Esa noche, en un bar, una reportera de televisión muy guapa, consentida de Alan, me hizo una confidencia:

–Alan me ha dicho que él es Mozart y tú eres su Salieri.

Me dolió. Me sentí humillado. Pero era verdad: Alan era Mozart, un genio absoluto de la política, la seducción, la hipnosis colectiva, un hechicero, un mago. Yo era su Salieri envidioso, rencoroso: nunca podría ser tan brillante y encantador como él, estaba demasiado lastrado por mis vicios, defectos e imperfecciones como para alcanzar las cumbres del poder, la gloria inmortal.

Yo hubiera querido ser como él, un político de formidable talento, pero ya entonces sabía que, además de las mujeres, me gustaban también los hombres, algo que me esforzaba tontamente por encubrir, y por eso comprendía que nunca llegaría a ser un presidente amado, adorado, como Alan. Recuerdo que aquella noche, en el bar de Nueva York, le dije a la reportera:

-Yo no aspiro a la gloria de la política. Yo quiero ser un escritor. Estoy escribiendo un libro. Yo no soy su Salieri, porque aspiro a la gloria del escritor.

Pero estaba engañado: en verdad, Alan era Mozart y yo era su Salieri. Una vez más, me había derrotado. Su inteligencia y su astucia me sobrepasaban largamente.

El tiempo puso las cosas en su lugar. Su paso por el poder, a tan precoz edad, puso en evidencia que no era una persona del todo estable. Yo tampoco lo era. No sabía entonces que era bipolar, quizás como el propio Alan. Es decir que la nuestra fue una pelea épica de dos locos que no sabíamos que estábamos locos.

Años después, en 2001, cuando Alan había regresado de París y era nuevamente candidato presidencial, y había pasado a la segunda vuelta contra todo pronóstico, enfrentando al cachafaz de Alejandro Toledo, fui a visitarlo a la casa de su partido. Me recibió en privado. Nos dimos un apretón de manos, nos confundimos en un abrazo, nos perdonamos, olvidamos los agravios del pasado, enterramos los rencores. Alan se sentía un ganador, una criatura mitológica: había salvado la vida, pues Fujimori ordenó matarlo, y escapado con astucia de la sañuda persecución de esa dictadura, y ahora estaba de regreso, cerca de volver al poder, acallando a sus enemigos y envidiosos de toda la vida.

Yo también me sentía un ganador, en cierto modo: había conseguido ser un escritor, publicado varios libros en España, y la crítica en ese país había sido benévola con mis novelas, y ahora hacía un programa de éxito en Lima, “El Francotirador”. En un gesto de gratitud y caballerosidad, correspondiendo a la visita que le hice, Alan me concedió una entrevista de una hora en televisión. Vino al estudio con Pilar, su mujer. Me atreví a hacerle de nuevo la pregunta de 1985. Negó que tuviese problemas mentales. Le recordé que me había censurado.

Lo negó. Le pedí que pidiera disculpas por su primer gobierno paupérrimo. Lo hizo. Cuestioné su vida desahogada en París. Se defendió con sagacidad. Al final de la entrevista, no éramos amigos, pero tampoco seguíamos siendo enemigos. Improbablemente, nos habíamos reconciliado. Alan ya no era tan soberbio como en su juventud. La larga travesía por el desierto había rebajado el tamaño colosal de su ego.

Cinco años después, cuando pasó a la segunda vuelta con el chavista de Ollanta Humala, apoyé públicamente a Alan y voté por él. Luego, ya siendo presidente, me burlé sin compasión de él todos los domingos desde “El Francotirador”. Alan no llamó al dueño del canal a quejarse, a pedir que me sacasen del aire. Había aprendido la lección. Había forjado una tolerancia a la crítica, aprendido a ser un estadista que entendía el papel irritante de la prensa, que debía ser hostil a quien ocupaba el poder.

Mis críticas feroces, bromas desalmadas y dardos envenenados no le hicieron demasiada mella, no socavaron nuestra amistad o, cuando menos, no erosionaron nuestra alianza de mínima cordialidad. No me guardó rencor. No me sumó a la lista negra de sus enemigos. Entendía que su oficio era administrar el poder y el mío, criticarlo, burlarme de él.

Sé que no me guardó rencor porque, al final de su segundo mandato, cuando mi nombre apareció entre los candidatos presidenciales más favorecidos en las encuestas, le pedí una cita secreta y me recibió en la casa de gobierno a medianoche. Le conté, ya casi como amigos, deslizándonos al terreno de las confidencias, mis problemas de salud mental, de bipolaridad e insomnio, y hasta enumeré las pastillas que tomaba.

Le dije que no sabía si debía inscribirme como candidato. Me animó resueltamente. Me dijo que tenía la oportunidad de pasar a la historia. Habló de la gloria insuperable de servir a los más pobres. Dijo que podía ganar, si defendía una agenda liberal y me convertía en el candidato de los jóvenes. Fue sumamente generoso conmigo. Me aconsejó en tono paternal, sentí que me tenía genuino afecto. Dijo que, si me lanzaba como candidato, él me apoyaría.

Pero yo no sabía si lanzarme o no. Temía que, si me lanzaba, dejaría de ser un escritor. Temía que, si entraba en política, nunca más conseguiría salir de esa ciénaga en la que acababan hundiéndose culpables e inocentes, héroes y villanos. Temía que la descomedida pretensión de la gloria me condujese al precipicio, al despeñadero.

En medio de aquellas tribulaciones, invité a Alan a cenar en mi casa de San Isidro. Vino con su novia, una mujer encantadora. Volvió a animarme para ser candidato presencial. Me recordó que debía defender una agenda moderna, libertaria, que capturase la imaginación de los jóvenes. Le dije que no tenía dinero para financiar la campaña. Se río.

En tono paternal, me dijo que, si inscribía mi candidatura y despuntaba en las encuestas, la plata llegaría sola, pues los empresarios más poderosos solían precipitarse a financiar las campañas de los candidatos con posibilidades de ganar. Tenía razón. En efecto, la plata llegaba sola. Poco después, el representante de Odebrecht se ofreció, en una cena en el club Nacional, a financiarme la campaña presidencial. Para comenzar, podía darme un millón de dólares.

-Tú entiendes que no es una donación, sino un préstamo -me advirtió.

Era evidente que, si yo ganaba, lo que parecía harto improbable, dado mi historial de escándalos, mi conducta disoluta y mis trastornos bipolares, tendría que pagarle la deuda, concediéndole obras públicas millonarias.

Por suerte, tomé la decisión de no inscribir mi candidatura presidencial. Recordé lo que le había dicho a la reportera en Nueva York: yo no quiero ser un político, quiero ser un escritor.

Aquella fue la última vez que vi a Alan: en mi casa de San Isidro, en Lima, en 2010. Luego nos distanciamos: conté en una columna que me había espoleado a ser candidato, diciéndome que la plata llegaría sola. No debí hacerlo. Fue una infidencia. Era una cena íntima y lo que allí se habló debió preservarse en secreto. Pero no soy bueno para guardar secretos: mi familia lo sabe bien.

Esa noche, en mi casa, Alan me dijo que creía en la vida eterna, que a menudo se le aparecía el espíritu de Haya de la Torre, el fundador de su partido, que estaba seguro de que se reuniría con Haya y con su padre, Carlos, en la vida eterna. Espero que ahora se encuentre en tan buena compañía.

Alan: fue un honor ser tu enemigo y brevemente tu amigo. Te extrañaré. Que Dios se apiade de tu alma y te conceda el descanso eterno que mereces.

Mozart ha muerto. Salieri no se alegra.

 

JAIME BAYLY
INFOBAE

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El poder de la fuerza y de la ley según Benito Laso

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Benito Laso

El 20 de mayo de 1780 nació en Arequipa José Benedicto Laso de la Vega y Quijano, quien posteriormente firmó solo como Benito Laso. Es reconocido como uno de los fundadores del pensamiento liberal en el Perú del siglo XIX. Abogado (1807) ocupó varios cargos en el gobierno colonial hasta que se unió a la causa patriota de los criollos y mestizos de las provincias del sur del Perú.

Lo cual, posteriormente, determinó que forme parte del Poder Judicial, del Poder Legislativo (Diputado) y del Poder Ejecutivo (Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores -1838-; y de Instrucción y Negocios Eclesiásticos del Perú 1842 a 1843 ).

Colaboró con los medios escritos de Lima y Arequipa. En El Constituyente, entre los meses de mayo y julio de 1858, publicó su columna El Poder de la Fuerza y El Poder de La Ley, la cual –en conjunto- es un ensayo liberal sobre las relaciones de poder en el Perú de su época.

En sus textos, Laso sostiene que:

“La historia del hombre no es otra cosa que la pintura de la esclavitud de los más, y de la ambición de unos cuantos, y del estado perpetuo de guerra en que se ven los pueblos entre oprimidos y opresores. Largo, inmenso, sería el trabajo de recorrer la vida de las naciones de la tierra, y de su estudio no sacaríamos más que esta desconsolante sentencia: El mundo siempre ha sido víctima de la fuerza y del error”.

Lo que Laso quiere denunciar es la existencia de un discurso político e ideológico que ha instrumentalizado las ideas de libertad para, precisamente, imponer lo contrario.

En ese sentido, la religión jugó un rol muy importante en el mundo occidental, cuando fue tomada por los elementos del alto clero para elaborar un discurso que naturalizó las formas de explotación como parte de un “sufrimiento” que se debería aceptar para lograr un eterno bienestar más allá de este mundo.

Laso utiliza la idea que las religiones han aterrado la imaginación del ser humano para someterlo a las peores formas de dominación y explotación. Estos elementos sociales son los “conservadores”.

Sobre ellos, Laso escribió:

“Conservadores son los que no reconocen en las sociedades sino el principio de autoridad, es decir, que los pueblos no tienen derecho para pensar ni menos para arreglar y fijar la verdad de sus respectivos gobiernos. Son los que limitan el pensamiento a solo los mandones, no dejando ni permitiendo a los individuos asociados discurrir, reflexionar, y mucho menos censurar los actos y disposiciones de los que bien o mal se han colocado en el trono del gobierno. Los que tienen por máxima absoluta que los mandatarios son la cabeza del cuerpo político, a quienes únicamente pertenece discurrir, y el resto los miembros pasivos a quienes les incumbe sólo obedecer”.

Se puede percibir que Benito Laso es un liberal radical que se opone a toda idea o acto político que limite la capacidad de libertad política que debe tener la sociedad para elegir sus destinos.

Considera que los “conservadores” son los mayores enemigos que tiene una sociedad que busca autodeterminarse, ya que son los “conservadores” los que prefieren un gobierno absolutista donde la razón siempre la tengan quienes gobiernan o controlan el gobierno, reprimiendo los deseos de las grandes mayorías.

Por ello, Laso es mucho más firme cuando indica que:

“El empleo de la fuerza armada, la ignorancia general en el pueblo, y la desmoralización en la gente de proporciones; he aquí los tres medios que son la base firme sobre la que se levanta el gobierno despótico; y esto es lo que se hallan poniendo en planta los tiranos de nuestra época. La fuerza sirve para infundir temor; la ignorancia del pueblo para que desconozca los derechos que le dio la naturaleza, y que debe proteger la sociedad; y la inmoralidad para que aun los hombres que saben algo o mucho de sus derechos, los abandonen al imperio de la fuerza, y solo se contraigan a la satisfacción de sus pasiones según el espíritu que reina en el siglo que viven”.

Resulta interesante reconocer que Laso denunció la existencia de tres elementos que utilizan quienes tratan de imponer un orden económico, político y social que las grandes mayorías sociales no comparten. Estos elementos son: la violencia, la ignorancia y la corrupción. La violencia para reprimir; la ignorancia para controlar y la corrupción para generar aliados en el poder.

Las palabras de Benito Laso son vigentes en el Perú, país donde las noticias políticas siempre están relacionadas a represión de las manifestaciones populares; la farandulización de los Poderes del Estado y la existencia de corrupción en niveles insospechados.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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Especial

¿Por qué la lucha por la transparencia se dirige a determinados objetivos políticos y no a otros?

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Julian Assange

El problema de la transparencia, como el de la lucha contra la corrupción, es la opacidad de su selectividad. Quienes quizás vivan más directamente este problema son los periodistas de todo el mundo que todavía insisten en hacer periodismo de investigación.

Todos temblaron el pasado 11 de abril, cualquiera que haya sido la línea editorial de sus periódicos, ante la detención de Julian Assange, sacado a la fuerza de la embajada de Ecuador en Londres para ser entregado a las autoridades estadounidenses que contra él habían emitido una solicitud de extradición.

Las acusaciones que hasta ahora se han vertido contra Assange se refieren a acciones que solo pretendían garantizar el anonimato de la denunciante de irregularidades Chelsea Manning, es decir, garantizar el anonimato de la fuente de información, una garantía sin la cual el periodismo de investigación no es posible.

Si los periodistas son quienes viven más directamente la selectividad de la transparencia, quienes más sufren las consecuencias de ello son la calidad de la democracia y la credibilidad del deber de rendición de cuentas a la que los gobiernos democráticos están obligados.

¿Por qué la lucha por la transparencia se dirige a determinados objetivos políticos y no a otros? ¿Por qué las revelaciones en algunos casos son celebradas y tienen consecuencias mientras que, en otros, se impiden y, si llegan a ver la luz, se ignoran?

De ahí la necesidad de conocer mejor los criterios que presiden la selectividad. Por supuesto, el otro lado de la selectividad de la transparencia es la selectividad de la lucha contra la transparencia.

Tal vez no sabríamos de las perturbaciones reveladas por WikiLeaks en 2010 (videos militares sobre el asesinato en Irak de civiles desarmados, dos de los cuales trabajaban para Reuters), si no hubiesen sido divulgadas ampliamente por los medios de comunicación de referencia de todo el mundo. ¿Por qué toda la saña persecutoria se desató contra el fundador de WikiLeaks y no sobre esos medios, algunos de los cuales ganaron mucho dinero que nunca retornó adecuadamente para Assange?

¿Por qué entonces los editoriales del New York Times vitoreaban a Assange como el campeón de la libertad de expresión y celebraron las revelaciones como el triunfo de la democracia, mientras que el editorial de la semana pasada considera su prisión como el triunfo de la rule of law? ¿Por qué el Gobierno de Ecuador protegió “los derechos humanos de Assange durante seis años y 10 meses”, en palabras del presidente Lenín Moreno, y lo entregó repentina e informalmente, violando el derecho internacional de asilo?

¿Será porque, según The New York Times, el nuevo préstamo del FMI a Ecuador por valor de unos 4000 millones de dólares habría sido aprobado por EE.UU. a condición de que Ecuador entregara a Julian Assange? ¿Será porque WikiLeaks reveló recientemente que Moreno podría ser acusado de corrupción por dos supuestas cuentas offshore, de titularidad de su hermano, una en Belice y otra en Panamá, donde supuestamente se depositaron comisiones ilegales?

En cuanto a la selectividad de la lucha por la transparencia, hay que distinguir entre los que luchan desde fuera del sistema político y los que luchan desde dentro. En cuanto a los primeros, su lucha tiene, en general, un efecto democratizador porque denuncia el modo despótico, ilegal e impune en que el poder formalmente democrático y legal se ejerce en la práctica para neutralizar resistencias a su ejercicio.

En el caso de WikiLeaks habrá que reconocer que ha publicado informaciones que afectan a gobiernos y actores políticos de diferentes colores políticos, y este es quizás su mayor pecado en un mundo de rivalidades geopolíticas.

La suerte de WikiLeaks cambió cuando en 2016 reveló las prácticas ilegales que manipularon las elecciones primarias en el Partido Demócrata de EE.UU. para que Hillary Clinton, y no Bernie Sanders, fuera la candidata presidencial; y más aún después de haber mostrado que Hilary Clinton fue la principal responsable de la invasión de Libia, una atrocidad por la que el pueblo libio sigue sangrando.

Se puede objetar que WikiLeaks se ha restringido, en general, a los gobiernos más o menos democráticos de dicho mundo eurocéntrico o nortecéntrico. Es posible, pero también es verdad que las revelaciones que se han hecho más allá de ese mundo cosechan muy poca atención de los medios dominantes.

La selectividad de la lucha por parte de los que dominan el sistema político es la que más daño puede causar a la democracia, pues quien protagoniza la lucha, si tuviese éxito, puede aumentar su poder por vías no democráticas.

El sistema jurídico-judiciario es hoy el instrumento privilegiado de esa lucha. Asistimos en los últimos días a intentos desesperados por justificar la anulación del asilo de Assange y su consecuente prisión a la luz del derecho internacional y del derecho interno de los varios países involucrados.

Empero, nadie ignora el hecho de que se trató de un barniz legal para cubrir una conveniencia política ilegal, si acaso no directamente una exigencia por parte de Estados Unidos.

Luiz Inazio Lula Da Silva

Pero sin duda el estudio de caso del abuso del derecho para encubrir intereses políticos internos e imperiales es la prisión del expresidente Lula da Silva. El ejecutor de tal abuso es el juez Sergio Moro, acusador, juez en causa propia, ministro de Justicia del Gobierno que conquistó el poder gracias a la prisión del líder del PT.

Lula fue procesado mediante sórdidos dislates procesales y la violación de la jerarquía judicial, se lo condenó por un crimen que nunca fue probado, y es mantenido en prisión a pesar de que el proceso no ha sido transitado en juzgado.

De aquí a cincuenta años, si todavía hubiera democracia, este caso será estudiado como ejemplo del modo en que la democracia puede ser destruida por el ejercicio abusivo del sistema judicial. Es también el caso que mejor ilustra la falta de transparencia en la selectividad de la lucha por la transparencia.

No es preciso insistir en que la práctica de promiscuidad entre el poder económico y el poder político viene de lejos en Brasil y que cubre todo el espectro político. Ni tampoco que el expresidente Michel Temer pudo terminar el mandato para el cual no fue electo a pesar de los desórdenes financieros en los que habría estado involucrado.

Lo importante es saber que la prisión de Lula da Silva fue fundamental para elegir un Gobierno que entregase los recursos naturales a las empresas multinacionales, privatizase el sistema de pensiones, redujese al máximo las políticas sociales y acabase con la tradicional autonomía de la política internacional de Brasil, rindiéndose a un alineamiento incondicional con Estados Unidos en tiempos de rivalidad geopolítica con China.

Objetivamente, quien más se beneficia con estas medidas es Estados Unidos. No sorprende por ello que intereses norteamericanos hayan estado tan implicados en las últimas elecciones generales. Es sabido también que las informaciones que sirvieron de base para la investigación de la Operación Lava Jato resultaran de una íntima colaboración con el Departamento de Justicia estadounidense.

Pero quizás sea sorprendente la rapidez con la que, en este caso, el hechizo puede volverse en contra del hechicero. WikiLeaks reveló que Sergio Moro fue uno de los magistrados entrenados en Estados Unidos para la llamada “lucha contra el terrorismo”. Se trató de un entrenamiento orientado al uso robusto y manipulativo de las instituciones jurídicas y judiciarias existentes, así como para el recurso a innovaciones procesales, como la delación premiada, con el objetivo de obtener condenas rápidas y drásticas.

Fue esa formación que enseñó a los juristas a tratar algunos ciudadanos como enemigos y no como adversarios, esto es, como seres privados de los derechos y de las garantías constitucionales y procesales y de los derechos humanos supuestamente universales.

El concepto de enemigo interno, originalmente desarrollado por la jurisprudencia nazi, buscó precisamente crear una licencia para condenar con una lógica de estado de excepción, a pesar de ser ejercida en una supuesta normalidad democrática y constitucional.

Moro fue así escogido para ser el malabarista jurídico-político al servicio de causas que no pueden ser avaladas democráticamente. Lo que une a Assange, Lula y Moro es ser peones del mismo sistema de poder imperial: Assange y Lula como víctimas, Moro en tanto verdugo útil y por eso descartable cuando haya cumplido su misión o cuando, por cualquier motivo, se transforme en un obstáculo para que la misión sea cumplida.

 

BOAVENTURA DE SOUSA SANTOS
Página|12 – Traducción: ANTONI AGUILÓ y JOSÉ LUIS EXENI RODRÍGUEZ.

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