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Sobre la reforma universitaria de 1919

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Sobre la reforma universitaria de 1919

La llegada del siglo XX y el ingreso del capitalismo imperialista en nuestra economía, significaron grandes cambios, en el aspecto social, para la universidad peruana –reducida a San Marcos y algunas en provincias- .Según Mariátegui:

“En el Perú, por varias razones, el espíritu de la Colonia ha tenido su hogar en la Universidad. La primera razón es la prolongación o supervivencia, bajo la República, del dominio de la vieja aristocracia colonial”.

La vieja aristocracia colonial, alimentada por las familias consignatarias y consolidadas de la era del guano, junto a la joven burguesía industrial compuesta por extranjeros inmigrados y sus descendientes de primera generación, ocuparon los mayores porcentajes de las vacantes para alumnos en la universidad. Pero, San Marcos empezó a recibir jóvenes de origen provinciano, pertenecientes a las viejas aristocracias locales venidas a menos o a las nuevas clases medias –comerciantes y funcionarios con cierta holgura económica- que buscaban ser incorporados en la vida profesional de la capital.

En 1908 el censo general realizado en Lima determinó que la ciudad contaba con 140884 habitantes, mientras San Marcos tenía 700 alumnos matriculados pero, para 1918 es decir, una década después, la universidad incrementó su alumnado alcanzando los 1400 matriculados, duplicando su población estudiantil. Pero, más allá de estudiar en San Marcos, los jóvenes universitarios también vivieron sus sueños y pesadillas.

Luis Alberto Sánchez, en sus memorias, narra que desde niño sintió la tentación de ser universitario de San Marcos, indica que:

“Cuando vivíamos en Chorrillos se encendió más ese viejo deseo mío al ver ondeando por el Malecón, al majestuoso paso de sus jóvenes usuarios, las flotantes capas de estudiante, con forro rojos los de Letras, azul los de Ciencias Políticas y Administrativas, verde los de Derecho, morado los de medicina…El galán de una de mis primas se había matriculado en Letras solo para usar la famosa “capa del estudiante”.

La aristocracia siempre utilizó artefactos de distinción social, que marcaran sus claras diferencias con los sectores dominados. No bastó con copar la universidad sino, era necesario remarcar esa situación, por ello las capas del estudiante marcaban espacios sociales entre sus usuarios y los jóvenes de las clases populares.

Pero, San Marcos también presentó pesadillas y discriminaciones a su interior. José León Barandiaran recuerda que:

“Un profesor, que no disimulaba sus inclinaciones en el sentido de que creía que la educación universitaria debía estar basada en un criterio aristocrático social de selección personal, nos dio un tema para desarrollar. En una clase devolvió a los autores los trabajos escritos, poniendo en algunos de ellos ciertas anotaciones, unas laudatorias y otras de crítica; y ocurrió que se equivocó en cuanto a un trabajo que era el mío, atribuyéndolo a otra persona, a quien se lo entregó; ese alumno le manifestó que tal trabajo no era suyo y se lo devolvió; entonces se percató el profesor que había sido elaborado por mí; me llamó para entregármelo, pero testó la anotación laudatoria que había puesto, y puso simplemente esto: “aprobado”.

José León B. Nació en Lambayeque en 1899 y estudió en el Colegio Nacional de San José de Chiclayo, viajó a Lima e ingresó a San Marcos. La experiencia narrada representa no una actitud aislada de un profesor en la universidad, era prácticamente un acto cotidiano en Lima. Además, los representantes de la cultura aristocrática limeña y peruana también presentaron ese rechazo y desprecio casi militante contra lo no-criollo. Riva Agüero, Belaunde, Deustua y García Calderón son claros ejemplos de intelectuales con ideas segregacionistas.

Sobre la reforma universitaria de 1919

En 1919 Enrique Cornejo Koster, Luis Alberto Sánchez y Jorge Basadre Grohmann eran estudiantes en San Marcos, participando activamente de la Reforma Universitaria de ese año. A pesar de ser contemporáneos cada uno de ellos relata los acontecimientos bajo su propia visión, es decir, bajo su propia perspectiva de cómo se iniciaron, desarrollaron, finalizaron y qué logros alcanzaron.

Enrique Cornejo Koster recuerda que:

“Era junio del año 1919. De pronto la revuelta estalló. Un suceso banal, cuestión de régimen interno en la Facultad de Letras, fue la chispa inicial. Fue un conflicto entre los alumnos de un curso de historia y el profesor. Intervino el decano. El conflicto se agravó. Estalló intempestivamente la huelga en la citada facultad. Formóse un comité de reforma que tomó la dirección del movimiento. Se solicitó el apoyo de los estudiantes de otras facultades, los que paulatinamente fueronse plegando a la agitación. La revuelta llegó a la facultad de Medicina; tras numerosas y abigarradas asambleas, los estudiantes de dicha Facultad resolvieron plegarse al movimiento y la huelga fue general en toda la universidad”.

Es decir, sostiene que el inicio de la protesta fue espontáneo, una simple discrepancia en una cátedra determinó un conflicto que rápidamente se expandió a otras facultades donde los alumnos se unen en forma solidaria. Cornejo continúa sus recuerdos anotando que:

“El 4 de setiembre se realizó el mitin monstruo. Los estudiantes, arengados por sus líderes, se dirigieron al Palacio de Gobierno y pusieron en manos del Presidente de la República un extenso memorial donde solicitaban el apoyo gubernativo y pedían se hiciera defensa de los legítimos anhelos y derechos estudiantiles… Leguía tenía interés de continuar apareciendo a los ojos de la juventud como líder de la democracia y tenía, además, interés de arrojar de la universidad a sus enemigos políticos que estaban encaramados en las cátedras”.

Esta visión relaciona la reforma universitaria y las aspiraciones de los estudiantes con los deseos políticos de Leguía de eliminar a sus enemigos de San Marcos, para mantenerse por muchos años en el poder. Pero, eran los estudiantes quienes tenían que eliminar a los adversarios de Leguía que por coincidencia eran reconocidos como “malos docentes” por los propios estudiantes. El derecho a la tacha que buscó mejorar las cátedras, es utilizado con fines políticos por Leguía desde el poder.

Para Luis Alberto Sánchez:

“La universidad, salvo raras excepciones, obedecía a las órdenes de un clan, el civilista, y más aún, de dos o tres familias. Pongamos ejemplo. De las familias Pardo, Prado y Miró Quesada, pertenecientes a una misma tendencia, profesaban en San Marcos: Antonio Miró Quesada (1 cátedra), Luis Miró Quesada (2), Oscar Miró Quesada (2), Manuel Prado (1), Mariano Prado (2), Javier Prado (2), Mario Sosa, cuñado de Prado (1), Belisario Sosa, hermano del anterior (1), Felipe Barreda y Laos, primo de Pardo (1), Constantino Salazar, asociado de aquel (2), Horacio H. Urteaga, secretario de Javier Prado (3), Juan Bautista de Lavalle, pariente de los Pardo (2), Manuel B. Pérez, gonfalonero de los Pardo (2), Ezequiel Muñoz, ministro de Pardo (2). No es una lista completa ni mucho menos. La universidad no contaba con más de 4 Facultades (excluyendo Teología) y unas cien cátedras. Aquellas 25 cátedras en manos de 14 personas de un mismo grupo da idea de los vínculos académicos en auge”.

Para Luis Alberto Sánchez, la situación en la cual se encontraba la universidad determinó el inicio de la reforma. San Marcos era controlada por los integrantes de tres familias y, por coincidencia, pertenecían al mismo partido político. La universidad se convirtió en un espacio cerrado para las actividades docentes por ello, para laborar en ella se tenía que ser civilista o familiar-amigo de un civilista reconocido. Este sectarismo generó mediocridad en la enseñanza y animó al movimiento estudiantil.

Sánchez añade:

“Nosotros resolvimos, a raíz del grito de Córdova (Argentina), lanzando el 15 de junio de 1918, liquidar el estado feudal de la Universidad. De arranque, necesitábamos exonerar de sus cargos a los catedráticos anticuados; dar participación a los estudiantes en ciertas decisiones universitarias; volver dinámicas la enseñanza y el aprendizaje; crear seminarios; dar oportunidad para que los alumnos que trabajasen para sostener sus estudios tuvieran mejores oportunidades. El asunto parece hoy fácil y claro. En ese tiempo era oscuro y difícil”.

Sánchez denominó universidad feudal a la universidad que le tocó enfrentar: ocupada por un partido político, vínculos amicales y familiares determinaban el ingreso a una cátedra. Los estudiantes rechazaron en la acción, luchando por la reforma de su universidad. La universidad era una institución caduca y sin horizonte, fracasó en su afán de mantener un espacio para el pensamiento libre y creador, entonces el motor social que se activó para cambiarla fue la acción estudiantil.

La idea y el anhelo de Sánchez y los estudiantes de la Reforma Universitaria era la construcción de una universidad democrática, participativa y creadora, frente al partidarismo sectario, fanático, inmoral y antihistórica que habían impuesto los miembros del partido civil.

La reforma cambió las estructuras de la universidad peruana. Ya no debía regir el favor político, el buscar trabajo para el hermano del congresista o el primo, someter al servilismo a ciertos profesores para contratarlos o mantenerlos en sus cátedras; por el contrario se izó la bandera de la libertad de cátedra y el derecho a la tacha, acciones que los conservadores no comprendieron.

Jorge Basadre Grohmann es otro de los grandes intelectuales del Perú que participó activamente durante la reforma de 1919 siendo aún alumno del primer año. En sus memorias indica que:

“Fue un gesto de audacia de unos cuantos y de inercia de muchos. Pudo haber sido detenido y cortado. Sin embargo, la asamblea se llevó a cabo; nadie se opuso a las mociones reformistas; y el comité quedó elegido para dirigir el movimiento estudiantil, bajo la presidencia de Jorge Guillermo Leguía, alumno del tercer año de Letras, con personeros en los distintos años. Fueron ellos Leguía y Luis Alberto Sánchez por el tercer año; José León y Bueno, Ricardo Vegas García y Manuel Seoane por el segundo año; Alberto Fuentes Llaguno, Jacobo Hurwitz y yo por el primer año. Para la secretaría de este improvisado organismo fueron nombrados Manuel Seoane y Ricardo Vegas García”.

Desde un principio el movimiento estudiantil de la reforma de 1919 contó con un comité directivo lo que demuestra que el espontaneismo no fue absoluto sino, relativo, es decir los alumnos se habían organizado precariamente pero el objetivo sí era muy claro: cambiar las estructuras de la universidad. Luego de varios acontecimientos y maniobras, la mayoría de los primeros dirigentes renunciaron y el movimiento cambió de dirigentes pero, el objetivo se mantuvo. No eran líderes sino dirigentes. Basadre continúa:

“Un desfile juvenil reunido el 4 de setiembre terminó en la Plaza de Armas, con la finalidad de entregar al presidente Leguía un documento que solicitaba su intervención en el conflicto. Leguía, elegido “Maestro de la juventud”, en 1918, había tenido palabras de simpatía hacia la reforma al asistir el 1ro. de agosto a la ceremonia de inauguración de la nueva directiva de la Federación de Estudiantes”.

Los estudiantes en todo momento mantuvieron relaciones muy cercanas con el presidente Leguía, quien intervino directamente para solucionar el conflicto de la universidad. La reforma tomó un matiz político. La reforma fue un movimiento democrático-institucional pero, el mismo fue utilizado políticamente por Leguía para continuar su persecución a sus opositores al interior de San Marcos.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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La Arequipa de hoy la cultura

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La Arequipa de hoy la cultura

Unos días en Arequipa, a fines de octubre, bastaron para tomarle el pulso a ciertas manifestaciones culturales en esta ciudad. Suelo hacerlo, en verdad un poco al desgaire, cada vez que la visito desde que me alejé de ella cuando tenía veinte años.

Encuentro tres referentes para este examen: las librerías, las bibliotecas y las ferias de libros.

No hay teatro, ni exhibiciones pictóricas, ni conciertos.

Las viejas casonas de sillar, liberadas del revestimiento exterior gracias a la iniciativa del alcalde Villalobos hace ya varias décadas, se yerguen altaneras proclamando su rancia estirpe hispánica y virreinal de “blanca ciudad” a los centenares de turistas que llegan para ver si es cierto que sus pobladores conviven amigablemente con los tres volcanes que la anidan.

Busco las librerías y sólo hallo cuatro: una en la calle San Francisco y otra en la calle Mercaderes, pertenecientes al mismo dueño, con algunas novelas traducidas (thrillers) que se esfuerzan por asomarse tras el material de escritorio ofrecido; otra en la calle Puente Bolognesi de literatura menor para estudiantes de primaria; y otra en la calle Ayacucho con media docena de libros en el zaguán de una casa.

Mi nostalgia me traslada entonces a los años cincuenta, cuando cursaba Letras en la Universidad de San Agustín. La librería más completa y actualizada estaba en la calle San José, frente al Correo Central. Se denominaba Simiente y pertenecía al intelectual comunista Juan Cuentas Zavala. Allí nos surtíamos los estudiantes universitarios, profesionales, artesanos y obreros que ansiábamos ilustrarnos. Importaba los libros de Buenos Aires, México y Santiago de Chile. Allí adquirí casi todas las novelas francesas del siglo XIX traducidas y publicadas por las editoriales Sopena, Tor y Losada de Buenos Aires, que habían creado algunos españoles exiliados en esta ciudad. Había otra librería en la primera cuadra de la calle San Juan de Dios perteneciente a un joven desprovisto de toda pretensión intelectual que traía libros y, sobre todo, revistas de Buenos Aires. Gracias a este librero, en mi hogar como en muchos otros, nos deleitábamos y formábamos con el prodigioso material que constituían las revistas El Tony, El Gorrión, Espinaca, Billiken, Leoplán, Intervalo, Rico Tipo, Para tí y Marivel.

¿Qué leen las chicas y los chicos de ahora, aparte de lo que encuentran en las pantallitas de sus celulares?

“Cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor.” (Jorge Manrique).

Y luego siempre estaba el recurso de proveernos de libros de mano en mano, clandestinamente, para burlar la vigilancia de los soplones de la dictadura de Odría que se les encontraba hasta en la sopa

A los jóvenes inquietos de ese tiempo, el destino, la historia o lo que fuera, nos dio la oportunidad de nuestro bautismo de fuego en la revuelta popular de junio de 1950. (He contado esta epopeya en mi libro Esos días de junio de Arequipa, cuando la historia tocó las puertas de los vecindarios, 2014).

La Arequipa de hoy la cultura

La biblioteca más publicitada es la denominada Mario Vargas Llosa. Está en una antigua casa de la calle San Francisco que perteneció a un español de la conquista y fue por un tiempo sede del gobierno regional. Recorro sus estantes colmados de libros. Todos han sido donados por el insigne marqués español nacido en Arequipa en 1936 y donde tuvo la dicha de residir unos pocos meses. Reviso los autores, títulos y temas, y me percato que es la clase de lectura que el donante, uno de los cuadros más destacados de la oligarquía blanca y del neoliberalismo, estima que debe alimentar el espíritu de los arequipeños.

Por supuesto, no hay entre esos volúmenes ninguno crítico del sistema capitalista y, menos aún, expresivo del afán contestatario de las mayorías sociales de esta ciudad. Son libros del mismo jaez que los artículos de este benefactor que con su premio Nobel es para los últimos cenáculos de la oligarquía local tan grande y omnipresente como el volcán Misti. A nadie parece importarle averiguar por qué le dieron ese premio. Alguien me dijo que en la catedral ya le han designado una hornacina donde colocarán su efigie.

Pasé a la biblioteca el Ateneo, perteneciente a la Municipalidad. Está como era cuando la frecuentaba en mis años universitarios, para aprender en los libros supervivientes del pillaje practicado por la dictadura de entonces. Me fijé en sus ficheros. Poco realmente importante. ¿Le compran nuevos libros? Hace algunos años intenté una entrevista con su director. Llevaba una colección de mis libros y algunos otros de mi especialidad profesional para obsequiarlos. No me recibió, pero la secretaria me indicó que se los entregase al director de cultura, o algo así, del concejo municipal de la ciudad. Sin perder las esperanzas me trasladé a su oficina en el portal de la Municipalidad. Era un hombrecito de rostro aleve que apenas se dignó escucharme y terminó por decirme que no aceptaban donaciones de libros.

Pertenecía al equipo del partido Aprista que acababa de ganar las elecciones municipales. Arequipa tampoco se halla exenta de equivocaciones tan garrafales. No por casualidad unos días después, un grupo de trabajadores del municipio retiró el busto del gran pintor arequipeño Manuel Domingo Pantigoso de la plazuela Colón y, tal vez por descuido, no lo destruyeron. Años después, otra administración desagravió a este pintor, colocando su busto en el salón de las grandes personalidades arequipeñas de la casa El Fierro en la plaza San Francisco, donde está ahora.

Las ferias de libros son en todas partes grandes emprendimientos promovidos por las editoriales transnacionales para comercializar la cultura que tratan de meterle a los pueblos escogidos como mercados: literatura pulp y sus parientes cercanos. Hay Festival es otra de esas ferias que ha sido aclimatada en Arequipa. La publicidad que la acompaña es, por supuesto, ilimitada, y sus escenarios se pueblan de autores extranjeros de talante ideológico compatible con los fines perseguidos por sus organizadores y patrocinadores. Ningún escritor crítico puede ingresar a esos feudos alegremente iluminados, ni a sus editores se les dará jamás allí un stand o un espacio de exposición.

Y mientras Hay Festival pasa sus días de ensueño, multitudes aguerridas de estudiantes, campesinos, obreros, artesanos e ínfimos comerciantes desfilan por calles y plazas con carteles, oponiéndose a la amenaza de la contaminación del agua en el valle de Tambo por una empresa minera que recibió una concesión de algún gobierno corrompido.

Dos caras del dios Jano, se diría.

Se trata, como se ve, de una ofensiva cultural del neoliberalismo para tentar la alienación de la mayor parte de este pueblo mestizo y rebelde que hace ya algunos años mira esperanzado hacia el levante, situado allí a la izquierda, y tentar hacer de él un conjunto dócil y manipulable.

 

JORGE RENDÓN VÁSQUEZ

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Especial

Análisis de las últimas tendencias de la inversión minera

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Minería camión volquete minero

Las cifras consolidadas hasta septiembre de 2019 muestran que la inversión minera presenta un incremento acumulado de 23.2%, en comparación con el mismo período del año pasado. En lo que va del año se han invertido US$ 4,070 millones, principalmente en el desarrollo de los proyectos de Quellaveco (Anglo American) y Mina Justa (Marcobre).

Según datos del Ministerio de Energía y Minas (MINEM), son precisamente las empresas a cargo de estos proyectos quienes más han invertido durante el año. Anglo American y Marcobre representan el 33.2% de la inversión total en minería en el país, destacando que la empresa a cargo de Mina Justa ha multiplicado su inversión por cuatro en comparación al mismo período del año pasado.

Otro dato importante es la distribución de los flujos de inversión por regiones. Moquegua, Ica y Junín concentran el 49.5% del total de la inversión minera en lo que va del año, lo que tiene relación con el desarrollo de los dos proyectos más relevantes, Quellaveco (Moquegua) y Mina Justa (Ica). Todo indica que ambos proyectos seguirán marcando la tendencia de la inversión en los próximos meses, aunque en el caso de Quellaveco el reto que tiene es resolver el conflicto que se ha agudizado en las últimas semanas con los pobladores del Valle de Tumilaca y las denuncias que la empresa no estaría cumpliendo lo acordado.

Si desagregamos la inversión minera por rubros, se puede observar que salvo los componentes de Exploración y Planta Beneficio, el resto muestra una evolución positiva. Destaca, el incremento continuo que ha tenido durante casi todo el año la inversión en Equipamiento Minero, Desarrollo y Preparación y Otros. En cambio, preocupa el comportamiento del componente de Exploraciones, ya que es aspecto importante que usualmente muestra los cambios de tendencia de la inversión en minería.

Al analizar la tendencia de las inversiones mineras tampoco se puede dejar de lado la variación de los precios en la cotización de los metales. Tal como muestran los datos a nivel global y también para el caso peruano, la tendencia de las inversiones en exploración siempre está fuertemente relacionada con la evolución de las cotizaciones. En el siguiente gráfico, para el caso peruano se observa esta relación entre la inversión en exploración minera y la cotización del cobre (metal que representa alrededor del 50% del valor de las exportaciones mineras y el 71% de proyectos de la cartera de inversión minera).

Durante el último año el contexto internacional desfavorable ha provocado la caída en las cotizaciones de minerales de base como el cobre y en contraposición, el incremento de las cotizaciones de metales preciosos como el oro. En el caso del cobre, que cerró octubre pasado con un promedio de US$2.60 la libra, mantiene una tendencia a la baja que se arrastra desde hace dos años y que seguramente se seguirá reflejando en bajos niveles de inversión en exploración minera. El caso del oro es distinto ya que en un contexto global de riesgo e incertidumbre se fortalece como un activo estratégico y valor de refugio.

En conclusión, mientras menores sean las expectativas de crecimiento a nivel global, menor será la demanda de los metales de base como el cobre, lo que tendrá un efecto sobre la cotización y los presupuestos de inversión. Las tensiones comerciales entre China y los Estados Unidos, las expectativas de bajo crecimiento de la economía mundial, deben servir para que finalmente se entienda que un país como el Perú necesita pensar en otros motores que puedan impulsar su economía.

 

LUIS W. ESPEJO
COOPERACCIÓN

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Especial

Lima y una novela poco conocida

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Lima y una novela poco conocida

En la producción intelectual sobre Lima, muchos escritores, científicos sociales, periodistas, abogados, etc. han escrito miles de páginas sobre sus costumbres, los hechos históricos más significativos, la fundación hispánica, los primeros habitantes, etc. En las siguientes líneas buscamos rescatar una obra (casi) desconocida en la cual, la ciudad aparece con sus personajes y costumbres de época.

Una Novela Limeña, es una obra colectiva. Fue escrita por 13 de los mejores escritores de Lima de la década de 1920 –es decir, del Oncenio de Leguía-. En realidad, el nombre de la novela ha sido dado muchos años después por Luis Alberto Sánchez, quien la reeditó –en formato de libro- en 1967. En su versión primigenia, no llegó a tener nombre y, es más, jamás terminó, fue abruptamente cortada por los problemas financieros de Hogar, la revista en la cual vio la luz en 1920. Como ya se indicó, fue escrita por 13 de los mejores escritores de la época, estos son: José Gálvez, Ignacio Brandariz, “Juan de Zavaleta” (seudónimo de autor aun desconocido), Reynaldo Saavedra Pinón, Luis Alberto Sánchez, Ricardo Vegas García, Raúl Porras Barrenechea, Manuel Moncloa Ordóñez, Juan Bromley, Felipe Rotalde, Félix del Valle, Gastón Roger y Luis Fernán Cisneros. Cada uno de los autores publicó un capítulo de la “Novela de Hogar” sin saber muchas veces cuáles serían los acontecimientos del capítulo que le antecedió.

José Gálvez Barrenechea (muy celebrado por Una Lima que se Va), fue el primero en escribir. Hace una descripción del paisaje urbano: “Juan Antonio enternecido sonrió y minutos después cerraba la verja de su quinta de Breña y paso a paso cuando ya se cuajaba densas las sombras avanzó por el Paseo Colón”. En la década de 1920, Breña –junto a La Victoria- fue un barrio nuevo, donde se asentaron los migrantes del interior y del extranjero que, con el tiempo, serán las nuevas clases medias urbanas, mientras que, el Paseo Colón, fue el nuevo barrio aristocrático. El Jirón de la Unión empezó a ceder frente a las nuevas construcciones que exteriorizaban el estatus social de sus habitantes. Pasear por el Paseo Colón fue una costumbre de los limeños para saludar a los importantes vecinos ahí afincados.

Ignacio Brandariz, autor del segundo capítulo, destacó a Luisa, quien se enamoró de Juan Antonio. La descripción de ese sublime momento es la siguiente: “Fue una tarde en el lindo paseo que va de Chorrillos a la Herradura. Desdeñando el camino trillado, habían subido, jadeando, desde la playa por el último saliente de las rocas para encontrar directamente la vereda del cerro”. A inicios del siglo XX, Lima era una ciudad que no limitaba con el mar. Los habitantes de la capital se trasladaban hasta los balnearios del Pacífico: Miraflores, Barranco y Chorrillos.

Estos tres balnearios del sur, fueron desbastados por los ejércitos chilenos durante la Guerra de 1879, pero lograron resurgir gracias a las familias aristocráticas de la capital que decidieron avecindarse en ellas. Con la llegada del tranvía, muchos limeños decidieron vivir en forma permanente en los mismos, generando –de esa forma- una expansión urbana de la capital hacia el Océano Pacífico. Así, mientras Barranco se convertía en el “barrio de poetas y pintores”, Chorrillos era el lugar del paseo de verano. El viejo malecón chorrillano, durante el verano, se colmaba de jóvenes aristocráticos que paseaban del brazo con sus novias, mientras exhibían sus capas que los distinguían como alumnos de San marcos.

Lima y una novela poco conocida

“Juan de Zavaleta” es el autor del tercer capítulo. En este capítulo se destaca el histórico barrio del Rímac –o barrio bajopontino-, lugar de paseo por excelencia: “Sonriendo las dos amigas avanzaron hasta el automóvil que las esperaba al fin de la Alameda, allí donde los álamos enhiestos anunciaban el comienzo del camino a Amancaes”. La Alameda de los Descalzos es una viejo lugar de paseo colonial muy reconocido entre los viejos limeños, además, la Pampa de Amancaes fue el sitio predilecto para realizar fiestas con guitarra y cajón, donde lo criollo se mezcló con lo andino. Un sitio de costumbres y tradiciones.

El capítulo cuarto fue escrito por Reynaldo Saavedra Pinón. Es el más breve, transcurre entre el Rímac y el Jirón de la Unión, destacando que “Has sabido las murmuraciones del Palais y Broggi y te apresuras…”. En el Jirón de la Unión existieron muchos lugares de reunión, donde jóvenes intelectuales realizaron tertulias que, en muchos casos, influenciaron en sus obras. El Palais Concert fue una confitería donde se reunió lo más importante de la nueva generación de intelectuales de la segunda década del siglo XX. Destacaron Abraham Valdelomar; José Carlos Mariátegui, Federico More, Félix Del Valle, Leonidas Yerovi, Alfredo González Prada, Alberto Ulloa Sotomayor, Manuel Jesús Contreras, entre otros. Mientras que, la confitería Broggi se caracterizó por sus helados, que fueron del gusto de la aristocracia limeña y los inmigrantes europeos radicados en la capital. El autor del quinto capítulo fue Luis Alberto Sánchez, quien en la primera parte mantiene la escena en el Broggi, pero luego la escena cambia: “…y juntos se dirigieron a la Plaza Bolognesi. De allí, paso a paso, regresaron por el centro, torciendo por Plateros de San Pedro y se encaminaron al Mercado…Eran las cuatro de la mañana. Cenaron en el “Can-Can”…”. Plateros de San Pedro es actualmente la primera cuadra del jirón Ucayali, desde donde se llega al Mercado Central, lugar preferido por los noctámbulos y los bohemios ya que, en el se avecindaron inmigrantes asiáticos que hicieron del lugar, un espacio gastronómico muy importante, así como por las casas de juego y diversión de adultos.

Ricardo Vegas García fue el autor del sexto capítulo, en el cual “Caminó, paso a paso, hasta el Parque Zoológico y delante de él, cogió un auto, ordenando al chauffeur: “al Club Nacional”. El antiguo Parque Zoológico de Lima se ubicó en la parte sur del Parque de la Exposición. En ese lugar, entre el viejo restaurante de La Cabaña y la laguna del Parque Japonés, se ubicó el Zoológico, además, el escritor utilizó la palabra francesa “chauffeur” para designar al conductor del auto, es el origen de nuestro “chofer” y, el Club Nacional siempre fue parte de la arquitectura de la Plaza San Martín.

En el capítulo siete, que fue obra de Raúl Porras Barrenechea, Lima es descrita como murmuradora, las visitas a las casas de las amigas y Juan Antonio recuerda las clases de su “…obeso catedrático de Historia, en los días apenas distantes de su paso por la Universidad de San Marcos…”. No olvidemos que Porras Barrenechea fue uno de los principales historiadores peruanos del siglo XX, formado en San Marcos, donde llegó a la docencia. San Marcos fue una universidad aristocrática, donde los docentes y los alumnos no sólo compartieron un espacio académico sino también, un espacio social.

Manuel Moncloa Ordónez fue el encargado de escribir el capítulo octavo. En él, Moncloa nos permite conocer algunas de los usos y costumbres de la capital durante las primeras décadas del siglo XX. Así, la lectura de la revista La Vie Parisienne, es común entre los jóvenes de la época, lo que demuestra esa afinidad que tuvo el francés y la vida al estilo francés. Por ello, en Lima lo común es pronunciar restaurante, boulevard, carnet, etc. Es más, Moncloa escenifica el brindis con whisky-sour, el antepasado directo del posterior pisco-sour. Además, “Cuando Juan Antonio se despidió llegó a la joyería de Wallach, los amigos de un corro discutían el asunto”.

En el libro: Lima, La Ciudad de los Virreyes, se anota que la Wallach Hnos., fue la Antigua casa Rosemberg y Wallach ubicada en la calle de Mercaderes 464 (hoy cuadra 4 del Jirón de la Unión), que importaba al país gran cantidad de joyas “de extraordinaria calidad”. Juan Bromley, es el autor del capítulo nueve. “En ocho días de enclaustramiento y de meditación en su pacífica casa de Breña…”, debido a que, como ya se anotó líneas arriba, Breña era uno de los barrios nuevos de Lima, a las afueras de la ciudad.

El capítulo diez es obra de Felipe Rotalde, donde destacó que “Octubre para los limeños, tiene sus encantos”. Así, el mes de Lima muchas veces no es enero –cuando los españoles refundaron la ciudad- sino es octubre, cuando la tradición impregna la ciudad de colores y olores, que son del agrado de las grandes mayorías. Félix Del Valle, es el encargado de continuar la novela en el capítulo once. “Y recordó desde las primeras horas de la noche en que había ido a la fiesta pública que se realizara en el Paseo Colón”. Las calles principales de la ciudad así como las plazas públicas, fueron lugares de retretas, en las cuales, las bandas de música de las fuerzas armadas o gendarmería, tocaban las músicas de moda para beneplácito de los asistentes.

Es muy común en los relatos y memorias de los antiguos habitantes de la capital, el recuerdo de la retreta. Una costumbre que se ha ido perdiendo en la ciudad. Gastón Roger escribió el capítulo doce, “En seguida, una matinée en el tennis, una comida en el Zoológico, una vermouth en el Excelsior, unos estudios intencionados en el Palais, un nervioso encuentro en la fotografía de Goyzueta”. El Teatro Excelsior se ubicó en la calle de Baquíjano (sétima cuadra del Jirón de la Unión) desde julio de 1914, año de su inauguración. Fue propiedad del la Empresa de Teatros y Cinemas Ltda., con una capacidad de 700 asientos d platea, 54 palcos y 300 butacas de galería. El Estudio Fotográfico de Diego Goyzueta se ubicó en la calle Mantas 180 (primera cuadra del jirón Callao). Con el capítulo trece, escrito por Luis Fernán Cisneros, la novela quedó inconclusa, pero en cada capítulo, los espacios urbanos de Lima se mezclan con escenas de amor y sufrimiento. Un proyecto literario bastante peculiar que ha permitido la conservación de algunas de las costumbres de la ciudad.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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