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Política

Salvemos la Amazonía

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El mandatario Ollanta Humala informó que el gobierno prepara una inversión de 100 millones de nuevos soles para el desarrollo de Madre de Dios, afectada por la contaminación y problemas sociales que origina la minería ilegal.

“Estamos creando un fondo de desarrollo con 100 millones de soles, estamos evaluando la creación de un proyecto integral para Madre de Dios, porque queremos recuperar nuestra Amazonía”, subrayó.

“Tenemos que salvar la Amazonía, esto no es solamente un tema de hoy, tenemos que resguardar los intereses de nuestros hijos”, afirmó al recordar que el Gobierno quiere una “minería formal con estándares de calidad” y se combatirá la minería ilegal.

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Política

Blume pierde la presidencia del TC

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Marianella Ledesma

El presidente del Tribunal Constitucional (TC), Ernesto Blume, resaltó que la elección de Marianella Ledesma como su sucesora en el cargo constituye un hecho inédito en la historia de dicho organismo y del Perú.

Según señaló, el siglo XXI fue nombrado como el siglo de las mujeres por la Organización de Naciones Unidas (ONU) y uno de los objetivos de desarrollo sostenible es acabar con la desigualdad de género.

Marianella Ledesma llega a este cargo con las mejores cualidades que han caracterizado su trayectoria. Sin embargo estará seis meses o menos tiempo, debido a que el próximo Congreso deberá elegir a los integrantes del TC.

No obstante, hay que añadir que de inmediatose incorporará a la Comisión Especial que elegirá a los miembros de la Junta Nacional de Justicia (JNE), con voto firme y transparente.

TENDRÁ POCO TIEMPO EN EL TC

Sobre la elección de Marianella Ledesma, Luis Purizaga, abogado de Justicia Viva delInstituto de Defensa Legal (IDL), dijo hay algo raro en esa elección. “Creo que debe tener más tiempo al frente de ese cargo sumamente importante”.

“No quisiera pensar que el TC, con Blume a la cabeza, ha logrado lo que ha logrado (liberar a Keiko) y después de eso elige por poco tiempo a Marianella Ledesma. A mí me hubiera gustado que esté un tiempo mayor al que tendrá”, expresó.

“Es como darle la presidencia a alguien después de haber tratado a la institución como han querido. Recordemos las irregularidades que se dieron, sobre todo en el caso de Keiko Fujimori, cuando Blume era presidente”, comentó.

Afirmó puntualmente que “él (Blume) asume la ponencia del caso bajo un trámite irregular. Normalmente se sortea la ponencia del caso, luego se adelanta una presunta resolución del hábeas corpus y cuando se le solicitó explicaciones, él dijo que no había ordenado ese proyecto de resolución y tampoco que se distribuyera entre los miembros del TC”.

Remarcó que cosas como esas son las que han sucedido en el proceso de la señora Fujimori -subrayó Purizaga-; cosas irregulares que nunca quedaron claras y que el presidente Blume no tuvo interés en aclararlas.

“Blume, con ese bloque de magistrados que ha logrado la libertad de Keiko Fujimori, ha conseguido lo que ha querido, y de acuerdo a los que pareciera en este contexto, es algo muy triste lo que ha sucedido”, analizó.

“Me parece que en otro contexto Marienella Ledesma se merecía ser la primera mujer presidenta del TC. Pero la buena noticia es que será parte de la Comisión Especial que elegirá a la JNJ”, concluyó

ES UN POCO EXTRAÑO

El analista Miguel Jugo consideró que la señoraMarianella Ledesma llega con las mejores credenciales. Sin embargo, dijo que hay clarooscuros en su elección para ocupar ese puesto.

“Poniéndola a ella, el TC un poco que está comprometiéndola con la suerte del hábeas corpus a Keiko Fujimori, porque sabemos que ella ha votado en contra”, observó.

“Entenderíamos -añadió-, que el haberle dado ese cargo es un poco extraño. Uno puede inferir. A mí me resulta intrigante suponer qué cosa se habrá producido allí, porque hubo muchas acusaciones entre los magistrados del TC”.

“Entonces, para mí es una sorpresa lo sucedido, sin dejar de lado, como repito, las buenas cualidades de la magistrada Ledesma, la primera mujer en ocupar la presidencia del TC, concluyó Miguel Jugo.

Por su parte, el excongresista Alberto Quintanilla comentó que “el cambio de Ledesma por Blume es oportuno, porque la gestión de Blume ha sido malísima, estaba cercana a la corrupción y torpedeaba constantemente la lucha contra la corrupción”.

ALGO MÁS

“La elección de Marianella Ledesma es positiva y lo de Blume hay que olvidarlo y esperamos que el TC dé un viraje positivo para el país. Es lo que todos esperamos”, concluyó Quintanilla.

 

FÉLIX GRIJALBA SATO

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Política

Marianella Ledesma: la honestidad es su divisa

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La abogada Marianella Ledesma fue elegida presidenta del Tribunal Constitucional (TC) y es la primera mujer en la historia que dirigirá dicho organismo.

Es abogada por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) y tiene una maestría en Derecho Civil y Comercial por la Universidad Privada San Martín de Porres.Además, tiene un doctorado en Derecho y Ciencias Políticas por la UNMSM.

Entre los años 2006 y 2014 ejerció la docencia en la Pontificia Universidad Católica del Perú, Universidad de Lima, Universidad San Martín de Porres, la UNMSM, la Universidad Femenina del Sagrado Corazón y la Universidad de Piura.

Ledesma ha sido auxiliar de relatoría y relatora interina del XII Tribunal Correccional de Lima, juez de paz letrado, coordinadora distrital de la Oficina de Apoyo a la Justicia de Paz de la Corte Superior de Justicia de Lima.

Entre 1998 y 2014 fue juez civil supernumerario de la Corte Superior de Justicia de Lima.

Ha publicado los libros El proceso cautelar (2013), Jurisdicción y arbitraje (2010), Código Procesal comentado (2011), La justicia de paz en Lima (2002), El procedimiento conciliatorio: una visión teórico-normativa (2000), Jueces y reforma judicial (1999) y Jurisprudencia actual (1998).

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Política

El agravio a los muertos en Bolivia

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Muertos en Bolivia por conflictos

“Ni los muertos estarán seguros ante el enemigo si este vence…..”

-W. Benjamin

 

Un multitudinario cortejo fúnebre recorre las calles de El Alto y La Paz. Por delante van dos féretros y detrás miles y miles de dolientes. Son gente humilde; pobladores de El Alto, artesanos, campesinos, vecinos, madres, indígenas de las provincias de La Paz, Potosí, Cochabamba y Oruro. Han caminado con su dolor cerca de diez kilómetros, y a su paso salen trabajadores, comerciantes y estudiantes llorosos que se persignan, aplauden y entregan agua y pan a los que marchan. La ciudad está paralizada, y la gente de los barrios populares está de luto. Ayer, en la zona de Senkata ocho pobladores fueron asesinados con armas de fuego militar, más de un centenar fueron heridos de bala, llegando a treina y cuatro los muertos en los últimos nueve días del golpe de Estado en Bolivia.

Han bajado desde El Alto para reclamar justicia por sus muertos; han caminado tanto para que las personas vean lo que está pasando, ya que los medios de comunicación amordazados no hablan de la tragedia sufrida; marchan horas y horas para decirle al mundo que no son terroristas ni vándalos; que ellos son el pueblo.

Y es que desde el día del golpe de Estado todas las movilizaciones de sectores populares y campesinos que salieron a defender la democracia y el respeto al voto ciudadano fueron objeto de una feroz campaña de desprestigio que desbordó las redes y los medios de comunicación. No se hablaba de obreros, ni de vecinos, ni de indígenas.

Se trataba de “peligrosas hordas”, de “vándalos” que amenazan la paz social. Y cuando los habitantes de la valiente ciudad de El Alto y los indígenas y campesinos bloquearon carreteras, un rabioso lenguaje se apoderó de los golpistas y medios de comunicación: “terroristas”, “narcotraficantes”, “salvajes”, “criminales”, “turbas borrachas” “saqueadores” y otros adjetivos fueron utilizados para descalificar y criminalizar la protesta de las clases menesterosas.

Desde entonces, mujeres de pollera con hijos en la espalda, niñas escolares que acompañan a sus padres, jóvenes universitarios, obreros soldadores, campesinos de poncho y vendedores de helados son el nuevo rostro de los “peligrosos sediciosos” que quieren incendiar el país. Esta estigmatización de la plebe sublevada, especialmente si son indios, no es nueva.

Durante la Colonia, en el siglo XVI, Fray Ginés de Sepúlveda comparó a los indígenas con los monos; el cura Tomás Ortiz los calificó de “bestias”; en el siglo XIX se hablaba de “razas degeneradas”; y las dictaduras del siglo XX mutaron hacia la delincuentización del indio insurrecto, calificándolo de “subversivo“, “sedicioso”, que quiere poner en riesgo la propiedad, el orden y la religión.

Ahora, las clases medias tradicionales realizan una vergonzosa fusión verbal entre el lenguaje colonial con el de contrainsurgencia. Ni sus intelectuales orgánicos educados en universidades extranjeras pueden escapar a este llamado de la sangre y el prejuicio racial. Para ellos las marchas de vecinos son reuniones de “delincuentes borrachos”, los bloqueos de caminos de campesinos son actos de “terrorismo” y los asesinados por la bala militar son ajustes de cuentas entre “maleantes”. La forzada mesura con la que todos estos años los escribas conservadores habían calificado a los indios empoderados, hoy se desbocan como un torbellino de prejuicios, insultos y descalificaciones racializadas.

Habían aguardado toda una década mordiéndose los dientes para no escupir sobre los indios y mostrarles su desprecio; y ahora, amparados en las bayonetas, no dudan en descargar todo su odio de casta. Es el tiempo de la venganza y lo hacen enfurecidos. Es como si quisieran borrar no sólo la presencia del indio que los derrotó, y por eso son capaces de matar con tal de que Evo no sea candidato; además desean arrancar su huella de la memoria de las clases humildes asesinando, encarcelando, torturando, amenazando a quienes pronuncien su nombre.

Por eso queman la Wiphala que Evo introdujo en las instituciones del Estado; por eso queman las escuelas que él hizo construir en los barrios populares; por eso aplauden y brindan por la militarización de las ciudades. Ya no hay espacio para la dignidad ni el decoro de una clase que se revuelca frenéticamente en el lodo del autoritarismo, la intolerancia y el racismo.

Y es contra ello que marchan las clases humildes de El Alto y las provincias. Bajan por miles, doscientos mil, trescientos mil. El número ya no importa. El poder que ellas defienden no es el de una persona ni el que Weber teorizó como capacidad de influir en el comportamiento de otro. Para las clases populares la experiencia de poder de estos últimos catorce años es el de ser reconocidas como iguales, el de tener derecho al agua, a la educación, al trabajo, a la salud en similares condiciones que el resto de los ciudadanos.

El ejercicio del poder para el pueblo ganado en las urnas, más que la de una capacidad de mando ha sido la de una experiencia corporal diaria de poder mirar de frente a los demás sin tener que avergonzarse del color de piel o la pollera de madre; es haber sido tomados en cuenta como seres humanos; es el poder vender en el mercado, labrar la tierra o ser autoridad sin ninguna barrera de apellido.

De ahí que, si bien la experiencia del poder estatal para las clases subalternas -como lo vio Gramsci- es, en primer lugar, la construcción práctica de su unidad como bloque social, la manera de verbalizar y comprender moralmente ese poder ha sido la conquista de la dignidad, es decir, su experiencia de pueblo como cuerpo colectivo autodignificado.

Por eso la mujer de pollera y el obrero lloran cuando el fascismo quema la Wiphala, lloran cuando Evo es expulsado, lloran cuando son impedidos de entrar a las ciudades. Lloran porque están despedazando el cuerpo simbólico y real de su unidad y de su poder social. Y cuando llevan sus muertos por delante en medio de miles de crespones negros y boleros de caballería fúnebres, lo hacen para pedir a las clases pudientes el respeto a sus muertos, a esos muertos que son el umbral último donde los vivos, sea de la clase o condición social que sean, deben detener su orgía de sangre y odio, para venerar la virtud de la vida.

Muertos en Bolivia por conflictos

Pero la respuesta de los golpistas es atroz, inmoral, dantesca. Disparan gases lacrimógenos, disparan balas, desplazan sus tanquetas y los féretros quedan en el piso, envueltos en una nube de gases escoltados por gente que se arrodilla y se arriesga a la asfixia antes que abandonarlos.

”No respetan ni a los muertos” grita la gente. No es una frase de protesta, es una sentencia histórica. La misma que pronunciaron los padres de los agredidos de hoy, cuando otro golpe militar en el fatídico noviembre de 1979 ametralló desde unos aviones norteamericanos Mustang a los dolientes que rezaban y hacían ofrendas a los familiares difuntos en el día de los muertos o “todos santos”. Los aventureros del golpe militar de entonces, después de su efímera borrachera de victoria, quedaron aparcados en la cloaca de la historia, lugar en el que con toda seguridad estarán pronto los golpistas de hoy. No se puede agraviar impunemente a los muertos, porque en la cultura del pueblo ellos forman parte de los principios básicos reguladores del destino de los vivos.

La brutalidad de los golpistas hoy obtiene el miedo de la gente, pero ha abierto las puertas de un resentimiento generalizado. Las suturas con las que las seculares grietas clasistas, regionales y raciales habían sido cerradas han estallado por los aires dejando unas heridas sociales sangrantes. Hoy hay odio por todos lados, de unos contra otros.

Las clases medias tradicionales quisieran ver el cadáver de Evo arrastrado por las calles, como el del expresidente Villarroel en 1946. Las clases plebeyas quisieran ver a los ricos cercados en sus barrios padeciendo de hambre por la falta de alimento. Una nueva guerra de razas anida en el espíritu de un país desgarrado por la felonía de una clase que halló en el prejuicio colonial de superioridad la defensa de sus privilegios.

Ya lo dijimos, la fascistización de la clase media tradicional es la respuesta conservadora a su decadencia social fruto de la devaluación de sus aptitudes, capitales, oportunidades y saberes legítimos frente a la “invasión” de una nueva clase media de origen popular e indígena con repertorios de ascenso social más eficaces en el Estado indianizado de la última década.

No es que han tenido una depreciación de su patrimonio -que de hecho aumentó pasivamente debido a la expansión económica generalizada del país- sino de sus oportunidades y apuestas sociales de mayor ascenso social aprovechando el crecimiento exponencial de la riqueza nacional.

Pero esto no ha limitado un hecho relevante de las estructuras de clases sociales y de los procesos de hegemonía política: la irradiación estatal de las clases medias. En sentido estricto el Estado es, en su regularidad, el monopolio del sentido común de una sociedad. En tanto que el poder político es, con mucho, la creencia y convicción de unos del poder de otros, es en cierto modo también un tipo de sensación intersubjetiva. Se trata del espeso mundo de las narraciones profundas con efecto estatal.

La “opinión pública”, esto es, las narrativas, símbolos y sentidos de comprensión de la legitimidad que pugna por realinear el sentido común político, en gran parte es concentrada por las clases medias tradicionales por disposición de tiempo, recursos y especialización laboral.

En Bolivia, el ascenso social de nuevas clases medias indígena-populares ha venido acompañado por nuevas narrativas y sentidos de realidad pero no con la suficiente solidez como para irradiarse o contraponer la racialización del discurso de las clases conservadoras y ser soporte de una nueva “opinión pública” predominante.

Las clases medias tradicionales poseen la experiencia en las formaciones discursivas y en los sedimentos históricos del sentido común dominante, lo que les ha permitido expandir retazos de su modo de ver el mundo más allá de la frontera de clase, incluso en partes de las nuevas clases medias y sectores populares. De hecho, la nueva clase media más que una clase social con existencia pública movilizada es una clase estadística, es decir, aún no es una clase con irradiación estatal.

De ahí las dramáticas formas con las que las fuerzas indígena-populares intentan escenificar y narrar sus resistencias. Se trata de otras maneras de construcción de opinión pública y de articulación del sentido común que se irradia a otros sectores sociales, pero a raíz del hecho de fuerza del golpe de Estado, ahora subalternizadas, fragmentadas.

Mientras tanto, el fascismo cabalga como un jinete enloquecido al interior de las murallas de los clásicos barrios de clase media. Ahí, la cultura y las razones han sido erradicadas sin disimulo por el prejuicio y la revancha. Y parece ser que sólo el estupor fruto de un nuevo estallido social o de la debacle económica que asoman en el horizonte, producto de tanto odio y destrucción, podrá agrietar tanta irracionalidad escupida como discurso.

 

ÁLVARO GARCÍA LINERA 
Página 12

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