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¿Quién era Delfín Lévano?

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Luis Alberto Sánchez pinta a Delfín Lévano como un dirigente textil (en su libro Haya de la Torre y el Apra). Felipe Cossío del Pomar (en Víctor Raúl) lo describe como un discípulo de Haya en la Universidad Popular González Prada, y distingue a este Lévano de “Lévano, el obrero”. La revista Así acaba de referirse a “los hermanos Lévano” como dirigentes del grupo anarcosindicalista “La Protesta” que conquistara la jornada de 8 horas en el Perú.

Por su parte, Haya escribió en artículo publicado en la revista Apra el 22 de febrero de 1946: “Un pequeño y dinámico grupo de buenos combatientes orientó educadoramente al movimiento obrero. Recordaré solo, entre los muertos, a algunos de aquellos cuyo conocimiento y amistad fue para mí ilustre estímulo: Delfín Lévano, que era una de las cabezas del anarcosindicalismo aquí, como el viejo Reynaga en Trujillo; Adalberto Fonkén, mi gran compañero y colaborador, el tejedor Elmore, Pablo León y otros, se alineaban en torno del intransigente grupo “La Protesta”.

¿Quién era, pues, Delfín Lévano? Tal pregunta parece habérsela formulado muchas personas. Sobre todo, a raíz de la romería a su tumba que, como todos los años, se realizó el Primero de Mayo.

Manuel Caracciolo Lévano

Manuel Caracciolo Lévano

El patriarca
El cielo de Lima, ha escrito Basadre, solo con el siglo XX se tiñó de humo de fábrica. Mi abuelo, Manuel Caracciolo Lévano, padre de Delfín, había sido guerrillero de Cáceres y pierolista de lucha armada. Había nacido de familia campesina de Lurín, al pie de Pachacamac. Al despertar la centuria, era panadero en Lima y ya no creía en Piérola. “Ha sido un engaño para los trabajadores”, escribió en su diario.

Poco después se hacía anarquista, sacudido por la prédica de Manuel González Prada. Rechazaba con ello todo partido político. Creía en que una organización sindical vigorosa, revolucionariamente orientada, podía tumbar, por medio de una huelga general, el capitalismo.

En mayo de 1905, el periódico Los Parias informó de algo insólito: “Por primera vez en esta tierra, el 1° de mayo desfilaron ante las autoridades absortas centenares de parias cobijados bajo el estandarte rojo”. El organizador de este desfile en memoria de los inocentes ahorcados en Chicago había sido Manuel Caracciolo Lévano.

“La Prensa” publicó una crónica completa de los sucesos de ese día. En la mañana se había efectuado una romería a la tumba de Florencio Aliaga, obrero del Callao muerto el 19 de mayo de 1904, durante una huelga por las 8 horas y otros puntos, llevada a cabo por portuarios, metalúrgicos y ferroviarios del puerto. “Por tren extraordinario, decía la edición vespertina del diario de Baquíjano, se dirigieron los obreros limeños al Callao en número de cuatrocientos o poco menos”. Previamente, se habían congregado, “presididos por el señor Caracciolo Lévano”, en la estación de San Juan de Dios (más tarde plaza San Martín).

En la tarde del mismo Primero de Mayo de 1905 hubo un acto solemne. Allí, González Prada pronunció su discurso hoy célebre sobre “El intelectual y el obrero”, en que llama a los intelectuales a ser, no lazarillos, sino compañeros de lucha del trabajador. Luego Manuel Caracciolo Lévano disertó sobre “Lo que son y lo que debieran ser los gremios obreros”. Ambos discursos fueron publicados íntegramente en el diario “La Prensa” al día siguiente.

Vibraban aún en el cable internacional las noticias sobre el sangriento “Domingo Rojo” en la Rusia Zarista. Ello explica por qué el discurso del panadero peruano, que llamó a luchar por la jornada de ocho horas, terminó con estas palabras: “¡que lo que hoy hacen los esclavos de la Rusia lo hagan mañana los esclavos del Perú!”.

Manuel Gonzáles Prada educó a la clase obrera nacional del Perú. Visitaba a Delfín Lévano en el cuarto  del callejón en el que vivía.

Manuel Gonzáles Prada educó a la clase obrera nacional del Perú. Visitaba a Delfín Lévano en el cuarto del callejón en el que vivía.

Los modernos parias
El obrero era entonces un verdadero paria en el país. En la fábrica de tejidos de Vitarte, por ejemplo, “se trabajaba de las siete de la mañana a las diez de la noche; otros días de siete de la mañana a nueve de la noche”. Así nos lo precisó alguna vez Luis Felipe Grillo, uno de los precursores de la lucha obrera.

Un capataz de fábrica tenía poder de decisión –o de puntapié– para lanzar al despido a quien quisiese. No existían indemnizaciones de ningún tipo.

Luis Miró Quesada escribía en su tesis de 1905 para optar el grado de Doctor en Derecho: “Opino que en el Perú no es necesario limitar a 9 horas la duración del trabajo como lo hace el proyecto del Dr. (José Matías) Manzanilla… puede sostenerse que no trabaja aquí el operario de modo tan excesivo que pudiera peligrar su salud”.

Este panorama explica por qué el patriarca sindical Manuel Caracciolo Lévano pudo decir en aquella noche tremante: “Si nadie, absolutamente nadie, se preocupa de nuestro bienestar, si las añejas doctrinas de la política conservadora no congenian con nuestros generosos sentimientos y propósitos regeneradores; si solo las ideas libertarias son las que convienen a nuestros intereses, aspiraciones y derechos, agrupémonos, pues, todos los obreros bajo el lábaro rojo Restaurador de la Libertad de las Libertades”.

Sobre ese discurso, sobre esa clase social, sobre esa época, se proyectaba la sombra de un gran limeño. Cierto que era el hombre más culto de Lima, y que tenía un corazón muy puro; era el aristócrata, adinerado y rubio Manuel González Prada. En mi infancia paupérrima escuché de labios de gentes humildes historias sobre las visitas del gran viejo a la casa de mi padre, en un humilde “solar” del jirón Mapiri. No era un retórico ese gran maestro.

El otro Lévano
Al comenzar el siglo, el bajo pueblo de Lima no conocía más organización propia que las sociedades mutualistas. Estas servían solo, en la definición lapidaria de Manuel Caracciolo, “para auxiliar enfermos y sepultar muertos”. El mérito del primer Lévano del movimiento obrero consiste en haber orientado a sus hermanos de clase hacia la organización moderna, de tipo sindical. Predicó con el ejemplo, antes de 1905, al dar a la Federación de Obreros Panaderos “Estrella del Perú”, cuyo presidente era, una finalidad y una estructura sindicales. En la primera directiva de la remozada entidad, ese año de 1905, figuraba un mozo de anchos hombros como de nadador. Era Delfín Lévano, de 19 años de edad, hijo amado de Manuel Caracciolo.

En adelante, los nombres de los dos Lévano iban a marchar unidos en la lucha, hasta el punto de generar confusiones. Ambos desplegaron, a lo largo de varios lustros, energía física, coraje, inteligencia y abnegación. Mi padre, a pesar de los horarios nocturnos de diez o doce horas en las panaderías, se daba traza para organizar, orientar, escribir artículos, pararlos luego a tipo, dirigir durante años La Protesta, a veces semanario, agitar, organizar, escribir poesías y obras de teatro (poseo una: Mama Pacha) y dirigir el Centro Musical Obrero. Claro está que no bebía alcohol y no fumaba. Por eso, sin duda, tenía tiempo para hacer a sus hijos panecillos con formas de manos o caras; o para pasearlos a hombros en el zoológico.

Cien veces apresados y torturados, mil veces perseguidos, parecían no conocer la fatiga –aparte de ignorar el miedo. Más tarde, en los años de la primera guerra mundial, se iban a incorporar a la lucha otros elementos notables. Entre ellos, Nicolás Gutarra, muerto en los Estados Unidos, y Adalberto Fonkén, que se hizo aprista y se suicidó en Trujillo allá por los años treinta.

Haya y las ocho horas
No fue una charla de café la lucha obrera, en particular por las ocho horas. En su transcurso, hubo matanzas como la de Chicama, en 1912, en que murieron 500 obreros del azúcar. Allá quien orientaba era Julio Reynaga, “el negro Reynaga”, un mulato que tenía la virtud de ser músico, leer mucho y enarbolar la bandera roja cada Primero de Mayo. Y que estaba conectado con los luchadores de La Protesta.

En Huacho, centro de proletariado agrícola que mi padre visitó a menudo, hubo una gran huelga en varias haciendas. Pedían aumento de salarios y jornada de ocho horas. Con astucia popular, los trabajadores organizaron en esa ciudad un desfile de sus esposas e hijos. Deseaban reclamar pacíficamente y eludir la represión. Calcularon mal. La Fuerza del Estado –1500 soldados, según una crónica– aplicó sable, metralla y bayoneta. Unas 150 mujeres fueron muertas. Fue el 2 de setiembre de 1916.

Innumerables fueron en Lima las acciones represivas de la fuerza pública.
Debe quedar claro que en esta lucha los obreros estuvieron prácticamente solos. Se hace figurar a Haya de la Torre como el arquitecto de las ocho horas. No es cierto. En el paro de enero de 1919, paro acordado desde diciembre de 1918 por los trabajadores, su intervención fue casual y tangencial. Fueron los obreros los que invitaron, ya en paro, a los estudiantes a acudir a sus asambleas. Algo más: Haya y sus compañeros, como consta en los diarios de la época, propusieron aceptar un horario de nueve horas: ocho con el salario anterior, una más con pago extra. Hombres como Delfín Lévano, que dirigían desde su escondite la lucha, paralizaron la propuesta. Lo que sí es exacto es que Haya se acercó desde aquel paro al movimiento obrero.

La honradez y la pureza
Desde 1930 hasta 1941, año de su muerte, Delfín Lévano estuvo postrado en un lecho de inválido. Consecuencia de la última tortura que sufrió, en los días finales del oncenio de Leguía. Se le había tenido secuestrado varias semanas. “Lo hemos desterrado al Japón”, decían a mi madre. Una huelga obrera obligó a que lo libertaran. Pero lo que retornó al hogar fue una masa morada y tinta en sangre, un ser hinchado que ya no podía caminar.

Una vez, en 1939, fueron a visitarle a su cuartucho de madera, en Lince, dos personajes. Uno era el comandante de la Marina Alfonso Vásquez Lapeyre, que se había apartado del aprismo para apoyar la candidatura presidencial de Manuel Prado. El otro, José Cristóbal Castro, aspirante a diputado en la misma ocasión. Este último había sido batallador líder portuario. Solo una cosa pedían a mi padre: que entregara su colección de periódicos obreros (La Protesta, Los Parias, Los Oprimidos, Armonía Social, etc.) a una Exposición de la Prensa Peruana. A cambio, le darían becas para sus tres hijos que bastante las necesitábamos. La respuesta fue serena: “Esos periódicos no me pertenecen. Son de los trabajadores. Yo no puedo negociar con ellos en beneficio de mis hijos”. Yo era un niño, y no conocía la respuesta que Prometeo, encadenado a las rocas, dirigió a Hermes, mensajero de Zeus: “No trocaría yo mi desdicha por tu servil oficio”.

Una vez, mi padre leyó a varios amigos un escrito mío. Eran versos de un muchachito que ya a los siete años había sabido lo que es ganarse el pan con el sudor de su frente. “¡Este chico va a ser un gran anarquista!”, exclamó un compañero. Mi padre replicó: “¿Por qué? ¿Quién puede decirlo? Yo no le voy a imponer mis ideas”. Aquel día comprendí su grandeza moral.

Era básico en él ese respeto por lo demás. En 1921, se realizó el Primer Congreso Local Obrero organizado por la Federación Obrera Regional Peruana, de tendencia anarcosindicalista. Delfín Lévano fue elegido secretario general del Congreso. Se discutió sobre la necesidad de que el certamen se pronunciase en pro del comunismo anárquico. Al final, él se levantó para proclamar su convicción a favor; pero precisar que “a nombre de los obreros panaderos, no puedo pronunciarme ni a favor ni en contra, por cuanto no he sido facultado para ello”. El texto fue recogido en El Proletariado, órgano de la F.O.R.P. de mayo de 1921.

Pienso que el caudal de experiencia, no solo de los Lévano, sino de todos los dirigentes y la masa obrera de ese tiempo; que el temple moral de ellos, es lo que explican a un José Carlos Mariátegui, cristalización y desarrollo genial de una época.

Muerte sin transfiguración
Delfín Lévano murió en setiembre de 1941, a los 56 años de edad. Antes que él y trabajando por mantener a su hijo y sus nietos, a los 76 años de edad, había muerto Manuel.

Murió Delfín en un asilo para pobres de Barrios Altos. Solo mi hermana menor y yo estábamos a esa hora a su lado. Era un mediodía de primavera. Él tenía el rostro rosado y los ojos limpios de los hombres puros, y una serenidad sobrehumana. Una monja le pidió que se confesase. Con voz tranquila, él le dijo: “No voy a confesarme. Nunca he hecho mal a nadie. Todo lo contrario. Si Dios existe, no tengo nada que temer”. Se puso loca la monja. Gritó. Ejecutó, en medio de la sala, una danza histérica. Un corazón viril y tierno había cesado de latir. Después, una inmensa multitud despidió a ese hombre que había demostrado la capacidad de energía creadora, conciencia, coraje y cultura que palpita en el gran corazón de los trabajadores.

César Lévano
Director

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La Revista

Los cósmicos avatares de la Serie B

Publicado

en

VÍCTOR HURTADO OVIEDO

Plutón es un planeta de la serie B. Como bien se sabe –aunque no tanto–, en la serie B yacen películas de bajo presupuesto, de bajas pretensiones, de bajas recaudaciones y de bajas recordaciones. Una superproducción se hace por todo lo alto, más las cintas de la serie B se hacían por lo bajo.

En los westerns de la serie B, el jefe cheroqui solía ser un irlandés maquillado de emergencia, y los granjeros muertos por los malos en el primer rollo, se parecían demasiado a los matones que repartían sillas voladoras en la bronca del saloon del grand finale.

En las cintas de vampiros de la serie B, los actores sí mordían ya que les pagaban sueldos de hambre. En las cintas futuristas de la serie B, confirmábamos que todo tiempo pasado fue mejor. En las cintas de zombis de la serie B, era divertido señalar al director.

En las cintas policiales de la serie B, el delito no estaba en el argumento, sino en la película. En las cintas románticas de la serie B, el único amor realmente traicionado era el amor al cine.

En las cintas musicales de la serie B, los bailarines tropezaban hasta con los diálogos. En las cintas de romanos de la serie B, los leones se limitaban inexplicablemente a comerse a los cristianos.

En las cintas de piratas de la serie B, el género rendía homenaje a los guionistas. En las cintas cómicas de la serie B, se reían de nosotros. En las cintas de la serie B, los cartones del decorado hacían un papelón.

En las cintas de la serie B, los actores parecían haberse aprendido solamente los parlamentos de los otros. En las cintas de la serie B, la dirección de los actores consistía en sus domicilios.

El luminotécnico de la serie B era un hombre de pocas luces. Para cualquier irresponsable, dirigir su primera película de la serie B era una forma de pedir una segunda oportunidad.

Empero, la serie B no se limita al cine: hay toda una serie de series B. Hay chocolates de la serie A (negros) y de la serie B (con leche), y habemos gente de la serie B, y se nos reconoce pues decimos “habemos” en vez de “hay”.

Entre los planetas existe una serie B: Plutón, Ceres, Eris, Makemake y Haumea. Hoy se los llama “planetas enanos” pues, aunque son redondos, son muy pequeños. Ninguno está entre los top ten, los que curiosamente son ocho.

La órbita de Plutón es más excéntrica que Salvador Dalí. Al fin, Plutón es otro de los millones de asteroides que orbitan alrededor del Sol, muy lejos, en el cinturón de Kuiper. Incluso, Ceres es más grande que Plutón, y la Luna es más grande que los dos.

En el año 2006, un congreso de astrónomos definió a Plutón como “planeta enano” (o sea, de la serie B). Plutón fue planeta de la serie A durante 76 años, pero él no cambió: cambió el afán de clasificar que impulsa a la ciencia.

La ciencia es la única mano que nos guía por entre la gigantesca selva del Sol –y por entre las selvas que imaginemos–. La ciencia es el cosmos en el caos.

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La Revista

Colombia: Una oportunidad perdida

Publicado

en

Atilio Boron
ALAI -AMLATINA

El resultado del plebiscito colombiano reveló la profundidad de la polarización que, desde el fondo de su historia, caracteriza a la sociedad colombiana.

También, la grave crisis de su arcaico sistema político incapaz de suscitar la participación ciudadana que ante un plebiscito fundacional -¡nada menos que para poner fin a una guerra de más de medio siglo!- que apenas si logró que una de cada tres personas habilitadas para votar acudiera a las urnas, una tasa de participación inferior a la ya de por sí habitualmente baja que caracteriza a la política colombiana.

La del domingo fue la mayor abstención en los últimos veintidós años y su resultado fue tan ajustado que hizo que la victoria del NO, como hubiera ocurrido ante un eventual triunfo del SI, sea más un dato estadístico que un rotundo hecho político.

NADIE LOGRÓ SU OBJETIVO
Los partidarios del SI habían dicho que lo que se necesitaba para consolidar la paz era una amplia victoria, que no bastaba simplemente con superar en votos a los partidarios del NO. Lo mismo cabe decir de sus oponentes.

Pero nadie logró ese objetivo, porque la diferencia de un 0.5 % a favor del NO podría sociológicamente ser considerada como un error estadístico que un nuevo recuento de votos podría eventualmente llegar a revertir.

Es prematuro brindar una explicación acabada de lo ocurrido. Habría que contar con información más pormenorizada que por el momento no está disponible.

Pero no deja de ser sorprendente que el anhelo de la paz, que era algo que cualquiera que haya visitado Colombia podía percibir a flor de piel en la gran mayoría de su población, no se haya traducido en votos para ratificar esa voluntad pacifista y refundacional de un país sumido en un interminable baño de sangre.

POLÍTICOS SIN CREDIBILIDAD
En lugar de ello la ciudadanía reaccionó con irresponsable indiferencia ante la convocatoria para respaldar los acuerdos trabajosamente conseguidos en La Habana. ¿Por qué?

Algunas hipótesis deberían apuntar, en primer lugar, a la baja credibilidad que tienen en Colombia las instituciones políticas, corroídas desde largo tiempo por la tradición oligárquica, la penetración del narcotráfico y el papel del paramilitarismo.

Este déficit de credibilidad se expresa en una retracción del electorado, tanto más importante cuanto más alejadas se encontraran de las zonas calientes del conflicto armado las regiones en las cuales el NO triunfó con holgura.

En cambio, aquellos departamentos que fueron teatro de operaciones de los enfrentamientos se manifestaron mayoritariamente a favor del SI.

Para decirlo en otros términos: allí donde los horrores de la guerra eran experimentados sin mediaciones y en carne propia –principalmente las regiones agrarias y campesinas- la opción por el SI triunfó de manera aplastante.

Tal es el caso del Cauca, con el 68 % votando por el SI; el Chocó, con 80 % por el SI; Putumayo, 66 % por el SI; Vaupes, 78 % por el SI.

En cambio, en los distritos urbanos en donde la guerra era apenas una noticia que divulgaban los medios, satanizando de manera implacable a la insurgencia, quienes acudieron a las urnas lo hicieron para manifestar su rechazo a los acuerdos de paz.

DEBILIDAD DE CAMPAÑA
Lo anterior remite a una segunda consideración: la debilidad del esfuerzo educativo hecho por el gobierno colombiano para explicar los acuerdos y sus positivas consecuencias para el futuro del país. Esta falencia había sido señalada por diversos observadores y protagonistas de la vida política de ese país, pero su llamado de atención al presidente Juan M. Santos fue desoído.

El confiado optimismo que primaba en los círculos gubernamentales (y también en algunos sectores cercanos a las FARC-EP) unido a la imprudente confianza puesta en los pronósticos de las encuestas -que, una vez más, fracasaron escandalosamente- hizo que se subestimara la gravitación de los enemigos de la paz y la eficacia de la campaña basada en el visceral rechazo a los acuerdos promovida por el uribismo.

DERECHA Y MEDIOS
El papel desempeñado por la derecha vinculada al paramilitarismo y los medios de comunicación, mismos que reprodujeron sin cesar las acusaciones de “traición” dirigidas al presidente Santos, galvanizaron un núcleo duro opuesto a la ratificación de los acuerdos que pese a ser minoritario en el conjunto de la población logró prevalecer porque sus adherentes acudieron masivamente a las urnas, mientras que sólo una parte de los que sí la querían se atrevieron a desafiar las inclemencias del tiempo y fueron a votar.

Persuasiva resultó ser pues la “campaña de terror” orquestada por la derecha, que en sus ominosas caricaturas presentaba al comandante Timoshenko ya investido con la banda presidencial y presto a imponer la dictadura de los “terroristas” sobre una población indefensa y sumida en la ignorancia, misma que encontró en el voto por el NO el antídoto necesario para conjurar tan pavorosa amenaza.

FRUSTRACIÓN Y ESPERANZA
En suma: es imposible abstraerse de la sensación de frustración que provoca este resultado. Como se dijo una y mil veces, la paz en Colombia es la paz en América Latina. Tremenda responsabilidad le cabe a las FARC-EP ante este deplorable resultado electoral. La sensatez demostrada por la guerrilla en las arduas negociaciones de La Habana deberá ahora pasar por una nueva prueba de fuego.

Y es de esperar que la tentación de retomar la lucha armada ante el desaire electoral sea neutralizada por una actitud reflexiva y responsable que, desgraciadamente, no tuvo la ciudadanía colombiana.

Las declaraciones del comandante Timoshenko ratificando que ahora las armas de la insurgencia son las palabras permiten albergar una semilla de esperanza. Lo mismo las manifestaciones de la dirigencia del ELN y la alocución del presidente Santos poco después de conocidos los resultados del plebiscito.

HABRÁ OTRA OPORTUNIDAD
Ojalá que así sea y que esta guerra de más de medio siglo, que a lo largo de estos años tuvo un costo equivalente a casi la mitad del PBI actual de Colombia; que despojó de sus tierras y desplazó de sus hogares a casi siete millones de campesinos; que produjo 265.000 muertes oficialmente registradas; que victimizó por la vía indirecta a dos millones y medio de menores de edad; que esa pesadilla, en suma, que ha enlutado a la entrañable Colombia pueda hundirse definitivamente en el pasado para abrir esas grandes alamedas evocadas por el heroico presidente Salvador Allende por donde habrán de pasar los hombres y las mujeres de Colombia para construir una sociedad mejor.

Ayer se perdió una inmejorable oportunidad para avanzar por el camino de la paz. Habrá otras, sin duda alguna.

*Director del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (PLED), Buenos Aires, Argentina.

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La Revista

Petroperú frente a Repsol

Publicado

en

JORGE MANCO ZACONETTI*

En la meca del capitalismo mundial, el estado norteamericano consideraba la exportación de hidrocarburos un asunto estratégico ligado a la seguridad nacional

Dice el bolero que recordar es volver a vivir. En el caso de las privatizaciones de las empresas estatales vendidas en la década del fujimorismo sería para volver a llorar, por los precios de ocasión al cual se transfirieron o mejor aún se remataron rentables empresas públicas, en especial las unidades de PetroPerú S.A. como la Refinería La Pampilla, los grifos, Solgás, Transoceánica, los lotes petroleros, lubricantes Petrolube, terminales etc.

La petrolera estatal reducida a las actividades de refino y distribución mayorista está siendo duramente cuestionada, por la derecha económica y sus sicarios ideológicos, después de estar durante casi 20 años en el limbo, en el corredor de la muerte respecto a su futuro como afirma el ex presidente de su directorio H. Campodónico.

Aparentemente hoy habría un consenso político de los diversos grupos políticos incluido el moderno fujimorismo para fortalecer a Petroperú como empresa pública, lo cual estaría en contradicción con su posible retorno al Fonafe como pretende el actual ministro de economía y finanzas. Ello significaría un retroceso en el gobierno en relación a tener una empresa petrolera moderna que debiera ser eficiente y rentable.

Sin embargo, en la realidad su destino es incierto, pues la petrolera estatal no participa en los grandes negocios en el sector de hidrocarburos que han permitido la valorización de empresas privadas, gracias a la explotación de nuestros recursos naturales como el petróleo, gas y condensados. La lista sería larga pero vale la pena para no olvidar a las empresas que se han enriquecido con la venta de los activos, filiales de Petroperú, tales como: Repsol, Pluspetrol, Petrotech ahora Savia, Graña y Montero, Pecsa, Sapet, Eléctrica de Piura entre otras.

 Este artículo constituye un homenaje y reconocimiento a un gran peruano como Raúl Wiener.

ESTADOS FINANCIEROS COMPARADOS DE PETROPERÚ Y REFINERÍA LA PAMPILLA  (RELAPASA)

SIN INTEGRACIÓN VERTICAL
Petroperú, al no tener acceso en la integración vertical, es decir sin contar con la producción propia de petróleo, al no tener grifos propios, pues la cadena Petrored está constituida por capitales privados que mantienen contratos de abastecimiento con la petrolera estatal, es decir, la misma no participa en los márgenes de distribución minorista, que superan el 20 por ciento de la rentabilidad neta.

Igualmente no tiene acceso al negocio del envasado, ni distribución minorista del gas licuado de petróleo (GLP) ni en la explotación, transporte ni masificación del gas natural; es pues una empresa destinada a languidecer, sin tener mayores excedentes económicos, utilidades que le permitan su valorización, ni repagar en el largo plazo el financiamiento de las inversiones que supone la modernización de la refinería de Talara.

Es más, a pesar que por su carácter estatal Petroperú sigue subsidiando la venta de combustibles en la Amazonía; también es sometida a contratos lesivos que ninguna empresa privada aceptaría como es el caso de los terminales marítimos y del transporte de crudo contratando a los mismos buques cargueros que antes le pertenecían, abonando tarifas superiores al promedio de mercado.

Tampoco puede aplicar tarifas de mercado por el alquiler de las plataformas marinas en el lote Z-2B, tarifas que se fijaron cuando el precio del crudo era de 20 dólares el barril, y que se mantuvieron invariables cuando el precio del crudo arribó a los 100 dólares el barril, y permanecen constante con los precios actuales que bordean los 48 dólares, con una clamorosa falta de inversiones en mantenimiento en los equipos, barcazas y plataformas cuya propiedad corresponde a PetroPerú.

También es manejada como agencia de empleo y caja chica por los gobiernos de turno, lo cual la pervierte como una empresa atractiva en la Bolsa de Valores. Sin embargo, con todas estas cargas, pasivos, partidas inusuales, manejo burocrático sigue siendo una empresa rentable.

MAYOR RENTABILIDAD FRENTE A LA COMPETENCIA
A pesar de la leyenda negra frente a la rentabilidad de Petroperú sirva la comparación con la competencia en el mercado de combustibles identificada con la Refinería La Pampilla cuyo mayor accionista es la transnacional española Repsol. Ambas en conjunto determinan aproximadamente el 86 por ciento de las ventas de combustibles en el mercado interno, con la salvedad que Repsol participa en los negocios de Camisea tanto en la explotación de los lotes 88, 56, y 57.

Si se tiene presente que en junio de 1996 se vendió el 60 por ciento de las acciones de la Refinería La Pampilla en el proceso privatizador por un valor de 180.5 millones de dólares, al Consorcio refinadores del Perú S.A., donde 38 millones de dólares correspondían a títulos, papeles de deuda externa que fueron comprados a precios de “huevo roto”, y reconocidos al 100 por ciento de su valor por la COPRI, hoy Proinversión, el organismo responsable de promover las privatizaciones.

Al tipo de cambio promedio vigente a la venta al sector privado de la mayoría accionaria de la Refinería La Pampilla los 180.5 millones de dólares resultaban equivalentes en esa época a un valor en soles de 443.4 millones, con mínimos compromisos de inversiones de 10 millones de dólares por año durante cinco años, es decir un total 50 millones de dólares. ¡Es decir todo un regalo!

Como se puede observar en el cuadro respectivo de los “Estados Financieros Comparados de Petroperú y Refinería La Pampilla” entre 1997 al 2015, es claramente evidente que la petrolera estatal con la Refinería de Talara con una capacidad de refino de 65 mil barriles diarios y Ref. Conchán con una capacidad de 13 mil barriles diarios, pese a una distancia geográfica de 1,200 kilómetros del principal mercado determinado por la demanda de la ciudad capital, es más importante en cuanto a la generación de ingresos y rentabilidad, en relación a la Refinería La Pampilla, que siendo más moderna tiene una mayor capacidad de refinación de 102 mil barriles diarios.

Al primer año de la privatización, 1997 Petroperú generó ingresos del orden de 3,484 millones de soles, con una rentabilidad operativa de 418 millones de soles y una utilidad neta de 266 millones de soles.

En cambio, Refinería La Pampilla, obtuvo ingresos del orden de 2,061 millones de soles, utilidades operativas es decir las utilidades antes de participaciones e impuestos por un valor de 241 millones de soles, y las utilidades residuales es decir las netas fueron equivalentes a 144 millones de soles.

A sabiendas que los estados financieros auditados no reflejan la verdadera utilidad pues existen una serie de mecanismos contables y tributarios para escamotear la real utilidad. Con los datos oficiales presentados por la propia empresa en sus memorias, se podría decir que el monto pagado de 443.4 millones de soles por la mayoría accionaria en junio de 1996, prácticamente se recuperó en los primeros cuatro años, si se suman las utilidades netas que hacen un total de 442 millones.

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