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Preparan retorno a clases 7 millones 500 mil escolares

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Preparan retorno a clases 7 millones 500 mil escolares

El ministro de Educación, Jaime Saavedra, confirmó que alrededor de 7 millones y medio de estudiantes de todo el país comenzarán el lunes próximo el año escolar 2014. Lo hizo en una conferencia de prensa en la Presidencia del Consejo de Ministros, junto a las titulares de los ministerios de Salud (Minsa) y Desarrollo e Inclusión Social (Midis).

“Esperamos que haya un comienzo del año escolar normal, que nos permita a todos la oportunidad de reafirmar nuestro compromiso con una educación de mayor calidad”, puntualizó con sus colegas del Minsa, Midori de Habich, y el Midis, Paola Bustamante.

Dijo que en el caso de que algunos colegios presenten problemas de infraestructura o estén siendo reconstruidos, el Ministerio de Educación (Minedu) tiene un programa de aulas prefabricadas provisionales.

“Se está tratando de cerrar todas las opciones necesarias para acondicionar las aulas y acomodar a los alumnos en aulas prefabricadas o en pabellones en los cuales no haya problemas de empezar las clases. Hay un trabajo intenso de parte de la Dirección Regional de Educación de Lima y de las UGEL para asegurar que ello se dé”, apuntó.

Recordó que en el censo de infraestructura educativa “arrojó como cifras iniciales que hay un déficit de 56 mil millones de nuevos soles, aproximadamente el 10% del PBI”.

En ese contexto, señaló que se está explorando acelerar mecanismos de inversión como obras por impuestos y alianzas público-privadas, “que permitan acelerar el gasto en infraestructura y mejorar la inversión en mantenimiento de los colegios”.

Este año se ha destinado 280 millones de nuevos soles para el mantenimiento de las escuelas, dinero que está repartido en 45,000 escuelas.

Salud y alimentación
La ministra De Habich reafirmó que más de 800 mil niños de nivel inicial y primaria beneficiados con el programa de alimentación escolar Qali Warma estarán a su vez asegurados en el Seguro Integral de Salud (SIS) y más de dos millones 100 mil niños del país tendrán asegurado un servicio de alimentación de calidad.

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Obras imperdibles para los fanáticos del fútbol, historia y música peruana

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Obras imperdibles para los fanáticos del fútbol, historia y música peruana - Día Internacional del Libro

En el marco del Día Internacional del Libro, se recomienda 5 libros imperdibles para los hinchas del fútbol peruano a puertas de la Copa América 2019, para los amantes de la fotografía documentada y la música de la costa del Perú, también para los emprendedores que buscan conocer el verdadero secreto del negocio inmobiliario y para las personas que desempeñan posiciones de máxima responsabilidad en organizaciones.

Entre la selección de libros figuran “Uchuraccay” del fotógrafo documental Franz Krajnik Baquerizo; “Félix Casaverde, guitarra negra identidad y relaciones de poder en la música de la costa del Perú” del musicólogo Fernando Elías Llanos; “Golpes y goles” del historiador y periodista deportivo Jaime Pulgar Vidal, “Negocio inmobiliario Planeamiento y gestión de proyectos” del ingeniero Carlos Cornejo y “50 Autopsias de crisis ¿Por qué el manejo mata más que el sistema” del consultor y conferencista Paul Remy.

Cabe señalar que los cinco libros fuero publicados por la Editorial UPC de La Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y están disponibles en Librerías SBS y Libun (dentro de cada campus UPC).

Cultura e historia

Para los interesados en la historia, el libro “Uchuraccay” narra a través de un ensayo fotográfico cómo viven el dolor las familias de los 135 campesinos de la comunidad altoandina Uchuraccay asesinados por parte de Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas.

Un hecho fatal del que poco se sabe y que a través de la visión del autor se logra transmitir al lector junto con la sensación de trabajo, lucha y amor que existe entre los pobladores, quienes impulsan el desarrollo de su comunidad y la hacen levantarse entre las cenizas.

Otra de las publicaciones recomendadas es “Félix Casaverde, guitarra negra identidad y relaciones de poder en la música de la costa del Perú”, un libro en donde el protagonista es el reconocido guitarrista Félix Casaverde, compositor de “Tarimba Negra”, “Cuatro tiempos negros jóvenes” o “Negro joven”, entre otras piezas musicales en las que colaboró con importantes artistas de la música criolla como Chabuca Granda, Susana Baca, Tania Libertad, Eva Ayllón y Lucía de la Cruz. La obra no solo invita a conocer el universo musical del artista, sino también la identidad negra a través de la historia y el rezago del racismo en la actualidad.

Para los hinchas peruanos

Un libro que no puede faltar en la biblioteca de todo hincha del fútbol es “Golpes y goles”, una publicación en donde se narra cómo se originó este deporte foráneo en el Perú; cómo se masificó de tal forma que pasó de ser jugado por la élite en un inicio a los peruanos que estudiaban, los obreros y también por los muchachos callejeros; y finalmente cómo la clase política lo utilizó como un instrumento para establecer lazos y ejercer poder sobre los ciudadanos.

Negocios y emprendimiento

Para las personas interesadas en sumergirse en el rubro inmobiliario y conocer cuál es su secreto se recomienda el libro “Negocio inmobiliario, Planeamiento y gestión de proyectos”, una guía de planeamiento y gestión de proyectos inmobiliarios que, de una manera sencilla y didáctica, explica los procesos y métodos para garantizar la rentabilidad de la inversión en el negocio de la construcción.

Además, da ejemplos de análisis de factibilidad, fideicomisos, estructuras de egresos e ingresos y condiciones crediticias, así como modelos de análisis de mercado, entre otros.

Finalmente, para las personas que ocupan una posición de máxima responsabilidad en organizaciones como gerentes o directores, se recomienda “50 Autopsias de crisis ¿Por qué el manejo mata más que el sistema”, un libro que examina minuciosamente 50 casos de crisis como accidentes fatales, desastres ecológicos, contaminación de alimentos, colapso de servicios e imputaciones de fraude, ataques informáticos, protestas ciudadanas, entre otras situaciones críticas que enfrentaron directivos en el mundo real.

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Mozart ha muerto. Salieri no se alegra

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JAIME BAYLY - ALan García Pérez

Conocí a Alan García en 1984. Era diputado y candidato presidencial. Tenía apenas 35 años. Yo tenía un programa de televisión. Se llamaba “Conexiones”. Pertenecía a una generación posterior a la de Alan: contaba 19 años.

Lo entrevisté en una convención de empresarios. Quedé impresionado por su inteligencia, su elocuencia y su simpatía. Era un mago con las palabras, un hipnotizador. Había nacido para seducir. No había quien se resistiera a sus encantos. Parecía imbatible. Lo era.

Poco después volví a entrevistarlo en su casa. Vivía en una torre moderna en la avenida Pardo de Miraflores. Conocí a su esposa Pilar. Argentina, cordobesa, hija de un gobernador de Córdoba, me pareció una señora tan bella como distinguida. Poseía una elegancia natural. Luego de la entrevista, Alan me mostró algunos libros de su vasta biblioteca.

Citó de memoria varios poemas de Neruda. Recitó el poema de Neruda, “Alturas de Machu Picchu”. Quedé arrobado con su vasta cultura, infrecuente en un político de mi país. Sentí genuina simpatía y admiración por él. Pensé que hasta podía votar por él. Estaba equivocado. El destino se ocupó de torcer esos planes, sabotear esa incipiente amistad.

Un líder histórico de su partido, Andrés Townsend, hombre de honor, que había fracasado en su intento de ser candidato presidencial en las elecciones de 1980, me llamó a su casa, diciendo que debía transmitirme un mensaje urgente. Acudí, presuroso. Townsend me llevó a su biblioteca y dijo:

–Alan está loco. Sufre de trastornos mentales. Tenemos que impedir que llegue al poder. Sería una catástrofe para el Perú.

Luego me contó que Alan había sido internado varias veces en la clínica San Felipe de Lima, donde lo habían sometido a la cura del sueño, durmiéndolo con sedantes para que saliera de profundas crisis depresivas, o para que se calmase de virulentos estallidos maníacos, o para salvarlo de hacerse daño. Le prometí a Townsend que usaría esa información tan pronto como pudiese.

–Tienes que preguntarle si le han hecho la cura del sueño –me dijo-. El Perú tiene que saber que es un loco peligroso.

Quedé muy perturbado luego de aquella conversación. Los dueños del canal, tres hermanos encantadores, veían con simpatía a Alan, y uno de ellos era su íntimo amigo y confidente. Yo sabía que, si le hacía esa pregunta a Alan, estaría en problemas. Sin embargo, sentía que mi misión era informar a los peruanos de aquella zona oscura del candidato favorito para ganar la presidencia.

Una semana antes de la primera vuelta electoral, uno de los dueños del canal me dijo que Alan daría su última entrevista de campaña en un programa llamado “Pulso”, que se emitía los lunes por la noche. En ese programa había un moderador y un panel con cuatro periodistas que hacían las preguntas. El dueño me pidió que estuviera en el panel y preguntó:

-¿Lo vas a tratar con cariño, no?

-Sí, claro, le dije.

Pero estaba mintiendo. Porque horas antes de que el programa se emitiera en vivo, decidí que haría la pregunta kamikaze, aun a riesgo de que me despidieran. No solo pretendía que Alan se viese obligado a confesar que sufría de trastornos mentales y le habían hecho la cura del sueño, sino, vaya si era ingenuo, quería evitar que llegase al poder. Me creía tan poderoso que pensaba: si le hago la pregunta y lo humillo y queda en ridículo, perderá las elecciones y yo quedaré como un héroe. Me enternece recordar la estupidez de mi candor.

Cuando el moderador me concedió el turno de mi primera pregunta, hice acopio de valor y pregunté:

-¿Alguna vez ha estado internado en una clínica de salud mental? ¿Le han hecho la cura del sueño?

–Su pregunta es un golpe bajo que no voy a responder -dijo Alan.

Tan pronto como terminó el programa, mis compañeros del panel me dijeron que me había metido en unos líos serios. Tenían razón. Días después, cuando Alan ya había ganado, uno de los dueños del canal me llamó a su despacho y me dijo que, si quería continuar trabajando en esa televisora, solo podía hablar de política internacional, ya no de política peruana y, sobre todo, no de Alan García, quien, como era previsible, arrasó en la primera vuelta de un modo tan abrumador, empequeñeciendo a sus adversarios, que no hubo ya necesidad de ir a una segunda votación.

Alan llegó al poder, juró como presidente, redimió a su partido de los fracasos históricos. El país entero estaba rendido a sus encantos, hincado de rodillas ante él. Yo no podía aceptar la censura que me imponía el canal. Renuncié. Me quedé sin trabajo. Ningún canal quería contratarme, sus dueños temían que esa insolencia les costase caro. Alan me había derrotado.

Semanas después, tuve la extraña fortuna de que me contratasen para presentar un programa de política internacional que se grababa en Santo Domingo. Se llamaba “Planeta 3” (porque el tercer planeta del sistema solar es la Tierra, qué nombre jalado de los pelos). Era un programa de política internacional.

Yo era el moderador y tenía tres invitados en un panel, a quienes sometía a mis preguntas. Viajaba todos los meses a Santo Domingo para grabar el programa. Los cinco años que duró el primer gobierno de Alan, estuve fuera de la televisión peruana. Vivía entre Lima, Santo Domingo y Miami, siempre en hoteles.

Cuando Alan todavía gozaba de una prolongada luna de miel con los peruanos, allá por 1986, uno de los dueños del canal intentó que nos reconciliásemos. Me pidió que viajase a Nueva York y me presentase en el hotel Waldorf Astoria, donde estaría alojado Alan, quien hablaría en Naciones Unidas, y le pidiese una entrevista y presentase mis disculpas por la pregunta sobre su salud mental.

-Alan te va a perdonar -me dijo el dueño-. Y te va a dar una entrevista. Pero tienes que comenzar disculpándote.

Viajé a Nueva York. Me presenté en el Waldorf Astoria. Mi plan era pedirle la entrevista: si me la concedía, no me disculparía y le haría de nuevo la pregunta que no había querido responder. Me anuncié en la recepción. Me dejaron esperando un par de horas. Cuando finalmente entró Alan caminando con paso imperial, mirando desde el olimpo de sus dos metros de altura, quise acercarme a él, pero dio instrucciones a sus custodios de que lo impidiesen.

Me miró con desdén. Luego entró en el ascensor, me dirigió una última mirada envanecida y las puertas se cerraron. No hubo disculpas, reconciliación, entrevista. Alan tuvo la astucia de sospechar que, si me daba la entrevista, yo no me replegaría, seguiría incordiándolo. Por eso no quiso dignificarme y me hizo sentir un bicho, un insecto. Esa noche, en un bar, una reportera de televisión muy guapa, consentida de Alan, me hizo una confidencia:

–Alan me ha dicho que él es Mozart y tú eres su Salieri.

Me dolió. Me sentí humillado. Pero era verdad: Alan era Mozart, un genio absoluto de la política, la seducción, la hipnosis colectiva, un hechicero, un mago. Yo era su Salieri envidioso, rencoroso: nunca podría ser tan brillante y encantador como él, estaba demasiado lastrado por mis vicios, defectos e imperfecciones como para alcanzar las cumbres del poder, la gloria inmortal.

Yo hubiera querido ser como él, un político de formidable talento, pero ya entonces sabía que, además de las mujeres, me gustaban también los hombres, algo que me esforzaba tontamente por encubrir, y por eso comprendía que nunca llegaría a ser un presidente amado, adorado, como Alan. Recuerdo que aquella noche, en el bar de Nueva York, le dije a la reportera:

-Yo no aspiro a la gloria de la política. Yo quiero ser un escritor. Estoy escribiendo un libro. Yo no soy su Salieri, porque aspiro a la gloria del escritor.

Pero estaba engañado: en verdad, Alan era Mozart y yo era su Salieri. Una vez más, me había derrotado. Su inteligencia y su astucia me sobrepasaban largamente.

El tiempo puso las cosas en su lugar. Su paso por el poder, a tan precoz edad, puso en evidencia que no era una persona del todo estable. Yo tampoco lo era. No sabía entonces que era bipolar, quizás como el propio Alan. Es decir que la nuestra fue una pelea épica de dos locos que no sabíamos que estábamos locos.

Años después, en 2001, cuando Alan había regresado de París y era nuevamente candidato presidencial, y había pasado a la segunda vuelta contra todo pronóstico, enfrentando al cachafaz de Alejandro Toledo, fui a visitarlo a la casa de su partido. Me recibió en privado. Nos dimos un apretón de manos, nos confundimos en un abrazo, nos perdonamos, olvidamos los agravios del pasado, enterramos los rencores. Alan se sentía un ganador, una criatura mitológica: había salvado la vida, pues Fujimori ordenó matarlo, y escapado con astucia de la sañuda persecución de esa dictadura, y ahora estaba de regreso, cerca de volver al poder, acallando a sus enemigos y envidiosos de toda la vida.

Yo también me sentía un ganador, en cierto modo: había conseguido ser un escritor, publicado varios libros en España, y la crítica en ese país había sido benévola con mis novelas, y ahora hacía un programa de éxito en Lima, “El Francotirador”. En un gesto de gratitud y caballerosidad, correspondiendo a la visita que le hice, Alan me concedió una entrevista de una hora en televisión. Vino al estudio con Pilar, su mujer. Me atreví a hacerle de nuevo la pregunta de 1985. Negó que tuviese problemas mentales. Le recordé que me había censurado.

Lo negó. Le pedí que pidiera disculpas por su primer gobierno paupérrimo. Lo hizo. Cuestioné su vida desahogada en París. Se defendió con sagacidad. Al final de la entrevista, no éramos amigos, pero tampoco seguíamos siendo enemigos. Improbablemente, nos habíamos reconciliado. Alan ya no era tan soberbio como en su juventud. La larga travesía por el desierto había rebajado el tamaño colosal de su ego.

Cinco años después, cuando pasó a la segunda vuelta con el chavista de Ollanta Humala, apoyé públicamente a Alan y voté por él. Luego, ya siendo presidente, me burlé sin compasión de él todos los domingos desde “El Francotirador”. Alan no llamó al dueño del canal a quejarse, a pedir que me sacasen del aire. Había aprendido la lección. Había forjado una tolerancia a la crítica, aprendido a ser un estadista que entendía el papel irritante de la prensa, que debía ser hostil a quien ocupaba el poder.

Mis críticas feroces, bromas desalmadas y dardos envenenados no le hicieron demasiada mella, no socavaron nuestra amistad o, cuando menos, no erosionaron nuestra alianza de mínima cordialidad. No me guardó rencor. No me sumó a la lista negra de sus enemigos. Entendía que su oficio era administrar el poder y el mío, criticarlo, burlarme de él.

Sé que no me guardó rencor porque, al final de su segundo mandato, cuando mi nombre apareció entre los candidatos presidenciales más favorecidos en las encuestas, le pedí una cita secreta y me recibió en la casa de gobierno a medianoche. Le conté, ya casi como amigos, deslizándonos al terreno de las confidencias, mis problemas de salud mental, de bipolaridad e insomnio, y hasta enumeré las pastillas que tomaba.

Le dije que no sabía si debía inscribirme como candidato. Me animó resueltamente. Me dijo que tenía la oportunidad de pasar a la historia. Habló de la gloria insuperable de servir a los más pobres. Dijo que podía ganar, si defendía una agenda liberal y me convertía en el candidato de los jóvenes. Fue sumamente generoso conmigo. Me aconsejó en tono paternal, sentí que me tenía genuino afecto. Dijo que, si me lanzaba como candidato, él me apoyaría.

Pero yo no sabía si lanzarme o no. Temía que, si me lanzaba, dejaría de ser un escritor. Temía que, si entraba en política, nunca más conseguiría salir de esa ciénaga en la que acababan hundiéndose culpables e inocentes, héroes y villanos. Temía que la descomedida pretensión de la gloria me condujese al precipicio, al despeñadero.

En medio de aquellas tribulaciones, invité a Alan a cenar en mi casa de San Isidro. Vino con su novia, una mujer encantadora. Volvió a animarme para ser candidato presencial. Me recordó que debía defender una agenda moderna, libertaria, que capturase la imaginación de los jóvenes. Le dije que no tenía dinero para financiar la campaña. Se río.

En tono paternal, me dijo que, si inscribía mi candidatura y despuntaba en las encuestas, la plata llegaría sola, pues los empresarios más poderosos solían precipitarse a financiar las campañas de los candidatos con posibilidades de ganar. Tenía razón. En efecto, la plata llegaba sola. Poco después, el representante de Odebrecht se ofreció, en una cena en el club Nacional, a financiarme la campaña presidencial. Para comenzar, podía darme un millón de dólares.

-Tú entiendes que no es una donación, sino un préstamo -me advirtió.

Era evidente que, si yo ganaba, lo que parecía harto improbable, dado mi historial de escándalos, mi conducta disoluta y mis trastornos bipolares, tendría que pagarle la deuda, concediéndole obras públicas millonarias.

Por suerte, tomé la decisión de no inscribir mi candidatura presidencial. Recordé lo que le había dicho a la reportera en Nueva York: yo no quiero ser un político, quiero ser un escritor.

Aquella fue la última vez que vi a Alan: en mi casa de San Isidro, en Lima, en 2010. Luego nos distanciamos: conté en una columna que me había espoleado a ser candidato, diciéndome que la plata llegaría sola. No debí hacerlo. Fue una infidencia. Era una cena íntima y lo que allí se habló debió preservarse en secreto. Pero no soy bueno para guardar secretos: mi familia lo sabe bien.

Esa noche, en mi casa, Alan me dijo que creía en la vida eterna, que a menudo se le aparecía el espíritu de Haya de la Torre, el fundador de su partido, que estaba seguro de que se reuniría con Haya y con su padre, Carlos, en la vida eterna. Espero que ahora se encuentre en tan buena compañía.

Alan: fue un honor ser tu enemigo y brevemente tu amigo. Te extrañaré. Que Dios se apiade de tu alma y te conceda el descanso eterno que mereces.

Mozart ha muerto. Salieri no se alegra.

 

JAIME BAYLY
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El país necesita la donación de 640,000 unidadesde sangre

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Donación de sangre

El país requiere anualmente 640,000 unidades de sangre donadas para cubrir la demanda existente en todo el sistema nacional de salud. Para ello se requiere contar con 214,000 donantes voluntarios de sangre repetitivos (si donaran 3 veces al año), informó el jefe de la Dirección de Banco de Sangre y Hemoterapia del Ministerio de Salud (Minsa), José Fuentes Rivera Salcedo.

La sangre se requiere antes, durante y después de numerosas operaciones, tales como el trasplante de médula ósea en niños en la que se puede demandar entre 25 y 100 unidades antes de la operación, cantidad que ningún padre o madre de familia podrá reunir en forma inmediata, precisó.

El experto detalló que durante el 2018 se logró recaudar 382,586 unidades de sangre. De este total solo el 9.85% fueron de donantes voluntarios de sangre, las restantes proceden de donantes por reposición 90.15% (344,909).

ÚLTIMOS EN DONACIÓN

“Cada persona que dona sangre debe ser educada en que la seguridad de la sangre depende del donante y que además puede salvar tres o cuatro vidas porque cada unidad puede fraccionarse en varios productos: paquete globular, plasma, fresco congelado, plaquetas y crioprecipitado, (contiene los factores de coagulación). Cuatro componentes que necesitan miles de personas a diario”, añadió.

Fuentes Rivera lamentó que el Perú se encuentre en los últimos países de Latinoamérica en cuanto a donación voluntaria de sangre y eso debido a que aún subsisten muchos mitos alrededor de este acto de gran de desprendimiento a los demás.

“La gente piensa que se va a debilitar, que se volverán anémicos. Otros creen que se van a engordar o que perderán la capacidad sexual. Eso es totalmente falso. La hemoglobina se recupera prácticamente en dos o tres meses. El varón puede donar cada tres meses, mientras que la mujer puede hacerlo cada cuatro meses”, precisó el especi alista.

BANCOS DE SANGRE

Fuentes Rivera informó que en Lima hay 35 distribuidos en diferentes sectores: Minsa, EsSalud, Fuerzas Armadas, PNP y Privados. Países como Cuba, Canadá y Estados Unidos han logrado tener el 100% de donación voluntaria de sangre, Colombia ha llegado al 90%, mientras que Ecuador ha sobrepasado el 50%.

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