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Especial

¿Por qué tanto desamor?

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Una pregunta que ningún observador de la política peruana actual puede dejar de hacerse es ésta: ¿De dónde viene la profunda animadversión que los así llamados “poderes fácticos” profesan hacia el presidente Ollanta Humala?

El fenómeno, sobre el que de ningún modo soy el primero en llamar la atención, es abundantemente verificable; las explicaciones —que las hay— no terminan de satisfacer. Aunque para todo efecto práctico Humala es su gobernante, la resistencia al Gobierno desde sectores como los representados por gremios empresariales y grandes grupos mediáticos es sostenida y continúa sin visos de amainar. ¿Por qué?

TRADICIÓN DE TRAICIONES
Ollanta Humala es parte de una tradición política peruana que, con al menos dos décadas y media de continuidad en su versión más reciente, ya se está haciendo muy larga: la de candidatos que se lanzan en carrera a la presidencia desde plataformas más o menos populistas, con un discurso que recoge las expectativas de reivindicación y resistencia de amplios sectores de la ciudadanía, pero que, una vez llegados a Palacio, cambian bruscamente de lenguaje y de práctica, y defraudan a sus electores.

Fujimori en 1990, Toledo en buena medida después de él, Alan García el 2006: todos han hecho lo mismo. Toman posición (muy genéricamente) a la “izquierda” de sus principales contrincantes en la primera vuelta, depositan ese capital en la segunda aun cuando se van moviendo hacia el “centro” —dondequiera que éste esté en un momento determinado— y acaban gobernando desde la derecha, ya sin comillas. La jugada es antigua pero, lo tenemos a la vista, casi siempre funciona.

Las razones las conocen bien las ciencias políticas, y quizá no sea del caso abundar mucho en ellas. Tienen que ver, por un lado, con carencias estructurales de nuestra política, el agujero negro de la institucionalidad partidaria, la profunda desarticulación de la vida civil, el desprestigio de los discursos opositores después de los años ‘80 y ‘90 del siglo pasado, el absoluto dominio del capital sobre la sociedad, y varias cosas más. Tienen que ver también, por el otro lado, con la histórica incapacidad de la derecha más desembozada de ganar elecciones nacionales, una incapacidad que divide a sus bases, le abre oportunidades al populismo en campaña y alinea al menos a algunos sectores de aquellos “poderes fácticos” detrás de este tipo de candidato (y detrás de ese tipo de gobernante, una vez ganadas las elecciones), aun si dicen lo contrario.

Incluso así, la agitación antihumalista es incesante. Los voceros técnicos y no tan técnicos de la derecha se desgañitan acusándolo de “estatista” e “intervencionista”. La Confiep saca, cuando se le ocurre, impredecibles comunicados advirtiendo sobre una “pérdida de confianza” entre los que saben (y los que tienen) y un consecuente drenaje de capitales. Todos se despeinan un poco anunciando una catástrofe de proporciones venezolanas a la vuelta de la esquina, pero ninguno de sus augurios se cumple jamás.

Más bien, sucede lo contrario. El riesgo real para “el modelo” macroeconómico es muy cercano a cero y el Perú continúa en una línea ultraortodoxa, sin resquicios ni complicaciones. Pero, a pesar de todo, quienes deberían saberse (porque lo son) los principales beneficiarios de este manejo del Estado, no dejan de oponerse a él.

¿Por qué tanto desamor?

POLÍTICA “NORMAL”, Y DE LA OTRA
Quizá es que nadie en esos círculos ha olvidado al Humala del 2006, que estuvo muy cerca de ganar aquellas elecciones con una camiseta roja por vestimenta (al final, las ganó Alan García). Haga lo que haga el Presidente para demostrar su aggiornamento, los poderosos desconfían. Temen que a la primera de bastos se saque la careta y se convierta en el Hugo Chávez de sus pesadillas. El que la verdad sea otra —Humala ya se ha quitado varias caretas, todas en sentido contrario— no parece aliviar tales miedos.

Otra posibilidad es que el rechazo no sea a Humala sino a personajes de su entorno, menos fáciles de encuadrar y de controlar. Específicamente, Nadine Heredia, su esposa. En este caso, el temor no sería a un gobierno ya bastante desdentado, sino a la hipotética posibilidad de una segunda ronda del Nacionalismo en Palacio, más apegada a los planes originales de transformación (grande, mediana o pequeña) y menos a la “hoja de ruta” con la que ahora Humala administra las cosas.

Pero estas lecturas (y otras) del empecinado desamor que los poderes fácticos peruanos demuestran hacia Ollanta Humala no parecen agotar el fenómeno. Uno intuye algo más opaco e impenetrable detrás de tales actitudes, algo más profundo y sintomático. Las explicaciones ensayadas hasta aquí se concentran en lo que todavía imaginamos como la forma “normal” de hacer política en el Perú, pero es posible que a estas alturas ya estemos hablando de otra cosa.

Quizá lo que se está expresando en el rechazo a Humala desde los grupos empresariales y mediáticos no tenga tanto que ver con él y su gobierno propiamente dichos, sino con una suerte de nostalgia por modos distintos de administración del Estado, aún frescos en la memoria nacional y aún abiertos como posibilidad futura. En otras palabras, creo que no es casual que la resistencia al presente régimen se haya terminado manifestando sobre todo como la esperanza de un retorno de opciones ya vividas —el retorno del segundo Alan García o el del fujimorismo—, antes que como la construcción de nuevas/viejas opciones orgánicas de derecha.

Y esto es importante porque, dígase lo que se diga de Ollanta Humala, lo cierto es que cualquier crítica que razonablemente se le pueda hacer a su gestión (y hay muchas) empalidece cuando se la confronta con lo que ha sido la política peruana de las últimas dos décadas y media. Cierto: no es posible saber hoy qué se averiguará mañana, y poner las manos al fuego por un político peruano es un ejercicio bobo. Pero aun así, visto a la luz de esa historia reciente y todavía viva, Humala es un gobernante “normal” entre nosotros. Y resistirse a él tan visceralmente desde la posición de aquellos a quienes beneficia es, quizá, una manera de resistirse a esa norma.

¿Por qué tanto desamor?

EL DESEO ANTIDEMOCRÁTICO
Desde esa perspectiva, el rechazo de los poderes fácticos a Ollanta Humala, haga éste lo que haga, no resulta tan incomprensible. Construir contra toda evidencia una realidad alternativa (“Ollanta es Chávez”) permite a muchos de sus opositores darle expresión a un deseo político que de otra forma el discurso tendría problemas para articular: si he de escoger entre un guardián “normal” del modelo y un guardián perverso, prefiero siempre la segunda opción.

Así, lo que sectores como los representados en la Confiep y amplificados en El Comercio están diciendo sin decir, es esto: prefiero los narcoindultos, los negociados, los niveles más espectaculares de corrupción; prefiero las esterilizaciones forzadas, el 5 de abril, la salita del SIN; prefiero hacer negocios con ese gobernante y con ese Estado que con el actual. No se trata del “modelo”: se trata de todo lo demás.

Estamos hablando, entonces, de una patología, más allá incluso de las mil y una enfermedades de nuestra clase política. Se trata de algo de más amplio espectro, más difuso e insidioso: una patología que fluye a través de todo el cuerpo social, que nos aflige a todos como ciudadanos —que se convierte, de hecho, en el contenido mismo de nuestra ciudadanía— y se manifiesta no solo en la derecha, los grandes medios de comunicación o los sectores A y A+, sino dondequiera que uno posa la vista. Una patología que se está convirtiendo, si no se ha convertido ya, en la nueva normalidad, el terreno “natural” en el que se determina nuestra vinculación con la cosa pública.

Si lo que digo parece demasiado abstracto y anclado en la teoría, sugiero a los lectores que se den un par de vueltas por la realidad. Observen, por ejemplo, la manera sociopática en que los peruanos hoy ocupamos los espacios públicos, desde las calles hasta las playas; observen la forma en que hemos basurizado con deleite nuestros discursos, tanto en los medios como en la vida diaria; observen el modo en que verbalizaciones y prácticas de dominación y exclusión —el racismo, la violencia de género, la imposición de clase— han vuelto a ocupar la superficie de nuestra vida social casi sin encontrar fricciones o resistencias. Y así sucesivamente. Los ejemplos no hacen otra cosa que abundar.

Es cierto que nada de esto es nuevo: el Perú nunca terminó de convertirse en una democracia liberal (y aun si lo hubiera hecho, sus “contradicciones” persistirían en la práctica). Pero hoy estos deseos antidemocráticos están, como no estaban hace tiempo, normalizados en la textura de nuestras experiencias diarias y son el modelo básico de nuestra relación con los demás. En muchos sentidos, no son ya tan solo lo que somos, sino también lo que queremos ser.

Por supuesto, estas realidades alternativas no son aún “la realidad”, y oponerse a ellas, como sucede desde otros lugares de la vida pública, con otros discursos y otras prácticas, es todavía posible además de necesario. Pero en el corto plazo, el psicodrama nacional que ya está siendo la carrera hacia las próximas elecciones presidenciales, las del 2016, ofrece pocos motivos para ser optimista. Las voces que escuchamos a diario desde tantos espacios de poder continuarán diciéndonos lo que han dicho hasta ahora, y nos arrastrarán consigo cada vez un poco más hacia ese abismo. Lo trágico es que una vez satisfecho su deseo (si tal cosa es posible), los que perderán no serán ellos, que no pierden jamás.

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Especial

Turquía: el portazo de Erdogan

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Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan

El viernes 12 de julio, tres grandes aviones cargueros rusos aterrizaron en la base aérea Mürted, a unos treinta kilómetros al noroeste de Ankara, transportando las primeras piezas del sistema de defensa aérea S-400 Triumf que incluye 128 misiles, compradas por Turquía a Rusia. Se estima que el sistema, que costó cerca de dos mil quinientos millones de dólares, estará listo para operar en 2020.

Esta compra precipita lo que hasta hace pocos años parecía un imposible, la ruptura de la lejana alianza de los Estados Unidos con Turquía, que en los años de la Guerra Fría fue de una importancia capital para el Pentágono, desde entonces mucha agua pasó bajo el Puente del Bósforo y hoy pone a Ankara a jugar en un bando opuesto al de la OTAN, organización de la que es parte desde 1952.

El desafío cumplido de Recep Tayyip Erdogan, puede inscribirse no solo como una victoria para el propio presidente turco, sino también para el presidente Vladimir Putin, que, con esta jugada, una vez más pone en ridículo a Donald Trump, que desde que se conocieron las negociaciones entre el gobierno turco y la corporación de defensa estatal rusa Rostec, fabricante de los S-400, en 2017, no ha hecho más que amenazar con sanciones de todo tipo al sultán, quien, si de duelo narcisista se trata, pueda vencer fácilmente al rubicundo Trump.

Erdogan desde hace varios años que viene practicando una política de alejamiento de Washington y, si los S-400 pueden significar una gran victoria para el presidente turco, para el Kremlin la victoria es monumental. En todo esto, sin duda mucho tiene que ver el ministro de relaciones exteriores ruso Sergei Lavrov, que ha vuelto a mostrar poseer una capacidad diplomática, única entre todos sus colegas de la actualidad.

Tras un paciente trabajo, explotando las frustraciones de Erdogan con Washington, entre otros temas, por su política en Siria y las relaciones cada vez más intensas de Washington con las monarquías del Golfo Pérsico, obligaron a Turquía a cambiar de bando.

Los medios turcos informaron que la llegada de todas las partes del sistema de defensa aérea y de misiles de largo alcance, podría demorarse hasta cinco meses y que muchos de esos complementos podrán llegar también por mar.

La Casa Blanca declaró que la compra del sistema ruso “va a socavar la seguridad de la OTAN” y que Moscú “está tratando de impulsar su industria de armas y debilitar la alianza de la OTAN”.

Los turcos, por su parte, han explicado que la compra a Rusia se debía a que durante años quisieron comprar aviones no tripulados o sistemas de defensa con misiles a los Estados Unidos y siempre esas negociaciones han sido obstaculizadas con ofertas poco favorables, como las de 2013 y 2017 en que les ofrecieron el sistema misilístico Patriot, de menor rendimiento frente al sistema ruso. Erdogan resistió a los planteos norteamericanos, dejando bien claro, ante cada amenaza de Washington, que el acuerdo por los Triumf sería cumplido.

Ahora se sabe que Estados Unidos suspenderá la venta de aviones de combate F-35 al gobierno turco, ya que teme que, con la llegada de los técnicos rusos para instalar, poner en punto y entrenar a los operadores locales del sistema, podría minar la seguridad de la OTAN espiando a los F-35 y revelando las debilidades de los aviones de combate, para los cuales Turquía ha fabricado piezas esenciales.

Patrick Shanahan, el secretario de Defensa de Estados Unidos, declaró que “la compra de los S-400, por parte de Ankara, obstaculizaría la cooperación con Estados Unidos y con la OTAN”. Además Shanahan, informó que los pilotos turcos que estaban en periodo de instrucción para operar el F-35 finalizarán el 31 de julio y que Turquía será retirada del programa de construcción del F-35.

Estados Unidos ya está buscando otros socios para producir las más de 900 piezas que actualmente producen las compañías turcas. Turquía era o ¿es? parte del consorcio internacional que financió el desarrollo del F-35, con los que planeaba reestructurar su fuerza aérea con los 100 cazas que iba a recibir.

A pesar de que la economía de turca está sufriendo una severa crisis con alta inflación e importantes tasas de desocupación, en una encuesta realizada por el gobierno durante julio, mostró que el 44 por ciento de los ciudadanos apoyan la compra de los S-400, y solo el 24 por ciento, está en contra.

Mapa Ucrania Turqu{ia

NO NOS UNE EL AMOR SINO EL ESPANTO

Más allá de las históricas tensas relaciones entre el Kremlin y Turquía, y que se profundizó a lo largo de la guerra siria, en que ambos países apoyaban lados opuestos, no faltaron situaciones realmente graves, que por momentos parecieron precipitar a los dos países a una guerra ya fuera del espectro sirio.

Varios “incidentes” confirmaban esa posibilidad, Turquía derribó un bombardero ruso Su-24 en noviembre de 2015 a lo que Rusia respondió con varias campañas de bombardeos aéreo, hasta lograr sacar a Turquía del conflicto, como los bombardeos contra la ruta terrestre turca por donde abastecía a sus aliados en el norte, próximo a la ciudad de Alepo, entre fines de 2015 y principios de 2016, cortando el acceso desde Ankara, con lo que pretendía presionar al presidente Bashar al-Assad. En ese marco tampoco puede soslayarse el asesinato del embajador ruso en Turquía Andréi Kárlov el 19 de diciembre de 2016 mientras inauguraba una exposición artística en un centro cultural de Ankara.

La fuerte presencia militar de Rusia en Siria finalmente obligó a Turquía a concentrase en la cuestión de los refugiados y el control de los kurdos, pero un factor inesperado hizo que Ankara cambiara su lugar en el mapa político: el intento de golpe de estado contra Erdogan en julio de 2016.

El presidente turco, responsabilizó del levantamiento al multimillonario Fethullah Gülen, un clérigo que se encuentra exiliado en Estados Unidos desde 1999, líder del secta Hizmet (Ver: Turquía: El sultán en su laberinto), de la que cerca de 31 mil de sus militantes están detenidos tras la fallida intentona militar. Las autoridades turcas han reclamado a los Estados Unidos en varias oportunidades, su extradición, sin haberlo conseguido.

Otro de los puntos de fricción con el Pentágono fue el apoyo norteamericano a las milicias kurdas de Siria, el que, sumado a los reclamos por Gülen, profundizó la crisis entre Washington y Ankara. También se verifica el corrimiento de Erdogan hacia Irán, y el acompañamiento a Qatar en su conflicto con el reino saudita, el principal aliado norteamericano del mundo árabe.

Tampoco se puede olvidar el asesinato en octubre del año pasado del periodista Jamal Khashoggi, escándalo que sacudió a la impertérrita casa Saud, y que se produjo nada menos que en su consulado de la ciudad de Estambul; si bien nada se le puede achacar a Turquía, a nadie le gusta que terceros resuelvan cuestiones personales en su casa.

Ankara lleva una guerra de décadas con los grupos separatistas kurdos y está muy preocupada que el crecimiento político de los kurdos sirios, por la ayuda norteamericana, termine verificándose también del lado turco.

Ya en 2003, Turquía tuvo una fuerte divergencia con los Estados Unidos durante la invasión a Irak, permitiendo que el vacío de poder generado por la desaparición de Saddam Hussein, fuera parcialmente cubierto en el Kurdistán iraquí, por un gobierno regional de esa minoría. Estados Unidos permitió entonces que funcionarios kurdos, actuaran prácticamente de manera independiente en Bagdad, hasta hoy.

A pesar de este cambio de posicionamiento de Erdogan, las elites turcas no han dejado de considerarse un aliado incondicional de los Estados Unidos. Ankara, lleva demasiado tiempo de dependencia económica, política y diplomática de los Estados Unidos, para que más allá de la izquierda y los seguidores de Erdogan y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) la conservadora sociedad turca se adapte a los nuevos aires de la geopolítica.

Quizás a esto haya que achacarle la reciente derrota del AKP en las elecciones municipales, en las que perdió el gobierno de Estambul a manos del Partido Republicano del Pueblo (CHP), después de haber conservado el poder durante 25 años.

Si el distanciamiento entre Turquía y Estados Unidos se sigue profundizando, es muy probable que en poco tiempo más se reavive la guerra con el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) y el accionar de grupos vinculados a el Daesh y al-Qaeda, estas dos bandas siempre preparadas para operar donde no lo puede hacer el ejército norteamericano en respuesta al portazo que acaba de dar el sultán Recep Tayyip Erdogan.

 

GUADI CALVO
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC

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Especial

La crítica de Manuel Lorenzo de Vidaurre y Encalada a la justicia de su tiempo

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Manuel Lorenzo de Vidaurre y Encalada

Nacido en Lima el 19 de mayo de 1773, estudió en el Real Convictorio de San Carlos y en la Universidad de San Marcos, donde optó el grado de bachiller en derecho (1795) y Doctor en Derecho (1802). Sus lecturas liberales determinaron que fuese perseguido por la Inquisición. Se incorporó a la administración colonial y viajó a la península. Regresó al Perú y fue Oidor en el Cusco (1811-1815) donde destacó por sus ideas reformistas rechazando cualquier intento de independencia.

Muy crítico de la administración de justicia de su época, Guillermo Ramírez y Berrios (1995) ha escrito que:

“En efecto, Vidaurre empieza por criticar la tardanza y la impuntualidad de los Tribunales de su época. Así por ejemplo, en su Plan del Perú, escrito en 1810, hace nada menos que 185 años señala que:”El primer agravio al público consiste en que se juntan los oidores (los Vocales actuales de la Corte Superior y Suprema) a una hora después de la señalada por las leyes: es decir, a las nueve en el verano y a las diez en el invierno”. Años después, cuando Jorge Guillermo Leguía escribió su inconclusa biografía de Vidaurre, sobrevivían esos defectos de la justicia peruana”.

Se puede afirmar que la impuntualidad en el Perú también está próxima a cumplir 200 años. Será el Bicentenario de llegar tarde. Es común que hasta la actualidad se siga criticando, en el Poder Judicial, la impuntualidad de los jueces. Las citaciones se hacen para una hora determinada, pero la tardanza del juez determina que litigar se convierta en un acto eterno. Además, la lentitud de los procesos significa que la justicia llega tarde o nunca llega. Dos siglos después, la crítica de Vidaurre sigue vigente.

Es tan crítico Vidaurre en su mirada a la justicia que indicó:

“Si acaso no hubo empeño para la fiscalización, se rotula, se lee un rato, se da por comenzada, se hecha otra que también queda por concluir, y así en una mañana se comienzan tres o cuatro causas, y todas quedan pendientes. A los veinte días, o al mes, cuando no hay memoria de lo que se había oído ni leído, se prosigue, más no para concluir, sino para otro nuevo rato mezclando diversos procesos. Se forma tal confusión, que ni los oidores se entienden, ni los abogados saben lo que han de hablar: se representa a lo vivo la comedia de Racine titulada “los Litigantes”. (citado por Ramírez y Berríos).

Se puede percibir el origen del caos en el sistema judicial. Varios procesos judiciales son iniciados al mismo momento y ninguno de ellos es continuado teniendo un orden cronológico. Cada vez que se puede citar a las partes en conflicto, se cita. Así, varios procesos se pueden atender al mismo momento, aunque las actas se firman y se fechan con alguna diferencia de tiempo. Es un acto común y corriente en la actualidad. Un juez escuchando varios procesos al mismo momento o la secretaria que impide hacer preguntas a una de las partes. Son estos los vicios de un sistema judicial obsoleto e inservible que lo único que logra es justificar la crítica y el rechazo por parte de los ciudadanos que sufren en sus pasillos.

Palacio de justicia bandera nacional

La lucha de Manuel Lorenzo de Vidaurre por cambiar la realidad judicial existente en el Perú de fines del siglo XVIII e inicios del siglo XIX, fue casi como la lucha del Quijote contra los molinos. Han pasado dos siglos y el Poder Judicial sigue siendo una institución donde el tiempo no importa.

En 1928, Jorge Guillermo Leguía escribió:

“Vidaurre, con todos sus errores y defectos, es digno de ocupar un puesto de honor en la asamblea de nuestras grandes figuras históricas. Hombre honrado, sincero en el fondo, idealista, desvelado por el bien común, maravilloso trabajador, que solo descansaba cuando el esfuerzo lo había aniquilado, propagandista de ideas y reformas fecundas”.

No cabe duda que el elogio hecho por un gran historiador, como lo fue Jorge Guillermo Leguía, sirve para reconocer en Vidaurre a un hombre preocupado por su trabajo y por brindar el mejor servicio como funcionario público. Inimaginable en el Perú de hoy ver a un juez de nuestro sombrío Poder Judicial, tratar con puntualidad sus casos. No cabe duda que cada día nos acercamos a un Bicentenario que desnuda nuestros vicios y derrotas morales. ¿Celebrará el Poder Judicial en Bicentenario? ¿Dirá que luego de dos siglos los peruanos somos testigos de la existencia de justicia? ¿Y qué dirán de la corrupción? No cabe duda que hace falta más “Vidaurre´s” en el Perú.

Llegó a ocupar el cargo de Presidente de la Corte Suprema del Perú, en los primeros años de la república. Años de golpes de Estado y Mariscales en el poder. Murió en Lima el 9 de marzo de 1841.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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Especial

La última trinchera contra el bloqueo de EEUU

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Alimentación venezolana

Las Casas de Alimentación son una de las trincheras para frenar los impactos de la situación económica en Venezuela. En el barrio de Caricuao, en Caracas, funciona Luchadoras de la Patria, donde Luisa y las cocineras se levantan cada día al alba para garantizar la comida para los más necesitados de su comunidad.

Luisa del Valle Baiz amanece cada día a las cuatro de la mañana. Tiene 77 años y una fuerza caribe pegada a la palabra. Nació en Güiria, estado Sucre, al oriente del país, una tierra con olor a mar, plantaciones de cacao y sol. Desde sus costas se puede ver la isla de Trinidad y Tobago, desde donde vino su familia en búsqueda de trabajo y una vida mejor.

Luisa lleva 54 años en Caracas, en el barrio de Caricuao. Al llegar el paisaje era otro: “todo era pura mata de cambur, mata de mango, hortalizas”, cuenta. Aún no había autopista, ni bloques de edificios, ni las casas como racimos sobre el cerro donde construyó su hogar y su familia: cuatro hijos, 21 nietos, 12 bisnietos, cuatro tataranietos. Su madre tiene 101 años.

Siempre se levantó temprano para trabajar. Pero desde hace 10 meses los días se organizaron alrededor de la Casa de Alimentación que comenzó a funcionar bajo su techo. Desde entonces, junto con cuatro mujeres preparan comida de lunes a viernes para 221 personas que fueron incluidas luego de haber realizado los estudios de carencias materiales en el barrio.

La propuesta de abrir la Casa de Alimentación vino, como en la mayoría de los casos, por parte de la comunidad, y encontró respuesta en la Fundación Programa de Alimentos Estratégicos (Fundaproal), la institución encargada de reimpulsar las Casas de Alimentación a partir del año 2017, porque habían sido una política de inicios de la revolución bolivariana para dar respuesta a la inmensa necesidad, y se habían cerrado progresivamente en vista de los resultados logrados en materia de alimentación.

Desde 2017 hasta la fecha se pusieron en funcionamiento 3.118 Casas en el país. Cada día alimentan a 605.628 “misioneros”, como son llamados quienes acuden a comer: gente humilde del país profundo, donde se encuentra la génesis del chavismo.

“Me gusta, me nace del alma”, dice Luisa, con un gorro de cocina y un delantal que lleva la firma de Chávez y el nombre del programa social. No es por dinero que se levanta todas las madrugadas y pasa hasta la tarde frente a las hornillas en una tarea nada sencilla. Tampoco sus compañeras Lilibel López, Roxana Herrero y Rosa Vázquez, que llegó de Guayaquil, Ecuador, 17 años atrás, y se quedó en este barrio del sur de la capital venezolana.

Quieren que la comida sea buena, rica. “La población se gana con la sazón”, dicen. Hoy cocinan arroz, pollo, lentejas, arepa, sardinas fritas, y leche. Parte de esa comida es para atender a la población más vulnerable dentro de la vulnerable, la que es incluida a través de los Centros de Educación y Recuperación Nutricional. “Yo les doy a toditos por igual”, cuenta Luisa.

Los objetivos de las Casas son varios. En primer término, garantizar la alimentación a los sectores de mayores carencias materiales, no dejarlos caer. En segundo lugar, desarrollar un plan para que no sean comedores que dependan enteramente del Estado, sino que puedan conformarse en espacios integrales, con producción de alimentos, contraloría de la comunidad, actividades culturales, formación política.

Alimentación venezolana

“Uno de los objetivos es hacer transferencias de competencias al poder popular, transferirlas en cuanto a la operatividad, que se genere un método de trabajo para lo socioproductivo, cultural, la salud alimentaria, para que en algún momento puedan desligarse de la dependencia de la institución como proveedora de alimentos”, explicó Azurduy Tovar, gerente de Fundaproal.

Ya existen pasos dados en esa dirección en cuanto al transporte, el procesamiento y la entrega de la comida. El método es el siguiente: la responsable de la Casa debe ir a buscar el despacho de comida al centro de acopio en un camión gestionado en su comunidad, recibir los alimentos, regresar acompañado de un integrante de la Milicia Bolivariana, y verificar que todo llegue a buen puerto para luego ser cocinado y entregado a los misioneros y las misioneras.

Esa entrega se realiza a las 11:30 en Luchadoras de la Patria. Hasta esa hora, la mesada de la cocina está repleta de envases de plástico apilados en torres: cada una corresponde a una familia, los tuppers tienen nombres marcados, aunque ya saben de quién es cada uno, cuenta Rosa junto a su hija.

La mesada solo queda libre por las noches, los fines de semana, días festivos y los 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Luisa y su familia son devotos de la Santa que ahora también resguarda el almacén de comida que está en el fondo de la casa, después de las jaulas con los loros verdes y amarillos, frente al cerro de casas que se construyeron una sobre la otra, en una arquitectura producto de la exclusión, voluntad y la capacidad creadora de quienes han construido todas las ciudades del mundo.

No solamente Santa Bárbara protege los bultos de arroz, harinas, lentejas, aceite, huevos. También están la virgen del Carmen, del Valle, de La Pastora, de la Coromoto, la inmaculada concepción, nuestra señora del Pilar, el Nazareno, el divino Niño, el corazón de Jesús, San Onofre, María Lionza, el indio de la fuerza —que da fuerza, paz y tranquilidad—, y Simón Bolívar. Junto a cada uno de ellos están fotos de sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos.

Alimentación venezolana

Son 14.804 madres y padres elaboradores en el país, como son llamados quienes desempeñan las tareas de Luisa, Lilibel López, Roxana Herrero, y Rosa, para los 645.840 misioneras y misioneras que cada día comen en espacios como este.

La reactivación de las Casas de Alimentación ocurrió un año después de la implementación del programa central de acceso a alimentos subsidiados, que son los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), que atienden a cerca de seis millones de hogares en el país.

Los CLAP fueron creados cuando el desabastecimiento era el centro de gravedad de la dificultad —entre 2015 y 2017— y las Casas fueron reimpulsadas en vista de los retrocesos que trajo el cuadro de hiperinflación Y quiebre de los salarios como forma posible de cubrir la canasta básica.

Hoy el problema no es la disponibilidad de alimentos en los supermercados y bodegas de barrio, sino los precios y quienes más sienten ese impacto son los sectores populares.

La arquitectura para garantizar la llegada de alimentos subsidiados a las barriadas es parte de la lucha contra el bloqueo norteamericano sobre la economía venezolana: han realizado ataques sobre barcos importadores de alimentos de los CLAP y cuentas bancarias para realizar los pagos. Su objetivo es asfixiar al país.

En Luchadoras de la Patria, así como en la mayoría de las experiencias de organización se crea algo estratégico: comunidad. Es una de las formas de resistencia invisible, una posibilidad de aguantar los asaltos que tienen por objetivo no solamente al Gobierno sino también y sobre todo al proceso profundo, el que puso en pie un sujeto histórico que tiene por identidad política el nombre de chavismo.

 

MARCO TERUGGI
SPUTNIKNEWS.COM

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