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Ociosidad y delincuencia en Lima a inicios del siglo XX

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Ociosidad y delincuencia en Lima a inicios del siglo XX

Buscando una explicación para entender la existencia de delincuencia en Lima, el diario El Comercio –en un editorial de julio de 1908- sostenía que: “Lima es una guarida de vagos. Donde quiera que usted vaya de noche, después de las doce, encontrará a multitud de gente durmiendo a la intemperie porque no tiene dónde cobijarse. La Plaza de Armas, los puentes, el paseo Colón, los alrededores del mercado, debajo de las carretas de legumbres, en las alamedas, en ambas orillas del río, en los edificios en construcción, en todo Lima, en fin, se ven apiñados diariamente centenares de vagos. En este incremento de la vagancia debe encontrarse en parte la razón de los crímenes y del bandolerismo que se extiende desde hace algún tiempo, dentro y fuera de la ciudad”.

Es claro que para los responsables del editorial de El Comercio, la existencia de gente durmiendo en las calles de Lima es sinónimo de vagancia, la cual, a su vez, es un elemento del incremento de delincuencia en la ciudad. Se busca demostrar que el ocio origina la delincuencia, mientras que el trabajo la elimina.

Ociosidad y delincuencia en Lima a inicios del siglo XX

Esta misma forma de pensar la compartía el Dr. Rubén Olivares C.M. quien en su libro Educación Moral y Cívica -para alumnos del primer grado- sostenía que “La ociosidad, dice la Sagrada Escritura, es causa de muchos vicios (resaltado en el original). 1° Ella impide el desarrollo de las facultades corporales y espirituales; como el moho, corroe, destruye y arruina las energías del hombre; 2° La ociosidad es además causa de hurtos, homicidios y discordias en las familias. 3° La Ociosidad es causa del atraso de los individuos y de la sociedad, del malestar y tedio en que a veces languidecen”.

Se debe destacar que el libro del Dr. Olivares tenía autorización y recomendación de la Dirección General de Instrucción Pública, fechadas en 1915 y 1919, respectivamente. Era un libro formativo para menores. Y enlaza la existencia de delincuencia con ociosidad. Elvira García y García, también compartió esa visión cuando escribió que “La ociosidad (resaltado en el original) es el peor de los consejeros y jamás debemos dejarnos dominar por ella. Piedra que no se mueve cría moho; luego no seamos esa piedra. Seamos como el agua que corre, refrescando la pradera y derramando el bien por todas partes”.

Nuevamente se sostiene que ociosidad crea moho y lleva el mal a las personas y a la sociedad, por ello se exige ser como el agua y no como la piedra, en clara alusión a la limpieza y la pesadez, respectivamente. Una educadora como Elvira García y García propone evitar la ociosidad para no dejarse arrastrar por el vicio y todo tipo de males sociales.

Este planteamiento fue compartido por muchos intelectuales de inicios del siglo XX. Es el caso de Alejandro Deustua quien en 1937 sostenía que “Las escuelas que no moralizan son focos de infección, y las escuelas no moralizan si se contraen exclusivamente a la cultura intelectual”. La moral es sostenida como el principal objetivo de la escuela y, dentro de ella se encuentra el rechazar todo aquello que se encuentre dentro de lo inmoral como la ociosidad, madre de las actividades delictivas.

Ociosidad y delincuencia en Lima a inicios del siglo XX

Pero, esta idea que sostiene que la vagancia propaga la delincuencia también fue compartida por las autoridades políticas del momento. En su discurso pronunciado en el Congreso de la República el 28 de julio de 1909, el doctor Rafael Villanueva, ministro de Gobierno, Policía, Correos y Telégrafos, sostenía que “ No obstante las proporciones alarmantes que está tomando la vagancia en el país, las autoridades están impedidas de adoptar medidas represoras eficaces, desde que la legislación nacional ni la define ni la castiga y, al amparo de esta impunidad, el daño social se extiende, haciéndose cada vez más notables sus perniciosos efectos… Mi despacho prepara un proyecto de ley, sobre la base del trabajo industrial obligatorio, que es el sistema que mejores efectos ha producido en otras partes y con el único que es posible, en nuestro concepto, redimir al vago, convirtiéndolo en elemento productor y útil para sí mismo y para la sociedad”.

La ecuación es elemental: la vagancia genera males sociales como la delincuencia por lo tanto, el trabajo es el mejor antídoto contra la vagancia y, con ello, quien trabaja no delinque, entonces, la ley debe imponer el trabajo (si es industrial es mejor) a todos los que tengan edad de trabajar.

Joaquín Capelo anota que “El sinvergüenza forma el tipo opuesto en cuanto a las comodidades de la vida: vive sin trabajar y siempre está contento; incapaz de ganar la subsistencia, la roba, sin descanso; y se pasea impávido, mirando el imbécil, con aire protector o con insolente desprecio, a los hijos del trabajo, que él nunca conoció. Siempre de plantón en las esquinas, en los cafés y en los lugares de perdición, ignora el desgraciado, que dista un paso solamente de la mendicidad o de la penitenciaría. Sin preocuparse jamás del mañana; sin la menor noción de dignidad, de deber ni de moral alguna; ajeno a todo sentimiento religioso, y apenas distinguible del animal por la figura, se preocupa únicamente de tener dinero que gastar, venga de donde viniere; hace del sastre y del peluquero, los únicos dioses de su culto, seguro de encontrar con su auxilio, la exterioridad decente, ya que otra no cabe desear, para un espíritu sin ideales y para un corazón sin virtudes”.

Es una descripción dentro del pensamiento moralista de la época, en la cual encontramos que el llamado sinvergüenza se encuentra en el límite entre la mendicidad y la cárcel, su necesidad de dinero lo convierte en un posible delincuente alejado de las buenas costumbres inculcadas por la religión. No solo se les sanciona en forma jurídica sino también en forma moral.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

Especial

La Arequipa de hoy la cultura

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La Arequipa de hoy la cultura

Unos días en Arequipa, a fines de octubre, bastaron para tomarle el pulso a ciertas manifestaciones culturales en esta ciudad. Suelo hacerlo, en verdad un poco al desgaire, cada vez que la visito desde que me alejé de ella cuando tenía veinte años.

Encuentro tres referentes para este examen: las librerías, las bibliotecas y las ferias de libros.

No hay teatro, ni exhibiciones pictóricas, ni conciertos.

Las viejas casonas de sillar, liberadas del revestimiento exterior gracias a la iniciativa del alcalde Villalobos hace ya varias décadas, se yerguen altaneras proclamando su rancia estirpe hispánica y virreinal de “blanca ciudad” a los centenares de turistas que llegan para ver si es cierto que sus pobladores conviven amigablemente con los tres volcanes que la anidan.

Busco las librerías y sólo hallo cuatro: una en la calle San Francisco y otra en la calle Mercaderes, pertenecientes al mismo dueño, con algunas novelas traducidas (thrillers) que se esfuerzan por asomarse tras el material de escritorio ofrecido; otra en la calle Puente Bolognesi de literatura menor para estudiantes de primaria; y otra en la calle Ayacucho con media docena de libros en el zaguán de una casa.

Mi nostalgia me traslada entonces a los años cincuenta, cuando cursaba Letras en la Universidad de San Agustín. La librería más completa y actualizada estaba en la calle San José, frente al Correo Central. Se denominaba Simiente y pertenecía al intelectual comunista Juan Cuentas Zavala. Allí nos surtíamos los estudiantes universitarios, profesionales, artesanos y obreros que ansiábamos ilustrarnos. Importaba los libros de Buenos Aires, México y Santiago de Chile. Allí adquirí casi todas las novelas francesas del siglo XIX traducidas y publicadas por las editoriales Sopena, Tor y Losada de Buenos Aires, que habían creado algunos españoles exiliados en esta ciudad. Había otra librería en la primera cuadra de la calle San Juan de Dios perteneciente a un joven desprovisto de toda pretensión intelectual que traía libros y, sobre todo, revistas de Buenos Aires. Gracias a este librero, en mi hogar como en muchos otros, nos deleitábamos y formábamos con el prodigioso material que constituían las revistas El Tony, El Gorrión, Espinaca, Billiken, Leoplán, Intervalo, Rico Tipo, Para tí y Marivel.

¿Qué leen las chicas y los chicos de ahora, aparte de lo que encuentran en las pantallitas de sus celulares?

“Cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor.” (Jorge Manrique).

Y luego siempre estaba el recurso de proveernos de libros de mano en mano, clandestinamente, para burlar la vigilancia de los soplones de la dictadura de Odría que se les encontraba hasta en la sopa

A los jóvenes inquietos de ese tiempo, el destino, la historia o lo que fuera, nos dio la oportunidad de nuestro bautismo de fuego en la revuelta popular de junio de 1950. (He contado esta epopeya en mi libro Esos días de junio de Arequipa, cuando la historia tocó las puertas de los vecindarios, 2014).

La Arequipa de hoy la cultura

La biblioteca más publicitada es la denominada Mario Vargas Llosa. Está en una antigua casa de la calle San Francisco que perteneció a un español de la conquista y fue por un tiempo sede del gobierno regional. Recorro sus estantes colmados de libros. Todos han sido donados por el insigne marqués español nacido en Arequipa en 1936 y donde tuvo la dicha de residir unos pocos meses. Reviso los autores, títulos y temas, y me percato que es la clase de lectura que el donante, uno de los cuadros más destacados de la oligarquía blanca y del neoliberalismo, estima que debe alimentar el espíritu de los arequipeños.

Por supuesto, no hay entre esos volúmenes ninguno crítico del sistema capitalista y, menos aún, expresivo del afán contestatario de las mayorías sociales de esta ciudad. Son libros del mismo jaez que los artículos de este benefactor que con su premio Nobel es para los últimos cenáculos de la oligarquía local tan grande y omnipresente como el volcán Misti. A nadie parece importarle averiguar por qué le dieron ese premio. Alguien me dijo que en la catedral ya le han designado una hornacina donde colocarán su efigie.

Pasé a la biblioteca el Ateneo, perteneciente a la Municipalidad. Está como era cuando la frecuentaba en mis años universitarios, para aprender en los libros supervivientes del pillaje practicado por la dictadura de entonces. Me fijé en sus ficheros. Poco realmente importante. ¿Le compran nuevos libros? Hace algunos años intenté una entrevista con su director. Llevaba una colección de mis libros y algunos otros de mi especialidad profesional para obsequiarlos. No me recibió, pero la secretaria me indicó que se los entregase al director de cultura, o algo así, del concejo municipal de la ciudad. Sin perder las esperanzas me trasladé a su oficina en el portal de la Municipalidad. Era un hombrecito de rostro aleve que apenas se dignó escucharme y terminó por decirme que no aceptaban donaciones de libros.

Pertenecía al equipo del partido Aprista que acababa de ganar las elecciones municipales. Arequipa tampoco se halla exenta de equivocaciones tan garrafales. No por casualidad unos días después, un grupo de trabajadores del municipio retiró el busto del gran pintor arequipeño Manuel Domingo Pantigoso de la plazuela Colón y, tal vez por descuido, no lo destruyeron. Años después, otra administración desagravió a este pintor, colocando su busto en el salón de las grandes personalidades arequipeñas de la casa El Fierro en la plaza San Francisco, donde está ahora.

Las ferias de libros son en todas partes grandes emprendimientos promovidos por las editoriales transnacionales para comercializar la cultura que tratan de meterle a los pueblos escogidos como mercados: literatura pulp y sus parientes cercanos. Hay Festival es otra de esas ferias que ha sido aclimatada en Arequipa. La publicidad que la acompaña es, por supuesto, ilimitada, y sus escenarios se pueblan de autores extranjeros de talante ideológico compatible con los fines perseguidos por sus organizadores y patrocinadores. Ningún escritor crítico puede ingresar a esos feudos alegremente iluminados, ni a sus editores se les dará jamás allí un stand o un espacio de exposición.

Y mientras Hay Festival pasa sus días de ensueño, multitudes aguerridas de estudiantes, campesinos, obreros, artesanos e ínfimos comerciantes desfilan por calles y plazas con carteles, oponiéndose a la amenaza de la contaminación del agua en el valle de Tambo por una empresa minera que recibió una concesión de algún gobierno corrompido.

Dos caras del dios Jano, se diría.

Se trata, como se ve, de una ofensiva cultural del neoliberalismo para tentar la alienación de la mayor parte de este pueblo mestizo y rebelde que hace ya algunos años mira esperanzado hacia el levante, situado allí a la izquierda, y tentar hacer de él un conjunto dócil y manipulable.

 

JORGE RENDÓN VÁSQUEZ

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Especial

Análisis de las últimas tendencias de la inversión minera

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Minería camión volquete minero

Las cifras consolidadas hasta septiembre de 2019 muestran que la inversión minera presenta un incremento acumulado de 23.2%, en comparación con el mismo período del año pasado. En lo que va del año se han invertido US$ 4,070 millones, principalmente en el desarrollo de los proyectos de Quellaveco (Anglo American) y Mina Justa (Marcobre).

Según datos del Ministerio de Energía y Minas (MINEM), son precisamente las empresas a cargo de estos proyectos quienes más han invertido durante el año. Anglo American y Marcobre representan el 33.2% de la inversión total en minería en el país, destacando que la empresa a cargo de Mina Justa ha multiplicado su inversión por cuatro en comparación al mismo período del año pasado.

Otro dato importante es la distribución de los flujos de inversión por regiones. Moquegua, Ica y Junín concentran el 49.5% del total de la inversión minera en lo que va del año, lo que tiene relación con el desarrollo de los dos proyectos más relevantes, Quellaveco (Moquegua) y Mina Justa (Ica). Todo indica que ambos proyectos seguirán marcando la tendencia de la inversión en los próximos meses, aunque en el caso de Quellaveco el reto que tiene es resolver el conflicto que se ha agudizado en las últimas semanas con los pobladores del Valle de Tumilaca y las denuncias que la empresa no estaría cumpliendo lo acordado.

Si desagregamos la inversión minera por rubros, se puede observar que salvo los componentes de Exploración y Planta Beneficio, el resto muestra una evolución positiva. Destaca, el incremento continuo que ha tenido durante casi todo el año la inversión en Equipamiento Minero, Desarrollo y Preparación y Otros. En cambio, preocupa el comportamiento del componente de Exploraciones, ya que es aspecto importante que usualmente muestra los cambios de tendencia de la inversión en minería.

Al analizar la tendencia de las inversiones mineras tampoco se puede dejar de lado la variación de los precios en la cotización de los metales. Tal como muestran los datos a nivel global y también para el caso peruano, la tendencia de las inversiones en exploración siempre está fuertemente relacionada con la evolución de las cotizaciones. En el siguiente gráfico, para el caso peruano se observa esta relación entre la inversión en exploración minera y la cotización del cobre (metal que representa alrededor del 50% del valor de las exportaciones mineras y el 71% de proyectos de la cartera de inversión minera).

Durante el último año el contexto internacional desfavorable ha provocado la caída en las cotizaciones de minerales de base como el cobre y en contraposición, el incremento de las cotizaciones de metales preciosos como el oro. En el caso del cobre, que cerró octubre pasado con un promedio de US$2.60 la libra, mantiene una tendencia a la baja que se arrastra desde hace dos años y que seguramente se seguirá reflejando en bajos niveles de inversión en exploración minera. El caso del oro es distinto ya que en un contexto global de riesgo e incertidumbre se fortalece como un activo estratégico y valor de refugio.

En conclusión, mientras menores sean las expectativas de crecimiento a nivel global, menor será la demanda de los metales de base como el cobre, lo que tendrá un efecto sobre la cotización y los presupuestos de inversión. Las tensiones comerciales entre China y los Estados Unidos, las expectativas de bajo crecimiento de la economía mundial, deben servir para que finalmente se entienda que un país como el Perú necesita pensar en otros motores que puedan impulsar su economía.

 

LUIS W. ESPEJO
COOPERACCIÓN

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Especial

Lima y una novela poco conocida

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Lima y una novela poco conocida

En la producción intelectual sobre Lima, muchos escritores, científicos sociales, periodistas, abogados, etc. han escrito miles de páginas sobre sus costumbres, los hechos históricos más significativos, la fundación hispánica, los primeros habitantes, etc. En las siguientes líneas buscamos rescatar una obra (casi) desconocida en la cual, la ciudad aparece con sus personajes y costumbres de época.

Una Novela Limeña, es una obra colectiva. Fue escrita por 13 de los mejores escritores de Lima de la década de 1920 –es decir, del Oncenio de Leguía-. En realidad, el nombre de la novela ha sido dado muchos años después por Luis Alberto Sánchez, quien la reeditó –en formato de libro- en 1967. En su versión primigenia, no llegó a tener nombre y, es más, jamás terminó, fue abruptamente cortada por los problemas financieros de Hogar, la revista en la cual vio la luz en 1920. Como ya se indicó, fue escrita por 13 de los mejores escritores de la época, estos son: José Gálvez, Ignacio Brandariz, “Juan de Zavaleta” (seudónimo de autor aun desconocido), Reynaldo Saavedra Pinón, Luis Alberto Sánchez, Ricardo Vegas García, Raúl Porras Barrenechea, Manuel Moncloa Ordóñez, Juan Bromley, Felipe Rotalde, Félix del Valle, Gastón Roger y Luis Fernán Cisneros. Cada uno de los autores publicó un capítulo de la “Novela de Hogar” sin saber muchas veces cuáles serían los acontecimientos del capítulo que le antecedió.

José Gálvez Barrenechea (muy celebrado por Una Lima que se Va), fue el primero en escribir. Hace una descripción del paisaje urbano: “Juan Antonio enternecido sonrió y minutos después cerraba la verja de su quinta de Breña y paso a paso cuando ya se cuajaba densas las sombras avanzó por el Paseo Colón”. En la década de 1920, Breña –junto a La Victoria- fue un barrio nuevo, donde se asentaron los migrantes del interior y del extranjero que, con el tiempo, serán las nuevas clases medias urbanas, mientras que, el Paseo Colón, fue el nuevo barrio aristocrático. El Jirón de la Unión empezó a ceder frente a las nuevas construcciones que exteriorizaban el estatus social de sus habitantes. Pasear por el Paseo Colón fue una costumbre de los limeños para saludar a los importantes vecinos ahí afincados.

Ignacio Brandariz, autor del segundo capítulo, destacó a Luisa, quien se enamoró de Juan Antonio. La descripción de ese sublime momento es la siguiente: “Fue una tarde en el lindo paseo que va de Chorrillos a la Herradura. Desdeñando el camino trillado, habían subido, jadeando, desde la playa por el último saliente de las rocas para encontrar directamente la vereda del cerro”. A inicios del siglo XX, Lima era una ciudad que no limitaba con el mar. Los habitantes de la capital se trasladaban hasta los balnearios del Pacífico: Miraflores, Barranco y Chorrillos.

Estos tres balnearios del sur, fueron desbastados por los ejércitos chilenos durante la Guerra de 1879, pero lograron resurgir gracias a las familias aristocráticas de la capital que decidieron avecindarse en ellas. Con la llegada del tranvía, muchos limeños decidieron vivir en forma permanente en los mismos, generando –de esa forma- una expansión urbana de la capital hacia el Océano Pacífico. Así, mientras Barranco se convertía en el “barrio de poetas y pintores”, Chorrillos era el lugar del paseo de verano. El viejo malecón chorrillano, durante el verano, se colmaba de jóvenes aristocráticos que paseaban del brazo con sus novias, mientras exhibían sus capas que los distinguían como alumnos de San marcos.

Lima y una novela poco conocida

“Juan de Zavaleta” es el autor del tercer capítulo. En este capítulo se destaca el histórico barrio del Rímac –o barrio bajopontino-, lugar de paseo por excelencia: “Sonriendo las dos amigas avanzaron hasta el automóvil que las esperaba al fin de la Alameda, allí donde los álamos enhiestos anunciaban el comienzo del camino a Amancaes”. La Alameda de los Descalzos es una viejo lugar de paseo colonial muy reconocido entre los viejos limeños, además, la Pampa de Amancaes fue el sitio predilecto para realizar fiestas con guitarra y cajón, donde lo criollo se mezcló con lo andino. Un sitio de costumbres y tradiciones.

El capítulo cuarto fue escrito por Reynaldo Saavedra Pinón. Es el más breve, transcurre entre el Rímac y el Jirón de la Unión, destacando que “Has sabido las murmuraciones del Palais y Broggi y te apresuras…”. En el Jirón de la Unión existieron muchos lugares de reunión, donde jóvenes intelectuales realizaron tertulias que, en muchos casos, influenciaron en sus obras. El Palais Concert fue una confitería donde se reunió lo más importante de la nueva generación de intelectuales de la segunda década del siglo XX. Destacaron Abraham Valdelomar; José Carlos Mariátegui, Federico More, Félix Del Valle, Leonidas Yerovi, Alfredo González Prada, Alberto Ulloa Sotomayor, Manuel Jesús Contreras, entre otros. Mientras que, la confitería Broggi se caracterizó por sus helados, que fueron del gusto de la aristocracia limeña y los inmigrantes europeos radicados en la capital. El autor del quinto capítulo fue Luis Alberto Sánchez, quien en la primera parte mantiene la escena en el Broggi, pero luego la escena cambia: “…y juntos se dirigieron a la Plaza Bolognesi. De allí, paso a paso, regresaron por el centro, torciendo por Plateros de San Pedro y se encaminaron al Mercado…Eran las cuatro de la mañana. Cenaron en el “Can-Can”…”. Plateros de San Pedro es actualmente la primera cuadra del jirón Ucayali, desde donde se llega al Mercado Central, lugar preferido por los noctámbulos y los bohemios ya que, en el se avecindaron inmigrantes asiáticos que hicieron del lugar, un espacio gastronómico muy importante, así como por las casas de juego y diversión de adultos.

Ricardo Vegas García fue el autor del sexto capítulo, en el cual “Caminó, paso a paso, hasta el Parque Zoológico y delante de él, cogió un auto, ordenando al chauffeur: “al Club Nacional”. El antiguo Parque Zoológico de Lima se ubicó en la parte sur del Parque de la Exposición. En ese lugar, entre el viejo restaurante de La Cabaña y la laguna del Parque Japonés, se ubicó el Zoológico, además, el escritor utilizó la palabra francesa “chauffeur” para designar al conductor del auto, es el origen de nuestro “chofer” y, el Club Nacional siempre fue parte de la arquitectura de la Plaza San Martín.

En el capítulo siete, que fue obra de Raúl Porras Barrenechea, Lima es descrita como murmuradora, las visitas a las casas de las amigas y Juan Antonio recuerda las clases de su “…obeso catedrático de Historia, en los días apenas distantes de su paso por la Universidad de San Marcos…”. No olvidemos que Porras Barrenechea fue uno de los principales historiadores peruanos del siglo XX, formado en San Marcos, donde llegó a la docencia. San Marcos fue una universidad aristocrática, donde los docentes y los alumnos no sólo compartieron un espacio académico sino también, un espacio social.

Manuel Moncloa Ordónez fue el encargado de escribir el capítulo octavo. En él, Moncloa nos permite conocer algunas de los usos y costumbres de la capital durante las primeras décadas del siglo XX. Así, la lectura de la revista La Vie Parisienne, es común entre los jóvenes de la época, lo que demuestra esa afinidad que tuvo el francés y la vida al estilo francés. Por ello, en Lima lo común es pronunciar restaurante, boulevard, carnet, etc. Es más, Moncloa escenifica el brindis con whisky-sour, el antepasado directo del posterior pisco-sour. Además, “Cuando Juan Antonio se despidió llegó a la joyería de Wallach, los amigos de un corro discutían el asunto”.

En el libro: Lima, La Ciudad de los Virreyes, se anota que la Wallach Hnos., fue la Antigua casa Rosemberg y Wallach ubicada en la calle de Mercaderes 464 (hoy cuadra 4 del Jirón de la Unión), que importaba al país gran cantidad de joyas “de extraordinaria calidad”. Juan Bromley, es el autor del capítulo nueve. “En ocho días de enclaustramiento y de meditación en su pacífica casa de Breña…”, debido a que, como ya se anotó líneas arriba, Breña era uno de los barrios nuevos de Lima, a las afueras de la ciudad.

El capítulo diez es obra de Felipe Rotalde, donde destacó que “Octubre para los limeños, tiene sus encantos”. Así, el mes de Lima muchas veces no es enero –cuando los españoles refundaron la ciudad- sino es octubre, cuando la tradición impregna la ciudad de colores y olores, que son del agrado de las grandes mayorías. Félix Del Valle, es el encargado de continuar la novela en el capítulo once. “Y recordó desde las primeras horas de la noche en que había ido a la fiesta pública que se realizara en el Paseo Colón”. Las calles principales de la ciudad así como las plazas públicas, fueron lugares de retretas, en las cuales, las bandas de música de las fuerzas armadas o gendarmería, tocaban las músicas de moda para beneplácito de los asistentes.

Es muy común en los relatos y memorias de los antiguos habitantes de la capital, el recuerdo de la retreta. Una costumbre que se ha ido perdiendo en la ciudad. Gastón Roger escribió el capítulo doce, “En seguida, una matinée en el tennis, una comida en el Zoológico, una vermouth en el Excelsior, unos estudios intencionados en el Palais, un nervioso encuentro en la fotografía de Goyzueta”. El Teatro Excelsior se ubicó en la calle de Baquíjano (sétima cuadra del Jirón de la Unión) desde julio de 1914, año de su inauguración. Fue propiedad del la Empresa de Teatros y Cinemas Ltda., con una capacidad de 700 asientos d platea, 54 palcos y 300 butacas de galería. El Estudio Fotográfico de Diego Goyzueta se ubicó en la calle Mantas 180 (primera cuadra del jirón Callao). Con el capítulo trece, escrito por Luis Fernán Cisneros, la novela quedó inconclusa, pero en cada capítulo, los espacios urbanos de Lima se mezclan con escenas de amor y sufrimiento. Un proyecto literario bastante peculiar que ha permitido la conservación de algunas de las costumbres de la ciudad.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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