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Liverpool, la afición inglesa orgullosa por ser de la clase trabajadora

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Liverpool, la afición inglesa orgullosa por ser de la clase trabajadora

En mayo de 2017, un mes antes de las Elecciones Generales del Reino Unido en las que Jeremy Corbyn pulverizó todas las encuestas y logró arrancarle la mayoría absoluta a los “Torys”, el sector de la grada del Liverpool FC llamado “The Kop” mostró una pancarta en apoyo al candidato del Labour Party, junto a otros símbolos de luchas sociales del club del norte de Inglaterra.

Este hecho chocó bastante a la prensa y aficionados ingleses, más acostumbrados a campos despolitizados y sin referencias políticas, que cuestionaron la idoneidad de mezclar futbol y política.

No es el objetivo de este artículo preguntarnos sobre el dilema mencionado anteriormente, si bien es innegable que futbol y política han ido siempre de la mano, tanto en el pasado dónde fue utilizado especialmente por regímenes autoritarios, como en el presente, en diferentes expresiones que van desde la izquierda a la ultra derecha. A los aficionados “Reds”, sin embargo, no les sorprendió mucho. El Liverpool es probablemente el único equipo en la élite inglesa cuyos fans son tan claramente de izquierdas. Los motivos son varios y a menudo están relacionados, pero podríamos decir que todo empezó con Bill Shankly.

Shankly, fue un entrenador escocés que dirigió el conjunto de Merseyside durante 15 años (1959-1974) y que, básicamente los llevó de segunda división a campeones de Inglaterra en menos de 5 años. Además de esto, consiguió muchos otros títulos nacionales y diseñó el equipo que iba a ganar dos Copas de Europa seguidas en 1977 y 1978. Pero Shankly es recordado por mucho más que los títulos que logró traer al club. Muchos lo definen como un “hombre del pueblo”, capaz de conectar con los aficionados de una manera muy genuina.

Shankly había combatido en la Segunda Guerra Mundial y era la representación perfecta del Reino Unido de Post-Guerra, ese Reino Unido de Clement Atlee y Harold Wilson y, sobre todo, ese Norte de Inglaterra y ese Liverpool industrial del humilde obrero que va al campo el fin de semana a tratar de evadirse de su duro y mal pagado trabajo durante la semana.

Shankly se definía como socialista, pero no tenía el marco teórico de muchos intelectuales, él prefería ejercerlo, ponerlo a la práctica, su filosofía queda genialmente resumida en una frase para la historia, que el mismo Corbyn mencionó en un mitin en 2017:

“El socialismo en el cuál creo, es todo el mundo trabajando para un mismo objetivo y todo el mundo teniendo parte de la recompensa. Así entiendo el futbol y así entiendo la vida” .Shankly siempre decía que sus jugadores eran unos privilegiados por poder jugar para unos aficionados como los del Liverpool y consiguió crear una conexión irrepetible con los fans, de los que siempre decía que eran lo más importante del club y sin los cuáles el futbol no sería nada. En esos tiempos de futbol sin jeques ni oligarcas rusos, Shankly respondía a los miles de cartas que le llegaban y su implicación era tanta que llegaba a enviar entradas para partidos a fans que no habían podido conseguir una, a menudo junto a un texto escrito de su puño y letra, conservados por muchos aficionados como auténticas reliquias. Tras retirarse por sorpresa en 1974, a Shankly se le veía regularmente en los entrenos o incluso alguna vez fue al sector Kop de la grada de Anfield, para ver un partido con los hooligans Reds.

Liverpool, la afición inglesa orgullosa por ser de la clase trabajadora

El escocés era una especie de “Populista futbolero”, que le valió la adoración semi-religiosa de los fans, tanto que en la celebración de su última FA Cup en 1974, dos fans saltaron al campo para besarle los pies.

Shankly fue la chispa, pero la gasolina tiene nombre de mujer: Margaret Thatcher.

La mujer de hierro, que ejerció de Primer Ministro del 1979 al 1990, es vista como un auténtico demonio en el viejo Norte Industrial de Inglaterra. Su política de desindustrialización y desregulación, así como su odio visceral a la izquierda, afectó enormemente a la ciudad de Liverpool.

Esta llegó a su máximo punto de declive cuando en 1985 llegó a tener un 20% de desempleo, más del doble que la media nacional (y esto en un país en dónde se mide el desempleo con indicadores muy discutibles), lo cual provocó un aumento de la criminalidad y del uso de drogas duras, así como un desánimo generalizado y la sensación de haber pasado de estar entre las ciudades más dinámicas del país a convertirse en una ciudad sin futuro.

En este contexto, el Liverpool FC y el Everton FC, ambos de la misma ciudad, eran los dos equipos más potentes de la liga y entre los dos, llegaron a ganar 9 de los 10 campeonatos de liga disputados en los años 80.

Obviamente, el descontento social tuvo su representación en el campo, con una hinchada politizada y de izquierdas, cantando canciones contra Thatcher y su gobierno. Esa será la época de más consolidación de la izquierda en la ciudad y consecuentemente, en la afición.

Pero el punto de no retorno llegó en abril de 1989, cuando 96 aficionados del Liverpool FC fallecieron trágicamente tras ser aplastados por una avalancha humana en el partido de las semifinales de la FA Cup jugado en Sheffield en el famoso estadio de Hillsborough. Durante los primeros días, la mayoría de los tabloides y políticos de derechas no dudaron en criminalizar y culpar a la afición del Liverpool de su propia desgracia, al tener una reputación de “hooligans”.

Se criminaliza a la ciudad, por aquel entonces muy empobrecida, y los fans son descritos como una turba de borrachos descontrolados con la voluntad de hacer una invasión de campo, siendo la portada más polémica sobre el tema la que publicó el diario The Sun.

La gente de Liverpool jamás se lo perdonó y hoy en día, es frecuente ir a los quioscos de Liverpool y encontrarse un letrero avisando: “Vendemos diarios, pero no The Sun”. Es también frecuente que cuando los fans se desplazan a un partido fuera y se encuentran ejemplares de The Sun gratis en el aeropuerto, los cogen todos y los meten en la basura más próxima. Este hecho, por ejemplo, ocurrió el pasado sábado en Kiev con motivo de la final de la Champions League. Además, tanto Liverpool como Everton, los dos equipos de la ciudad, prohíben la entrada a sus periodistas.

Una investigación en 1990 demostró que los fans no fueron quienes ocasionaron la tragedia sino la falta de control policial, tanto en el momento en el que la grada se llenó demasiado de fans, como cuando ocurrió la tragedia, ya que en un primer momento los policías no acudieron al rescate pensando que se trataba de una invasión de campo.

En los años posteriores, y con el consentimiento implícito de la derecha Tory que mandaba en ese momento, se encubrió y protegió a la policía de South Yorkshire, famosa por ser de las más brutales en la represión de la más grande huelga de mineros de 1984-85. Desde ese día, las muestras políticas en Anfield se multiplicaron aún más.

Entre estas, cabe destacar el apoyo que brindó Robbie Fowler en 1997 a la huelga de astilleros de Liverpool al celebrar un gol mostrando una camiseta en la que ponía “DoCKers”, emulando la marca Calvin Klein.

También se han visto pancartas celebrando la identidad “Scouse” (así se llama a los habitantes de la ciudad), en favor de unas entradas a precios populares, o la famosa pancarta con los rostros de sus más importantes entrenadores, entre los cuales figuran Shankly y Rafa Benítez, al más puro estilo soviético.

Recientemente, y como muestra la fotografía tomada en Kiev en la final de la Champions League, algunos fans del Liverpool también se han mostrado partidarios de ciertas causas internacionales, como puede ser la liberación de Lula Da Silva o la independencia de Catalunya.

La historia del Liverpool FC es en definitiva la historia de un equipo de una ciudad de izquierdas en la que el Labour Party gana con mayorías superiores al 80% de votos. Es un equipo que representa y defiende los valores y la gente de su ciudad, y como tal, resiste ante los embistes de la derecha y lo reaccionario.

Probablemente, la mejor manera de entender el desprecio que tiene la afición del Liverpool por la derecha y sobre todo por Margaret Thatcher, es fijándonos en las pancartas que había en el campo unos días después de su muerte. Las imágenes hablan por sí solas.

 

DAN ESTRADA
elfáctico.com

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Subir el precio de la gasolina en Francia es dejar a miles en la exclusión

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Christian Rodríguez

Christian Rodríguez es el responsable de Relaciones Internacionales para América Latina y el Caribe del movimiento Francia Insumisa de Jean Luc Melenchon. En esta entrevista, nos comparte algunas ideas de las protestas que sacudieron Francia y que pusieron en debate las políticas del Tratado de Maastricht.

—Una de las cosas que llama la atención en América Latina y en Perú en particular, es como en una de las economías más grandes de Europa y del mundo, surge un movimiento tan explosivo y contestatario como el de los “Chalecos Amarillos”, ¿cuál es su lectura sobre este tema?

—Lo primero que hay que tener en cuenta es que estamos en un contexto político de movilizaciones masivas en todo el mundo. Lo que era el fin de la historia, llamada por la derecha más dura que decía que se había acabado el ciclo progresista, pues deben estar mordiéndose los dedos porque la realidad está dando otro dato.

Ahora, si analizamos la situación social y política con los esquemas tradicionales de izquierda y derecha para interpretar estos fenómenos, entonces nos vamos a encontrar con dificultades en el análisis; y por lo tanto, a mal diagnóstico malas soluciones, y necesitamos intervenir y ser capaces de aportar una alternativa para modificar la durísima realidad que viven nuestros pueblos, en el caso particular de Francia, nadie se puede imaginar que la quinta potencia mundial viva hoy con más de 9 millones de pobres.

Nosotros tenemos otra matriz de análisis que se explica a través de lo que hemos llamado la teoría de la era del pueblo y de las revoluciones ciudadanas. Lo que llamamos revoluciones ciudadanas es en el fondo una reivindicación de soberanía del pueblo que se extiende en todos sus niveles.

En ese contexto resurge un sujeto social llamado pueblo, que no es otra cosa que una alianza de las clases populares y las clases medias que se unen con mucha fuerza en torno a reivindicaciones comunes que tienen que ver, casi todas, con la urgencia de recuperar el control sobre el uso del ecosistema por parte de las mayorías.

Cuando me preguntas sobre los Chalecos Amarillos y su irrupción en la escena política pues te digo que ellos revientan a partir del alza de los combustibles que es una reivindicación inicial, pero que da cuenta de un hartazgo grande de la gente por no poder llegar al fin de mes y con salarios que solo sirven para la sobrevivencia.

El combustible es en la ciudad y en las periferias cercanas a Paris, sinónimo de movilización social, por eso, subir el precio de la gasolina es dejar a miles en la exclusión, porque hoy para trabajar te desplazas de periferia en periferia y esto hace que en algún momento movilizarse ya sea imposible.

En Francia, la movilización por el combustible fue un detonador, la chispa que prendió fuego y encendió la pradera a otros temas como el de la jubilación, el derecho a la salud, a la universidad pública, entre otros temas.

La llegada de Macron al gobierno ha sido sólo para vender Francia al mejor postor. Y Francia que es un país maravilloso en cuanto servicios públicos porque tiene trenes de lujo que fueron del Estado, tiene sanidad pública, educación gratuita, universidades y ahora llegan los privados y ¿qué hacen?, la compran, pero no para crear beneficio, no para ayudar a la gente a acceder a servicios básicos, sino para privatizarlas y obtener rápidamente utilidades. Entonces, es interesante lo que está pasando con los Chalecos Amarillos porque son hijos de la propia construcción de este modelo de privatización, del lucro y del enriquecimiento a cualquier precio que se ha generado en todos estos años.

—Es esencialmente entonces, un movimiento de rechazo a las políticas económicas neoliberales

—Con la llegada del último gobierno del Partido Socialista con Hollande, todos los modelos que se han aplicado en Francia tenían el mismo objetivo, la implementación de políticas neoliberales. Fue una vergüenza desde el punto de vista de la izquierda, y en la práctica, Hollande ha logrado la casi desaparición del Partido Socialista.

Podemos afirmar que Hollande fue el mejor presidente de derechas que ha tenido Francia, ya que en su gobierno se abrieron todas las puertas para pavimentar la aplicación de políticas económicas neoliberales de forma agresiva y sin ningún interés por el consenso social.

A partir de esto estamos hablando de nueve millones de personas en estado de pobreza, cerca del 11% de jóvenes que no pueden acceder a la universidad por el acelerado proceso de privatización al que están siendo sometidos los centros de enseñanza superior y una sanidad pública cada día en peores condiciones.

Este país tiene las mismas condiciones para estar montada en cólera como en Chile, Haití o el Líbano, pero pasa que es más difuso el mensaje, y por otro lado, no hay que olvidar que Macron ha implementado una agresiva política represiva que hasta hoy lleva tres mil personas enjuiciadas o en prisión por el movimiento de los Chalecos Amarillos, además de 176 personas sin ojo, producto de una brutal represión.

Pero estos modelos sólo se pueden sostener en base al rol de los medios de comunicación y de las fuerzas represivas que actuando con la complacencia de los aparatos judiciales, han logrado instrumentalizar la justicia para sus fines

Marchas protestas conflictos en Chile

—¿Y cuál es el rol que han jugado los partidos de izquierda? Al parecer han desaparecido en estas luchas

—Primero decir que los sindicatos han mirado con mucha desconfianza. Los partidos de izquierda tradicionales con una clásica lectura, de que si no vas a la vanguardia o no eres quien lleva el proceso, entonces no eres de los nuestros.

De forma particular creo que hay un fracaso de la izquierda tradicional al leer estos procesos sociales, pero además, hay una lectura muy antigua que tiene que ver con la vieja concepción de lo que entendemos como la vanguardia, las masas, el pueblo y la construcción política.

Para nosotros ese esquema está muerto. Los Chalecos Amarillos eran masas amorfas que al parecer no esperaron la llegada de esa denominada “vanguardia” para ser concientizada o ser dirigida. Ese esquema de entender la construcción del nuevo sujeto político está roto, primero porque no estuvieron nunca ahí. Incluso nosotros, los de Francia Insumisa tuvimos muchos inconvenientes para relacionarnos con el movimiento, había desconfianza, rechazo a los partidos y organizaciones políticas y no se entendía que la tarea prioritaria era sumarnos y ponernos a disposición. En ese escenario, se hace difícil crear relaciones de confianza con la gente y el pueblo, ya que están en una fase de rechazarlo todo, del ¡que se vayan todos!, incluidos los partidos políticos.

—¿El movimiento ha logrado asumir una posición de cuestionamiento consciente al modelo o crees que recién es un proceso que está empezando?

—Es un proceso evidentemente, pero los ciudadanos empiezan a cuestionarse y preguntarse, ¿quiénes le están mintiendo?, ¿quiénes le están quitando la plata del bolsillo?, ¿quiénes le están perjudicando la vida de familia?, entonces, hay un proceso lento de toma de conciencia.

En estas luchas la gente ha aprendido que la televisión miente, que los medios de comunicación no están al servicio de la verdad sino de sus intereses particulares y este es un factor nuevo. Mucho se creía en lo que la televisión decía, pero como ahora han participado de la marcha de los Chalecos Amarillos y han visto quienes son los que golpean, entonces, la gente ha ido asumiendo un nivel de conciencia política. Se ha aprendido que la policía es manipulada políticamente por este gobierno. Se pensaba que una policía republicana jamás iba a golpear, pero ahí están los hechos.

Los procesos de aprendizaje y concientización de nuestro pueblo han sido rápidos y muy acelerados, pero de ahí a decirte que estamos a las puertas de que la gente asuma que esto es producto del modelo neoliberal, bueno, reconocemos que aún falta, pero están dadas todas las condiciones para que esto ocurra.

Lo otro es el rol de los partidos y de las organizaciones sociales o sindicales. Ha quedado en evidencia una completa desvinculación del pueblo con sus organizaciones ya que éstas no responden a la realidad concreta de lo que vive la gente en la calle.

—¿Y cuál es la autocrítica de los partidos y movimientos que tienen representación parlamentaria, como Francia Insumisa?

—Parte de la autocrítica tiene que ver con que no nos vinculamos más al pueblo, necesitamos ir con más intensidad a trabajar y relacionarnos con el mundo sindical o los movimientos estudiantiles. Ahora, Francia tiene una particularidad, que es que está atravesada por el tema de las religiones y esto es una trampa porque en el mundo popular, que está en los barrios, el tema de la identidad religiosa es un tema en disputa.

Decir por ejemplo, que si trabajas mucho con los sectores populares es porque estás ayudando al islamismo radical es una gran mentira, porque en este país puedes profesar la religión que quieras. Lo de la religión no es un asunto público, es un asunto privado, y en el trabajo social no se pregunta si eres musulmán, judío, católico o ateo, para trabajar políticamente.

Tenemos que superar esto porque hay ahí un freno en el tema del comunitarismo que nos impide trabajar de igual a igual con nuestro pueblo. Superado eso, creo que podemos tener otro escenario.

La extrema derecha juega mucho con esos temas de identidad cultural, de identidad religiosa y son éstas las trampas que deben de sortear aún los procesos de concientización, lo que implica desde luego, un doble esfuerzo, un doble trabajo.

—Sorprende que Marine Le Pen y los partidos de ultraderecha tengan tanta aceptación y representación en el parlamento francés

—Sí, y es que la desesperanza busca cualquier salida. En este país hay dos proyectos que están en disputa, hacia la extrema derecha con Marine Le Pen o está la corriente de Jean Luc Melenchon, representante del ecologismo, del humanismo y que responde a la necesidad de una sexta República. Nosotros queremos refundar la república a través de un proceso constituyente. Bueno, estos dos proyectos están en juego.

Que la extrema derecha esté presente en el panorama político francés, es algo que debemos combatir en todos los frentes. Ahora, pasa también que esa extrema derecha se mueve solapadamente y tiene mucho apoyo de los medios de comunicación y del gobierno que están abiertamente a favor del Frente Nacional. Macron, intenta avivar más ese fuego porque es la única manera de que pueda mantenerse en el gobierno. Azuzar el miedo para aparecer como el salvador. Ese fue el juego electoral pasado y vemos que no ha cambiado nada el libreto, el que repiten una y otra vez.

Ahora acompañados de los medios de comunicación, el Poder Judicial y la Policía, que están completamente manipulados en función de los intereses del gobierno, no en función de las tareas del Estado, como era antes. Macron ha politizado al Poder Judicial y a la Policía y esto es lo que explica la violencia inusitada que desataron en las calles en contra de los manifestantes de los Chalecos Amarillos.

—Lo que llaman ahora el Law Fare, que es la creación de casos o la apertura de procesos judiciales para anularte políticamente

—A Jean Luc Melenchon le han hecho eso. El 9 de diciembre tenemos la audiencia del primer juicio, pero tenemos otros más. Acabamos de volver de una larga gira por América Latina y hemos aprendido de estos casos conversando con Lula, con Cristina, con Pepe Mujica. Incluso en Perú, el caso de Verónica Mendoza, la líder de izquierda a quien seguramente también tratarán de involucrarla judicialmente para sacarla de la carrera política.

 

CESAR ROBLES

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La Venezuela consumista llegó para quedarse: el fenómeno de la dolarización

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La Venezuela consumista llegó para quedarse: el fenómeno de la dolarización

La Navidad es sagrada en Venezuela y no solo por lo católico del asunto. En el país caribeño, las fiestas empiezan con tiempo para el protocolo (desde el 1 de noviembre se decretó de manera oficial la Navidad) y la dolarización de facto hace que surjan nuevos fenómenos de consumo irreversibles.

A Venezuela le gusta consumir. Y aunque es un país socialista antiimperialista, al menos en lo que a estatus político constitucional se refiere, el venezolano lleva en su ADN el gusto por recibir cosas que pueda tocar y disfrutar. Y si salen en la tele, mejor. Y si encima vienen publicitadas con acento del Tío Sam, el omnipresente oriundo de los Estados Unidos de América, se tornan irresistibles.

El Black Friday se ha convertido en un fenómeno mundial porque si algo sabe hacer bien EEUU es vender. El marketing norteamericano ha impregnado de deseos a un mundo multipolar pero que camina irremediablemente hacia un capitalismo globalizado que nunca tiene suficiente.

El Viernes Negro fue un invento de los centros comerciales estadounidenses que hicieron coincidir la fecha con el último viernes del mes de noviembre, justo un día después del famoso día de Acción de Gracias, otra fecha emblemática para los estadounidenses. Al día siguiente es el pistoletazo no oficial de las compras navideñas; se estableció la tradición de salir a comprar en familia, los comerciantes comenzaron a transformar sus números rojos a partir de ese bendito viernes y, con el paso del tiempo, la fecha se ha hecho viral.

Si atendemos a los primeros registros sobre el inicio del Viernes Negro, habría que remontarse a los años cincuenta a la ciudad de Filadelfia (EEUU), cuando, según la historia más fiable, los policías de turno se referían al black friday como el día en el que miles de carros se lanzaban a las calles para comenzar sus compras. Era un viernes negro por el tráfico insoportable que había en la ciudad aunque las tiendas lo celebraban con un buen balance de su caja registradora al final del día.

La Venezuela consumista llegó para quedarse: el fenómeno de la dolarización

Rebeca, estudiante de 24 años, pasando el día en el centro comercial Sambil de Caracas, que abrió sus puertas con horario especial con motivo del Black Friday.

EL BLACK FRIDAY LLEGÓ A VENEZUELA

Es la primera vez en Venezuela que los centros comerciales se suman a esta tradición estadounidense de celebrar su particular viernes negro de compras desenfrenadas prometiendo descuentos irresistibles. El centro comercial Sambil, uno de los más emblemáticos y grandes de Caracas, abrió sus puertas a las 8 de la mañana y las cerró a las 12 de la noche. Inédito en un país donde la seguridad preocupa y mucho a sus ciudadanos, y cuando cae el sol, a eso de las 6 de la tarde, los comercios comienzan a cerrar sus puertas y caminar por las calles de la ciudad te convierte en sospechoso.

Pero no hay nada que no pueda superar la promesa de ser más feliz comprando cosas (aparentemente) baratas. Las tiendas del Sambil, un edificio de cinco plantas, estacionamiento y otra planta superior dedicada a la feria de comida con todo tipo de manjares fast food patrios y extranjeros, anunciaron a bombo y platillo en sus escaparates descuentos del 10, 20, 30 y hasta el 50%. ¿Quién puede resistirse a algo así?

El venezolano, acostumbrado a años de abundancia durante la época de la Venezuela Saudita, con el precio del barril del petróleo por las nubes y un gobierno, el de Hugo Chávez, que regalaba regalías a mansalva, desde luego, no. La crisis es coyuntural y profunda pero el ADN tiene memoria.

Las colas para entrar al centro comercial antes de que abriese sus puertas ya eran kilométricas, y cuando abrieron se vivieron escenas de estupefacción. De esas que no sabes muy bien qué te provocan, si reír, abrir la boca, mantenerla abierta por estupefacción o llorar por el mundo que somos. Mujeres, niños, hombres, ancianos, personas con movilidad reducida entrando a galopadas sin saber muy bien hacia donde ir primero.

El tema es que el Black Friday es un tanto engañoso, o al menos eso sospecharon algunos alegres con sus ilusiones frustradas por momentos. “Me he comprado este par de zapatos por 30 dólares y la etiqueta dice que están rebajados en un 30%, pero no es cierto porque ya los había visto la semana pasada y costaban lo mismo”, explica a Sputnik Rebeca, una chica de 24 años estudiante de Comunicación Social. Son las 12 del mediodía y Rebeca decidió faltar a clase para pillar las mejores ofertas. Viste camiseta blanca y lleva unas gafas de sol oscuras dentro del centro comercial, aunque no hace sol.

A su lado hay una pareja que pasa los cincuenta. Ella se está probando unas zapatillas color rosa fosforito que cuestan 80 dólares. Él la mira y le da consejos. “Me gustan con esos pantalones, amor”. Ella decide comprarlas. “Es una locura. Hemos venido porque nunca habíamos visto algo así en Venezuela”, cuenta orgullosa, con sus zapatillas nuevas en la mano, mientras le dice a la chica que le atiende que se las lleva a casa.

“Es verdad que hay crisis en Venezuela, pero también es verdad que cada vez hay más dólares en la calle, y en todas partes puedes pagar con dólares así que es más fácil. Hay problemas, es verdad, pero uno vive acá y si uno trabaja, uno puede vivir. Esa es mi opinión”, sentencia el marido antes de sacar un billete de 100 dólares estadounidenses de su cartera. La dependienta llega diez minutos más tarde con el cambio. Un billete de 20 impoluto, porque en Venezuela, eso sí, no aceptan papel manchado, arrugado o con cualquier nimiedad que afecte a su estado original. Son escrupulosos, con toda la ironía del caso.

La Venezuela consumista llegó para quedarse: el fenómeno de la dolarización

Mujer venezolana descansa sentada en el suelo rodeada de las bolsas con las compras.

DOLARIZACIÓN EN VENEZUELA

La dolarización de facto en el país caribeño está pasando desde hace unos meses y es imparable. No es oficial, aunque el propio presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ha reconocido hace poco en una entrevista con una televisión nacional que no le parece mal este fenómeno: “No lo veo mal […] ese proceso que llaman dolarización; puede servir para la recuperación y despliegue de las fuerzas productivas del país y el funcionamiento de la economía”, afirmó.

Al mismo tiempo, el Gobierno de Maduro lleva meses inyectando divisas en efectivo al mercado por la venta de oro y petróleo en el exterior. De esta manera, consigue evitar las sanciones impuestas por EEUU y rentabilizar los pagos en cash que recibe a través de transacciones internacionales.

Es un cambio de postura importante respecto a meses anteriores, cuando estaba prohibida la compraventa en dólares o su cambio en el mercado paralelo. El Gobierno se ha dado cuenta de la importancia que esta moneda extranjera tiene para su economía y el oxígeno que le da a su gestión, con una moneda nacional, el bolívar, cada vez más devaluada por la hiperinflación que sufre el país.

La dolarización en la calle se debe, sobre todo, a la creciente entrada de remesas en las fronteras venezolanas. Según las estimaciones de Ecoanalítica, una asesora financiera de renombre en el país caribeño, el envío de remesas desde el exterior ha aumentado en un 4.600% en tres años, pasando de 78 millones de dólares en 2016 a contabilizar entre 3.500 y 3.700 millones en la actualidad. Para 2020 esperan la entrada de 4.000 millones. Este fenómeno imparable está provocando que más del 50% de las transacciones en Venezuela se hagan en dólares según el economista Luis Vicente León, presidente de Datanálisis, la encuestadora más importante del país.

“Estoy mandándole vídeos del centro comercial a un amigo que vive fuera y me está preguntando si en Venezuela no nos moríamos de hambre”, dice a Sputnik Abraham, un venezolano entrenador de perros de profesión, que hace fila para entrar en una tienda de ropa deportiva en el citado Sambil. Le acompaña su madre, una señora mayor con poco oído pero encantada con la jornada. Es como una fiesta en familia.

“Aquí hay problemas, en todos los países hay problemas”, continúa el hijo. “Mira Colombia como está ahora, o Chile; pero si aquí estuviese la gente muriéndose de hambre esto estaría vacío. Hay colas en todas partes, entonces tú dices: ¿qué es verdad y qué es ficción?”.

Venezuela es como una novela de no ficción pero con guiones adulterados en Hollywood, nunca mejor dicho. La influencia norteamericana impregna a un país que reclama soberanía por injerencia pero que está lleno de contradicciones que se imponen como necesarias, a veces. El dólar ha traído alivio a una población incapaz de ahorrar en una moneda propia que no sirve. El Gobierno mira para otro lado; acepta de facto un fenómeno irreversible con un futuro incierto pero que ha llegado, seguro, para quedarse.

 

ESTHER YÁÑEZ ILLESCAS
SPUTNIK MUNDO

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Bolivia, laboratorio de una nueva estrategia de desestabilización

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Bolivia, laboratorio de una nueva estrategia de desestabilización

La prensa internacional nos relata con parsimonia los acontecimientos de Bolivia. Describe el derrocamiento del presidente Evo Morales, señala que es un enésimo golpe en la historia de ese país, pero no logra entender lo que realmente sucede. No percibe el surgimiento de una nueva fuerza política, hasta ahora desconocida en Latinoamérica. Thierry Meyssan señala que si las autoridades religiosas del continente no asumen inmediatamente sus responsabilidades, nada podrá impedir la propagación del caos.

El 14 de octubre de 2019, el presidente Evo Morales anunciaba, en entrevista concedida a la televisora GigaVisión, que tenía en su poder grabaciones que demostraban que personalidades de la extrema derecha y ex militares estaban preparando un golpe de Estado en previsión de que él volviera a ganar la elección presidencial.

Pero lo que sucedió no fue un golpe de Estado militar sino el derrocamiento del presidente constitucional. Nada permite pensar que el nuevo régimen sea capaz de estabilizar el país. Estamos viendo el inicio de un periodo de caos.

Los motines iniciados el 21 de octubre, y que llevaron al presidente y al vicepresidente de la República, a la presidente del Senado, al presidente de la Cámara de Diputados y al vicepresidente del Senado a dimitir uno tras otro, no cesaron con la entronización de Jeanine Áñez, la segunda vicepresidente del Senado, el 12 de noviembre. El partido político de la señora Áñez, el Movimiento Demócrata Social, sólo cuenta con 4 diputados y senadores de un total de 130. Y su decisión de instaurar un nuevo gobierno sin representantes de los pueblos originarios (pueblos que los occidentales llamarían “indígenas”) llevó a los miembros de esos grupos étnicos a lanzarse a las calles, en lugar de los grupos de matones que habían sacado del poder al gobierno del presidente Evo Morales.

Mientras la violencia interétnica se propaga por todo el país, la prensa boliviana publica relatos sobre las humillaciones públicas, las violaciones y el diario conteo de manifestantes muertos a manos de la policía y el ejército.

Si bien es evidente que el ejército está respaldando a la nueva “presidenta” Áñez, nadie sabe exactamente quién sacó del poder al presidente Evo Morales y se estima que pudo ser tanto una facción local como una transnacional o ambas. La reciente anulación de un megacontrato para la explotación del litio boliviano puede significar que algún competidor invirtió en el derrocamiento del presidente Evo Morales.

Lo único seguro es que Estados Unidos se alegra del giro que han tomado los acontecimientos, pero es posible que Washington no haya intervenido para provocarlos, aunque ciudadanos y funcionarios estadounidenses están probablemente implicados, como indicó el director del SVR ruso, Serguei Narichkin.

La publicación de una conversación entre la nueva ministra colombiana de Exteriores, Claudia Blum, y el embajador de Colombia en Estados Unidos, Francisco Santos –conversación grabada en un café de Washington– no deja lugar a dudas: el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, se opone actualmente a toda intervención en Latinoamérica; abandona al individuo que se autoproclamó presidente de Venezuela, Juan Guaidó, lo cual inquieta al antivenezolano gobierno de Colombia, y rechaza todo contacto con los numerosos aprendices golpistas latinoamericanos.

Esto nos muestra que la nominación de Elliot Abrams como representante especial de Estados Unidos en Latinoamérica no sólo fue una concesión a cambio del cierre de la investigación del fiscal Robert Mueller sobre la supuesta «trama rusa» sino también una astucia para acabar con la influencia de los neoconservadores en la administración estadounidense. El “diplomático” Abrams se portó tan mal y cometió tantos errores que destruyó en unos meses toda esperanza de intervención imperialista estadounidense en Latinoamérica.

En todo caso, el Departamento de Estado es actualmente una zona de desastre: los altos diplomáticos desfilan uno tras otro por el Capitolio para prestar testimonio contra el presidente Donald Trump ante la comisión de la Cámara de Representantes encargada de destituirlo.

Pero, si la administración Trump no está orquestando lo que sucede en Latinoamérica, ¿quién está haciéndolo? Todo indica que aún no han desaparecido las redes que la CIA instauró en ese continente en los años 1950-1970. Cuarenta años después, esas redes siguen existiendo en numerosos países latinoamericanos y logran actuar por sí mismas con un mínimo de respaldo externo.

LAS SOMBRAS DEL PASADO

Cuando Estados Unidos decidió iniciar contra la URSS su estrategia de containment, el primer director de la CIA, Allen Dulles, y su hermano, el secretario de Estado John Foster Dulles, reciclaron numerosos líderes de las milicias ultranacionalistas creadas por las potencias del Eje utilizándolos en la lucha contra los partidos comunistas. Esos elementos, previamente evacuados por Estados Unidos de los países donde habían perpetrado numerosos crímenes durante la Segunda Guerra Mundial, fueron agrupados en el seno de la Liga Anticomunista Mundial (WACL, siglas en inglés), la cual organizó en Latinoamérica el «Plan Cóndor», una estructura de cooperación entre los regímenes proestadounidenses de Latinoamérica para secuestrar y asesinar líderes revolucionarios en cualquier país donde buscaran refugio.

Fue así como, después de haber participado en el golpe militar que instaló en la presidencia de Bolivia al general René Barrientos, en 1964, el general Alfredo Ovando puso la búsqueda del Che Guevara, en 1966, en manos del nazi Klaus Barbie, quien había sido jefe de la Gestapo en la ciudad francesa de Lyon. Después de ser capturado por el ejército boliviano, Guevara fue asesinado a sangre fría, por orden del dictador Barrientos, en 1967.

Bajo las dictaduras de los generales bolivianos Hugo Banzer (1971-1978) y Luis García Meza (1980-1981), el nazi fugitivo Klaus Barbie –conocido en Francia como “el Carnicero de Lyon”– y el neofascista italiano Stefano Delle Chiaie –miembro del Gladio italiano que había organizado en 1970 el fallido golpe de Estado del príncipe Borghese en Italia– trabajaron juntos en la restructuración de la policía y de los servicios secretos bolivianos.

Sin embargo, después de la dimisión del presidente estadounidense Richard Nixon, en 1974, ya se había iniciado en Estados Unidos la ola de revelaciones de las comisiones Church, Pike y Rockefeller sobre las actividades secretas de la CIA. El público vio solamente la espuma de esa ola, pero hasta eso era demasiado. En 1977, el presidente James Carter nombraba director de la CIA al almirante Stansfield Turner, ordenándole sacar de la agencia a los colaboradores que habían trabajado para el Eje nazi-fascista y convertir las dictaduras proestadounidenses en «democracias». Así que cabe preguntarse, ¿cómo pudieron entonces el nazi alemán Klaus Barbie y el neofascista italiano Stefano Delle Chiaie convertirse en supervisores de la represión en Bolivia hasta agosto de 1981?

Es evidente que habían logrado organizar la sociedad boliviana de una manera que les permitía no depender del apoyo de Washington y de la CIA. Les bastaban el discreto respaldo de algunos funcionarios estadounidenses y el dinero de un grupo de transnacionales. Los golpistas de 2019 han actuado probablemente de la misma manera.

Durante el periodo de la lucha anticomunista, Klaus Barbie había facilitado la instalación en Bolivia de numerosos fugitivos croatas ustachis que antes lo habían ayudado a él a huir de Europa. Creada en 1929, la organización de los ustachis reivindicaba ante todo una identidad católica croata y contó con el apoyo del Vaticano para luchar contra la URSS. Después de la Primera Guerra Mundial y antes del inicio de la Segunda, los ustachis perpetraron numerosos asesinatos políticos, como el atentado que costó la vida al rey ortodoxo Alejandro I de Yugoslavia durante una visita en Francia. Durante la Segunda Guerra Mundial, los ustachis se aliaron a los fascistas y a los nazis y perpetraron masacres contra los cristianos ortodoxos pero enrolaron a musulmanes.

En total contradicción con el cristianismo original, los ustachis promovieron una visión racialista del mundo, según la cual los eslavos y los judíos no pueden ser considerados enteramente humanos.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, los ustachis huyeron de Europa hacia Argentina, donde fueron acogidos por el general Juan Domingo Perón. Pero algunos rechazaron el peronismo y prefirieron volver a emigrar. Fueron por consiguiente los más recalcitrantes los que emigraron a Bolivia.

Bolivia, laboratorio de una nueva estrategia de desestabilización

LOS USTACHIS EN BOLIVIA

Ya se sabe que las razones éticas no son motivo suficiente para que la CIA acepte renunciar a un arma. Así que no hay que sorprenderse de que los colaboradores que la administración Carter había expulsado de esa agencia estadounidense hayan colaborado después con el vicepresidente de Ronald Reagan y ex director de la CIA, George Bush padre. Algunos de ellos formaron el “Antibolchevik Bloc of Nations”. Esos elementos eran principalmente ucranianos e individuos provenientes de los países bálticos y de Croacia. Todos esos criminales de guerra están hoy en el poder.

Los ustachis bolivianos se han mantenido vinculados a sus correligionarios en Croacia, principalmente durante la guerra de 1991-1995, donde apoyaron al partido cristiano-demócrata (HDZ) de Franjo Tudman.

En Bolivia, esos elementos crearon la “Unión Juvenil Cruceñista”, una milicia conocida por sus incursiones violentas y asesinatos de miembros del pueblo originario aymara. Uno de los antiguos jefes de la Unión Juvenil Cruceñista, el abogado y hombre de negocios Luis Fernando Camacho, preside actualmente el Comité Cívico Pro Santa Cruz y dirige abiertamente a los matones que expulsaron del país al presidente Evo Morales, miembro de la etnia aymara.

Al mismo tiempo, parece que el nuevo comandante de las fuerzas terrestres de Bolivia, el general Iván Patricio Inchausti Rioja, es de origen croata. En todo caso, es ese general quien dirige actualmente la represión contra la resistencia de los pueblos originarios, luego de haber recibido lo que se ha denunciado como una «licencia para matar», concedida públicamente por la autoproclamada presidente Jeanine Áñez.

La fuerza de los ustachis bolivianos no reside en su número, ya que son sólo un grupúsculo. Si lograron derrocar al presidente Evo Morales es porque utilizan la religión para justificar sus crímenes y, en un país eminentemente católico, pocos se atreven a oponerse abiertamente a quien dice hablar en nombre de Dios.

Los cristianos racionales que leyeron u oyeron las declaraciones de la presidente autoproclamada cuando anunciaba el regreso de la Biblia al palacio de gobierno –en realidad eran los Cuatro Evangelios pero la señora Áñez no parece conocer la diferencia entre esos dos libros– y que recordaron las denuncias de la nueva jefa de Estado sobre los «ritos satánicos» que ella atribuye a los pueblos originarios quedaron estupefactos y creyeron, con desagrado, que esta señora proviene de alguna secta. No, es una ferviente católica.

Hace años que venimos denunciando a los responsables del Pentágono partidarios de la estrategia Rumsfeld/Cebrowski. Hemos advertido repetidamente que esos militares estadounidenses pretenden repetir en la Cuenca del Caribe lo que ya hicieron en el Medio Oriente ampliado.

Pero en Latinoamérica, su plan encontraba una importante dificultad: la ausencia de una fuerza regional comparable a la Hermandad Musulmana y al-Qaeda. En Latinoamérica, todas las manipulaciones terminaban volviendo a la tradicional oposición entre «capitalistas liberales» y «socialistas del siglo XXI». Ya no es así. Ahora existe dentro del catolicismo una corriente política que predica la violencia en nombre de Dios. Esa corriente hace posible el caos. Los católicos latinoamericanos se ven ahora ante la misma situación que los sunnitas árabes: tendrán que condenar urgentemente a esos fundamentalistas o serán arrastrados por la violencia que estos predican.

 

THIERRY MEYSSAN
RED VOLTAIRE

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