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La Palizada: violencia y distinción social en Lima a inicios del siglo xx

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La Palizada: violencia y distinción social en Lima a inicios del siglo xx

Entre la violencia física, la diversión y el consumo de la prostitución, se encontró un grupo de jóvenes provenientes de la clase dominante, se les denominó “La Palizada”. Según José Gálvez:

“Era frecuente antaño que el caballero de aristocrática familia, acaudalado y rumboso, concurriera asiduamente a jaranas de medio pelo, en las que campeaba por sus respetos, su donaire, su gracia, la facilidad con que improvisaba una copla, bailaba una resbalosa y echaba a la calle con sus puños al primer atrevido que faltase el respeto a la comadre. Estos señoritos eran padrinos de nacimiento, bajaban a los reyes el 6 de enero, llevaban a la pila a más de un mulatito, sabían domar un potro, puntear airosamente una guitarra, se desmorecían (sic) por la sopa teóloga y la carapulca con rosquitas de manteca y no desdeñaban pasajeros amoríos con mulatas sandungueras y graciosas, de ropa almidonada y amplia, de cabellera rizosa, bien peinada y adornada con flores, ingeniosas en el decir y prontas y agudas en el responder”.

Es decir, La Palizada fue un grupo de jóvenes provenientes de la clase dominante limeña que, para demostrar su carácter dominante o simplemente por un acto de “rebeldía” familiar, frecuentaban los barrios populares de Lima, se relacionaban con mujeres y hombres que no eran de su misma condición social pero, el comportamiento de estos jóvenes copiaba las costumbres populares. Incluso practicaron la violencia en casos de defender a sus allegados. Eran los “jóvenes aristocráticos defensores” de sus amigos del pueblo. Esta palizada nació en Lima durante la Guerra contra Chile, pero se extendió en la historia hasta las primeras décadas del siglo XX. Gálvez agrega que:

“Entonces nació la era inacabable de los cabes, cabezazos, contrasuelazos, combos, banquitos, cargamontones, sistema este último empleado en casos de apuro, lanzándose todos contra el infortunado que había logrado golpear a alguno de los de la pandilla”.

La violencia era una constante entre estos jóvenes y sus peleas pasaron a formar parte de la tradición oral popular. El diario El Comercio en setiembre de 1905 comentó sobre este grupo que “No hubo jamás en el país, centro, asociación o club alguno, legítimamente organizado y respondiendo a fines sociales o morales, que gozara de los privilegios y las franquicias que este de “La Palizada”, conjunto híbrido de matones y faites, ociosos y despreocupados, que ponen en la fuerza de los puños y más que en ella, en la del número, todos sus derechos y su única razón de ser”.

Los constantes enfrentamientos violentos y desmanes que produjeron en los diferentes barrios de Lima, originaron el rechazo de ciertos sectores sociales a estos jóvenes. Abelardo Gamarra los describió como: “Badulaques…muchos de ellos de los llamados de familias decentes, vinculados a todo género de truhanes de la plebe… [dedicados]…a la vida completamente de jarana: no tenían más objeto que divertirse, enamorar, chupar y arreglar a trompadas cualquier cuenta”

La Palizada: violencia y distinción social en Lima a inicios del siglo xx

Gamarra los denominó “badulaques” o sea, personas de muy poca o escasa razón que se relacionaron con “truhanes” o delincuentes y estafadores, que a pesar de su “noble abolengo” se dedicaron a las actividades de la “plebe” o sectores populares. No eran jóvenes dignos de sus apellidos ni familias. Eudocio Carrera Vergara señala que entre los miembros más conocidos de las palizadas se encuentran:

“El Cabezón Helena, el Gordo Ballén, el Manco Dávila, el Blanco Mas, el Mono La Barrera, el Zambo Barata, el Cholo Mólgora, el Panamito Vivanco, el Charquicán Mariluz, el Pelotilla Calderón, los ChinchanitosMústiga y Moreno, Piana, Perret, Calvo, Capocci, Santa Cruz; y, si no me sobro, hasta escritores, militares y periodistas también (allí entro yo), que, aunque no se crea, supieron demostrar genio y entereza, y no ser cero a la izquierda en estas lides truculentas, sin haberse salido nunca de los límites de la moral y discreción, que conste”.

Estos jóvenes y otros más practicaban “la discreta y moral” forma de atacar a sus oponentes con “cabes, cabezazos, etc.”, formas violentas de agresión física pero, para algunos fueron parte de una “mozada” que alteró el orden de la ciudad y causaban desorden.

Manuel Zanutelli Rosas rescato a Francisco Javier Fernando Valerio Soria Iribarren más conocido como “el cojo” Soria, nacido y muerto en Lima (1861-1911), quien “Al correr de los años, mozo ya, solía acudir a fiestas de medio pelo en casas de Abajo el Puente, los Barrios Altos y el Cercado, lugares en los que pronto se hizo una figura conocida”.

Hijo del civilista y exprefecto de Lima Fernando Soria Llanos y de la dama Francisca Iribarren, el cojo Soria se dedicó a la vida bohemia y a la palizada. Autor teatral que estrenó Mentiras y Candideces, De Medio Pelo, Carne Gorda y otras más. Soria “formó parte de un grupo de jaranistas que a principios de siglo [XX] dio mucho que hablar por sus logros artísticos y por su mal comportamiento. Eran amigos de trago, del juego, de la jarana y de las peleas. Uno de ellos, Alejandro Ayarza, compuso un vals: “LA PALIZADA”. Soria lo estimaba, como apreciaba también a José Teobaldo Ezeta y a Augusto Paz” (Zanutelli 1999).

Es Alejandro Ayarza el autor de las siguiente letra “Somos los niños más conocidos/ de esta bella y noble ciudad/ somos los niños más engreídos/ por nuestra gracia y sagacidad. / De las jaranas somos señores/ y hacemos flores con el cajón, / y si se ofrece tirar trompadas, / también tenemos disposición…”. La Palizada es el vals donde el mismo autor narra sus vicios y disposición a mantenerse en ellos. Alejandro Ayarza estrenó en 1912 su obra Música Peruana que le valió innumerables elogios de los medios de la época. Nacido en Lima en 1884 fue hijo del profesor de piano y cantante José Ayarza Gómez Flores (nacido en Arequipa) y de la distinguida dama de sociedad Rosa Morales. Además, su hermana Rosa Mercedes Ayarza Morales fue compositora y folklorista, alumna del italiano Claudio Rebagliatti.

Como se puede percibir, los miembros de La Palizada fueron integrantes de familias de la clase dominantes, jóvenes –y no tan jóvenes algunos- dedicados a las actividades artísticas pero, jóvenes bohemios y violentos. Inclusive, algunos cronistas y periodistas llegaron a extrañar La Palizada. Es el caso de Gonzalo Toledo quien en 1992 escribió: “No habrá más en Lima la travesura de “La Palizada”, no habrá esa ponderada marinera de Paz o de Ezeta, marinera que nació junto con ellos; no habrá más la jocundia de toda esa “tira” que conformaban periodistas, poetas y cantores que daban luz a la noche limeña, junto con sus pintorescos personajes como “Pichón de Pato”, “Masca Fierro”, “Pedrito Ureta”, “Manongazo”, “Pata e Lancha”, “Pelusa” y tantos otros que marcaron época y que renunciaron a llevar su bohemia fuera de Lima Cuadrada, prefiriendo los desveladeros de La Colmena, Pasaje Olaya o la esquina de Cailloma con Ocoña”.

La violencia es aceptada como una “palomillada”, como una “travesura” de un conjunto de “periodistas, poetas y cantores” que por provenir de la clase dominante limeña, son tomados como “personajes pintorescos” que con el tiempo formaron parte de la historia de la capital. Una forma de entender la relación entre música y violencia la explica Luis E. Valcárcel: “Música y danza en todos los componentes del pueblo son buenos conductores para la bacanal perseguida por él como desquite a sus estrecheces y miserias de todos los días. La “jarana” y el “jaranista” ocupan un lugar principal en la clase inferior. Danza y música no son objeto de delectaciones puras, sino simples medios de expansión vital, por el placer físico, por el momentáneo olvido de las “penas de la vida”.

Los sectores populares de la capital vivieron en callejones y cuartos de alquiler, en condiciones infrahumanas, donde la miseria se unía a la enfermedad y el hambre.

La fiesta era el momento en el cual la realidad se trastocó y, por unos momentos, se vivió la “alegría de la vida”. En este proceso de olvido por reemplazo de la realidad por la ficción, la violencia simbólica, verbal y física se hizo presente, degenerando las celebraciones. Las clases populares limeñas fueron actores de violencia en medio de las festividades. La Palizada fue una copia de esta violencia pero, por jóvenes de la clase dominante que eran violentos por diversión y “con protección” familiar y social.

Es por ello que mientras los actos violentos del pueblo deben ser reprimidos policialmente, castigados jurídicamente y olvidados históricamente –para evitar su análisis e interpretación-; la violencia de La Palizada es llevada a la memoria colectiva como un aspecto distintivo de Lima a inicios del siglo XX, como un comportamiento “pintoresco” y, por lo tanto, digno de ser recordado y rememorado constantemente, llegando incluso a la reivindicación.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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El rol del historiador en la visión de Jorge Basadre Grohmann

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Jorge Basadre Grohmann

En los últimos años, los historiadores peruanos nos encontramos en una lucha permanente por el reconocimiento social de nuestro trabajo científico. Quedaron atrás los años en los cuales, cada vez que la sociedad peruana se encontraba en una encrucijada, inmediatamente se recurría a las interpretaciones de los historiadores.

Así, generaciones de peruanos vivieron atentas a los libros, artículos y entrevistas a José de la Riva Agüero; Raúl Porras Barrenechea, Jorge Basadre; Alberto Flores-Galindo Segura o Pablo Macera Dall´Orso. Además, en este debate, la propuesta de un Colegio Profesional de Historiadores del Perú, determinó que existan voces que aun sostienen que el rol del historiador es la de un simple “narrador” de hechos del pasado o de un “buscador” de datos históricos en archivos. Por ello, se hace necesario conocer la propuesta del Historiador de la República.

En septiembre de 1973 Jorge Basadre Grohmann publicó, en la revista Acta Herediana de la Universidad Cayetano Heredia de Lima, el artículo La Historiografía de Hoy, en el cual realizó una especie de balance de los caminos y los rumbos por donde se desarrollaba la producción historiográfica en Europa, América y el Perú. Pero, en dicho artículo, Basadre también se dio tiempo para realizar algunas reflexiones sobre el trabajo y el rol del historiador.

Basadre escribió que: “El historiador trata de restaurar el tiempo. Busca su continuidad y su totalidad. Ejerce una tarea de regulador al convertirse en depositario oficial o extraoficial de la memoria colectiva o al crear ese cargo para él mismo. Su camino está en la búsqueda de las huellas que conduzca a los orígenes, próximos o lejanos. Es un hombre cuya meta sería tener a su alcance las raíces. Cada generación obtiene de él la idea de sus antecedentes y de los linderos dentro de los que ha de ubicarse”.

Para Basadre, el historiador es un investigador en el tiempo, lugar donde no existen barreras ni murallas entre el pasado y el presente, por el contrario, es un solo espacio porque los problemas del presente tienen necesariamente su origen en un pasado –ya sea inmediato o lejano-.

Además, su labor lo convierte en un administrador de la memoria colectiva y, es en este aspecto donde radica otro de sus problemas de profesión porque, siempre van a existir individuos o clases sociales interesadas en olvidar u omitir actos del pasado que no resultan cómodos para su labor actual y, por el contrario, también existen individuos o clases sociales deseosas de conocer mejor el pasado. Los historiadores somos seres de carne y hueso, hechura de nuestro tiempo. Somos parte de las generaciones de intelectuales que se forman bajo condiciones objetivas y subjetivas. De tal manera que, se hace necesaria siempre una definición ideológica. Dicha definición ideológica determinará la objetividad del análisis científico-histórico.

Así que, la labor del historiador necesariamente es objetiva pero, esto no significa imparcialidad porque, objetividad e imparcialidad son dos aspectos de problemas muy distintos y no, del mismo problema. Es por ello que, Basadre sostiene que frente a la llamada prosopografía (estudia las filiaciones y desarrollos de los “grandes personajes” el historiador puede estudiar la llamada “prosopografía elitista” o la llamada de las masas.

Frente a las llamadas fuentes de la historia y, principalmente, el documento escrito, Basadre propone que:

“Ya no basta exhumar uno o más papeles viejos. El historiador a la altura de esta época quiere trabajar en el interior de su material, vasto y heterogéneo como es; organizarlo; describirlo en su sentido intrínseco y no sólo en sus aspectos formales; distribuirlo; repartirlo dentro de distintos niveles; organizarlo; discriminar aquello que en él es pertinente y lo que no lo es; hallar en el tejido documental sus más profundas unidades y relaciones”.

Es decir, el historiador ya dejó de ser una especie de coleccionista o de cazador de documentos, que visitaba archivos y depósitos con la idea de encontrar el documento más antiguo, que contenga la información “fidedigna” y que lo lanzaría a la fama y al reconocimiento nacional y mundial.

Todo lo contrario, actualmente el historiador se ha convertido inclusive en un hacedor de fuentes porque debe tener presente que todos los documentos pueden contener información de importancia como también, documentos importantes no contienen información valiosa o simplemente la información que contienen ha sido intencionalmente sesgada o alterada por quien la produjo, buscando de esta forma ocultar o desviar la verdad histórica.

Biblioteca - Jorge Basadre Grohmann

Así, un diario o un periódico debe ser analizado no solamente en la información, sino también, cómo presenta esta información, que tipo de lenguaje utiliza, a qué le da más importancia, cómo acompaña la información (fotos, entrevistas, documentos, etc.), es decir, el historiador es consciente que su trabajo no es el fruto de una acción personal o individual sino, por el contrario, es un trabajo colectivo y que responde a los intereses y deseos de un colectivo.

Hoy, existen historiadores que se refugian en el documento escrito, haciendo de él, la deidad de la información. Incluso, han llegado a sostener que, por ejemplo, Túpac Amaru “jamás” se sublevó contra los españoles porque, en sus proclamas, siempre utilizó las palabras “godos y chapetones”. El tráfico histórico llega a niveles delirantes e increíbles.

Por ello, Basadre escribió que “La primera virtud del historiador es el espíritu crítico. Desde cierto punto de vista, historia científica es historia crítica. Toda ciencia busca la verdad y la historia la del pasado tal como existió. El historiador ha de escudriñar en sus fuentes el error, la mentira, la deformación peyorativa o laudatoria, las lagunas voluntarias o no. Y ha de cuidarse no sólo de quienes lo informan sino también de sí mismo. No debe ser ni un panfletario ni un panegirista al servicio de sus convicciones, sus prejuicios, sus doctrinas o sus intereses. Ha de esforzarse no tanto en ser imparcial (esta palabra no implica una indiferencia completa e imposible ante los valores en juego) pero sí de dialogar con el ayer en un tono sereno para que la voz tenue de éste no sea acallada por el tumulto subjetivo”.

En ese mismo sentido, Basadre llega a una primera conclusión sobre el historiador y su oficio, “Espíritu crítico y don de simpatía han de ser, pues, no antagónicos sino complementarios, convergentes en el historiador. Sobre todo ha de primar en él la integridad de su conciencia, la autenticidad de su vocación, la fidelidad para obedecer a ella, la sinceridad esencial que le impida decir lo que, a solas consigo mismo, no crea cierto. Al fin y al cabo sus escritos implican un acto de fe en sus fuentes y en su propia aptitud para interpretarlas”.

Los historiadores tenemos primero que analizar críticamente nuestras fuentes, y luego confiar en ellas para nuestras interpretaciones, porque aquí no es verdad que el historiador hace la historia y por ello, existen tantas historias como historiadores, esa es una falacia inventada por aquellos que practican y prefieren una historia no ciencia, y que las corrientes autodenominadas posmodernas han hecho suya para desacreditar la labor científica y objetiva del historiador; todo lo contrario, existe una sola historia y una sola verdad cinética de la historia, y la labor nuestra es acercarnos a la verdad histórica en lo más que podamos, y para ello son necesarias las interpretaciones, pero no cualquier interpretación, porque de estas existen muchas, inclusiva de lo más antojadizas y subjetivas, sino de aquellas interpretaciones elaboradas a partir de un trabajo de investigación serio y metodológicamente válido. La historia es ciencia. La historia no es mera narrativa antojadiza. Los vacios en el conocimiento histórico no se pueden cubrir con “inventos” o supuestos.

Por ello, Jorge Basadre afirma en forma categórica que: “El libro final y completo de historia no existe”. Entonces, cada aspecto estudiado por los historiadores no es finito sino por el contrario, necesita ser revisado una y otra vez, porque de esta manera nos acercamos más a la verdad histórica.

No existe el historiador que haya demostrado la verdad histórica absoluta, es el conjunto de historiadores los que permiten la posibilidad de alcanzar esa verdad histórica absoluta, pero siempre y cuando las interpretaciones tengan el doble carácter de científicas y objetivas.

Existen historiadores como Jorge Basadre Grohmann que realizaron el máximo esfuerzo científico por encontrar la verdad de los hechos. Para ello, parten de los mismos hechos. Sabiendo que, los hechos históricos son producto de la actividad humana de carácter social. Todo hecho histórico es un hecho social. Sólo el ser humano es hacedor de historia. Por ello, el estudio histórico busca, principalmente, conocer al ser social que realizó el hecho. Y, el conocimiento histórico, permite conocer al ser humano en su totalidad.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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La Arequipa de hoy la cultura

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La Arequipa de hoy la cultura

Unos días en Arequipa, a fines de octubre, bastaron para tomarle el pulso a ciertas manifestaciones culturales en esta ciudad. Suelo hacerlo, en verdad un poco al desgaire, cada vez que la visito desde que me alejé de ella cuando tenía veinte años.

Encuentro tres referentes para este examen: las librerías, las bibliotecas y las ferias de libros.

No hay teatro, ni exhibiciones pictóricas, ni conciertos.

Las viejas casonas de sillar, liberadas del revestimiento exterior gracias a la iniciativa del alcalde Villalobos hace ya varias décadas, se yerguen altaneras proclamando su rancia estirpe hispánica y virreinal de “blanca ciudad” a los centenares de turistas que llegan para ver si es cierto que sus pobladores conviven amigablemente con los tres volcanes que la anidan.

Busco las librerías y sólo hallo cuatro: una en la calle San Francisco y otra en la calle Mercaderes, pertenecientes al mismo dueño, con algunas novelas traducidas (thrillers) que se esfuerzan por asomarse tras el material de escritorio ofrecido; otra en la calle Puente Bolognesi de literatura menor para estudiantes de primaria; y otra en la calle Ayacucho con media docena de libros en el zaguán de una casa.

Mi nostalgia me traslada entonces a los años cincuenta, cuando cursaba Letras en la Universidad de San Agustín. La librería más completa y actualizada estaba en la calle San José, frente al Correo Central. Se denominaba Simiente y pertenecía al intelectual comunista Juan Cuentas Zavala. Allí nos surtíamos los estudiantes universitarios, profesionales, artesanos y obreros que ansiábamos ilustrarnos. Importaba los libros de Buenos Aires, México y Santiago de Chile. Allí adquirí casi todas las novelas francesas del siglo XIX traducidas y publicadas por las editoriales Sopena, Tor y Losada de Buenos Aires, que habían creado algunos españoles exiliados en esta ciudad. Había otra librería en la primera cuadra de la calle San Juan de Dios perteneciente a un joven desprovisto de toda pretensión intelectual que traía libros y, sobre todo, revistas de Buenos Aires. Gracias a este librero, en mi hogar como en muchos otros, nos deleitábamos y formábamos con el prodigioso material que constituían las revistas El Tony, El Gorrión, Espinaca, Billiken, Leoplán, Intervalo, Rico Tipo, Para tí y Marivel.

¿Qué leen las chicas y los chicos de ahora, aparte de lo que encuentran en las pantallitas de sus celulares?

“Cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor.” (Jorge Manrique).

Y luego siempre estaba el recurso de proveernos de libros de mano en mano, clandestinamente, para burlar la vigilancia de los soplones de la dictadura de Odría que se les encontraba hasta en la sopa

A los jóvenes inquietos de ese tiempo, el destino, la historia o lo que fuera, nos dio la oportunidad de nuestro bautismo de fuego en la revuelta popular de junio de 1950. (He contado esta epopeya en mi libro Esos días de junio de Arequipa, cuando la historia tocó las puertas de los vecindarios, 2014).

La Arequipa de hoy la cultura

La biblioteca más publicitada es la denominada Mario Vargas Llosa. Está en una antigua casa de la calle San Francisco que perteneció a un español de la conquista y fue por un tiempo sede del gobierno regional. Recorro sus estantes colmados de libros. Todos han sido donados por el insigne marqués español nacido en Arequipa en 1936 y donde tuvo la dicha de residir unos pocos meses. Reviso los autores, títulos y temas, y me percato que es la clase de lectura que el donante, uno de los cuadros más destacados de la oligarquía blanca y del neoliberalismo, estima que debe alimentar el espíritu de los arequipeños.

Por supuesto, no hay entre esos volúmenes ninguno crítico del sistema capitalista y, menos aún, expresivo del afán contestatario de las mayorías sociales de esta ciudad. Son libros del mismo jaez que los artículos de este benefactor que con su premio Nobel es para los últimos cenáculos de la oligarquía local tan grande y omnipresente como el volcán Misti. A nadie parece importarle averiguar por qué le dieron ese premio. Alguien me dijo que en la catedral ya le han designado una hornacina donde colocarán su efigie.

Pasé a la biblioteca el Ateneo, perteneciente a la Municipalidad. Está como era cuando la frecuentaba en mis años universitarios, para aprender en los libros supervivientes del pillaje practicado por la dictadura de entonces. Me fijé en sus ficheros. Poco realmente importante. ¿Le compran nuevos libros? Hace algunos años intenté una entrevista con su director. Llevaba una colección de mis libros y algunos otros de mi especialidad profesional para obsequiarlos. No me recibió, pero la secretaria me indicó que se los entregase al director de cultura, o algo así, del concejo municipal de la ciudad. Sin perder las esperanzas me trasladé a su oficina en el portal de la Municipalidad. Era un hombrecito de rostro aleve que apenas se dignó escucharme y terminó por decirme que no aceptaban donaciones de libros.

Pertenecía al equipo del partido Aprista que acababa de ganar las elecciones municipales. Arequipa tampoco se halla exenta de equivocaciones tan garrafales. No por casualidad unos días después, un grupo de trabajadores del municipio retiró el busto del gran pintor arequipeño Manuel Domingo Pantigoso de la plazuela Colón y, tal vez por descuido, no lo destruyeron. Años después, otra administración desagravió a este pintor, colocando su busto en el salón de las grandes personalidades arequipeñas de la casa El Fierro en la plaza San Francisco, donde está ahora.

Las ferias de libros son en todas partes grandes emprendimientos promovidos por las editoriales transnacionales para comercializar la cultura que tratan de meterle a los pueblos escogidos como mercados: literatura pulp y sus parientes cercanos. Hay Festival es otra de esas ferias que ha sido aclimatada en Arequipa. La publicidad que la acompaña es, por supuesto, ilimitada, y sus escenarios se pueblan de autores extranjeros de talante ideológico compatible con los fines perseguidos por sus organizadores y patrocinadores. Ningún escritor crítico puede ingresar a esos feudos alegremente iluminados, ni a sus editores se les dará jamás allí un stand o un espacio de exposición.

Y mientras Hay Festival pasa sus días de ensueño, multitudes aguerridas de estudiantes, campesinos, obreros, artesanos e ínfimos comerciantes desfilan por calles y plazas con carteles, oponiéndose a la amenaza de la contaminación del agua en el valle de Tambo por una empresa minera que recibió una concesión de algún gobierno corrompido.

Dos caras del dios Jano, se diría.

Se trata, como se ve, de una ofensiva cultural del neoliberalismo para tentar la alienación de la mayor parte de este pueblo mestizo y rebelde que hace ya algunos años mira esperanzado hacia el levante, situado allí a la izquierda, y tentar hacer de él un conjunto dócil y manipulable.

 

JORGE RENDÓN VÁSQUEZ

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Análisis de las últimas tendencias de la inversión minera

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Minería camión volquete minero

Las cifras consolidadas hasta septiembre de 2019 muestran que la inversión minera presenta un incremento acumulado de 23.2%, en comparación con el mismo período del año pasado. En lo que va del año se han invertido US$ 4,070 millones, principalmente en el desarrollo de los proyectos de Quellaveco (Anglo American) y Mina Justa (Marcobre).

Según datos del Ministerio de Energía y Minas (MINEM), son precisamente las empresas a cargo de estos proyectos quienes más han invertido durante el año. Anglo American y Marcobre representan el 33.2% de la inversión total en minería en el país, destacando que la empresa a cargo de Mina Justa ha multiplicado su inversión por cuatro en comparación al mismo período del año pasado.

Otro dato importante es la distribución de los flujos de inversión por regiones. Moquegua, Ica y Junín concentran el 49.5% del total de la inversión minera en lo que va del año, lo que tiene relación con el desarrollo de los dos proyectos más relevantes, Quellaveco (Moquegua) y Mina Justa (Ica). Todo indica que ambos proyectos seguirán marcando la tendencia de la inversión en los próximos meses, aunque en el caso de Quellaveco el reto que tiene es resolver el conflicto que se ha agudizado en las últimas semanas con los pobladores del Valle de Tumilaca y las denuncias que la empresa no estaría cumpliendo lo acordado.

Si desagregamos la inversión minera por rubros, se puede observar que salvo los componentes de Exploración y Planta Beneficio, el resto muestra una evolución positiva. Destaca, el incremento continuo que ha tenido durante casi todo el año la inversión en Equipamiento Minero, Desarrollo y Preparación y Otros. En cambio, preocupa el comportamiento del componente de Exploraciones, ya que es aspecto importante que usualmente muestra los cambios de tendencia de la inversión en minería.

Al analizar la tendencia de las inversiones mineras tampoco se puede dejar de lado la variación de los precios en la cotización de los metales. Tal como muestran los datos a nivel global y también para el caso peruano, la tendencia de las inversiones en exploración siempre está fuertemente relacionada con la evolución de las cotizaciones. En el siguiente gráfico, para el caso peruano se observa esta relación entre la inversión en exploración minera y la cotización del cobre (metal que representa alrededor del 50% del valor de las exportaciones mineras y el 71% de proyectos de la cartera de inversión minera).

Durante el último año el contexto internacional desfavorable ha provocado la caída en las cotizaciones de minerales de base como el cobre y en contraposición, el incremento de las cotizaciones de metales preciosos como el oro. En el caso del cobre, que cerró octubre pasado con un promedio de US$2.60 la libra, mantiene una tendencia a la baja que se arrastra desde hace dos años y que seguramente se seguirá reflejando en bajos niveles de inversión en exploración minera. El caso del oro es distinto ya que en un contexto global de riesgo e incertidumbre se fortalece como un activo estratégico y valor de refugio.

En conclusión, mientras menores sean las expectativas de crecimiento a nivel global, menor será la demanda de los metales de base como el cobre, lo que tendrá un efecto sobre la cotización y los presupuestos de inversión. Las tensiones comerciales entre China y los Estados Unidos, las expectativas de bajo crecimiento de la economía mundial, deben servir para que finalmente se entienda que un país como el Perú necesita pensar en otros motores que puedan impulsar su economía.

 

LUIS W. ESPEJO
COOPERACCIÓN

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