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Especial

La agresión contra José Carlos Mariátegui en 1918

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José Carlos Mariátegui

La agresión sufrida por el joven José Carlos Mariátegui en junio de 1918 por parte de oficiales del ejército, luego de publicar su artículo El Deber del Ejército y el Deber del Estado (Nuestra Época N° 1) es uno de los capítulos más olvidados por aquellos que se preocupan por la libertad de expresión y de prensa en nuestro país.

En el texto titulado El Deber del Ejército y el Deber del Estado (Malas Tendencias), Mariátegui sostiene que: “La oficialidad está compuesta, en un noventa por ciento, por gente llevada a la escuela militar una veces por la miseria del medio y otras veces por el fracaso personal”. Esta afirmación fue asumida como una ofensa por los oficiales quienes ingresaron a las oficinas del medio escrito y arremetieron contra el periodista. Alberto Tauro del Pino narra que:

“En la tarde del lunes 24 de junio, y dirigidos por el teniente José Vásquez Benavides, los oficiales irrumpieron tumultuariamente en el edificio del diario El Tiempo, cuando José Carlos Mariátegui se disponía a escribir su colaboración para la edición del día siguiente. Las voces acaloradas y el recio taconeo de las botas colmaron la oficina de la redacción, hasta aislar al joven periodista. Desconcertado éste, incorporóse al lado del pequeño escritorio que ocupaba; inútilmente pretendió iniciar un diálogo, y apenas atinó a dirigir hacia el grupo una mirada penetrante. La palidez de su rostro destacaba en las pulcras líneas de su traje oscuro; su pequeña figura parecía perdida o abrumada por cuantos lo rodeaban o desde atrás se empinaban para divisarlo; y ante él, atlético, cetrino, vociferante, el teniente mencionado descargó su violencia contra el inerme escritor”.

La interpretación más difundida es que los oficiales reaccionaron violentamente porque Mariátegui afirmó que eran oficiales no por vocación militar sino por frustración personal pero, la violencia pública era parte del trabajo de los militares. Formaron las llamadas “fuerzas de choque” de los candidatos durante los procesos electorales en las primeras décadas del siglo XX. Manuel Vicente Villarán afirma que “Las autoridades apoyaban y dirigían a uno de los bandos. Soldados con disfraz o sin él, tomaban parte en el combate cuando era necesario”. Los soldados también intervenían en esta violencia sin ningún tipo de restricción. Las autoridades de turno tenían en los soldados las fuerzas violentistas perfectas para continuar en el poder.

Así como actuaban impunemente durante las elecciones, esa misma impunidad les permitió atacar a un periodista de opinión. La violencia era parte de su actuar diario. Todo lo solucionaban así. Por eso Mariátegui escribió en el mismo artículo que: “No exageramos. Muy grave, muy grave, sería que el ejército del Perú quisiera señalarles a los poderes públicos una orientación de su gusto. El grado de militarización que al país conviene no debe ser indicado de ninguna manera por el ejército. Es imprescindible que los poderes públicos elijan libremente la dirección primaria de la política gubernamental…Un jefe militar que se pone de pie, delante de un auditorio militar también, para manifestar que hay que recomendarle al congreso que haga esto y que hay que quejarse de que no haya hecho aquello es, por eso, un jefe a quien se tiene que mirar como una amenaza”.

Entonces, la agresión no es sólo por la primera afirmación, lo es principalmente porque Mariátegui se opone al militarismo. A esa intervención prepotente y pública que realizan algunos oficiales del ejército sobre la política del Estado y de los gobiernos. Pero, el pretexto para la agresión fue tomar sus ideas como un conflicto personal contra los oficiales.

Nuestra época

Luis Fernán Cisneros escribió en La Prensa que: “Ese periodista atacado ayer tiene una hoja de servicios honrosa en el periodismo y en la literatura. No es un cualquiera. Merece, por sus dotes, el aprecio que le concede el público. Podrá estar equivocado; pero en su espíritu cabe el convencimiento de su error, si alguien se lo prueba. Y sobre todo, en el Perú los periodistas podemos discutir todas nuestras instituciones democráticas, inclusive la del ejército”. Es un apoyo a la libertad de expresión que debe existir en un país que supuestamente forma parte de los llamados “Estados Modernos”, es decir, donde la forma de poder existente se enmarca dentro del modelo democrático del sistema capitalista. Incluso, Fernán Cisneros, no contradice a Mariátegui, sólo propone que si alguien no está de acuerdo con sus ideas, que le expongan el por qué de ese desacuerdo, de convencerlo, Mariátegui tendrá la capacidad de reconocer su error. Es decir, pide que debatan las ideas y reconoce la capacidad del Amauta para conceder a su adversario la razón, si la tuviese. Una muestra de la personalidad proba y honesta de José Carlos Mariátegui.

El 25 de junio, Mariátegui renunció al diario El Tiempo, ya que, el director de este medio escrito jamás se pronunció sobre los hechos acaecidos contra uno de sus más ilustres y reconocidos periodistas. Mariátegui mandó una carta al señor Pedro Ruíz Bravo –director de El Tiempo- donde le anotó que: “El comportamiento un tanto reticente y otro tanto desleal de Ud. Ante la agresión de que he sido objeto en las oficinas de “El Tiempo”, violadas y vejadas por el tumultuoso grupo de oficiales del ejército que la perpetró, me hace sentir el deber imperioso de apartarme de este diario al cual me trajeron, con la complicidad dolorosa de mi abulia y mi inquietud, solicitaciones de usted”.

Luego de esta carta de renuncia, el Diario El Tiempo editorializó en su edición del día 26 de junio de 1918 “Comprendemos que sólo por irreflexión llegaron esos jóvenes al extremo de no tener en cuenta que la casa y las oficinas de un periódico son inviolables, con la augusta inviolabilidad que les acuerda la ley y que les reconocen la cultura del país, el sentimiento público y la magestad de las ideas. Comprendemos también que el apasionamiento en la defensa de su honor y del prestigio de la carrera a que pertenecen les indujo a prescindir de las fórmulas caballerescas con que es obligatorio solucionar estas cuestiones. Comprendemos, por último, que si hubieran meditado un minuto siquiera en el daño que iban a inferirse con su violencia, se habrían abstenido de echarse en brazos de ella para obtener la satisfacción o la reparación a que se creían con derecho. Pero nada de esto excusa la temeridad de su procedimiento. Lo explica únicamente”. Es decir, en ningún momento un acto o palabra de solidaridad con el periodista agredido, o de condena y rechazo a los agresores, siempre comprensión. Incluso al final legan a la ambigüedad de afirmar que no existe escusa para el acto aunque, comprenden la explicación. El temor de un director –y de los propietarios de un diario- frente al poder del ejército queda patentado en esta actitud de El Tiempo.

Jorge Basadre indica que: “El 26 del mismo mes tuvo lugar una manifestación de solidaridad institucional organizada por los oficiales, con expresiones de adhesión al Gobierno y en ella participó el Presidente Pardo en cuyo discurso se reflejó el hondo resquemor que sentía ante la violenta campaña contra él y su régimen sistemáticamente seguida por El Tiempo. El mismo día renunciaron el Ministro de Guerra coronel César A. La Fuente y el jefe de Estado Mayor coronel Manuel María Ponce a quienes, según parece, disgustaron los acontecimientos que se habían producido”. Es decir, el gobierno de Pardo utilizó el artículo de Mariátegui como un pretexto para atacar al diario El Tiempo, ubicado en la oposición de su mandato. Así, formó un bloque con el sector de los altos mandos del ejército que avalaron la agresión física como una muestra de “lavar el honor manchado”. Pero, existió otro sector de altos mandos que no aprobó esta agresión y, al ser rebasados, decidieron renunciar. Era la época en que los ministros renunciaban a sus cargos cuando se producía un escándalo en sus sectores.

Entre junio de 1939 y setiembre de 1945 la Escuela Militar de Chorrillos fue dirigida por el General José F. Vásquez B. La agresión a Mariátegui no fue castigada y por el contrario quien la dirigió fue premiado. Golpear a un “comunista inválido” habrá sido su heroica carta de presentación y el mejor folio en su legajo de servicio.

 

AUGUSTO LOSTAUNAU MOSCOL

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Especial

La Marsellesa, Himno de la Libertad

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La Marsellesa, Himno de la Libertad

A partir del 14 de julio de 1795 la Marsellesa se convirtió en el Himno Nacional de Francia.

¿Por qué los representantes del pueblo en la Convención decidieron elevarla a esa jerarquía?

Desde que el 30 de julio de 1792 un batallón de voluntarios de Marsella y Montpellier llegó a París entonando ese canto de guerra, casi todos lo cantaban en los barrios populares y en otros de la pequeña burguesía.

Inflamados de orgullo y patriotismo, sentían que esa música y esa letra eran el complemento emocional, esperado sin saberlo, de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que los Estados Generales habían aprobado el 29 de agosto de 1789, y, sobre todo, del artículo 1º: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos.”

Esta proclama, tan simple y evidente como un axioma, se traducía para ellos en su cotidianeidad como la expresión: a la m… los reyes, nobles, señores, prelados católicos, monjes, castas y sus agentes, personajes que los habían tiranizado, explotado, discriminado y despreciado por cientos de años.

Unos a otros se comunicaban este sentimiento, que enunciaba tan claramente ese canto, reasegurándose que debían permanecer en estado de revuelta para que nadie les arrebatase ese derecho que era ya de todos, del soberano colectivo que había nacido cuando las multitudes de los barrios populares tomaron la tétrica fortaleza de La Bastilla, el 14 de julio de 1789.

Sin embargo, ese canto, que por haberlo difundido los soldados de Marsella cuando llegaron a París fue denominado la Marsellesa, no era de Marsella. Había sido creado la noche del 24 de abril de 1792 en Estrasburgo por el capitán de ingeniería Claude Rouget de Lisle, inclinado a escribir poemas, después de que el alcalde Dietrich de esa ciudad le sugiriese, en una reunión social en su casa, escribir algunos versos alusivos a la defensa de la patria ante la posibilidad de que el temible ejército prusiano, acampado en la otra orilla del Rhin, atacase Francia.

Este capitán de treinta y dos años, que para ingresar a la escuela de oficiales había tenido que aparentar ser de origen noble agregándole a su apellido los términos de Lisle, fue iluminado esa noche por una extraña musa que aparece solo en los grandes momentos, y en la soledad de su modesto cuarto escribió la letra y la música de una canción que fue ejecutando en su violón mientras la cantaba y corregía hasta el amanecer.

A las seis salió con su violón en busca del teniente Masclet, su amigo, y se la cantó. Este le sugirió corregir dos versos. Luego se dirigió a la casa del alcalde y la ejecutó ante él y su esposa que sabía música y tocaba el clavecín. La había denominado Canto de guerra para el Ejército del Rhin. Ambos quedaron extasiados. Esa noche, Claude Rouget la cantó y tocó ante el mismo grupo que se había reunido la víspera. El entusiasmo ganó a todos.

Al día siguiente, la esposa del alcalde emprendió la orquestación para diferentes instrumentos, y, unos días después, el alcalde la hizo ejecutar por la banda de la Guardia Nacional en la plaza de armas. El primer verso del estribillo repetía las palabras de una convocatoria a la movilización que Claude Rouget había leído: Aux armes citoyens (A las armas ciudadanos).

Tal vez Rouget de Lisle no se interesó luego por la suerte que pudo haber corrido su maravillosa invocación a la violencia revolucionaria y guerrera. Fue otra la opinión del impresor Danbach de Estrasburgo quien, valorando su importancia, imprimió la partitura y la letra y la difundió. Desde allí llegó a Marsella donde el jefe de un regimiento, François Mireur, dispuso que ese himno fuese aprendido por los seiscientos voluntarios marselleses que iban a París resueltos a morir en defensa de la patria.

Un día de setiembre de 1792, cuando Rouget de Lisle paseaba por un campo cercano a Riveauville, escuchó a un joven de unos quince años cantar su himno. Extrañado, le preguntó cómo lo había aprendido. El muchacho le respondió:

—¡Cómo, no lo sabe! ¡Es la Marsellesa! Todo el mundo la canta.

Se cuenta que alguien dijo que De Lisle había compuesto un himno que en el campo de batalla valdría como cien mil hombres. Parece ser cierto también que Napoleón Bonaparte, el genio y brazo armado de la Revolución Francesa, dijera que esta canción símbolo equivalía en el campo de batalla a unos 750 cañones. El pueblo la cantaba en Francia henchido de energía revolucionaria y los soldados franceses avanzaban por Europa en triunfo entonándola.

Caído Napoleón tras la batalla de Waterloo en 1815, la Marsellesa fue prohibida. Se le volvió a cantar por unos días en la revolución de 1830 y se restableció su legalidad tras la revolución de 1848. Luego se le prohibió.

Los comuneros de 1870 volvieron a cantarla. En 1879 se la hizo el himno de Francia. Se la prohibió de nuevo entre 1940 y 1944 por el gobierno de Petain, colaboracionista con el nazismo. Con la liberación se la restableció. Finalmente, la Constitución de 1958 volvió a declararla Himno Nacional de Francia.

La Marsellesa ha sido una canción entonada como un himno de liberación por varios movimientos socialistas desde el siglo XIX, y con la Internacional, cuya letra fue obra del francés Eugène Pottier, 1871, y la música del belga Pierre Degeyter, 1888, expresan el sentir revolucionario de los movimientos comunistas y de numerosos intelectuales y trabajadores. (En el Perú, un partido político agravió a Francia y al movimiento revolucionario aplicándole a la música de la Marsellesa una espúrea letra.)

Claude Rouget de Lisle se opacó como creador musical y poético y como revolucionario luego de su genial inspiración hasta su fallecimiento en 1836. Estuvo incluso detenido y a punto de ser guillotinado, salvándose sólo por haber sido el autor de la Marsellesa. En 1915 sus restos fueron depositados en el Hotel des Invalides en París donde reposan los de Napoleón Bonaparte.

Un homenaje a la Marsellesa fue una escena central de la película Casablanca de Michael Curtiz, rodada en 1942 e interpretada por Humphrey Bogard, Ingrid Bergman, Paul Henried, Claude Rains, Peter Lorre, Sidney Greenstret y Doodley Wilson.

Incluyo a continuación la letra de la primera estrofa y del estribillo de la Marsellesa, y el enlace de la escena fílmica indicada.

(Fuentes: G. LENOTRE y A. CASTELOT, Les grandes heures de la Révolution Française, Paris, Perrin, 1962, t. II; François FURET y Denis RICHET, La Révolution Française, Paris, Fayard, 1973, Wikipedia).

(19/7/2019)

Allons enfants de la Patrie, (Vamos hijos de la Patria)
Le jour de gloire est arrivé ! (¡El día de gloria ha llegado!)
Contre nous de la tyrannie (Contra nosotros la tiranía)
L’étendard sanglant est levé (bis) (El estandarte sangriento se ha elevado.)

Aux armes, citoyens ! (¡A las armas, ciudadanos!)
Formez vos bataillons ! (¡Formad vuestros batallones!)
Marchons, marchons ! (¡Marchemos, marchemos!)
Qu’un sang impur (¡Que una sangre impura)
Abreuve nos sillons ! (Riegue nuestros surcos!)

https://www.youtube.com/watch?v=j8LG_cyiuC8

 

JORGE RENDÓN VÁSQUEZ

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Especial

Roberto Fernández Retamar, el eminente intelectual cubano

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Roberto Fernández Retamar

El intelectual Roberto Fernández Retamar falleció en la tarde del pasado domingo en La Habana a los 89 años de edad. Presidente de la Casa de las Américas desde 1986, Retamar se convirtió en uno de los pensadores más prestigiosos del continente.

El destacado poeta, ensayista y promotor cultural obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1989, así como múltiples reconocimientos y condecoraciones.

Integraba la Academia Cubana de la Lengua, institución que también presidió, y a su infinita obra habría que añadir su labor docente e inigualable faceta de editor.

Fue diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y miembro del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Por decisión familiar, su cadáver será cremado y sus cenizas lanzadas al mar.

La muerte de Roberto Fernández Retamar es una pérdida irreparable para la cultura cubana.

SÍNTESIS BIOGRÁFICA DE RETAMAR

Entre 1945 y 1946 fue alumno de un curso de artes plásticas.

Se graduó de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto de La Víbora, en La Habana (1947). En 1948 abandona la carrera de arquitectura e ingresa en Filosofía y Letras. En 1954 se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. En 1955 realizó un curso de lingüística en La Sorbona, y en 1956 estudió en la Universidad de Londres.

Trayectoria revolucionaria

Tras su regreso a Cuba en 1958, integró durante la dictadura de Batista el Movimiento de Resistencia Cívica y publicó en la prensa clandestina. Tras el triunfo de la Revolución (enero de 1959) se incorporó nuevamente a la universidad.

En 1960 ocupó el cargo de consejero cultural en París.

Como delegado de Cuba asistió a la XI Conferencia General de la UNESCO. En el primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (1961) fue elegido secretario coordinador de la UNEAC.

Entre 1998 y 2013 fue diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y miembro del Consejo de Estado.

TRAYECTORIA INTELECTUAL

Fue entre 1947 y 1948 jefe de información de la revista Alba (para la cual entrevistó a Ernest Hemingway), colaborador desde 1951 de la revista Orígenes, director entre 1959 y 1960 de la Nueva Revista Cubana, consejero cultural de Cuba en Francia (1960) y secretario de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), entre 1961 y 1964, donde fundó en 1962 y codirigió hasta 1964, junto a Nicolás Guillén, Alejo Carpentier y José Rodríguez Feo, la revista Unión. En 1965 empezó a dirigir la revista que es órgano de la Casa de las Américas, institución que además preside desde 1986. Fundó en 1977 y dirigió hasta 1986 el Centro de Estudios Martianos y su Anuario.

Desde 1955 fue profesor de la Universidad de La Habana (que en 1995 lo nombró Profesor Emérito), habiéndolo sido igualmente, entre 1957 y 1958, de la Universidad de Yale, y ha ofrecido conferencias, lecturas y cursos, y asistido a reuniones en muchas otras instituciones culturales de América, Europa y Japón.

Entre 1961 y 1964 fue coeditor de la Revista Unión. En 1965 dio conferencias sobre literatura hispanoamericana en las universidades de Praga y Bratislava. Viajó a la RDV en 1970 para colaborar en el rodaje de la cinta cubana Viet Nam, tercer mundo, tercera guerra mundial, dirigida por Julio García Espinosa.

Desde 1995 es miembro de la Academia Cubana de la Lengua, que dirigió entre 2008 y 2012, y miembro correspondiente de la Real Academia Española.

Fue director de la Nueva Revista Cubana. Colabora en numerosos periódicos y revistas, y pertenece a los consejos de redacción de varias de estas últimas, en América y Europa, entre ellas: Orígenes, Nuestro Tiempo, Lunes de Revolución, Bohemia, Cuba, Cuba Socialista, Poesía de América, Siempre!, El Corno Emplumado, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica (México), el suplemento de El Nacional (México), Marcha (Uruguay), Asonante (Puerto Rico), Amaru (Perú), Revista Hispánica Moderna (Nueva York), Triad (Estados Unidos), Partisans (Francia), Ínsula (España). Literatura Internacional y La Gaceta Literaria (Unión Soviética),

Es doctor en Ciencias Filológicas e investigador titular, profesor honorario (1986) de la Universidad de San Marcos (Lima) y doctor honoris causa de las Universidades de Sofía (1989), Buenos Aires (1993) y Universidad Central de Las Villas (2011).

Colaboró en Les Lettres Nouvelles, Esprit, Europe, y Les Lettres Françaises.

Es autor de Órbita de Rubén Martínez Villena (1964), de la selección y el prólogo de la antología Cinco escritores de la Revolución rusa (1968) y de la antología de poesía Para un mundo amasado por los trabajadores (1973), entre otros muchos trabajos de esa índole. En colaboración con Fayad Jamís compiló la antología Poesía joven de Cuba (1959).

Desde 1962 y hasta 1965, respectivamente, es profesor de la Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana y director de la Revista Casa de las Américas.

El 10 de junio de 2008 fue elegido director de la Academia Cubana de la Lengua, de la que era miembro desde el 17 de septiembre de 1995, ocupando el sillón letra K.

PREMIOS Y DISTINCIONES

Por su labor intelectual, además de los doctorados honoris causa, se le han concedido numerosas distinciones:

NACIONALES

Premio Nacional de Poesía (1952).

Orden Félix Varela de Primer Grado (1981).

Premio Nacional de Literatura (1989).

Medalla Alejo Carpentier, 1994.

Orden Juan Marinello, 1996.

Premio de la Crítica Literaria por Aquí en 1996.

Premio Nacional de Investigación Cultural (2007).

Premio de la Latinidad (2007)

Premio ALBA de las Letras, 2008.

Orden José Martí (2009).

Medalla Centenario de José Lezama Lima (2010).

Premio Nacional de Ciencias Sociales (2012).

INTERNACIONALES

Condición de Miembro de Honor de la Sociedad de Escritores de Chile (1972) y el Premio Felipe Herrera Lane (1999), en Chile.

Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío (1980), en Nicaragua.

Premio Internacional de Poesía Nikola Vaptsarov (1989), en Bulgaria.

Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, en Venezuela (1994).

Premio Alba de las Letras (2009), en Venezuela.

Grado de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras (1994), en Francia.

Premio Feronia (2000) y el Premio Nicolás Guillén (2001), en Italia.

Condición de Puterbaugh Fellow (2002), en los Estados Unidos.

Premio Juchimán de Plata, en 2004.

Premio Internacional José Martí 2019, otorgado por la Unesco.

OBRAS

Libros suyos en prosa y verso, traducidos, se han publicado en Alemania, Brasil, Bulgaria, Checoslovaquia, Corea, Cuba, Estados Unidos, Francia, Galicia, Grecia, Italia, Jamaica, Polonia, Portugal, Unión Soviética y Yugoslavia.

Sus poemas y ensayos aparecen en antologías y volúmenes colectivos publicados en muchos idiomas. En La Habana se imprimieron un disco, dos casettes y un disco compacto con poemas suyos leídos por él.

Ha escrito textos para filmes de Armand Gatti, Santiago Álvarez, Julio García Espinosa y Alejandro Saderman. Sobre su vida y obra se filmó un documental en Alicante (España), y dos en La Habana, además de un CD-Rom sobre su obra.

Entre los autores cuyos libros ha prologado o compilado, se hallan Domingo Alfonso, Juan Almeida, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges, Regís Debray, Julio García Espinosa, Fayad Jamís, Ernesto Che Guevara, George Lamming, Juan Marinello, José Martí, Ezequiel Martínez Estrada, Rubén Martínez Villena, Pablo Neruda, Fernando Ortiz, José Antonio Portuondo, Alfonso Reyes, César Vallejo.

Entre los artistas plásticos que ha presentado o comentado: Basquiat, Corrales, Antonia Eiriz, Ernesto, Feijoo, Gasparini, Korda, Mariano, Matta, Raúl Martínez, Mayito, Peña, Portocarrero, Rauschenberg, Osvaldo Salas, Víctor Manuel.

 

CUBADEBATE.CU

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Especial

Roberto Fernández Retamar y la obstinada ilusión

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Roberto Fernández Retamar

Los casi 90 años no habían quitado a Retamar ni la gracia de la poesía ni el sentido poético de la vida. Ambas lo habían traído hasta el espacio Catalejo, en la sede de la Unión de Periodistas de Cuba, tras la asunción de la nueva presidencia de la Upec, a finales del año 2018. Le temblaba irresistiblemente el cuerpo, pero nada opacaba la serena y hermosa rectitud de sus anhelos y sus sueños.

Un periodista que se sentía a plenitud en la Casa de los Periodistas porque, como bien dijo con orgullo en aquel encuentro, la nuestra había sido siempre también su profesión.

Fue en aquel encuentro donde regresé por vez primera al recuerdo de la historia de una muchacha simbólica, siempre joven, en un cuento de Rubén Darío, que se pregunta: «¿Sabéis lo que es la ciencia y la inmortalidad de todo?: Un par de ojos azules… o negros…».

Con Retamar, la belleza de su poesía y la consecuencia honorable de su vida y de sus ideas, se asume que no es posible vivir sin ideal, ni sensación de porvenir.

Este imprescindible de la cultura cubana, latinoamericana y universal había confesado mucho tiempo antes a la colega Maribel Acosta, que se sentía como un «Ariel, el obstinado de la ilusión».

Referencia al ensayo de un prestigioso escritor argentino, que ha quedado como símbolo del intelectual enamorado de las mejores causas humanas.

Eso fue y será siempre Roberto Fernández Retamar: mitad Ariel, mitad Caliban —la indomable rebeldía—. O mejor, ambas cosas a la vez. En eso también se parece a los periodistas.

Nada puede llevar al entierro una vida de poesía.

 

RICARDO RONQUILLO
CUBADEBATE.CU

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