Y ‘la boca’ lo vio: fuimos locales otra vez

Jugadores de la selección peruana celebrando agradeciendo

EDUARDO ABUSADA FRANCO Y ALEJANDRO DE LA FUENTE

Ocho y cuarenta y tres de la noche. Los primeros trece minutos del juego. Yoshimar Yotún lleva la pelota controlada y cabalga desde el medio campo hacia el arco contrario. A lo lejos, un rubio vestido de celeste y blanco corre con una inexplicable rabia. Difícilmente va a llegar a la pelota. Si levanta mucho la pierna, el amargo rojo de la expulsión lo mandará a las duchas antes de tiempo. Lucas Biglia ha jugado muchos años al fútbol como para no saberlo. Yotún es derribado sin ascos. Sampaio, el árbitro brasileño, corre con la convicción de haber sido testigo de un hecho inapelable. En La Bombonera, el silencio gélido del miedo vuela como lo hace una inyección de adrenalina en las venas de un moribundo. Yoshimar se iba solo. Gareca vio roja. Sampaoli vio roja. La prensa vio roja. La barra vio roja. Nosotros vimos roja. Wilton Sampaio sacó amarilla. Dice que aún no es tiempo de encender las duchas. La terma en el camerino argentino está apagada. El partido se reanuda y de pronto los fantasmas del árbitro y de 1969 —año del primer ‘bombonerazo’— empiezan a penar en todas las tribunas. Es una batalla dura y esto recién empieza.

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La pelota baila una danza macabra con los argentinos, ellos están acostumbrados al tango, la sinfonía peruana los agarra desprevenidos y, de repente, el medio campo, con el gramado mojado por ellos mismos, es un enemigo mortal. El toque peruano, el buen juego sale a relucir. El sello del ‘tigre’ Gareca se lee en cada pase. No tiran al pelotazo, salen tocando. Pelota en el suelo. En la tribuna peruana hay 1,600 almas. Algunos viven en Buenos Aires. Otros, como nosotros, hemos llegado para ser testigos de la historia. A seis kilómetros de la cancha, un resonante eco va contra la corriente. Es el ‘Once’, en Balvanera. Es el barrio de los peruanos. Tan solo 24 horas antes, la mayoría de aquellos hinchas que ahora rugen en la mítica cancha de Boca se han juntado para ir a Ezeiza a recibir a la delegación peruana. Es 4 de octubre y la plaza Miserere es una extensión de nuestra patria. Al ritmo de los valses criollos de antaño y de las modernas canciones futboleras de aliento —y algo de cumbia y reggaetón— partimos unidos por la esperanza a recibir a los jugadores. Banderas y camisetas a 400 pesos, incluso tamales, arroz con pollo y su ‘chela bien helena’ nos ofrecen en el camino. Llegamos. Acá mismo, en Ezeiza, 44 años antes, una marea de gente se reunió para recibir al general Juan Domingo Perón, quien regresaba tras 18 años de exilio. Lamentablemente, esa tarde acabó en masacre. Esta semana, nuevamente Ezeiza rebalsó de seres humanos. Esta vez, no acabó en matanza ni llevaban los colores del partido justicialista, sino un gallardo blanco y rojo que adornaba sus pechos.

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Al día siguiente, el barrio de La Boca hervía de ansiedad. Por una noche, La Boca fue peruana, y Las Malvinas siguen siendo argentinas. Subimos unos siete pisos de una gradería exageradamente empinada. Las gradas no solo tiemblan, sino que hacen un juego de adelante hacia atrás, como un columpio. Pero esto no se cayó en el 69 y no se caerá ahora. Como no se cayeron nuestros sueños tras el heroico empate. Y es que, de niños, muchos soñamos alguna vez con vestir la casaquilla de la selección. La falta de talento, de constancia, los vicios; en suma, la realidad, nos negó el acariciado sueño. Hubiésemos dado media vida por estar apenas 10 segundos en esa legendaria cancha que vio la despedida de Dios en carne y hueso. Y allí estuvimos. No tenemos derecho a pedirles más, muchachos. Pero lo hacemos. 90 minutos más. Muchachos, vivan ese sueño por nosotros. Como dice la canción, ¡qué se haga victoria nuestra gratitud!

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