Una fiesta de la fantasía con música y licor

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

Cuando leía por vez primera Cien años de soledad, yo ya antes había leído sus cuentos, aquellos de la Cándida Eréndira y la abuela desalmada; enfrentarme a Cien años de soledad me significó ingresar a una fiesta de fantasía, regocijo, divertimento, con mucho licor y música. Leía una novela hecha de cuentos, leía un poemario hecho música, historia y crítica, con burlas a las ciencias, con sornas, tomaduras de pelo; leía un libro de filosofía popular y de alquimia, una cátedra de cómo fabular historias trascendentes desde la sabiduría popular; leía en Cien años de soledad a Chaucer, a Rabelais, a Kafka, a Lewis Carol, a Borges y sus elocuentes y divertidos absurdos, leí ahí las Mil y una noches, por ratos me parecía un delicioso refrito de todos ellos, por ratos creía que el mismo García Márquez se burlaba de sí mismo, se tomaba el pelo, y que se reía de sus propias carnavalescas boberías, como lo hacía Cervantes en su sabio Quijote. Sentía que reivindicaba y consagraba la literatura latinoamericana ante el mundo. La ilógica jocosa de Cien años, ante la lógica cuadriculada y hierática Europea. Cien años de soledad se mojoneaba ante la solemnidad gélida de los escritores serios y adustos, aquellos a quienes les cuesta creer que la buena literatura también es juego, poesía, divertimento, fiesta de la palabra, ilógica matemática, filosofía de lo absurdo, carnavalización, mofa ante lo instituido, rebeldía ante las reglas castrantes.

No me sentía inferior a García Márquez, más bien me afirmaba y confirmaba en mi literatura.