Un norteamericano sobre el árbol

Oregon

El primer norteamericano que conocí en Oregon vivía sobre uno de los árboles de mi jardín. Como estábamos en un caliente verano, no me extrañó que durmiera a pierna suelta sobre una rama indolente durante casi toda la tarde, pero despertaba de noche y el esplendor de sus ojos fulguraba como fulguran las estrellas que caen sobre la hierba en esa estación del año.

Nos llevábamos bien, y por la mañana cuando yo salía al trabajo nos hacíamos un parco saludo con los ojos que no pasó de allí porque ambos somos sobrios de palabras.

No sé quién me dijo que esa presencia intrusa en mi jardín atentaba contra mis derechos de propiedad, pero aquello no me convenció porque él había estado allí desde antes que yo. Además, nunca me sentí invadido, ni al comienzo, ni cuando el gringuito, que ya me había agarrado confianza saltaba al techo y por fin a la puerta de mi casa en donde se estiraba y bostezaba todo el tiempo hasta que logró causarme cierta envidia.

De la envidia pasé a la humana consideración de que mi vecino bohemio, necesitaba quién lo alimentara sin hacérselo notar demasiado para no herir sus sentimientos, y un fin de semana fui a una tienda de “pets” para comprar comida de gatos y un plato especial que disimulé junto al felpudo de la entrada, y nuestra relación se convirtió en el intercambio matinal y vespertino de un plato de comida por un ronquido agradecido y alguna que otra mirada entre afectuosa y displicente, junto a la puerta de mi casa..

¿Con qué nombre llamarlo después? Se me ocurrió que podía bautizarlo con el de Carlos porque recordé unos versos de Vallejo que repito de memoria: “¿Quién no se llama Carlos? ¿Quién no tiene un vestido azul? ¿Quién al gato no le dice gato, gato?”

Cuando llegó el invierno, duro para estos predios, le ofrecí el calor de mi casa, y una noche le puse el plato de comida dentro de mi sala, y cerré la puerta de súbito, con lo que Carlos se convirtió en el amigo que dormía junto a la chimenea o que hacía acrobacias en el filo de las ventanas más altas de mi casa. A veces incluso, llegaba tarde de la calle y tocaba la puerta para que lo dejara entrar, probar sus alimentos y gozar del calor nocturno de una casa humana.

En ese momento, ¿me había convertido yo en el dueño de un gato? ¿o más bien el gato se había convertido en mi propietario? Lo segundo es más convincente.

Una forma de hacerme ver que correspondía mis cuidados era dejarme de vez en cuando como obsequio un pajarito muerto a la puerta en la suposición de que tal vez soy un gato grande, y aquellos son también mis alimentos.

Esas y otras gracias me compraron el corazón durante dos años. Pero además, Carlos y yo nos parecíamos en ese afecto que conserva distancias y asegura independencias.

Hace unas semanas regresé a casa luego de unas vacaciones que me llevaron al Egipto, Holanda, Miami y el Perú, pero desde entonces hasta ahora no he vuelto a ver a Carlos, y no sé si lo veré más en esta vida porque un vecino me habla de un atropello automovilístico, y otro me dice que tal vez se ha ido a vivir en Canadá.

Los pájaros migratorios ya navegan sobre los cielos de Oregon inventando el otoño, y muy pronto las ballenas comenzarán a cantar y deslizarse a poca distancia de nuestras costas, pero Carlos no aparece ni en el mar ni en el cielo, y yo no termino de preguntarme qué misterioso designio nos hace camaradas, compinches, cómplices, amigos y acaso parientes de las criaturas que nos miran desde los árboles.