Un lápiz pesa menos que una pala

El secreto está en el cimiento. Aprendí que para construir una casa es necesario poner concreto del bueno en las bases. Todo inició con las zapatas; con agujeros cuadrados de más de un metro de profundidad, cada una contiene una parrilla de fierro y más de ochenta y cuatro kilos de cemento a los que se les agregan cuatro carretillas de arena y piedra. En esos agujeros descansan las columnas de fierro, parte importante del sistema somático de la casa.

Era tarde ya y se necesitaban manos para poder realizar el llenado de concreto de las zapatas, así que con algo de temor me acerqué a la piscina espesa de arena y cemento para intentar ayudar. Mientras echaba agua a la mezcla mi papá la trasladaba en la carretilla, una y otra vez. Aquella tarde aprendí a usar el pico, la pala para remover dicha mezcla mientras algunos vecinos me miraban. Tal vez imaginaban cómo iba quedar el cuerpo de metro sesenta de estatura de aquella señorita después del trabajo.

Cuando menos me di cuenta ya había oscurecido y mis brazos no eran los mismos, los obreros seguían en su afán igual que mi padre y comprendí por qué este trabajo es mayormente para hombres.

Al día siguiente, mi cuerpo me pasó la factura. Me dolían los muslos y los brazos, me dolía la espalda y el cuello. Quedé molida.

La construcción de mi casa continúa. Pero sigo el consejo de papá: que estudie con dedicación y que él y los trabajadores terminarán lo que han empezado. Un lápiz pesa menos que una pala. Gracias, papá.