Un enemigo llamado desconfianza

Alan García - Ollanta Humala - Alejandro Toledo - Keiko Fujimori

Lo que está ocurriendo huele a enfermedad terminal. Pero no es así, solo se trata del enfrentamiento que produce el capitalismo salvaje cuando sus representantes tienen que cuidar sus intereses, sus espaldas y hasta sus traseros. O quizás, lo que pudiera suceder en cualquier tribu primitiva, cuando los códigos establecidos por la costumbre son violados.

En esas ocasiones hasta la reputación, que es el juicio que los demás tienen sobre nosotros, deja de importar. La búsqueda o la conquista del poder ciegan y las emociones se llevan por delante a la razón. Actúan irreflexivamente y obviando las consecuencias. Por el momento se trata de sobrevivir y en esas circunstancias la especie humana, y seguramente otras especies animales, sacan lo peor de sí, olvidan al prójimo y sus derechos, ningunean a quienes no coinciden con su interpretación de la realidad, mienten descaradamente, amenazan, insultan, o piden, como el idiota 21, que nos dejemos de joder, y que no alteremos la estúpida paz de sus convicciones.

Todo, todo es de un nivel tan primitivo y tan poco edificante que uno no puede menos que preguntarse para qué gasto mi tiempo escribiendo si los que lo lean, salvo excepciones que valoro, lo van a leer con el arsenal completo de emociones negativas y no con las neuronas destacadas para tal misión y mucho menos con un asomo de la aparentemente desaparecida conciencia crítica. No veo que sean muchos lo que se pregunten algo que es desgarradoramente cierto. Algo que está frente a sus narices y aparte de no verlo, ni siquiera parecen olerlo.

El monstruo invisible es una simple pregunta: ¿Qué ocurre con este sistema en el que los últimos cinco presidentes que encabezaron a la Nación y otros connotados líderes políticos, estarían ligados a gravísimos casos de corrupción que podrían resquebrajar la noción misma de democracia? ¿Es que de repente la clase política extravió la brújula moral o siempre ha sido así y recién ahora tomamos conciencia de ello?, ¿Es un mal histórico o un repentino descubrimiento de que el Estado puede facilitar los más jugosos y lucrativos negocios? Me inclino a pensar que siempre fue así y que las corrientes más “avanzadas” de economistas que apuestan a hacer crecer las inversiones y que anteponen la economía a las necesidades humanas, ha estimulado inconscientemente esta convulsión que por su amplitud obliga a muchos de quienes usufructúan con el sistema, a ser solidarios hasta con sus peores enemigos. “Si tú no me culpas yo tampoco te culparé”.

Cuando a quienes manejan los hilos del poder no les conviene que determinados hechos salgan a la luz pública, todo se vuelve oscuro, confuso, desalentador. Lo peor de lo imaginable puede ser imaginado y el caos moral que ello genera es un un veneno, llamado desconfianza, que se expande a través de una prensa irresponsable y comprometida, en no pocos casos, con los negocios oficiales y por redes sociales que por momentos parecen cloacas, donde algunos ciudadanos vomitan sus frustraciones.

Muchas son las respuestas que suelen aparecer en los bordes del abismo. Allí, donde le tenemos más miedo a la vida que a la muerte, como decía Jean Paul Sartre, suelen surgir destellos de claridad que, ojalá, en esta situación, puedan servir de estímulo para deponer egoísmos y para asumir las responsabilidades de quienes han sido elegidos para gobernar una Nación, y no para mejorar la situación financieras personal, familiar o corporativa.

Otras ciencias tienen respuestas que los políticos y tecnócratas suelen ignorar. A estos últimos, que viven en un presente continuo y parecen ajenos tanto al pasado como al futuro, sería bueno hacerles saber que esta etapa tecnológicamente asombrosa, no es, en el plano de las responsabilidades morales, otra cosa, como afirmaba Martin Buber, “que la infancia de la especie humana”.

Allí estamos varados y encandilados por los cachivaches tecnológicos, ajenos, incomprensiblemente ajenos, inclusive, a la destrucción de nuestro propio hábitat. La ciénaga de los intereses individuales, en la cual vivimos, solo nos permite distinguir aquello que nos beneficia. Esa ceguera conduce a un destino que ninguno, en su sano juicio, podría desear para sus descendientes.