Terrorista es el que te llama terrorista

Incendio en Banco de la Nación

El Perú es ese país-laboratorio donde crecimos escuchando que quienes protestábamos contra Fujimori éramos terroristas. Salían los estudiantes: terroristas. Salían los maestros: terroristas. Salían las víctimas: terroristas. El significado de la palabra se pervirtió. “Terrorista” ya no era el terrorista que se enfrentaba al país sino el ciudadano que le hacía preguntas a Fujimori: ¿Por qué estaba mandando matar gente, Presidente? ¿Con qué dinero estudian sus hijos en el extranjero, Presidente? ¿Por qué su socio le da un millón de dólares al dueño de ese canal de televisión, Presidente? Protestar es hacer estas preguntas en público, pero en el Perú se le llamó terrorismo.

El discurso de Fujimori era convincente. Una vez mandó dinamitar un edificio entero y responsabilizó a los manifestantes. Seis personas murieron. Poco después Fujimori cayó, como caen todos los dictadores, pero los presidentes que vinieron después siguieron empleando la misma dinamita contra sus detractores. Toledo, García, Humala y ahora Kuczynski bombardean con el lenguaje desde Palacio.

El “Terrorismo” ya no es un crimen que debe ser denunciado con pruebas sino un adjetivo para etiquetar a quien te critica. Lo usan presidentes, congresistas, columnistas, lobistas, alcaldes, periodistas, “influencers”, niños y cualquier ciudadano que no ha tenido tiempo de dudar. El gobierno te insulta, te miente, te roba, y te tienes que callar, “rojo de mierda”, “odiador”. Replicar es terrorista.

Columnistas y troles atacan con el mismo detonante. ¿Por qué salen a marchar, comunistas?, te dicen desde la comodidad de sus hogares u oficinas, usando un lenguaje de la Guerra Fría. Un detalle es importante.

Durante las décadas de Sendero, Alan García y Fujimori (décadas de apagones, masacres, bombazos, toque de queda), los limeños nos refugiamos en espacios seguros y aprendimos a divertirnos entre cuatro paredes. Los espacios públicos parecían un lujo del Primer Mundo. ¿Para qué íbamos a construir parques o plazas o alamedas en una ciudad en guerra?

El tiempo pasó. La paz llegó. La economía mejoró. Sin embargo, en pleno 2018 seguimos siendo la misma ciudad de gente que vive recluida. Una ciudad enrejada por la sospecha. Una ciudad de gente que no puede ni quiere caminar. Una ciudad de gente que no puede o no quiere caminar porque quién va a hacerlo con nuestro tráfico infernal. Una ciudad donde el alcalde gobierna para los carros haciendo todo lo posible (amplía pistas, destruye parques, tala árboles, elimina playas) para que los ciudadanos sigamos encerrados en nuestra vida privada, igual que en los años ochenta. Lima es una ciudad planificada desde la perversión: el objetivo es tener a la gente encerrada (en casa, el restaurante, el centro comercial) porque, cuando la gente sale, se conoce, se conecta, se mira en el otro y se expresa.

La palabra “terrorista” es parte esencial de ese paisaje minado. Lo que te dicen los gobiernistas para que te quedes encerrado mordiéndote la lengua. Pero aquí no hay ganadores: incluso ellos son víctimas de este diseño autodestructico. No importa a qué político sigas: lo sigues entre cuatro paredes.

Por eso, la protesta en la calle le jode tanto al Gobierno. Con ella saboreamos libremente la ciudad que nos han quitado, y podemos soñar con un país distinto. Uno donde nadie te llame terrorista solo por solo por hacer preguntas fuera de casa. Uno donde podamos ejercer la peligrosa rebeldía de caminar o bailar o cantar en la vía pública, si te da la gana.

Tenemos que salir y salir y salir para llegar a ser ese país. Y si alguien te dice “terrorista” desde su ventana, no pierdas demasiado tiempo respondiéndole. Un día ese troll también podrá salir de casa. También protestamos por ellos aunque ellos no lo sepan o lo quieran.